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Rick Riordan

La batalla del laberinto

Percy Jackson y los dioses del Olimpo

A Becky, que siempre me guia a traves del laberinto

Capitulo 1

Me enzarzo en una pelea con el equipo de animadoras

Lo ultimo que deseaba hacer durante las vacaciones de verano era destrozar otro colegio. Sin embargo, alli estaba, un lunes por la maniana de la primera semana de junio, sentado en el coche de mama frente a la Escuela Secundaria Goode de la calle Ochenta y una Este.

Era un edificio enorme de piedra rojiza que se levantaba junto al East River. Delante habia aparcados un monton de BMW y Lincoln Town Car de lujo. Mientras contemplaba el historiado arco de piedra, me pregunte cuanto tiempo iban a tardar en expulsarme de alli a patadas.

—Tu relajate —me aconsejo mama, aunque ella no me parecio demasiado relajada—. Es solo una sesion de orientacion. Y recuerda, carinio, que es la escuela de Paul. O sea, que procura no… Bueno, ya me entiendes.

—¿Destruirlo?

—Eso.

Paul Blofis, el novio de mama, estaba en la entrada dando la bienvenida a los futuros alumnos de primero de secundaria que iban subiendo la escalera. Con el pelo entrecano, la ropa tejana y la chaqueta de cuero, a mi me parecia un actor de television, pero en realidad no era mas que profesor de Lengua. Se las habia arreglado para convencer a la escuela Goode de que me aceptaran en primero, a pesar de que me habian expulsado de todos los colegios a los que habia asistido. Yo ya le habia advertido de que no era buena idea, pero no sirvio de nada.

Mire a mama.

—No le has contado la verdad sobre mi, ¿verdad?

Ella se puso a dar golpecitos nerviosos en el volante. Iba de punta en blanco, con su mejor vestido, el azul, y sus zapatos de tacon. Tenia una entrevista de trabajo.

—Me parecio que era mejor esperar un poco — reconocio. —Para que no salga corriendo del susto.

—Estoy segura de que todo ira bien, Percy. Es solo una maniana.

—Genial —masculle—. No pueden expulsarme antes de haber empezado el curso siquiera. —Se positivo: ¡maniana te vas al campamento! Despues de la sesion de orientacion

tienes esa cita… —¡No es ninguna cita! —proteste—. ¡Es solo Annabeth, mama! —Viene a verte expresamente desde el

campamento. —Vale, si. —Os vais al

cine. —Ya.

—Los dos solos. —¡Mama!

Alzo las manos, como si se rindiera, pero note que estaba conteniendo la risa. —Sera mejor que entres, carinio. Nos vemos esta noche.

Ya estaba a punto de bajarme cuando eche otro vistazo a la escalera y vi a Paul Blofis saludando a una chica de pelo rojizo y rizado. Llevaba una camiseta granate y unos tejanos andrajosos personalizados con dibujos hechos con rotulador. Cuando se volvio, vislumbre su cara un segundo y se me erizo el vello de los brazos.

—Percy —dijo mi madre—, ¿que pasa?

—Na…da —tartamudee—. ¿Hay alguna entrada lateral? —Al final del edificio, a la derecha. ¿Por que?

—Nos vemos luego.

Mi madre iba a decirme algo, pero yo baje del coche y eche a correr con la esperanza de que la pelirroja no me viese.

¿Que hacia aquella chica alli? Ni siquiera yo podia tener tan mala suerte.

Si, seguro. Estaba a punto de descubrir que si, que mi suerte podia llegar a ser mucho peor.

* * *

Colarme a hurtadillas en la escuela no fue una buena idea. En la entrada lateral se habian apostado dos animadoras con uniforme morado y blanco para acorralar a los novatos.

—¡Hola! —me saludaron con una sonrisa. Supuse que era la primera y ultima vez que unas animadoras iban a mostrarse tan simpaticas conmigo. Una era una rubia de ojos azules y mirada glacial. La otra, una afroamericana, tenia el pelo oscuro y ensortijado, igual que la Medusa (se de lo que hablo, creeme). Ambas llevaban su nombre bordado en el uniforme, pero debido a mi dislexia las letras me parecieron una ristra de espaguetis carente de significado.

—Bienvenido a Goode —me dijo la rubia—. Te va a encantar.

Sin embargo, mientras me miraba de arriba abajo su expresion parecia decir: «Pero ¿quien es este desgraciado?»

La otra chica se acerco a mi hasta hacerme sentir incomodo. Examine el bordado de su uniforme y descifre «Kelli». Olia a rosas y otra cosa que me recordo las clases de equitacion del campamento: la fragancia de los caballos recien lavados. Era un olor un poco chocante para una animadora. Quiza tenia un caballo o algo asi. El caso es que se me acerco tanto que tuve la sensacion de que iba a empujarme por las escaleras.

—¿Como te llamas, pazguato? —¿Pazguato? —Novato. —

Ah… Percy.

Las chicas se miraron.

—Aja. Percy Jackson —dijo la rubia—. Te estabamos esperando.

Senti un escalofrio. Ay, ay, ay… Me bloqueaban la entrada sonriendo de un modo ya no tan simpatico. Me lleve instintivamente la mano al bolsillo, donde guardaba mi boligrafo letal, Contracorriente. Entonces se oyo otra voz procedente del interior del edificio.

—¿Percy?

Era Paul Blofis, que me llamaba desde el vestibulo. Nunca me habia alegrado tanto de oir su voz.

Las animadoras retrocedieron. Tenia tantas ganas de dejarlas atras que sin querer le di a Kelli un rodillazo en el muslo.

Clone.

Su pierna produjo un ruido hueco y metalico, como si le hubiese dado una patada a una farola. —Ayyy —murmuro entre dientes—. Anda con ojo… pazguato.

Baje la mirada, pero la chica parecia completamente normal y yo estaba demasiado asustado para hacer preguntas. Llegue corriendo al vestibulo, mientras ellas se reian a mis espaldas.

—¡Aqui estas! —exclamo Paul—. ¡Bienvenido a Goode!

—Hola, Paul… esto… senior Blofis. —Lance una mirada atras, pero las extranias animadoras ya habian desaparecido.

—Cualquiera diria que acabas de ver un fantasma. —Si, bueno…

Paul me dio una palmada en la espalda.

—Oye, ya se que estas nervioso, pero no te preocupes. Aqui hay un monton de chicos con Trastorno Hiperactivo por Deficit de Atencion y dislexia. Los profesores conocen el problema y te ayudaran. Casi me daban ganas de reir. Como si el THDA y la dislexia fuesen mis mayores problemas… O sea, ya me daba cuenta de que Paul queria ayudarme, pero, si le hubiera contado la verdad sobre mi, habria creido que estaba loco o habria salido corriendo dando alaridos.

Aquellas animadoras, por ejemplo. Tenia un mal presentimiento sobre ellas.

Luego eche un vistazo por el vestibulo y recorde que me aguardaba otro problema. La chica pelirroja que habia visto antes en las escaleras acababa de aparecer por la entrada principal. «Que no me vea», rece.

Pero me vio. Y abrio unos ojos como platos. —¿Donde es la sesion de orientacion? —le pregunte a Paul. —En el gimnasio. Aunque…

—Hasta luego.

—¡Percy! —grito mientras yo echaba a correr.

* * *

Crei que la habia despistado.

Un monton de chavales se dirigian al gimnasio y enseguida me converti en uno mas de los trescientos alumnos de catorce anios que se apretujaban en las gradas. Una banda de musica interpretaba desafinando un himno de batalla; sonaba como si estuvieran golpeando un saco lleno de gatos con un bate de beisbol. Algunos chavales mayores, probablemente miembros del consejo escolar, se habian colocado delante y exhibian el uniforme de Goode con aire engreido, en plan «somos unos tipos guays». Los profesores circulaban de aca para alla, sonriendo y estrechando la mano a los alumnos. Las paredes del gimnasio estaban cubiertas de carteles enormes de color morado y blanco que rezaban: «BIENVENIDOS, FUTUROS ALUMNOS DE PRIMERO. GOODE ES GUAY SOMOS UNA FAMILIA», y otras consignas similares que me daban ganas de vomitar.

Ninguno de los futuros alumnos parecia muy entusiasmado. Tener que asistir a una sesion de orientacion en pleno junio, cuando las clases no empezaban hasta septiembre, no era un plan demasiado apetecible. Pero en Goode «¡Nos preparamos para ser los mejores cuanto antes!». Al menos eso afirmaba uno de los carteles.

La banda de musica termino de maullar por fin y un tipo con traje a rayas se acerco al microfono y empezo a hablar. Habia mucho eco en el gimnasio y yo no me enteraba de nada. Por mi, podria haber estado haciendo gargaras.

De pronto alguien me agarro del hombro. —¿Que haces tu aqui?

Era ella: mi pesadilla pelirroja. —Rachel Elizabeth Dare —dije.

Se quedo boquiabierta, como si le pareciese increible que recordara su nombre.

—Y tu eres Percy no se que. No oi bien tu nombre en diciembre, cuando estuviste a punto de matarme. —Oye, yo no era… no fui… ¿Que estas haciendo aqui?

—Lo mismo que tu, supongo. Asistir a la sesion de orientacion. —¿Vives en Nueva York?

—¿Creias que vivia en la presa Hoover?

Nunca se me habia ocurrido. Siempre que pensaba en esa chica (y no estoy diciendo que pensase en ella; solo me acordaba fugazmente de vez en cuando, ¿vale?), me figuraba que viviria por la zona de la presa Hoover, ya que fue alli donde nos conocimos. Pasamos juntos quiza unos diez minutos y, aunque durante ese tiempo la amenace con mi espada (pero fue sin querer), ella me salvo la vida y yo me apresure a huir de una pandilla de criaturas mortiferas sobrenaturales. En fin, ya sabes a que me refiero: el tipico encuentro casual.

A nuestras espaldas, un chico nos susurro:

—Eh, cerrad el pico, que van a hablar las animadoras.

—¡Hola, chicos! —dijo una muchacha con excitacion. Era la rubia de la entrada—. Me llamo Tammi y mi companiera es Kelli.

Esta ultima hizo la rueda.

Rachel solto un gritito, como si alguien la hubiese pinchado con una aguja. Varios chavales la observaron, riendose con disimulo, pero ella se limitaba a mirar horrorizada a las animadoras. Tammi no parecia haber advertido el pequenio alboroto y habia empezado a exponer las numerosas maneras de participar, todas ellas geniales, que podiamos escoger durante nuestro primer anio en la escuela.

—Corre —me dijo Rachel—. Rapido. —¿Por que?

No me lo explico. Se abrio paso a empujones hasta el final de las gradas sin hacer caso de las miradas enfurruniadas de los profesores ni de los gruniidos de los alumnos a los que iba propinando pisotones. Yo vacile. Tammi estaba diciendo que ibamos a repartirnos en pequenios grupos para visitar la escuela. Kelli me miro y me dirigio una sonrisa divertida, como si estuviese deseando ver que iba a hacer. Quedaria fatal si me largaba en aquel momento. Paul Blofis estaba abajo con los demas profesores y se preguntaria que pasaba.

Luego pense en Rachel Elizabeth Dare y en la especial habilidad que habia demostrado el invierno anterior en la presa Hoover. Habia sido capaz de ver a un grupo de guardias de seguridad que no eran guardias: ni siquiera eran humanos. Con el corazon palpitante, me levante para seguirla y sali del gimnasio.

* * *

Encontre a Rachel en la sala de la banda de musica. Se habia escondido detras de un bombo de la seccion de percusion.

—¡Ven aqui! —susurro—. ¡Y agacha la cabeza!

Me sentia bastante idiota alli metido, detras de un monton de bongos, pero me acuclille a su lado. —¿Te han seguido? —pregunto.

—¿Te refieres a las animadoras? Ella asintio, nerviosa.

—No creo —respondi—. ¿Que son? ¿Que es lo que has visto?

Sus ojos verdes relucian de miedo. En la cara tenia un monton de pecas que me hacian pensar en las constelaciones de estrellas. En su camiseta granate ponia «DEPARTAMENTO DE ARTE DE HARVARD».

—No… no me creerias.

—Uf, si, desde luego que si —le asegure—. Ya se que eres capaz de ver a traves de la Niebla. —¿De que?

—De la Niebla. Es… como si dijeramos, ese velo que oculta lo que son las cosas en realidad. Algunos mortales nacen con la capacidad de ver a traves de ella. Como tu. Me observo con atencion.

—Hiciste exactamente lo mismo en la presa Hoover. Me llamaste mortal. Como si tu no lo fueras.

Me entraron ganas de darle un punietazo a un bongo. ¿En que estaria yo pensando? Nunca podria explicarselo. Ni siquiera debia intentarlo.

—Dime —me rogo—: ¿tu sabes lo que significan todas estas cosas horribles que veo? —Mira, te parecera un poco extranio, pero… ¿te suenan los mitos griegos? —¿Como… el Minotauro y la Hidra?

—Eso, aunque procura no pronunciar esos nombres cuando yo este cerca, ¿vale? —Y las Furias —prosiguio, entusiasmandose—. Y las Sirenas, y…

—¡Ya basta! —Eche un vistazo por la sala de la banda de musica, temiendo que Rachel acabara logrando que saliera de las paredes una legion de monstruos sedientos de sangre. Al fondo del pasillo, una multitud de chavales salian del gimnasio. Estaban empezando la visita en grupos pequenios. No nos quedaba mucho tiempo para hablar—. Todos esos monstruos y todos los dioses griegos… son reales.

—¡Lo sabia!

Me habria sentido mas reconfortado si me hubiese tachado de mentiroso, pero me dio la impresion de que acababa de confirmarle sus peores sospechas.

—No sabes lo duro que ha sido —dijo—. Durante anios he creido que estaba volviendome loca. No podia contarselo a nadie. No podia… —Me miro entornando los ojos—. Un momento: ¿y tu quien eres? Quiero decir de verdad.

—No soy un monstruo.

—Eso ya lo se. Lo veria si lo fueras. Tu te pareces… a ti. Pero no eres humano, ¿verdad? Trague saliva. A pesar de que habia tenido tres anios para acostumbrarme a lo que era, nunca lo habia hablado con un mortal normal y corriente… Es decir, salvo con mi madre, pero ella ya lo sabia todo. No se por que, pero decidi arriesgarme.

—Soy un mestizo —declare—. Medio humano… —¿Y medio que?

Justo en ese momento entraron Tammi y Kelli en la sala. Las puertas se cerraron tras ellas con gran estrepito.

—Aqui estas, Percy Jackson —dijo Tammi—. Ya es hora de que nos ocupemos de tu orientacion.

* * *

—¡Son horribles! —exclamo Rachel, sofocando un grito.

Tammi y Kelli iban aun con su uniforme morado y blanco de animadoras y con pompones en las manos.

—¿Que aspecto tienen? —pregunte, pero Rachel parecia demasiado atonita para responder. —Bah, no te preocupes por ella. —Tammi me dirigio una sonrisa radiante y empezo a acercarse. Kelli permanecio junto a las puertas para bloquear la salida.

Nos habian atrapado. Sabia que tendriamos que pelear para salir de alli, pero la sonrisa de Tammi resultaba tan deslumbrante que me distraia. Sus ojos azules eran preciosos y el pelo le caia por los hombros de una manera que…

—Percy —me advirtio Rachel.

Yo dije algo inteligente, del tipo: «¿Aaah?» Tammi se acercaba blandiendo los pompones.

—¡Percy! —me alerto Rachel, aunque su voz parecia llegar de muy lejos—. ¡Espabila!

Necesite toda mi fuerza de voluntad, pero logre sacar el boligrafo del bolsillo y le quite el tapon. Contracorriente crecio hasta convertirse en una espada de bronce de casi un metro. Su hoja brillaba con una tenue luz dorada. La sonrisa de Tammi se transformo en una mueca de desden.

—Venga ya —protesto—. Eso no te hace falta. ¿Que tal un beso?

Olia a rosas y al pelaje limpio de un animal: un olor extranio, pero curiosamente embriagador. Rachel me pellizco con fuerza en el brazo.

—¡Percy, quiere morderte! ¡Cuidado!

—Esta celosa. —Tammi se volvio hacia Kelli—. ¿Puedo proceder, seniora? Ella seguia frente a la puerta, relamiendose como si estuviera hambrienta. —Adelante, Tammi. Vas muy bien.

La susodicha avanzo otro paso, pero yo le apoye la punta de la espada en el pecho. —Atras.

Ella solto un gruniido.

—Novato —me dijo con repugnancia—. Esta escuela es nuestra, mestizo. ¡Aqui nos alimentamos con quien nosotras queremos!

Entonces empezo a transformarse. El color de su rostro y sus brazos se esfumo. La piel se le puso blanca como la cera y los ojos completamente rojos. Los dientes se convirtieron en colmillos.

—¡Un vampiro! —balbucee. Entonces me fije en las piernas de Tammi. Por debajo de la falda de animadora se le veia la pata izquierda peluda y marron, con una pezunia de burro; en cambio, la derecha parecia una pierna humana, pero hecha de bronce—. Aj, un vampiro con…

—¡Ni una palabra sobre mis piernas! —me espeto ella—. ¡Es una groseria reirse!

Avanzo con aquellas raras extremidades desiguales. Tenia una pinta extraniisima, sobre todo con los pompones en las manos, pero no podia reirme, al menos mientras tuviera delante aquellos ojos rojos, por no mencionar los afilados colmillos.

—¿Un vampiro, dices? —Kelli se echo a reir—. Esa estupida leyenda se inspiro en nuestra apariencia, idiota. Nosotras somos empusas, servidoras de Hecate.

—Hummm… —murmuro Tammi, que estaba cada vez mas cerca—. La magia negra nos creo como una mezcla de bronce, animal y fantasma. Nos alimentamos con la sangre de hombres jovenes. Y ahora, ven, ¡y dame ese beso de una vez!

Me mostro los colmillos. Yo estaba paralizado, no podia mover ni una ceja, pero Rachel le arrojo un tambor a la cabeza.

La diabolica criatura solto un silbido y aparto de un golpe el tambor, que rodo entre los atriles y fue resonando atropelladamente al chocar con las patas de estos. Rachel le lanzo un xilofon, pero el monstruo lo desvio con otro golpe.

—Normalmente no mato chicas —grunio Tammi—. Pero contigo, mortal, voy a hacer una excepcion. ¡Tienes una vista demasiado buena!

Y se lanzo sobre Rachel.

—¡No! —grite, asestando una estocada. Tammi trato de esquivar el golpe, pero la hoja de Contracorriente la atraveso de lado a lado, rasgando su uniforme de animadora. Con un espantoso alarido, la criatura estallo formando una nube de polvo sobre Rachel.

Esta empezo a toser. Parecia como si acabara de caerle encima un saco de harina. —¡Que asco!

—Es lo que tienen los monstruos —comente—. Lo siento.

—¡Has matado a mi becaria! —chillo Kelli—. ¡Necesitas una buena leccion de autentico espiritu escolar, mestizo!

Tambien ella empezo a transformarse. Su pelo aspero se convirtio en una temblorosa llamarada. Sus ojos adquirieron un fulgor rojizo y le crecieron unos tremendos colmillos. Camino hacia nosotros a grandes zancadas, aunque el pie de cobre y la pezunia de burro golpeaban el suelo con un ritmo irregular.

—Soy una empusa veterana —refunfunio— y ningun heroe me ha vencido en mil anios. —¿Ah, si? —respondi—. ¡Entonces ya va tocando!

Kelli era mas rapida que Tammi. Esquivo con un quiebro el primer tajo que le lance y rodo por la seccion de los metales, derribando con monumental estruendo toda una ristra de trombones. Rachel se aparto a toda prisa. Me situe entre ella y la empusa, que habia empezado a dar vueltas a nuestro alrededor sin perdernos de vista ni a mi ni a mi espada.

—Una hoja tan hermosa… —dijo—. ¡Que lastima que se interponga entre nosotros!

Su forma vibraba y retemblaba de tal manera que por momentos parecia un demonio y otras veces una animadora. Procure mantener la concentracion, pero debia esforzarme mucho para no distraerme. —Pobre muchacho —dijo Kelli con una risita—. Ni siquiera sabes lo que pasa, ¿verdad? Muy pronto tu pequenio y precioso campamento ardera en llamas y tus amigos se habran convertido en esclavos del senior del Tiempo. Y tu no puedes hacer nada para impedirlo. Seria un acto de misericordia acabar con tu vida ahora, antes de que tengas que presenciarlo.

Oi voces procedentes del pasillo. Se acercaba un grupo que estaba haciendo la visita a la escuela. Un profesor hablaba de las taquillas y las combinaciones para cerrarlas.

Los ojos de la empusa se iluminaron. —¡Estupendo! Tenemos companiia.

Agarro una tuba y me la lanzo con fuerza. Rachel y yo nos agachamos justo antes de que el instrumento pasara volando por encima de nuestras cabezas e hiciera trizas el cristal de la ventana.

Las voces del pasillo enmudecieron en el acto.

—¡Percy! —grito Kelli, fingiendo un tono asustado—. ¿Por que has tirado eso?

Me quede demasiado estupefacto para responder. La falsa animadora tomo un atril, lo agito en el aire y se llevo por delante una fila entera de flautas y clarinetes, que cayeron junto con las sillas y armaron un tremendo escandalo.

—¡Basta! —grite.

Los pasos se aproximaban por el pasillo.

—¡Ya es hora de que entren nuestros invitados! —Kelli mostro sus colmillos y corrio hacia las puertas. Me lance tras ella blandiendo a Contracorriente. Tenia que impedir que lastimara a los mortales. —¡No, Percy! —chillo Rachel. Pero no comprendi lo que tramaba Kelli hasta que ya fue demasiado tarde.

Bruscamente, abrio las puertas. Paul Blofis y un monton de alumnos de primero retrocedieron asustados. Alce mi espada.

En el ultimo momento, la empusa se volvio hacia mi como si fuese una victima muerta de miedo. —¡No, por favor! —grito.

Yo estaba lanzado y no pude parar mi mandoble.

Justo antes de que el bronce celestial la tocara, Kelli exploto entre llamaradas como un coctel molotov y el fuego se esparcio en rapidas oleadas por todas partes. Nunca habia visto que un monstruo hiciera algo parecido, pero no tenia tiempo de preguntarme como lo habia conseguido. Retrocedi hacia el fondo de la sala porque el fuego se habia adueniado de la entrada.

—¡Percy! —grito Paul Blofis, mirandome patidifuso a traves de las llamas—. ¿Que has hecho?

Todos los chavales chillaban y huian corriendo por el pasillo, mientras la alarma de incendios aullaba enloquecida. Los rociadores del techo cobraron vida con un silbido.

En medio del caos, Rachel me tiro de la manga. —¡Debes salir de aqui!

Tenia razon. La escuela ardia en llamas y me echarian la culpa a mi. Los mortales no veian a traves de la Niebla. Para ellos, habia atacado a una animadora indefensa ante un monton de testigos. No tenia modo de explicarlo. Le di la espalda a Paul y eche a correr hacia la ventana hecha aniicos.

* * *

Sali a toda prisa desde el callejon a la calle Ochenta y una Este y fui a tropezarme directamente con Annabeth.

—¡Que pronto has salido! —dijo, riendose y agarrandome de los hombros para impedir que me cayese de morros—. ¡Cuidado por donde andas, sesos de alga!

Durante una fraccion de segundo la vi de buen humor y todo parecio perfecto. Iba con unos tejanos, la camiseta naranja del campamento y su collar de cuentas de arcilla.

Llevaba el pelo rubio recogido en una coleta. Sus ojos grises brillaban ante la perspectiva de ver una peli y pasar una tarde guay los dos juntos.

Entonces Rachel Elizabeth Dare, todavia cubierta de polvo, salio en tromba del callejon. —¡Espera, Percy! —grito.

La sonrisa de Annabeth se congelo. Miro a Rachel y luego a la escuela. Por primera vez, parecio reparar en la columna de humo negro y en el aullido de la alarma.

Fruncio el cenio.

—¿Que has hecho esta vez? ¿Quien es esta?

—Ah, si. Rachel… Annabeth. Annabeth… Rachel. Hummm, es una amiga. Supongo. No se me ocurria otra manera de llamarla. Apenas la conocia, pero despues de superar juntos dos situaciones de vida o muerte, no podia decir que fuese una desconocida. —Hola —saludo Rachel. Se volvio hacia mi—. Te has metido en un lio morrocotudo. Y todavia me debes una explicacion.

Las sirenas de la policia se acercaban por la avenida Franklin D. Roosevelt. —Percy —dijo Annabeth friamente—. Tenemos que irnos.

—Quiero que me expliques mejor eso de los mestizos —insistio Rachel—. Y lo de los monstruos. Y toda esa historia de los dioses. —Me agarro del brazo, saco un rotulador permanente y me escribio un numero de telefono en la mano—. Me llamaras y me lo explicaras, ¿de acuerdo? Me lo debes. Y ahora, muevete.

—Pero…

—Ya me inventare alguna excusa —aseguro—. Les dire que no ha sido culpa tuya. ¡Largate! Salio corriendo otra vez hacia la escuela, dejandonos a Annabeth y a mi en la calle.

Mi amiga me observo un instante. Luego dio media vuelta y echo a andar a paso vivo. —¡Eh! —Corri tras ella—. Habia dos empusas ahi dentro. Eran del equipo de animadoras y han dicho que el campamento iba a ser pasto de las llamas, y…

—¿Le has hablado a una mortal de los mestizos?

—Esa chica ve a traves de la Niebla. Ha visto a los monstruos antes que yo. —Y le has contado la verdad.

—Me ha reconocido de la otra vez, cuando nos vimos en la presa Hoover… —¿La habias visto antes?

—Pues… el invierno pasado. Pero apenas la conozco, en serio. —Es bastante mona.

—No… me habia fijado.

Annabeth siguio caminando hacia la avenida York.

—Arreglare lo de la escuela —prometi, deseoso de cambiar de tema—. De verdad, todo se arreglara. Ella ni siquiera me miro.

—Supongo que nuestra salida se ha ido al garete. Tenemos que largarnos, la policia debe de estar buscandote.

A nuestra espalda, una gran columna de humo se alzaba de la Escuela Secundaria Goode. Entre la oscura nube de ceniza, casi me parecio ver un rostro: una mujer demonio de ojos rojos que se reia de mi.

«Tu precioso campamento en llamas —habia dicho Kelli—. Tus amigos convertidos en esclavos del senior del Tiempo.»

—Tienes razon —le dije a Annabeth, desolado—. Debemos ir al Campamento Mestizo. Ya.

Capitulo 2

Me llaman desde el inframundo a cobro revertido

No hay nada mejor para rematar una maniana perfecta que un largo trayecto en taxi con una chica furiosa.

Intente hablar con Annabeth, pero ella se comportaba como si yo acabase de darle un punietazo a su abuela. Lo unico que logre arrancarle fue que en San Francisco habian tenido una primavera plagada de monstruos. Habia vuelto al campamento dos veces desde las Navidades, aunque no quiso contarme por que (lo cual me molesto, porque ni siquiera me habia avisado de que estaba en Nueva York); y no habia averiguado nada sobre el paradero de Nico di Angelo (es una larga historia).

—¿Alguna noticia de Luke? —pregunte.

Nego con la cabeza. Yo sabia que era un tema delicado para ella. Annabeth siempre habia admirado a Luke, el antiguo lider de la cabania de Hermes que nos habia traicionado para unirse a Cronos, el malvado senior de los titanes. Y aunque ella lo habria negado, yo estaba seguro de que aun le gustaba. Habiamos luchado con Luke el invierno anterior en el monte Tamalpais; increiblemente, el habia logrado sobrevivir a una caida por un precipicio de quince metros. Ahora, por lo que yo sabia, seguia navegando en su crucero cargado de monstruos, mientras su senior Cronos, hecho pedazos durante siglos, se volvia a formar poco a poco en el interior de un sarcofago de oro y aguardaba a reunir fuerzas suficientes para desafiar a los dioses del Olimpo. En la jerga de los semidioses, a esto lo llamamos un «problema».

—El monte Tamalpais todavia esta infestado de monstruos —dijo Annabeth—. No me atrevi a acercarme, pero no creo que Luke siga alla arriba. Si estuviera, ya me habria enterado.

A mi eso no me tranquilizaba demasiado. —¿Y Grover?

—En el campamento —contesto—. Hoy mismo lo veremos. —¿Ha tenido suerte? En su busqueda de Pan, quiero decir.

Annabeth jugueteo con su collar de cuentas, como suele hacer cuando esta preocupada. —Ya lo veras —dijo. No quiso explicarme mas.

Mientras cruzabamos Brooklyn, le pedi el movil para llamar a mama. Los mestizos procuramos no usar telefonos moviles si podemos evitarlo, porque difundir nuestra voz por ese medio es como mandar a los monstruos una senial luminosa: «¡Eh, estoy aqui! ¡Venid a devorarme!» Pero considere que aquella llamada era importante. Deje un mensaje en el contestador de casa, tratando de explicar lo ocurrido en Goode. Seguramente no me salio demasiado bien. La idea era transmitir a mi madre que me encontraba perfectamente, que no se preocupase y que me quedaria en el campamento hasta que las cosas se calmaran. Tambien le pedi que le dijera a Paul Blofis que lo sentia.

Luego continuamos el trayecto en silencio. Dejamos atras la ciudad, entramos en la autopista y empezamos a recorrer los campos del norte de Long Island, donde abundaban huertos, bodegas y tenderetes de productos frescos.

Mire el numero que Rachel Elizabeth Dare me habia garabateado en la mano. Ya se que era una locura, pero senti la tentacion de llamarla. A lo mejor me ayudaba a comprender lo que habia dicho la empusa: lo del campamento en llamas y mis amigos apresados. Y tambien por que habia estallado Kelli.

Sabia muy bien que los monstruos nunca morian del todo. Al cabo de un tiempo —unas semanas, unos meses o unos anios—, Kelli volveria a formarse a partir de la asquerosa materia primordial que burbujeaba en el inframundo. De todos modos, los monstruos no se dejaban destruir tan facilmente… Habria que ver si habia sido destruida.

El taxi salio por la carretera 25A. Cruzamos los bosques que bordean North Shore hasta que una cadena de colinas bajas aparecio a nuestra izquierda. Annabeth indico al taxista que se detuviera en el numero 3141 de la avenida Farm, al pie de la Colina Mestiza.

El hombre fruncio el cenio.

—Aqui no hay nada, seniorita. ¿Seguro que quiere bajar?

—Si, por favor. —Annabeth le tendio unos cuantos billetes de dinero mortal y el taxista no discutio. Subimos a pie hasta la cima de la colina. El joven dragon que hacia la guardia dormitaba enroscado alrededor del pino, pero alzo la cabeza cobriza cuando nos acercamos y dejo que Annabeth le rascara bajo la quijada. Enseguida solto un sibilante chorro de humo por las narices, como un calentador de agua, y bizqueo de placer.

—Hola, Peleo —dijo Annabeth—. ¿Todo bajo control?

La ultima vez que habia visto al dragon media dos metros de largo. Ahora tendria por lo menos el doble y el grosor del pino. Por encima de su cabeza, en la rama mas baja del arbol, relucia el Vellocino de Oro, cuya magia protegia los limites del campamento de cualquier invasion. El dragon parecia tranquilo, como si todo estuviera en orden. A nuestros pies, el Campamento Mestizo, con sus campos verdes, su bosque y sus relucientes edificios blancos de estilo griego, tenia un aire la mar de pacifico. La granja de cuatro pisos que llamabamos la Casa Grande se erguia orgullosamente en mitad de los campos de fresas. Al norte, mas alla de la playa, las aguas de Long Island Sound refulgian al sol.

Y no obstante… habia algo raro. Se percibia cierta tension en el aire, como si la colina misma estuviera conteniendo el aliento y esperando que sucediera algo malo.

Descendimos al valle y vimos que la temporada de verano estaba en su apogeo. La mayoria de los campistas habian llegado el viernes anterior, lo cual me hizo sentir un tanto desplazado. Los satiros tocaban la flauta en los campos de fresas, haciendo que las plantas crecieran con la magia de los bosques. Los campistas recibian clases de equitacion aerea y descendian en picado sobre los bosques a lomos de sus pegasos. Salian columnas de humo de las fraguas y nos llegaba el martilleo de los chavales que fabricaban sus propias armas en la clase de artes y oficios. Los equipos de Atenea y Demeter estaban haciendo una carrera de carros alrededor de la pista y, en el lago de las canoas, un grupo de chicos combatian en un trirreme griego con una enorme serpiente marina de color naranja. En fin, un dia tipico en el campamento.

—Tengo que hablar con Clarisse —anuncio Annabeth.

La mire como si acabase de decir: «Tengo que comerme una enorme bota apestosa.» —¿Para que?

Clarisse, de la cabania de Ares, era una de las personas que peor me caian. Era una abusona ingrata y malvada. Su padre, el dios de la guerra, queria matarme. Y ella trataba de machacarme continuamente. Aparte de eso, una chica estupenda.

—Hemos estado trabajando en una cosa —explico Annabeth—. Nos vemos luego. —¿Trabajando en que?

Annabeth volvio la vista hacia el bosque.

—Voy a comunicarle a Quiron que has llegado —dijo—. Querra hablar contigo antes de la audiencia. —¿Que audiencia?

Ella ya habia echado a correr hacia el campo de tiro al arco sin mirar atras. —Vale —murmure—. A mi tambien me ha encantado hablar contigo.

* * *

Mientras cruzaba el campamento, fui saludando a algunos de mis amigos. En el sendero de la Casa Grande, Connor y Travis Stoll, de la cabania de Hermes, estaban haciendole el puente al coche del campamento. Silena Beauregard, la lider de Afrodita, me saludo desde su pegaso mientras pasaba de largo. Busque a Grover, pero no lo encontre. Finalmente, me di una vuelta por el ruedo de arena, adonde suelo ir cuando estoy de mal humor. Practicar con la espada siempre me ayuda a serenarme. Sera porque la esgrima es una de las cosas que si comprendo.

Al entrar en el anfiteatro por poco se me para el corazon del susto. En mitad del ruedo se alzaba el perro del infierno mas grande con el que me habia tropezado en mi vida. Y conste que he visto algunos bastante grandes. Uno del tamanio de un rinoceronte intento matarme cuando tenia doce anios. Pero ese era incluso mayor que un tanque. No tenia ni idea de como habria atravesado los limites magicos del campamento. Parecia muy a sus anchas alli echado sobre la arena, gruniendo satisfecho mientras le arrancaba la cabeza a un maniqui de combate. Aun no habia captado mi presencia, pero el mas minimo ruido bastaria para alertarlo. No habia tiempo de pedir ayuda. Saque a Contracorriente e inicie el ataque.

—¡Yaaaaaaa!

Lance un tajo al lomo del enorme monstruo, pero otra espada surgio como de la nada y detuvo el golpe.

¡CLONC!.

El perro del infierno alzo las orejas. —¡¡¡Guau!!!

Retrocedi de un salto y le aseste instintivamente un mandoble al duenio de la espada, un hombre de cabello gris con armadura griega. El lo esquivo sin problemas.

—¡Quieto ahi! —dijo—. Hagamos una tregua. —¡¡Guau!!

El ladrido de la fiera volvio a sacudir la arena. —¡Es un perro del infierno! —grite.

—Es inofensiva —aseguro el hombre—. Es la Seniorita O'Leary. Parpadee, incredulo.

—¿La Seniorita O'Leary?

Nada mas decirlo, el animal ladro de nuevo. Me di cuenta de que no estaba enfadada, solo excitada. Con suavidad, empujo el maniqui mordido y empapado de babas hacia el hombre de la espada. —¡Buena chica! —dijo el. Con la mano libre, agarro por el cuello el maniqui, que llevaba una armadura, y lo lanzo con esfuerzo hacia las gradas—. ¡Atrapa al griego! ¡Atrapa al griego!

La Seniorita O'Leary dio un par de saltos, se abalanzo sobre el maniqui, aplastandole la armadura, y empezo a masticar el casco.

El hombre sonrio torvamente. Andaria por los cincuenta, supuse, a juzgar por el pelo y la barba grises, ambos muy cortos. Parecia en buena forma para su edad. Llevaba unos pantalones negros de alpinismo y un peto de bronce sujeto con correas sobre la camiseta naranja del campamento. En la base del cuello tenia una marca extrania, una mancha morada que quiza fuera parte de un tatuaje o una marca de nacimiento. Pero, antes de que pudiera averiguarlo, el hombre se ajusto las correas de la armadura y la mancha desaparecio de mi vista.

—La Seniorita O'Leary es mi mascota —me explico—. No podia permitir que le clavases una espada en el trasero, ¿entiendes? Tal vez se habria asustado.

—¿Quien es usted?

—¿Prometes no matarme si bajo la espada? —Supongo que si. Envaino el arma y me tendio la mano. —Quintus —se presento.

Le estreche la mano, aspera como papel de lija.

—Percy Jackson —dije—. Lo siento… ¿Como consiguio…?

—¿Domesticar a un perro del infierno? Es una larga historia: con muchos lances a vida o muerte y una buena provision de juguetes para perro de tamanio extragrande. Soy el nuevo instructor de combate a espada, por cierto. Le echo una mano a Quiron mientras el senior D esta fuera.

—Ah. —La vista se me iba hacia la Seniorita O'Leary, que le habia arrancado al maniqui el escudo, con brazo incluido, y lo zarandeaba como si fuese un Frisbee—. Un momento… ¿el senior D esta fuera?

—Si, bueno… son tiempos dificiles; incluso Dioniso tiene que ayudar un poco. Ha ido a visitar a unos viejos amigos para asegurarse de que se mantienen en el lado correcto. Me parece que no debo aniadir mas.

Que Dioniso se hubiera ido era la mejor noticia que habia recibido en todo el dia. Solo era director de nuestro campamento porque Zeus lo habia destinado alli en castigo por perseguir a una ninfa de los bosques mas alla de los limites permitidos. El odiaba a los campistas y procuraba hacernos la vida imposible. Si no estaba en el campamento, el verano quiza resultara una delicia. Aunque, por otro lado, el hecho de que Dioniso se hubiera visto obligado a mover el trasero para ayudar a los dioses a reclutar fuerzas contra la amenaza de los titanes significaba que las cosas pintaban bastante mal.

De repente sono un estrepito a mi izquierda. Me fije en seis cajones de madera, cada uno del tamanio de una mesa de picnic, apilados alli cerca. Se estremecian y traqueteaban unos sobre otros. La Seniorita O'Leary ladeo un poco la cabeza y dio un par de saltos hacia ellos.

—¡Eh, amiga! —dijo Quintus—. Esos no son para ti. —Intento distraerla con el escudo de bronce convertido en un Frisbee.

Los cajones se sacudian y daban golpetazos. Tenian un rotulo impreso pegado a los lados, pero debido a mi dislexia tarde varios minutos en descifrarlo.

RANCHO TRIPLE G FRAGIL

ESTE LADO ARRIBA

En la base, en letra mas pequenia, ponia:

«ABRIR CON PRECAUCION. EL RANCHO TRIPLE G NO SE HACE RESPONSABLE DE LOS DESPERFECTOS MATERIALES, DE LAS MUTILACIONES NI DE LAS MUERTES EXTREMADAMENTE DOLOROSAS QUE PUEDAN PRODUCIRSE.»

—¿Que hay en esas cajas? —pregunte.

—Una sorpresita —respondio Quintus—. Para los ejercicios de entrenamiento de maniana por la noche. Te van a encantar.

—Ah, vale —dije, aunque no me quedaba muy claro lo de las «muertes extremadamente dolorosas». Quintus lanzo el escudo de bronce y la Seniorita O'Leary avanzo pesadamente hacia el.

—A los jovenes os hacen falta mas desafios. No habia campamentos como este cuando yo era chico. —¿Usted… es un mestizo? —No era mi intencion demostrar tanta sorpresa, pero nunca habia visto a un semidios tan viejo.

Quintus rio entre dientes.

—Algunos sobrevivimos y llegamos a la edad adulta, ¿sabes? No todos nos hallamos sometidos a terribles profecias.

—¿Esta enterado de lo de mi profecia? —Algo he oido.

Queria preguntarle a que parte se referia, pero justo entonces aparecio Quiron, pisando la arena con sus cascos.

—¡Percy!, ¡conque estas aqui!

Supuse que acababa de dar la clase de tiro, porque llevaba un arco y un carcaj colgados sobre su camiseta de «YO, CENTAURO». Se habia recortado la barba y tambien su rizado pelo castanio para la temporada de verano. La mitad inferior de su cuerpo, que era el de un semental blanco, estaba salpicada de hierba y barro.

—Veo que ya has conocido a nuestro nuevo instructor —me dijo en tono informal, aunque con una expresion inquieta en la mirada—. Quintus, ¿te importa si me llevo un rato a Percy? —En absoluto, maestro Quiron.

—No hace falta que me llames «maestro» —repuso, aunque daba la impresion de sentirse complacido —. Vamos, Percy, tenemos mucho de que hablar.

Le eche un ultimo vistazo a la Seniorita O'Leary, que ahora arrancaba a bocados las piernas del maniqui.

—Bueno, ya nos veremos —le dije a Quintus. Mientras nos alejabamos, me acerque a Quiron. —Parece algo… —¿Misterioso? —sugirio el—. ¿Indescifrable? —Eso.

Asintio.

—Un mestizo muy dotado. Y excelente con la espada. Ojala pudiera entender… Ignoro que iba a decir. Fuese lo que fuese, cambio de idea.

—Lo primero es lo primero, Percy. Annabeth me ha dicho que te has encontrado con unas empusas. —Asi es. —Le conte la pelea en Goode y la forma en que Kelli habia estallado en llamas. — Hummm… —murmuro—. Eso pueden hacerlo las mas poderosas. No ha muerto, Percy. Simplemente, se ha escapado. No es buena senial que las mujeres demonio anden por ahi.

—¿Y que hacian en la escuela? —pregunte—. ¿Estaban esperandome?

—Seguramente —confirmo, frunciendo el cenio—. Es asombroso que hayas sobrevivido. Su capacidad para enganiar… Cualquier otro heroe varon habria sucumbido a su hechizo y habria sido devorado. —Yo tambien —reconoci—, de no ser por Rachel.

Quiron asintio.

—Resulta ironico que te haya salvado una mortal, pero estamos en deuda con ella. Lo que te ha dicho la empusa sobre un ataque al campamento… hay que hablarlo mas a fondo. Pero, por ahora, ven. Hemos de ir al bosque. Grover querra que estes presente.

—¿Donde?

—En la audiencia que esta a punto de celebrarse —respondio con aire lugubre—. El Consejo de los Sabios Ungulados se ha reunido para decidir su destino.

* * *

Quiron dijo que teniamos que apresurarnos, asi que accedi a montarme sobre su lomo. Mientras pasabamos al galope frente a las cabanias, eche un vistazo a la zona del comedor: un pabellon al aire libre de estilo griego situado en una colina desde la que se divisaba el mar. No habia visto el pabellon desde el verano anterior y me trajo malos recuerdos.

Quiron se interno en el bosque. Las ninfas se asomaron desde los arboles para mirarnos pasar. Entre la maleza se agitaron sombras enormes: los monstruos que se conservaban alli para poner a prueba a los campistas.

Creia conocer muy bien aquel bosque porque en los dos ultimos veranos habia jugado alli a capturar la bandera, pero Quiron me llevo por un camino que no reconoci, recorrio un tunel de viejos sauces y paso junto a una cascada hasta llegar a un gran claro alfombrado con flores silvestres.

Habia un monton de satiros sentados en circulo sobre la hierba. Grover permanecia de pie, en el centro, frente a tres satiros orondos y viejisimos que se habian aposentado en unos tronos confeccionados con rosales recortados. Nunca habia visto a aquellos tres satiros ancianos, pero supuse que serian el Consejo de Sabios Ungulados.

Grover parecia contarles una historia. Se retorcia el borde de la camiseta y desplazaba nerviosamente su peso de una pezunia a otra. No habia cambiado mucho desde el invierno anterior, quiza porque los satiros envejecen solo la mitad de rapido que los humanos. Se le habia reavivado el acne y los cuernos le habian crecido un poco, de manera que asomaban entre su pelo rizado. Adverti con sorpresa que me habia vuelto mas alto que el.

En un lado, fuera del circulo de satiros, observaban la escena Annabeth, una desconocida y Clarisse. Quiron me dejo junto a ellas.

Clarisse llevaba su aspero pelo castanio recogido con un paniuelo de camuflaje. Se la veia mas corpulenta que nunca, como si hubiese estado entrenando. Me lanzo una mirada asesina y murmuro:

«Gamberro», lo cual debia de significar que estaba de buen humor. Su manera de saludarme mas habitual consiste en intentar matarme.

Annabeth rodeaba con el brazo a la otra chica, que parecia estar llorando. Era bajita — menuda, supongo que deberia decir—, con un pelo lacio color ambar y una carita muy mona de estilo elfo. Llevaba una tunica verde de lana y sandalias con cordones, y se estaba secando los ojos con un paniuelo.

—Esto va fatal —gimio.

—No, no —dijo Annabeth, dandole palmaditas en el hombro—. No le pasara nada, Enebro, ya lo veras. Annabeth me miro y me dijo moviendo los labios: «La novia de Grover.»

O al menos eso entendi, aunque no tenia sentido. ¿Grover con novia? Luego examine a Enebro con mas atencion y repare en que tenia las orejas algo puntiagudas. Sus ojos no se veian enrojecidos por el llanto: estaban teniidos de verde, del color de la clorofila. Era una ninfa del bosque, una driada.

—¡Maestro Underwood! —grito el miembro del consejo que se hallaba a la derecha, cortando a Grover en seco—. ¿De veras espera que creamos eso?

—Pe… pero, Sileno —tartamudeo Grover—, ¡es la verdad!

El tipo del consejo, Sileno, se volvio hacia sus colegas y dijo algo entre dientes. Quiron se adelanto trotando y se situo junto a ellos. Entonces recorde que era miembro honorario del consejo, aunque yo nunca lo habia tenido muy presente. Los ancianos no causaban una gran impresion. Me recordaban a las cabras de un zoo infantil, con aquellas panzas enormes, su expresion soniolienta y su mirada vidriosa, que no parecia ver mas alla del siguiente puniado de manduca. No lograba entender por que Grover estaba tan nervioso.

Sileno se estiro su polo amarillo para cubrirse la panza y se reacomodo en su trono de rosales. —Maestro Underwood, durante seis meses, ¡seis!, hemos tenido que oir esas afirmaciones escandalosas segun las cuales usted oyo hablar a Pan, el dios salvaje.

—¡Es que lo oi!

—¡Que insolencia! —protesto el anciano de la izquierda. —A ver, Maron, un poco de paciencia —intervino Quiron.

—¡Mucha paciencia es lo que hace falta! —replico Maron—. Ya estoy hasta los mismisimos cuernos de tanto disparate. Como si el dios salvaje fuera a hablar… con ese.

Enebro parecia dispuesta a abalanzarse sobre el anciano y darle una paliza, pero entre Clarisse y Annabeth lograron sujetarla.

—Eso seria un error —murmuro Clarisse—. Espera.

No se cual de las dos cosas me sorprendia mas: que Clarisse impidiera a alguien meterse en una pelea o que ella y Annabeth, que no se soportaban, estuvieran como quien dice colaborando.

—Durante seis meses —prosiguio Sileno—, le hemos consentido todos sus caprichos, maestro Underwood. Le hemos permitido viajar. Hemos dado nuestra autorizacion para que conservara su permiso de buscador. Hemos aguardado a que nos trajera pruebas de su absurda afirmacion. ¿Y que ha encontrado?

—Necesito mas tiempo —suplico Grover.

—¡Nada! —lo interrumpio el anciano sentado en medio—. ¡No ha encontrado nada! —Pero Leneo…

Sileno alzo la mano. Quiron se inclino y les dijo algo a los satiros, que no parecian muy contentos: murmuraban y discutian entre ellos. Pero Quiron aniadio algo y Sileno, con un suspiro, asintio a reganiadientes.

—Maestro Underwood —anuncio—, le daremos otra oportunidad. Grover se animo.

—¡Gracias!

—Una semana mas.

—¿Como? Pero ¡senior, es imposible!

—Una semana mas, maestro Underwood. Si para entonces no ha podido probar sus afirmaciones, sera momento de que inicie otra carrera. Algo que se adapte mejor a su talento dramatico. Teatro de marionetas, tal vez. O zapateado.

—Pero, senior… no… no puedo perder mi permiso de buscador. Toda mi vida…

—La reunion del consejo queda aplazada temporalmente —declaro Sileno—. ¡Y ahora vamos a disfrutar de nuestro almuerzo!

Los viejos satiros dieron unas palmadas y un monton de ninfas se desprendieron de los arboles con grandes bandejas llenas de verdura, fruta, latas y otras exquisiteces para el paladar de una cabra. El circulo de satiros se deshizo y todos se abalanzaron sobre la comida. Grover se acerco a nosotros, desanimado. En su camiseta descolorida se veia el dibujo de un satiro y un rotulo: «¿TIENES PEZUNIAS?»

—Hola, Percy —dijo, tan deprimido que ni siquiera me tendio la mano—. Me ha ido de maravilla, ¿no os parece?

—¡Esas viejas cabras! —mascullo Enebro—. ¡Ay, Grover, ellos no tienen ni idea de cuanto te has esforzado!

—Hay una alternativa —intervino Clarisse con aire sombrio.

—No, no. —Enebro movio energicamente la cabeza—. No te lo permitire, Grover. El se puso livido.

—Tengo… que pensarlo. Pero ni siquiera sabemos donde buscar. —¿De que estais hablando? —pregunte.

Una caracola sono a lo lejos. Annabeth apreto los labios.

—Luego te lo explico, Percy. Ahora sera mejor que volvamos a las cabanias. Esta empezando la inspeccion.

* * *

No me parecia justo tener que pasar la inspeccion cuando acababa de llegar al campamento, pero asi funcionaba la cosa. Cada tarde, uno de los lideres veteranos se paseaba por las cabanias con una lista escrita en un rollo de papiro. La mejor cabania conseguia el primer turno de las duchas, lo cual implicaba agua caliente garantizada. La peor habia de ocuparse de la cocina despues de la cena.

Lo malo era que yo solia ser el unico ocupante de la cabania de Poseidon, aparte de que no soy lo que se dice una persona muy pulcra. Las arpias de la limpieza se limitaban a hacer un repaso el ultimo dia de verano, asi que mi cabania estaria seguramente tal como la habia dejado en las vacaciones de invierno. Es decir, con envoltorios de caramelos y bolsas de patatas sobre la litera y con las piezas de mi armadura, la que usaba para capturar la bandera, esparcidas por todas partes.

Corri a la zona comunitaria, donde las doce cabanias, una por cada dios olimpico, formaban una U alrededor del cesped central. Los chicos de Demeter barrian la suya y hacian crecer flores en los tiestos de sus ventanas. Les bastaba con chasquear los dedos para que florecieran madreselvas sobre el dintel de la puerta y para que el tejado quedara cubierto de margaritas. Lo cual era otra injusticia. No creo que hubieran quedado nunca los ultimos en una inspeccion. Los de la cabania de Hermes corrian despavoridos de aca para alla, tratando de esconder la ropa sucia bajo las camas y acusandose mutuamente de haberse birlado las cosas que echaban en falta. Eran bastante dejados, pero aun asi me sacaban ventaja.

Silena Beauregard acaba de salir de la cabania de Afrodita y estaba marcando en su rollo de papiro los distintos puntos de la inspeccion. Solte una maldicion entre dientes. Silena era estupenda, pero tambien una obsesiva de la limpieza, o sea, la peor inspectora posible. Le gustaban las cosas «monas», y esas no eran mi especialidad precisamente. Ya casi podia sentir en mis brazos el peso de la montania de platos que habria de fregar aquella noche.

La cabania de Poseidon era la ultima de la hilera de la derecha, la correspondiente a los «dioses masculinos». Construida con rocas marinas cubiertas de caparazones de molusco, era larga y

achaparrada como un bunker, aunque tenia ventanas orientadas al mar y en su interior siempre se disfrutaba de una buena brisa.

Entre corriendo, preguntandome si tendria tiempo de esconderlo todo debajo de la cama, como mis colegas de Hermes, cuando me tropece con Tyson, mi hermanastro, barriendo el suelo.

—¡Percy! —aullo.

Solto la escoba y corrio a mi encuentro. Ser asaltado por un ciclope entusiasta, provisto de un delantal floreado y guantes de goma, es un sistema ultrarrapido para espabilarte.

—¡Eh, grandullon! —dije—. ¡Cuidado con mis costillas!

Logre salir vivo de su abrazo de oso. Me deposito en el suelo, sonriendo como un poseso y con un brillo de excitacion en su unico ojo castanio. Tenia los dientes tan retorcidos y amarillentos como siempre y su pelo parecia el nido de una rata. Llevaba unos vaqueros XXXL y una camisa andrajosa de franela bajo el delantal floreado. Pero aun asi me alegre de verlo. Hacia casi un anio que no nos encontrabamos, desde que se habia ido a trabajar a las fraguas submarinas de los ciclopes.

—¿Estas bien? —me pregunto—. ¿No te han devorado los monstruos?

—Ni un pedacito. —Le mostre que aun conservaba los dos brazos y las dos piernas, y Tyson aplaudio con jubilo.

—¡Yuju! —exclamo—. ¡Ahora podremos comer bocadillos de mantequilla de cacahuete y montar ponis pez! ¡Y luchar con monstruos y ver a Annabeth y hacer BUUUM con los malos! Confiaba en que no quisiera hacerlo todo a la vez, pero le dije que si, por supuesto, que nos lo pasariamos bomba aquel verano. No pude evitar una sonrisa ante su entusiasmo.

—Pero primero —le adverti— hemos de ocuparnos de la inspeccion. Tendriamos que… Eche una ojeada alrededor y descubri que habia trabajado de lo lindo. Habia barrido el suelo y hecho las literas. Habia fregado a fondo la fuente de agua salada del rincon y los corales se veian relucientes. En los alfeizares habia colocado floreros llenos de agua con anemonas marinas y con unas extranias plantas del fondo oceanico que resplandecian y resultaban mas bonitas que cualquiera de los ramos improvisados de los chicos de Demeter.

—Tyson, la cabania… ¡esta increible! Me dirigio una sonrisa radiante.

—¿Has visto los ponis pez? ¡Los he puesto en el techo!

Habia colgado de unos alambres un rebanio en miniatura de hipocampos de bronce. Daban la impresion de nadar por el aire. No podia creer que, con aquellas manazas, Tyson fuese capaz de hacer algo tan delicado. Mire hacia mi litera y vi mi viejo escudo colgado de la pared.

—¡Lo has arreglado!

El escudo habia quedado muy daniado el invierno anterior, cuando luche con una manticora, pero ahora se veia perfecto y sin un solo rasgunio. Los relieves en bronce de mis aventuras con Tyson y Annabeth en el Mar de los Monstruos aparecian pulidos y relucientes.

Mire a Tyson fijamente. No sabia como darle las gracias. Entonces alguien dijo a mis espaldas: —¡Caramba!

Silena Beauregard estaba en el umbral con el papiro de la inspeccion. Entro, dio una vuelta sobre si misma y alzo las cejas, con los ojos fijos en mi.

—Bueno, confieso que tenia mis dudas, pero veo que la has dejado preciosa. Lo tendre en cuenta. Me guinio un ojo y salio.

* * *

Tyson y yo nos pasamos la tarde poniendonos al dia y dando una vuelta, lo cual resulto agradable despues del ataque de las animadoras diabolicas de esa maniana.

Fuimos a la fragua y echamos una mano a Beckendorf, de la cabania de Hefesto, que estaba fundiendo metales. Tyson nos demostro que habia aprendido a forjar armas magicas: confecciono un hacha de guerra llameante de doble hoja a tal velocidad que incluso Beckendorf se quedo impresionado.

Mientras trabajaba, nos hablo del anio que habia pasado bajo el oceano. Su ojo se ilumino al describir las fraguas de los ciclopes y el palacio de Poseidon, pero tambien nos conto que el ambiente estaba muy tenso. Los antiguos dioses del mar, que habian gobernado en la epoca de los titanes, habian iniciado una guerra contra nuestro padre. Cuando Tyson se marcho, habia batallas en marcha por todo el Atlantico. Me inquieto oir aquello, porque quiza yo deberia estar echando una mano, pero el me aseguro que papa queria que los dos permanecieramos en el campamento.

—Tambien hay montones de malos por encima del mar —dijo Tyson—. Podemos hacerles BUUUM. Despues de pasar por la fragua, estuvimos un rato en el lago de las canoas con Annabeth, quien se alegro mucho de ver a Tyson, aunque parecia distraida. No paraba de mirar hacia el bosque, como si estuviera pensando en el problema de Grover con el consejo. No podia culparla, la verdad. A Grover no se le veia por ningun lado. Me sentia fatal por el. Encontrar al dios Pan habia sido el objetivo de toda su vida. Su padre y su tio habian desaparecido persiguiendo ese mismo suenio. El invierno anterior, Grover habia oido una voz en el interior de su cabeza: «Te espero.» Estaba seguro de que era la voz de Pan, pero al parecer su busqueda no habia dado resultado. Si el consejo le retiraba su permiso de buscador, quedaria destrozado.

—¿Cual es «la alternativa»? —le pregunte a Annabeth—. La que menciono Clarisse.

Mi amiga tomo una piedra y la lanzo con destreza para que rebotara por la superficie del lago.

—Una cosa que descubrio ella. Yo la ayude un poco esta primavera. Pero seria muy peligroso. Sobre todo para Grover.

—El ninio cabra me da miedo —murmuro Tyson.

Lo mire sin poder creerlo. Tyson se habia enfrentado con toros que escupian fuego y con gigantes canibales.

—¿Por que te da miedo?

—Pezunias y cuernos —musito, nervioso—. Y el pelo de cabra me da picor en la nariz. Y en eso consistio toda la conversacion sobre Grover.

* * *

Antes de cenar, Tyson y yo bajamos al ruedo de arena. Quintus parecio alegrarse de tener companiia. Aun no queria decirme que habia en los cajones de madera, pero me ensenio un par de trucos con la espada. Sabia un monton. Combatia tal como algunas personas juegan al ajedrez: haciendo un movimiento tras otro sin que pudieras prever que se proponia hasta que daba el ultimo toque y te ponia la espada en la garganta.

—Buen intento —me dijo—, pero tienes la guardia muy baja. Me lanzo un mandoble y yo lo pare.

—¿Siempre se ha dedicado a la espada? Desvio el tajo que le habia asestado. —He sido muchas cosas.

Dio una estocada y me eche a un lado. La correa del peto se le escurrio del hombro y volvi a verle aquella marca en la base del cuello: la mancha morada. No era aleatoria, porque tenia una forma definida: un pajaro con las alas plegadas, como una codorniz o algo parecido.

—¿Que es eso que tiene en el cuello? —le pregunte, lo cual constituia seguramente una falta de educacion. Echale si quieres la culpa a mi THDA. Tengo tendencia a soltar las cosas sin mas ni mas. Quintus perdio la concentracion. Le di un golpe en la empuniadura de la espada, que se le escapo y cayo al suelo.

Se froto los dedos. Luego volvio a subirse la armadura para ocultar la marca. No era un tatuaje, comprendi por fin, sino una antigua quemadura… Como si lo hubiesen marcado con un hierro candente.

—Es un recordatorio. —Recogio la espada y esbozo una sonrisa forzada—. ¿Seguimos? Me ataco con brio, sin darme tiempo a hacer mas preguntas.

Mientras luchabamos, Tyson jugaba con la Seniorita O'Leary. La llamaba «perrita» y se lo pasaban en grande forcejeando para agarrar el escudo de bronce y jugando a «atrapa al griego». Al ponerse el sol, Quintus seguia tan fresco; no se le veia ni una gota de sudor, lo cual me parecio algo raro. Tyson y yo estabamos acalorados y pegajosos, de manera que fuimos a ducharnos y prepararnos para la cena.

Me sentia bien. Habia sido un dia casi normal en el campamento. Llego la hora de cenar y todos los campistas se alinearon por cabanias y desfilaron hacia el pabellon. La mayoria no hizo caso de la fisura que habia en el suelo de marmol de la entrada: una grieta dentada de tres metros de longitud que no estaba el verano pasado. La habian tapado, pero aun asi me cuide de no pisarla.

—Vaya grieta —comento Tyson cuando llegamos a nuestra mesa—. ¿Un terremoto?

—No. Nada de terremotos. —No sabia si contarselo. Era un secreto que solo conociamos Annabeth, Grover y yo. Pero, al mirar el ojo enorme de Tyson, comprendi que a el no podia ocultarle nada—. Nico di Angelo —aniadi bajando la voz—. Ese chico mestizo que trajimos al campamento el pasado invierno. Me… me habia pedido que vigilara a su hermana durante la busqueda y le falle. Ella murio. Y Nico me culpa a mi.

Tyson fruncio el cenio.

—¿Y por eso abrio una grieta en el suelo?

—Habia unos esqueletos que nos atacaban —explique—. Nico les dijo que se fueran y la tierra se abrio y se los trago. Nico… —eche una mirada alrededor para asegurarme de que nadie nos oia— es hijo de Hades.

Tyson asintio, pensativo. —El dios de los muertos. —Eso es.

—¿Y el chico Nico desaparecio?

—Me temo que si. Trate de buscarlo en primavera. Y lo mismo hizo Annabeth. Pero no tuvimos suerte. Todo esto es secreto, Tyson, ¿vale? Si alguien se enterase de que es hijo de Hades, correria un gran peligro. Ni siquiera puedes decirselo a Quiron.

—La mala profecia —asintio Tyson—. Los titanes podrian utilizarlo si lo supieran.

Me quede mirandolo. A veces se me olvidaba que, por grandullon e infantil que fuera, Tyson era muy listo. El sabia que el siguiente hijo de los Tres Grandes —Zeus, Poseidon o Hades— que cumpliera los dieciseis anios estaba destinado, segun la profecia, a salvar o destruir el monte Olimpo. La mayoria daba por supuesto que la profecia se referia a mi, pero, en caso de que yo muriese antes de cumplir los dieciseis, tambien podia aplicarse perfectamente a Nico.

—Exacto —dije—. O sea que…

—Boca cerrada —me prometio Tyson—. Como esa grieta.

* * *

Esa noche me costo dormirme. Permaneci tumbado en la cama escuchando el rumor de las olas de la playa y los gritos de las lechuzas y los monstruos en el bosque. Me daba miedo tener una pesadilla en cuanto me quedara dormido. Veras, para un mestizo, los suenios casi nunca son simplemente un suenio. Nosotros recibimos mensajes. Vislumbramos cosas que les ocurren a nuestros amigos o enemigos. A veces incluso vislumbramos el pasado o el futuro.

Y en el campamento, yo solia tener suenios frecuentes y muy vividos.

Aun permanecia despierto alrededor de medianoche, con los ojos fijos en el colchon de la litera de arriba, cuando adverti una luz extrania en la habitacion. La fuente de agua salada emitia un resplandor. Aparte la colcha, me levante y me acerque con cautela. Una nube de vapor se elevaba del agua marina. Aunque no habia luz en la habitacion, salvo los rayos de luna que se colaban por las ventanas, los colores del arco iris temblaban entre el vaho. Oi entonces una agradable voz femenina que parecia provenir de su espesor: «Deposite un dracma, por favor.»

Mire hacia la cama de Tyson; continuaba roncando.

Y es que tiene un suenio mas profundo que el de un elefante anestesiado.

No sabia que pensar. Nunca habia recibido un mensaje Iris a cobro revertido. Un dracma dorado relucia al fondo de la fuente. Lo recogi, lo lance a traves del vapor y se desvanecio. —Oh, diosa del arco iris —susurre—. Muestrame… eh, lo que tengas que mostrarme.

El vapor temblo. Vi la orilla oscura de un rio. Habia jirones de niebla desplazandose sobre el agua negra. Los margenes estaban cubiertos de afiladas rocas volcanicas. Un chico vigilaba en cuclillas una hoguera junto al rio. Las llamas ardian con un extranio resplandor azul. Entonces le vi la cara. Era Nico di Angelo. Estaba tirando unos trozos de papel al fuego… Los cromos de Mitomagia que formaban parte del juego con que tan obsesionado habia estado el pasado invierno.

Nico solo tenia diez anios, o tal vez fuesen once ahora, pero parecia mucho mayor. El pelo, mas largo que antes y muy desgreniado, le llegaba casi al hombro. Sus ojos oscuros brillaban con el reflejo de las llamas. Su piel olivacea se veia mas palida. Llevaba unos tejanos negros desgarrados y una chaqueta de aviador muy estropeada que le venia grande (tres o cuatro tallas, por lo menos). Por la cremallera entreabierta asomaba una camisa negra. Tenia una expresion lugubre y la mirada algo enloquecida. Parecia uno de esos chicos que viven en la calle.

Aguarde a que me mirase. Se pondria hecho una furia, seguro, y empezaria acusarme de dejar que muriera su hermana. Pero no parecia advertir mi presencia.

Permaneci en silencio; no me atrevia a moverme siquiera. Si el no me habia enviado el mensaje Iris, ¿quien habria sido?

Nico echo otro cromo a las llamas azules.

—Inutil —murmuro—. No puedo creer que estas cosas me gustaran.

—Un juego infantiloide, amo —asintio otra voz. Parecia venir de muy cerca, pero no podia ver quien era.

Nico miro al otro lado del rio. La orilla opuesta estaba oscura y cubierta con un sudario de niebla. Reconoci el lugar: era el inframundo. Nico habia acampado junto al rio Estigio.

—He fracasado —dijo entre dientes—. Ya no hay modo de recuperarla. La otra voz permanecio en silencio.

Nico se volvio hacia ella, indeciso. —¿O si lo hay? Habla.

Algo temblo. Crei que era solo la luz de la lumbre. Luego adverti que era la forma de un hombre: una voluta de humo azul, una sombra. Mirando de frente, no la veias. Pero si mirabas con el rabillo del ojo, identificabas la silueta. Un fantasma.

—Nunca se ha hecho —dijo este—. Pero tal vez haya un modo. —Dime como —le ordeno Nico. Sus ojos tenian un brillo feroz. —Un intercambio —dijo el fantasma—. Un alma por otra alma. —¡Yo me ofrezco!

—La vuestra no. No podeis ofrecerle a vuestro padre un alma que de todos modos acabara siendo suya. Ni creo que este deseoso de ver muerto a su hijo. Me refiero a un alma que ya deberia haber sucumbido. Que ha burlado a la muerte.

El rostro de Nico se ensombrecio.

—Otra vez no. Me estas hablando de un asesinato. —Os hablo de justicia —preciso el fantasma—. De venganza. —No son lo mismo.

El fantasma solto una risa ironica. — Descubrireis otra cosa cuando seais viejo. Nico contemplo las llamas.

—¿Por que no puedo al menos convocarla? Quiero hablar con ella. Se que… que ella me ayudaria. —Yo os ayudare —prometio el fantasma—. ¿No os he salvado ya muchas veces? ¿No os he guiado por el laberinto y os he enseniado a utilizar vuestros poderes? ¿Quereis vengar a vuestra hermana, si o no?

No me gustaba su tono. Me recordaba a un chaval de mi antiguo colegio, un maton que solia convencer a los demas para que hicieran cosas estupidas, como robar material del laboratorio o destrozar los coches de los profesores. Aquel maton nunca se metia en un aprieto, pero consiguio que un monton de chicos fueran expulsados.

Nico desvio la cara del fuego para que el fantasma no pudiera versela. Pero yo si podia. Una lagrima le caia por la mejilla.

—Muy bien. ¿Tienes un plan?

—Claro —dijo el fantasma—. Tenemos muchos caminos oscuros que recorrer. Hemos de empezar… La imagen temblo y se desvanecio. La voz de la mujer salio otra vez de la nube de vapor: «Por favor, deposite un dracma para otros cinco minutos.»

No habia mas monedas en la fuente. Me lleve la mano al pantalon, pero no tenia bolsillo: llevaba el pijama puesto. Corri a la mesilla para ver si tenia algo suelto, pero el mensaje Iris ya se habia extinguido con un parpadeo y la habitacion volvio a quedarse a oscuras. Se habia cortado la comunicacion.

Me quede en medio de la cabania, escuchando el gorgoteo del agua de la fuente y el rumor de las olas que venia del exterior.

Nico estaba vivo. Queria recuperar a su hermana de entre los muertos. Y yo tenia la sensacion de saber con que alma pretendia intercambiar la de su hermana. El alma de alguien que habia burlado a la muerte. Una venganza.

Nico di Angelo vendria por mi.

Capitulo 3

Jugamos con escorpiones al corre que te pillo

Al dia siguiente, durante el desayuno, habia mucho revuelo en el comedor.

Al parecer, a las tres de la madrugada se habia localizado un dragon etiope en la frontera del campamento. Yo estaba tan exhausto que habia seguido durmiendo pese al alboroto. Los limites magicos habian mantenido al monstruo a raya, pero este siguio merodeando por las colinas intentando encontrar algun punto debil en nuestras defensas y no parecio dispuesto a marcharse hasta que Lee Fletcher, de la cabania de Apolo, y dos de sus camaradas se pusieron a perseguirlo. Cuando el dragon tuvo una docena de flechas alojadas en las grietas de su armadura, capto el mensaje y se retiro.

—Debe de seguir ahi fuera —nos advirtio Lee durante los anuncios de la maniana—. Tiene clavadas veinte flechas en el pellejo y lo unico que hemos conseguido es enfurecerlo. Es de un color verde intenso y mide nueve metros. Sus ojos… —Se estremecio.

—Buen trabajo, Lee —dijo Quiron, dandole una palmada en el hombro—. Que todo el mundo permanezca alerta, pero sin perder la calma. Esto ya ha sucedido otras veces.

—Asi es —intervino Quintus desde la mesa principal—. Y volvera a ocurrir. Cada vez con mas frecuencia.

Hubo un murmullo general.

Todos habian oido los rumores: Luke y su ejercito de monstruos planeaban invadir el campamento. Muchos de nosotros creiamos que el ataque se produciria aquel verano, pero nadie sabia como ni cuando. Que el numero de campistas fuera mas bien bajo no ayudaba mucho. Solo eramos unos ochenta. Tres anios atras, cuando yo habia empezado, habia mas de cien. Ahora, en cambio, unos habian muerto, otros se habian unido a Luke y algunos habian desaparecido.

—Un buen motivo para practicar nuevos ejercicios de guerra —prosiguio Quintus, con un brillo especial en los ojos—. Esta noche veremos que tal lo haceis.

—Si —convino Quiron—. Bueno… ya esta bien de anuncios. Vamos a bendecir la mesa y a comer. — Alzo su copa—. ¡Por los dioses!

Todos levantamos nuestras copas y repetimos la bendicion.

Tyson y yo llevamos los platos al brasero de bronce y arrojamos a las llamas una parte de nuestra comida. Esperaba que a los dioses les gustara el pudin de pasas y los cereales. —Poseidon —dije, bajando la voz—, echame una mano con Nico y Luke. Y con el problema de Grover…

Habia tanto de que preocuparse que podria haberme pasado alli la maniana, pero volvi a sentarme. Cuando todos habian empezado a comer, Quiron y Grover se acercaron a nuestra mesa. Este ultimo tenia cara de suenio y la camisa mal remetida. Deslizo su plato sobre la mesa y se desplomo a mi lado. Tyson se removio incomodo.

—Voy a… pulir mis ponis pez.

Se alejo pesadamente, dejando su desayuno a medias.

Quiron trato de sonreir. Seguramente queria resultar tranquilizador, pero con su forma de centauro se alzaba muy por encima de mi y proyectaba una sombra alargada sobre la mesa. —Bueno, Percy, ¿que tal has dormido?

—Eh… perfecto. —No entendia a que venia la pregunta. ¿Era posible que supiera algo del extranio mensaje Iris que habia recibido?

—Me he traido a Grover —dijo Quiron—, porque he pensado que quiza querais, eh… discutir la situacion. Ahora, si me disculpais, he de enviar unos cuantos mensajes Iris. Nos vemos mas tarde. — Dirigio una mirada cargada de intencion a Grover y salio trotando del pabellon. —¿De que esta hablando? —pregunte.

Grover masticaba sus huevos. Me di cuenta de que estaba distraido porque arranco de un mordisco las puas del tenedor y se las trago tambien.

—Quiere que me convenzas —musito.

Alguien se sento a mi lado en el banco. Annabeth.

—Te dire de que estamos hablando —dijo ella—. Del laberinto.

No me resultaba facil concentrarme en sus palabras, porque todos los presentes nos echaban miradas furtivas y murmuraban. Y tambien porque Annabeth estaba a mi lado. Quiero decir, pegada a mi.

—Se supone que no deberias estar aqui — seniale. —Tenemos que hablar —insistio. —Pero las normas…

Ella sabia tan bien como yo que los campistas no podian cambiarse de mesa. En el caso de los satiros no era asi porque ellos en realidad no eran semidioses. Pero los mestizos debian sentarse con la gente de su cabania. No sabia cual era el castigo por cambiar de mesa. No habia presenciado ningun caso. Si el senior D hubiera estado alli, habria estrangulado a Annabeth con ramas de vid magicas o algo asi. Pero no estaba. Y Quiron ya habia salido del pabellon. Quintus nos miro desde lejos y arqueo una ceja, pero no dijo nada.

—Mira —dijo Annabeth—, Grover esta metido en un buen aprieto. Solo se nos ocurre un modo de ayudarlo. El laberinto. Eso es lo que Clarisse y yo hemos estado investigando. Desplace un poco mi peso, tratando de pensar con claridad.

—¿Te refieres al laberinto donde tenian encerrado al Minotauro en los viejos tiempos? —Exacto.

—O sea… que ya no esta debajo del palacio del rey de Creta —deduje—, sino aqui en Norteamerica, bajo algun edificio.

¿Que te parece? Solo habia tardado unos pocos anios en entender como iba aquello. Ahora sabia que los sitios importantes se iban desplazando por el planeta junto con la civilizacion occidental, de manera que el monte Olimpo se hallaba encima del Empire State y la entrada del inframundo en Los Angeles. Me sentia orgulloso de mi mismo.

Annabeth puso los ojos en blanco.

—¿Bajo un edificio? ¡Por favor, Percy! El laberinto es enorme. No cabria debajo de una ciudad, no digamos de un solo edificio.

Recorde mi suenio sobre Nico en el rio Estigio. — Entonces… ¿el laberinto forma parte del inframundo?

—No. —Annabeth fruncio el cenio—. Bueno, quiza haya pasadizos que bajen desde el laberinto al inframundo. No estoy segura. Pero el inframundo esta muchisimo mas abajo. El laberinto esta inmediatamente por debajo de la superficie del mundo de los mortales, como si fuera una segunda piel. Durante miles de anios ha ido creciendo, abriendose paso bajo las ciudades occidentales y conectando todas sus galerias bajo tierra. Puedes llegar a cualquier parte a traves de laberinto.

—Si no te pierdes —apunto Grover entre dientes—. Ni sufres una muerte horrible.

—Tiene que haber un modo de hacerlo, Grover —dijo Annabeth. Me daba la impresion de que ya habian mantenido la misma conversacion otras veces—. Clarisse salio viva.

—¡Por los pelos! —protesto Grover—. Y el otro tipo… —Se volvio loco. No murio.

—¡Ah, estupendo! —A Grover le temblaba el labio inferior—. ¡Eso me tranquiliza mucho! —¡Hala! —dije—. Rebobinemos. ¿Que es eso de Clarisse y del tipo que se volvio loco?

Annabeth miro hacia la mesa de Ares. Clarisse nos observaba como si supiera exactamente de que hablabamos, pero enseguida bajo la vista al plato.

—El anio pasado —dijo mi amiga con un hilo de voz—, Clarisse emprendio una mision que Quiron le habia encargado.

—Lo recuerdo —comente—. Era un secreto.

Ella asintio. Pese a la seriedad con que se comportaba, me alegraba ver que ya no estaba enfadada conmigo. Y mas bien me gustaba que hubiera transgredido las normas para venir a sentarse a mi lado. —Era un secreto —dijo—, porque encontro a Chris Rodriguez.

—¿El de la cabania de Hermes? —Lo recordaba de hacia un par de anios. Habiamos oido su voz a hurtadillas cuando estabamos a bordo del Princesa Andromeda, el barco de Luke. Chris era uno de los mestizos que habian abandonado el campamento para unirse al ejercito del titan.

—Si —dijo Annabeth—. El verano pasado aparecio en Phoenix, Arizona, cerca de la casa de la madre de Clarisse.

—¿Como que aparecio?

—Estaba vagando por el desierto, con un calor de cuarenta y ocho grados, equipado con una armadura griega completa y farfullando algo sobre un hilo.

—¿Un hilo?

—Se habia vuelto loco de remate. Clarisse lo llevo a casa de su madre para que los mortales no lo internaran en un manicomio. Le prodigo toda clase de cuidados para ver si se recuperaba. Quiron viajo hasta alli y hablo con el, pero tampoco sirvio de mucho. Lo unico que le sacaron fue que los hombres de Luke habian estado explorando el laberinto.

Me estremeci, aunque en realidad no sabia exactamente por que. Pobre Chris… Tampoco era tan mal tipo. ¿Que le habria ocurrido para acabar enloqueciendo? Mire a Grover, que ahora masticaba el resto de su tenedor.

—Vale —dije—. ¿Y por que estaban explorando el laberinto?

—No teniamos ni idea —respondio Annabeth—. Por eso Clarisse emprendio esa mision exploratoria. Quiron lo mantuvo en secreto, no queria sembrar el panico. Y me involucro a mi porque… bueno, el laberinto siempre ha sido uno de mis temas favoritos. Como obra arquitectonica… —Adopto una expresion soniadora—. Dedalo, el constructor, era un genio. Pero lo mas importante es que el laberinto tiene entradas por todas partes. Si Luke averiguara como orientarse, podria trasladar a su ejercito a una velocidad increible.

—Pero resulta que es un laberinto, ¿no?

—Lleno de trampas —asintio Grover—. Callejones sin salida. Espejismos. Monstruos psicoticos devoradores de cabras.

—Si tuvieras el hilo de Ariadna, no —adujo Annabeth—. Antiguamente ese hilo guio a Teseo y le permitio salir del laberinto. Era una especie de instrumento de navegacion inventado por Dedalo. Chris Rodriguez se referia a ese hilo.

—O sea, que Luke esta intentando encontrar el hilo de Ariadna —deduje—. ¿Para que? ¿Que estara tramando?

Annabeth movio la cabeza.

—No lo se. Yo creia que queria invadir el campamento a traves del laberinto, pero eso no tiene sentido. Las entradas mas cercanas que encontro Clarisse estan en Manhattan, de modo que no le servirian para atravesar nuestras fronteras. Clarisse exploro un poco por los tuneles, pero… resultaba demasiado peligroso. Se salvo de milagro varias veces. He estudiado toda la informacion que he encontrado sobre Dedalo, pero me temo que no me ha servido de mucho. No entiendo que esta planeando Luke. Pero una cosa si se: el laberinto podria ser la clave para resolver el problema de Grover.

Parpadee, sorprendido.

—¿Crees que Pan esta oculto bajo tierra? —Eso explicaria por que ha resultado imposible encontrarlo. Grover se estremecio.

—Los satiros no soportan los subterraneos. Ningun buscador se atreveria a bajar a ese sitio. Sin flores. Sin sol. ¡Sin cafeterias!

—El laberinto —prosiguio Annabeth— puede conducirte practicamente a cualquier parte. Te lee el pensamiento. Fue concebido para despistarte, para enganiarte y acabar contigo. Pero si consiguieras que el laberinto trabajase a tu favor…

—Te llevaria hasta el dios salvaje —conclui.

—No puedo hacerlo. —Grover se agarro el estomago—. Solo de pensarlo me entran ganas de vomitar la cuberteria.

—Quiza sea tu ultima oportunidad, Grover —advirtio nuestra amiga—. El consejo no hablaba en broma. Una semana mas o tendras que aprender zapateado…

Quintus, en la mesa principal, tosio en senial de advertencia. Me dio la impresion de que no queria armar un escandalo, pero Annabeth estaba tensando demasiado la cuerda al permanecer tanto rato en mi mesa.

—Luego hablamos —dijo. Me dio un apreton mas fuerte de la cuenta en el brazo—. Convencelo, ¿vale?

Regreso a la mesa de Atenea sin hacer caso de todas las miradas fijas en ella. Grover se tapo la cara con las manos.

—No puedo hacerlo, Percy. Mi permiso de buscador. Pan. Voy a perderlo todo. Tendre que poner un teatro de marionetas.

—¡No digas eso! Ya se nos ocurrira algo. Me miro con ojos llorosos.

—Percy, eres mi mejor amigo. Tu me has visto en un subterraneo. En la caverna del ciclope. ¿De verdad crees que podria…?

Le fallo la voz. Recorde nuestra aventura en el Mar de los Monstruos, cuando quedo atrapado en la caverna del ciclope. A el nunca le habian gustado los subterraneos, eso para empezar. Pero ahora los odiaba. Los ciclopes, ademas, le daban repelus, incluido Tyson… A mi no podia ocultarmelo aunque lo intentara, porque Grover y yo percibiamos mutuamente nuestras emociones debido a la conexion por empatia que el habia establecido entre los dos. Yo sabia como se sentia. El grandullon de Tyson le daba panico.

—Tengo que irme —dijo apesadumbrado—. Enebro me espera. Es una suerte que encuentre atractivos a los cobardes.

En cuanto se hubo marchado, eche una mirada a Quintus. El asintio gravemente, como si compartieramos un oscuro secreto. Luego continuo cortando su salchicha con una daga.

* * *

Por la tarde, fui al establo de los pegasos a visitar a mi amigo Blackjack.

«¡Eh, jefe! —Se puso a dar brincos y agitar sus alas negras—. ¿Me ha traido terrones de azucar?» —Sabes que no te convienen, Blackjack.

«Ya, bueno. O sea, que me ha traido unos cuantos, ¿no?»

Sonrei y le puse un puniado en la boca. Teniamos una vieja amistad. Yo habia contribuido a rescatarlo del crucero diabolico de Luke unos anios atras y, desde entonces, el se empeniaba en pagarmelo haciendome favores.

«¿Tenemos alguna busqueda a la vista? —me pregunto—. ¡Estoy listo para volar, jefe!» Le acaricie el morro.

—No estoy seguro, amigo. La gente no para de hablar de laberintos subterraneos. Blackjack relincho, nervioso.

«Nanay. ¡No sera este caballo quien vaya! Usted, jefe, no estara tan loco como para meterse en un laberinto, ¿verdad? ¡O acabara en una fabrica de salchichas!»

—Quiza tengas razon, Blackjack. Ya veremos.

Mastico los terrones. Luego agito las crines como si tuviera una subida de azucar.

«¡Uaf! ¡Material de primera! Bueno, jefe, si recupera el juicio y quiere ir volando a algun sitio, solo ha de silbar. ¡El viejo Blackjack y sus colegas se llevaran por delante a quien haga falta!»

Le dije que lo tendria en cuenta. Luego entro en los establos un grupo de jovenes campistas para empezar sus clases de equitacion aerea y decidi que era hora de marcharse. Tenia el presentimiento de que no veria a Blackjack en mucho tiempo.

* * *

Aquella noche, despues de cenar, Quintus indico que nos pusieramos todos la armadura, como si fueramos a jugar a capturar la bandera, aunque el estado de animo general era mas bien sombrio. Los cajones de madera habian desaparecido de la arena en algun momento del dia y yo tenia la impresion de que su contenido, fuese lo que fuese, estaba en el bosque.

—Muy bien —dijo Quintus en la mesa principal, al tiempo que se ponia en pie—. Situaos alrededor. Iba todo cubierto de bronce y cuero negro. A la luz de las antorchas, su pelo gris le conferia un aspecto fantasmal. La Seniorita O'Leary saltaba a su lado y daba buena cuenta de las sobras de la cena.

—Os repartireis en grupos de dos —anuncio Quintus. Y cuando todos empezaban a hablar y escoger a sus amigos, grito—: ¡Grupos que ya han sido elegidos!

—¡Uuuuuuh! —protesto todo el mundo.

—Vuestro objetivo es sencillo: encontrar los laureles de oro sin perecer en el intento. La corona esta envuelta en un paquete de seda, atado a la espalda de uno de los monstruos. Hay seis monstruos. Cada uno lleva un paquete de seda, pero solo uno contiene los laureles. Debeis encontrar la corona de oro antes que nadie. Y naturalmente… habreis de matar al monstruo para conseguirla. Y salir vivos.

Todo el mundo empezo a murmurar con excitacion. La tarea parecia bastante sencilla. Que caramba, ya habiamos matado a muchos monstruos. Para eso nos entrenabamos.

—Ahora anunciare quienes seran vuestros companieros —prosiguio Quintus—. No se aceptaran cambios, permutas ni quejas.

—¡Arrrifff! —La Seniorita O'Leary habia hundido todo el morro en un plato de pizza.

Quintus saco un rollo de papiro y empezo a recitar nombres. A Beckendorf le toco con Silena Beauregard, cosa que parecio dejarlo mas que contento. Los hermanos Stoll, Travis y Connor, iban juntos. Ninguna sorpresa; siempre lo hacian todo unidos. A Clarisse le toco con Lee Fletcher, de la cabania de Apolo: la refriega brutal y el combate tactico combinados; formarian un equipo dificil de superar. Quintus continuo leyendo la lista hasta que dijo: «Percy Jackson y Annabeth Chase.» —Fantastico —dije, sonriendo a Annabeth.

—Tienes la armadura torcida —fue su unico comentario, y se puso a arreglarme las correas. —Grover Underwood —dijo Quintus— con Tyson.

Grover dio tal brinco que poco le falto para salirse de su pelaje y quedarse en cueros. —¿Que? Pe… pero…

—No, no —gimio Tyson—. Ha de ser un error. El ninio cabra…

—¡Sin quejas! —ordeno Quintus—. Ve con tu companiero. Tienes dos minutos para prepararte.

Tyson y Grover me miraron a la vez con aire de suplica. Les hice un gesto para animarlos y les indique que se pusieran juntos. Tyson estornudo. Grover empezo a mosdisquear nerviosamente su porra de madera.

—Les ira bien, ya lo veras —dijo Annabeth—. Sera mejor que nos preocupemos de nosotros mismos. A ver como nos las arreglamos para salir vivos.

* * *

Aun habia luz cuando nos internamos en el bosque, pero con las sombras de los arboles casi parecia medianoche. Hacia frio, ademas, aunque estuvieramos en verano. Annabeth y yo encontramos huellas casi de inmediato: marcas muy seguidas hechas por una criatura con un monton de patas. Seguimos su pista.

Saltamos un arroyo y oimos cerca un restallido de ramas. Nos agazapamos detras de una roca, pero solo eran los hermanos Stoll, que avanzaban por el bosque dando traspies y soltando maldiciones. Su padre seria el dios de los ladrones, pero ellos eran tan sigilosos como un bufalo de agua.

Cuando los Stoll pasaron de largo, nos adentramos en las profundidades de los bosques del oeste, donde se ocultaban los monstruos mas salvajes. Nos habiamos asomado a un saliente desde el que se dominaba una zona pantanosa cuando Annabeth se puso tensa.

—Aqui es donde dejamos de buscar.

Me costo un segundo entender a que se referia. Habia sido alli donde nos habiamos dado por vencidos el invierno anterior, cuando salimos en busca de Nico di Angelo. Grover, Annabeth y yo nos habiamos detenido en aquella roca, y entonces los convenci para que no le contaran a Quiron la verdad, o sea, que Nico era hijo de Hades. En aquel momento me parecio lo correcto. Queria preservar su identidad, ser yo quien lo encontrara y arreglase las cosas en compensacion por lo que le habia sucedido a su hermana. En ese momento, seis meses mas tarde, la realidad era que no habia avanzado ni un paso en su busqueda. Senti un regusto amargo en la boca.

—Anoche lo vi —dije. Annabeth arqueo las cejas. —¿Que quieres decir?

Le conte lo del mensaje Iris. Cuando conclui, mi amiga se quedo mirando el bosque sumido en sombras.

—¿Esta convocando a los muertos? Me da muy mala espina.

—El fantasma lo orientaba en la peor direccion —aniadi—. Le aconsejaba que se vengara. —Ya… Los espiritus nunca son buenos consejeros. Tienen sus propios intereses. Viejos rencores. Y odian a los vivos.

—Vendra por mi —vaticine—. Ese espiritu hablo de un laberinto. Ella asintio.

—Esta bien claro. Tenemos que encontrar el secreto del laberinto.

—Tal vez —dije, incomodo—. Pero ¿quien me envio ese mensaje Iris? Si Nico no sabia que yo estaba alli…

En el bosque se oyo el chasquido de una rama y un rumor de hojas secas. Algo enorme avanzaba entre los arboles, justo delante del saliente rocoso.

—Ese ruido no lo han hecho los Stoll —susurro Annabeth. Ambos sacamos nuestra espada.

* * *

Llegamos al Punio de Zeus, un monton de rocas descomunal en mitad de los bosques del oeste. Era un punto de referencia donde se reunian con frecuencia los campistas durante las expediciones de caza, pero en ese momento no habia nadie.

—Alla —susurro Annabeth. —No. Detras de nosotros.

Era muy raro. El rumor de pisadas parecia proceder de varios puntos. Estabamos rodeando el monton de rocas con las espadas enarboladas, cuando alguien dijo a nuestras espaldas: —Hola.

Nos volvimos precipitadamente y vimos a Enebro, la ninfa de los bosques, que solto un chillido. —¡Bajad las espadas! —protesto—. A las driadas no nos gustan las hojas afiladas, ¿vale? —Enebro —suspiro Annabeth—. ¿Que haces aqui?

—Yo vivo aqui. Baje la espada. —¿En las rocas?

Senialo el borde del claro.

—En el enebro. Donde iba a ser, si no.

Era logico. Me senti como un estupido. Habia vivido anios rodeado de driadas, pero nunca hablaba con ellas. Sabia, eso si, que no podian alejarse demasiado de su arbol, que era su fuente de vida. Pero no mucho mas.

—¿Estais ocupados? —pregunto.

—Bueno —dije—, estamos en medio de un juego con un puniado de monstruos, tratando de salir vivos. —No, no estamos ocupados —dijo Annabeth—. ¿Que pasa, Enebro?

Ella gimio y se seco los ojos con su manga de seda.

—Es Grover. Parece muy trastornado. Se ha pasado un anio fuera buscando a Pan. Y cuando vuelve, las cosas aun van peor. Al principio pense que quiza estaba saliendo con otro arbol. —No —dijo Annabeth, mientras Enebro empezaba a llorar—. Estoy segura de que no

es eso. —Una vez se enamoro de un arbusto de arandano —musito ella con tristeza.

—Enebro, Grover ni siquiera miraria a otro arbol. Esta muy alterado por lo de su permiso de busqueda, nada mas.

—¡No puede meterse bajo tierra! —protesto—. ¡No podeis permitirselo! Annabeth parecia incomoda.

—Quiza sea la unica forma de ayudarle. Si supieramos por donde empezar… —Ah —repuso Enebro, enjugandose una lagrima verde de la mejilla—. Si es por eso… Del bosque nos llego un crujido de hojas y la driada grito:

—¡Escondeos!

Antes de que pudiera preguntarle por que, ella hizo ¡puf. y se desvanecio en una niebla verde. Cuando Annabeth y yo nos dimos la vuelta vimos salir entre los arboles a un ser de color ambar reluciente, de tres metros de longitud, con pinzas dentadas, una cola acorazada y un aguijon tan largo como mi espada. Un escorpion. Llevaba atado a la espalda un paquete de seda roja.

—Uno lo distrae —dijo Annabeth, mientras la cosa se nos acercaba traqueteando—. El otro se pone detras y le corta la cola.

—Yo lo distraigo —replique—. Tu ponte la gorra de invisibilidad.

Asintio. Habiamos combatido juntos tantas veces que ya conociamos nuestros recursos. Parecia tarea facil. Hasta que surgieron otros dos escorpiones entre la maleza.

—¿Tres? —dijo Annabeth—. ¡No es posible! ¿Tienen el bosque entero y la mitad viene por nosotros? Trague saliva. Con uno podriamos. Con dos tambien, con un poco de suerte. Pero ¿con tres? Muy dudoso.

Los escorpiones arremetieron contra nosotros, agitando su cola erizada de puas y decididos a matarnos. Annabeth y yo pegamos la espalda a la roca mas cercana.

—¿Escalamos? —sugeri. —No hay tiempo.

Tenia razon. Los escorpiones nos rodeaban ya. Los teniamos tan cerca que veia sus espantosas bocas echando espumarajos ante el jugoso banquete que les esperaba. —¡Cuidado! —Annabeth desvio un aguijon, golpeandolo con el plano de la espada.

Yo lance una estocada con Contracorriente; el escorpion retrocedio y se puso fuera de mi alcance. Trepamos de lado por las rocas, aunque los escorpiones nos seguian. Aseste un mandoble a otro, pero cualquier maniobra de ataque implicaba un gran peligro. Si intentabas herirlos en el cuerpo, te descargaban desde arriba el aguijon de la cola. Si por el contrario pretendias darles un tajo en la cola, trataban de agarrarte con sus pinzas desde ambos lados. Nuestra unica opcion era defendernos, pero no lograriamos aguantar mucho tiempo.

Di otro paso de lado y de repente descubri que no habia nada detras. Era una grieta entre dos rocas enormes. Seguramente habia pasado por alli un millon de veces sin fijarme. —Aqui —dije.

Annabeth lanzo una estocada y luego me miro como si me hubiese vuelto loco. —¿Ahi? Es demasiado estrecho.

—Yo te cubro. ¡Venga!

Se agazapo a mi espalda y empezo a apretujarse entre las dos rocas. Entonces solto un grito y se agarro de las correas de mi armadura. Note que me arrastraba y cai en un pozo que, habria jurado, no estaba

alli un momento antes. Desde abajo, vi los escorpiones, el cielo cardeno y las sombras de los arboles; luego el agujero se cerro como el obturador de una camara y nos quedamos a oscuras.

Solo se oia el eco de nuestra respiracion agitada. La roca estaba humeda y fria. Me habia quedado sentado en un suelo lleno de huecos que parecia hecho de ladrillo.

Alce a Contracorriente. El leve resplandor de su hoja ilumino el rostro asustado de Annabeth y las paredes cubiertas de musgo.

—¿Don… de estamos? —dijo Annabeth.

—A salvo de los escorpiones, al menos. —Procure aparentar serenidad, pese a que estaba muerto de miedo. Aquella grieta no podia ser la entrada de una cueva. Si hubiera habido una cueva alli, lo habria sabido, de eso estaba seguro. Era como si la tierra se hubiese abierto y nos hubiera tragado. En ese momento solo podia pensar en la fisura del pabellon del comedor por donde habian desaparecido los esqueletos el verano anterior. Me preguntaba si nos habria ocurrido lo mismo a nosotros.

Levante la espada para iluminar mejor. — Es una caverna muy grande —murmure. Annabeth se aferro de mi brazo.

—No es una cueva. Es un pasadizo.

Tenia razon. Senti que la oscuridad frente a nosotros estaba vacia. Me llegaba una brisa caliente, como en los tuneles del metro, solo que aquella parecia mas rancia, mas antigua, quiza mas peligrosa. Empece a avanzar, pero ella me detuvo.

—No des ni un paso —me advirtio—. Hemos de encontrar la salida. Ahora parecia asustada de verdad.

—Esta bien —le prometi—. Es solo…

Levante la vista y comprobe que no podia ver desde donde habiamos caido. El techo era de piedra maciza y el pasadizo parecia extenderse interminablemente en ambas direcciones. La mano de Annabeth se deslizo en la mia. En otras circunstancias me habria resultado embarazoso, pero alli, en medio de la oscuridad, me reconfortaba tener la seguridad de que estaba a mi lado. Era lo unico de lo que estaba seguro.

—Dos pasos hacia atras —me indico.

Retrocedimos lentamente, como si estuvieramos en un campo de minas. —Vale —dijo—. Dejame examinar las paredes. —¿Para que?

—La marca de Dedalo —respondio, como si eso tuviera algun sentido. —Ah, bueno. ¿Que clase de…?

—¡La tengo! —exclamo aliviada. Coloco la mano en la pared y apreto una delgada fisura, que empezo a emitir un resplandor azul. Surgio un simbolo griego: A, la letra delta.

El techo se deslizo sobre nuestras cabezas y volvimos a ver el cielo cubierto de estrellas, aunque mas oscuro que antes. Aparecieron a un lado unos peldanios de metal que subian y oimos voces que nos llamaban a gritos.

—¡Percy! ¡Annabeth! —La voz de Tyson era la que sonaba con mas fuerza, aunque se oian muchas otras.

Mire nervioso a Annabeth y empezamos a subir.

* * *

Tras rodear las rocas nos tropezamos con Clarisse y un monton de campistas que portaban antorchas. —¿Donde os habiais metidos? —pregunto esta—. Hace una burrada de tiempo que os estamos buscando.

—Pero si solo han sido unos minutos —replique. Quiron se acerco al trote, seguido de Tyson y Grover. —¡Percy! —exclamo Tyson—. ¿Estas bien?

—Perfectamente —asegure—. Nos hemos caido en un agujero.

Todos los demas me miraron con aire esceptico y luego se volvieron para observar a Annabeth.

—¡En serio! —insisti—. Nos perseguian tres escorpiones, asi que echamos a correr y nos escondimos entre las rocas. Pero fue solo un minuto…

—Habeis desaparecido durante casi una hora —declaro Quiron—. El juego ha terminado. —Si —mascullo Grover—. Habriamos ganado, pero un ciclope se me ha sentado encima. —¡Ha sido un accidente! —protesto Tyson, y estornudo.

Clarisse llevaba los laureles de oro, pero ni siquiera habia alardeado de ello, cosa nada normal en ella. —¿Un agujero? —dijo, suspicaz.

Annabeth respiro hondo. Miro a los demas campistas. —Quiron… tal vez tendriamos que hablar en la Casa Grande. Clarisse sofoco un grito.

—Lo has encontrado, ¿verdad? Annabeth se mordio el labio. — Yo… Si. Bueno, los dos.

Todos los campistas empezaron a hacer preguntas, tan desconcertados como yo mismo, pero Quiron alzo una mano para imponer silencio.

—Ni esta noche es el momento ni este el lugar adecuado. —Observo las rocas, como si acabara de descubrir lo peligrosas que eran—. Regresad a las cabanias. Dormid un poco. Habeis jugado bien, pero ya ha pasado el toque de queda hace rato.

Se alzaron murmullos y quejas, pero todos se fueron retirando poco a poco, hablando entre ellos y lanzandome miradas suspicaces.

—Esto lo explica todo —dijo Clarisse—. Explica lo que Luke anda buscando. — A ver, un momento —intervine—. ¿A que te refieres? ¿Que hemos encontrado? Annabeth se volvio hacia mi con una sombra de inquietud en la mirada.

—Una entrada al laberinto. Una posible via de invasion en el corazon mismo del campamento.

Capitulo 4

Annabeth quebranta las antiguas leyes

Quiron habia insistido en que hablaramos por la maniana, lo cual era como decirnos: «Vuestra vida corre un peligro mortal, chicos. ¡Que durmais bien!» Me resulto dificil conciliar el suenio, pero, cuando lo hice por fin, sonie con una carcel.

Veia a un joven, vestido con tunica griega y sandalias, acuclillado en el interior de una grandiosa estancia. El techo se hallaba descubierto y dejaba ver el cielo nocturno, pero los muros, de marmol pulido y liso, tenian una altura de seis metros. Habia cajas de madera esparcidas por el suelo; algunas medio rotas y volcadas, como si las hubiesen arrojado brutalmente. De una de ellas asomaba una serie de instrumentos de bronce: un compas, una sierra y otros que no identifique.

El chico se habia acurrucado en un rincon, temblando de frio o tal vez de miedo. Estaba cubierto de salpicaduras de barro y tenia las piernas, los brazos y la cara llenos de araniazos, como si lo hubieran arrastrado hasta alli junto con las cajas.

Entonces se oia un crujido y las puertas de roble se abrian. Entraban dos guardias con armadura de bronce, sujetando a un anciano al que arrojaban al suelo, hecho un guiniapo. —¡Padre! —gritaba el chico, corriendo hacia el.

El viejo tenia la ropa hecha jirones, el pelo gris y una barba larga y rizada. Le habian roto la nariz y le sangraban los labios.

—¿Que te han hecho? —decia el chico, sosteniendole la cabeza. Y gritaba a los guardias—: ¡Os matare!

—No creo que sea hoy —respondia una voz.

Los guardias se hacian a un lado. Detras, aparecia un hombre muy alto ataviado con una tunica blanca y una fina diadema de oro. Tenia la barba puntiaguda como la hoja de una lanza. Sus ojos centelleaban de crueldad.

—Has ayudado a los atenienses a matar a mi minotauro, Dedalo. Has vuelto a mi hija contra mi. —Eso lo hicisteis vos mismo, majestad —graznaba el anciano.

Uno de los guardias le propinaba una patada en las costillas, arrancandole un grito de dolor. —¡Basta! —gritaba el chico.

—Amas tanto tu laberinto —decia el rey— que he decidido permitir que permanezcas aqui. Este sera tu taller. Idea otras maravillas para mi. Divierteme. Todo laberinto precisa un monstruo. ¡Y tu seras el mio!

—No me dais miedo —replicaba el anciano.

El rey sonreia friamente y fijaba su mirada en el chico.

—Pero cualquier hombre se preocupa por su hijo, ¿no? Dame un nuevo disgusto, anciano, y el proximo castigo que deban infligir mis soldados… ¡se lo aplicaran a el!

El rey salia majestuosamente de la estancia, seguido de los guardias, y las puertas se cerraban con estruendo, dejando solos al chico y a su padre en medio de la oscuridad. —¿Que vamos a hacer? —gemia el joven—. ¡Te mataran, padre!

El anciano tragaba saliva e intentaba sonreir, lo cual le daba un aspecto espantoso con sus labios ensangrentados.

—Ten coraje, hijo mio. —Alzaba los ojos hacia las estrellas—. Ya encontrare una salida. Un barrote descendia y atrancaba las puertas con un golpetazo tremendo.

Me desperte baniado en un sudor frio.

* * *

Aun me sentia algo tembloroso a la maniana siguiente, cuando Quiron convoco un consejo de guerra. Nos reunimos en el ruedo de arena, cosa que encontre muy extrania: es decir, tratar de discutir el destino

del campamento mientras la Seniorita O'Leary mascaba un yak de goma rosa de tamanio natural, arrancandole crujidos y pitidos, resultaba un poco raro.

Quiron y Quintus ocupaban la cabecera de la mesa. Clarisse y Annabeth se habian sentado juntas y se encargaron de resumir la situacion. Tyson y Grover se acomodaron lo mas lejos posible el uno del otro. Tambien se hallaban en torno a la mesa Enebro, la ninfa del bosque, Silena Beauregard, Travis y Connor Stoll, Beckendorf, Lee Fletcher e incluso el mismisimo Argos, nuestro jefe de seguridad dotado de cien ojos. La presencia de este ultimo me confirmo que la cosa era seria, porque raramente asiste a las reuniones, salvo que suceda algo muy grave. Mientras Annabeth hablaba, Argos mantuvo su centenar de ojos azules fijos en ella con tal intensidad que todo su cuerpo quedo inyectado en sangre.

—Luke debia de conocer la entrada del laberinto —dijo mi amiga—. Se conocia al dedillo el campamento.

Me parecio detectar cierto orgullo en su voz, como si todavia sintiera respeto por aquel tipo, por malvado que fuera.

Enebro carraspeo.

—Eso trataba de decirte anoche. La entrada de esa cueva ha estado alli desde hace mucho. Luke solia utilizarla.

Silena Beauregard fruncio el cenio. —¿Conocias la entrada del laberinto y no dijiste nada? La cara de Enebro se puso verde.

—No sabia que fuera importante. Solo es una cueva. Y a mi no me gustan esas repulsivas cavernas antiguas.

—Tiene buen gusto —opino Grover.

—No le habria prestado ninguna atencion de no ser… bueno, porque era Luke. —Se ruborizo con un verde aun mas intenso.

Grover resoplo.

—Retiro lo del buen gusto.

—Interesante. —Quintus pulia su espada mientras hablaba—. ¿Y creeis que ese joven, Luke, se atreveria a usar el laberinto como via de entrada para su invasion?

—Sin duda —intervino Clarisse—. Si lograra meter a un ejercito de monstruos en el Campamento Mestizo y presentarse de repente en mitad del bosque sin tener que preocuparse de nuestras fronteras magicas, no tendriamos la menor posibilidad. Nos aniquilaria facilmente. Debe de llevar meses planeandolo.

—Ha estado enviando exploradores al laberinto —apunto Annabeth—. Lo sabemos… porque encontramos a uno.

—Chris Rodriguez —dijo Quiron. Dirigio a Quintus una mirada significativa. —Ah —dijo el—. El que estaba en… Ya, entiendo.

—¿El que estaba donde? —pregunte. Clarisse me lanzo una mirada furibunda.

—La cuestion es que Luke ha estado buscando la manera de orientarse en el interior del laberinto. Quiere encontrar el taller de Dedalo.

Recorde mi suenio de esa noche: el anciano ensangrentado y con la ropa hecha jirones. —El tipo que creo el laberinto.

—Si —confirmo Annabeth—. El mayor arquitecto e inventor de todos los tiempos. Si las leyendas son ciertas, su taller esta en el centro del laberinto. El es el unico que sabia orientarse por los pasadizos. Si Luke encontrara el taller y convenciera a Dedalo para que lo ayudase, no tendria que andar buscando a tientas el camino ni arriesgarse a perder su ejercito en las trampas del laberinto. Podria dirigirse a donde quisiera: deprisa y sin correr peligro. Primero al Campamento Mestizo para acabar con nosotros. Y luego… al Olimpo.

Todos los presentes se quedaron en silencio, salvo el yak de goma que la Seniorita O'Leary estaba destripando y que no paraba de soltar silbidos.

Finalmente, Beckendorf apoyo sus manazas sobre la mesa.

—Un momento, Annabeth. ¿Has dicho «convencer a Dedalo»? ¿Es que no esta muerto? Quintus solto un gruniido.

—Seria de esperar. Vivio hace… ¿cuanto? ¿Tres mil anios? E incluso si estuviera vivo, ¿no dicen las viejas historias que huyo del laberinto?

Quiron removio sus cascos.

—Ese es el problema, mi querido Quintus. Que nadie lo sabe. Hay algun rumor… bueno, muchos rumores inquietantes sobre Dedalo. Pero uno de ellos dice que hacia el final de su vida regreso al laberinto y desaparecio. Quiza este alla abajo todavia.

Pense en el anciano que habia visto en mi suenio. Parecia tan fragil que resultaba dificil creer que pudiera durar una semana, no digamos ya tres mil anios.

—Tenemos que bajar alli —resolvio Annabeth—. Hemos de encontrar el taller antes que Luke. Si Dedalo esta vivo, lo convenceremos para que nos ayude a nosotros y no a el. Y si el hilo de Ariadna existe, nos encargaremos de que no caiga en manos de Luke.

—Un momento —tercie—. Si lo que nos preocupa es un ataque, ¿por que no volamos la entrada y sellamos el tunel?

—¡Que gran ideal —exclamo Grover—. ¡Yo me ocupare de la dinamita!

—No es tan facil, estupido —rezongo Clarisse—. Ya lo intentamos en la entrada que encontramos en Phoenix. No salio bien.

Annabeth asintio.

—El laberinto es arquitectura magica, Percy. Se necesitaria una potencia enorme para sellar una sola de sus entradas. En Phoenix, Clarisse derribo un edificio entero con un martillo de demolicion y la entrada apenas se desplazo unos centimetros. Lo que hemos de hacer es impedir que Luke aprenda a orientarse. —Tambien podriamos combatir —sugirio Lee Fletcher—. Ahora ya sabemos donde esta la entrada. Podriamos levantar una linea defensiva y esperarlos. Si un ejercito intenta atravesarla, nos encontrara aguardando con nuestros arcos.

—Por supuesto que levantaremos defensas —asintio Quiron—. Pero me temo que Clarisse tiene razon. Las fronteras magicas han mantenido este campamento a salvo durante cientos de anios. Si Luke consigue meter un gran ejercito en el corazon del campamento, traspasando nuestras fronteras… no tendremos fuerzas suficientes para derrotarlo.

Nadie parecia muy contento con tales noticias. Quiron siempre procuraba ser animoso y optimista. Si el decia que no podriamos contener un ataque, era para preocuparse. —Debemos llegar nosotros primero al taller de Dedalo —insistio Annabeth—. Encontrar el hilo de Ariadna e impedir que Luke lo utilice.

—Pero si nadie sabe orientarse en esos tuneles —aduje—, ¿que posibilidades tenemos? —Llevo anios estudiando arquitectura —respondio ella—. Conozco mejor que nadie el laberinto de Dedalo.

—A traves de tus lecturas. —Bueno, si.

—No es suficiente. —¡Habra de serlo! —¡No lo es!

—¿Vas a ayudarme o no?

Todo el mundo nos estaba mirando como si jugaramos un partido de tenis. El yak de la Seniorita O'Leary hizo «¡hiiic!» cuando esta le arranco la cabeza de goma.

Quiron carraspeo.

—Lo primero es lo primero. Hemos de organizar una busqueda. Alguien debe bajar al laberinto, encontrar el taller de Dedalo e impedir que Luke utilice esa via para invadir el campamento.

—Todos sabemos quien ha de encabezar esa busqueda —dijo Clarisse—. Annabeth.

Hubo un murmullo de asentimiento. Yo sabia que ella llevaba anios esperando la ocasion de llevar a cabo su propia busqueda, pero ahora se la veia incomoda.

—Tu has hecho tanto como yo, Clarisse —senialo—. Tambien tu deberias ir. Ella meneo la cabeza.

—Yo alli no vuelvo. Travis Stoll se echo a reir.

—No me digas que tienes miedo. ¿Clarisse, gallina?

Esta se puso de pie. Pense que iba a pulverizar al guason, pero se limito a decir con voz temblorosa: —No entiendes nada, idiota. No pienso volver alla. ¡Nunca!

Y se alejo, furiosa.

Travis nos miro a los demas, avergonzado. —No pretendia… Quiron alzo la mano.

—La pobre ha tenido un anio muy dificil. Bueno, ¿estamos todos de acuerdo en que Annabeth deberia liderar la busqueda?

Todos asentimos, salvo Quintus, que cruzo los brazos y contemplo la mesa, aunque no creo que nadie mas se fijara.

—Muy bien. —Quiron se volvio hacia Annabeth—. Querida, ha llegado la hora de que visites al Oraculo. Cuando vuelvas, suponiendo que regreses sana y salva de esa visita, discutiremos lo que hay que hacer.

* * *

Aguardar a que Annabeth regresara me parecio mucho mas dificil que ir a visitar al Oraculo.

Yo lo habia oido pronunciar una profecia dos veces. La primera, en el polvoriento desvan de la Casa Grande, donde el espiritu de Delfos dormia en el cuerpo momificado de una dama hippy. La segunda, el Oraculo se habia dado un pequenio paseo por el bosque. Aun tenia pesadillas sobre aquello.

Yo nunca me habia sentido amenazado por la presencia del Oraculo, pero habia oido historias de campistas que habian perdido la razon o sufrido visiones tan reales que se habian muerto —literalmente

— de miedo.

Camine de un lado para otro, esperando, mientras la Seniorita O'Leary devoraba su almuerzo, que consistia en cincuenta kilos de carne picada y un monton de galletas para perro, cada una tan grande como la tapa de un cubo de basura. Me pregunte de donde sacaria Quintus aquellas provisiones. No me parecia muy posible que se encontraran en cualquier tienda de mascotas.

Quiron se hallaba enfrascado en una conversacion con Quintus y Argos. Daba la impresion de que no estaban de acuerdo. El primero no paraba de mover la cabeza.

Al otro lado del ruedo, Tyson y los hermanos Stoll jugaban con unos carros de bronce en miniatura que mi hermanastro habia fabricado con unos trozos viejos de armadura.

Deje de dar vueltas. Escrute a traves de los campos la ventana del desvan de la Casa Grande, donde no se veia ninguna luz ni el menor movimiento. ¿A que se debia su tardanza? Estaba casi seguro de que yo nunca habia necesitado tanto tiempo para obtener una respuesta del Oraculo.

—Percy —susurro una voz femenina.

Enebro se asomo entre los arbustos. Era curioso como se volvia casi invisible cuando estaba rodeada de plantas.

Me indico por senias que me acercara con urgencia.

—Tienes que saberlo: Luke no ha sido el unico al que he visto rondando cerca de esa cueva. —¿Que quieres decir?

Ella se volvio hacia el ruedo.

—Tenia intencion de contarlo, pero el estaba delante. —¿Quien?

—El instructor de espada —dijo—. Estuvo fisgoneando por las rocas. —¿Quintus? ¿Cuando?

—No se. Yo no me fijo mucho en el tiempo. Tal vez fue hace una semana, cuando se presento aqui por primera vez.

—Pero ¿que hacia? ¿Llego a entrar?

—No… no estoy segura. Me da escalofrios, Percy. Ni siquiera lo vi llegar al claro. De repente, estaba alli. Tienes que decirle a Grover que es demasiado peligroso…

—¿Enebro? —Era Grover quien la llamaba—. ¿Donde te has metido? Ella suspiro.

—Sera mejor que me vaya. Recuerda lo que te he dicho. ¡No te fies de ese hombre! Regreso al ruedo corriendo.

Yo mire la Casa Grande, mas inquieto que nunca. Si Quintus andaba tramando algo… Necesitaba conocer la opinion de Annabeth. Quiza ella supiera como interpretar lo que Enebro acababa de revelarme. Pero ¿donde demonios estaba? Pasara lo que pasara con el Oraculo, no era normal que tardara tanto.

Al final, no pude resistirlo mas.

Iba contra las normas, pero nadie me vio. Baje corriendo por la ladera de la colina y cruce los campos.

* * *

En el salon de la Casa Grande reinaba un extranio silencio. Estaba acostumbrado a ver a Dioniso junto a la chimenea, jugando a las cartas, comiendo uvas y despotricando contra los satiros, pero el senior D no estaba.

Cruce el pasillo, las tablas del suelo crujiendo a cada paso. Al llegar al pie de la escalera, vacile. Cuatro pisos mas arriba habia una trampilla que conducia al desvan. Annabeth andaria por alla arriba. Me detuve y aguce el oido, pero lo que capte no era lo que esperaba. Sollozos. Y procedian de abajo.

Rodee la escalera. La puerta del sotano estaba abierta. Ni siquiera sabia que hubiera un sotano en la Casa Grande. Atisbe en su interior y vislumbre en el rincon mas alejado dos figuras sentadas entre grandes pilas de cajas de ambrosia y de fresas en conserva. Una era Clarisse. La otra, un adolescente de aspecto latino con unos pantalones de camuflaje andrajosos y una camiseta negra muy sucia. Tenia el pelo revuelto y grasiento. Se abrazaba los hombros y sollozaba sin parar. Era Chris Rodriguez, el mestizo que se habia ido con Luke.

—Esta bien —le decia Clarisse—. Toma un poco mas de nectar.

—¡Eres un espejismo, Mary! —Chris retrocedia hacia el rincon—. ¡Apartate!

—No me llamo Mary. —La voz de Clarisse era amable, aunque muy triste. Nunca habria imaginado que pudiera hablar con ese tono—. Me llamo Clarisse. Recuerda. Por favor. —¡Esta oscuro! —chillo Chris—. ¡Demasiado oscuro!

—Ven fuera —dijo ella, tratando de persuadirlo—. La luz del sol te ayudara. —Un… un millar de calaveras. La tierra lo cura una y otra vez.

—Chris —suplico Clarisse, que parecia al borde de las lagrimas—. Has de recuperarte. Por favor. El senior D volvera pronto. El es un experto en locura. Resiste.

Los ojos de Chris tenian la expresion desesperada y salvaje de una rata acorralada. —No hay salida, Mary. No la hay.

Entonces me vio por un instante y solto un ruido ahogado y despavorido. —¡El hijo de Poseidon! ¡Es horrible!

Retrocedi con la esperanza de que Clarisse no me hubiese visto. Me detuve a escuchar, creyendo que saldria furiosa y dando gritos, pero siguio habiendole a Chris con voz suplicante e insistiendole en que tomara un poco de nectar. Quiza pensara que solo habia sido una alucinacion mas de Chris, aunque…

«¿hijo de Poseidon?» El me habia mirado, sin duda. Sin embargo, ¿por que tenia la sensacion de que no se referia a mi?

En cuanto a la ternura de Clarisse… nunca se me habria ocurrido que pudiera gustarle alguien. Por su modo de pronunciar el nombre de Chris, deduje que lo habia conocido antes de que cambiara de bando. Y mucho mejor de lo que yo habria podido suponer. Pero ahora el estaba temblando en un sotano oscuro, sin atreverse a salir y murmurando incoherencias sobre una tal Mary. No era de extraniar que Clarisse no quisiera ni oir hablar del laberinto. ¿Que le habria sucedido a Chris alla abajo?

Oi un crujido procedente de arriba —la trampilla del desvan quiza— y corri hacia la puerta. Tenia que salir de la casa.

* * *

—¡Querida ninia! —dijo Quiron—. Lo has conseguido. Annabeth llego al ruedo, se sento en un banco de piedra y miro el suelo. —¿Y bien? —pregunto Quintus.

Levanto la vista y me miro a mi. No sabia si pretendia advertirme o si aquella expresion de sus ojos era puro y simple miedo. Luego se fijo en Quintus.

—He escuchado la profecia. Yo dirigire la busqueda para encontrar el taller de Dedalo.

Nadie mostro la menor alegria. Es decir, Annabeth nos caia bien y queriamos que le encargaran una busqueda, pero aquella parecia entraniar un peligro demencial. Despues de ver a Chris, no queria ni imaginarme a Annabeth descendiendo otra vez a aquel extranio laberinto.

Quiron aranio la arena con un casco.

—¿Que dice exactamente la profecia, querida? Los terminos precisos del Oraculo tienen mucha importancia.

Annabeth inspiro profundamente.

—Yo… Bueno, ha dicho: «Rebuscaras en la oscuridad del laberinto sin fin…» Todos aguardamos.

—«El muerto, el traidor y el desaparecido se alzan.» Grover parecio animarse.

—¡El desaparecido! ¡Ha de referirse a Pan! ¡Es genial! —Con el muerto y el traidor —aniadi—. No tan genial. —¿Y que mas? —dijo Quiron—. Cuentanos el resto.

—«Te elevaras o caeras de la mano del rey de los fantasmas —aniadio Annabeth—. El ultimo refugio de la criatura de Atenea.»

Todos se miraron incomodos. Annabeth era hija de Atenea, y eso del «ultimo refugio» no sonaba muy bien.

—Eh… no hemos de precipitarnos en sacar conclusiones —dijo Silena—. Annabeth no es la unica criatura de Atenea, ¿no?

—¿Y quien puede ser el rey de los fantasmas? —pregunto Beckendorf.

Nadie respondio. Recorde el mensaje Iris en el que habia visto a Nico invocando a los espiritus. Tenia el funesto presentimiento de que la profecia estaba relacionada con eso. —¿Nada mas? —dijo Quiron—. La profecia no parece

completa. Annabeth vacilo. —No recuerdo exactamente.

Quiron arqueo una ceja. Mi amiga era bien conocida por su memoria. Nunca olvidaba lo que oia. Ahora se removio en el banco.

—Algo asi como: «Destruye un heroe con su ultimo aliento.» —¿Y? —insistio Quiron.

Annabeth se puso en pie.

—La cuestion es que he de entrar en el laberinto. Encontrare el taller y le parare los pies a Luke. Y necesito ayuda. —Se volvio hacia mi—. ¿Vendras?

Ni siquiera lo dude. —Cuenta conmigo.

Ella sonrio por primera vez en varios dias y, solamente con eso, senti que todo lo demas valia la pena. —¿Tu tambien, Grover? El dios salvaje te esta esperando.

Grover parecio olvidar lo mucho que odiaba los subterraneos. La alusion al «desaparecido» lo habia llenado de energia.

—¡Me llevare provisiones extra de aperitivo!

—Y Tyson —dijo Annabeth—. Tambien a ti te necesito.

—¡Yuju! ¡Hora de hacer BUUUM! —Aplaudio con tanta fuerza que desperto a la Seniorita O'Leary, que dormitaba en un rincon.

—¡Espera, Annabeth! —dijo Quiron—. Esto va contra las antiguas leyes. A un heroe solo se le permiten dos acompaniantes.

—Los necesito a los tres —insistio ella—. Es importante, Quiron.

No entendia por que estaba tan segura, pero me alegraba de que hubiera incluido a Tyson. No contemplaba la posibilidad de dejarlo en el campamento. Era grande y fuerte, y tenia una asombrosa destreza para los artefactos mecanicos. A los ciclopes, a diferencia de los satiros, no les creaba ningun problema estar bajo tierra.

—Annabeth. —Quiron sacudia la cola, muy inquieto—. Piensalo bien. Vas a quebrantar las antiguas leyes y eso siempre acarrea consecuencias. El pasado invierno salieron cinco en busca de Artemisa y solo regresaron tres. Piensalo. El tres es un numero sagrado. Hay tres Moiras, tres Furias, tres hijos olimpicos de Cronos. Es un buen numero, un numero fuerte que se mantiene firme frente a los peligros. Cuatro… es arriesgado.

Annabeth suspiro.

—Lo se. Pero hemos de hacerlo asi. Por favor.

A Quiron aquello no le gustaba, me daba cuenta. Quintus nos estudiaba como si quisiera descubrir quienes de nosotros regresariamos vivos.

Quiron suspiro.

—Muy bien. Suspendamos aqui la sesion. Los que van a participar en la busqueda deben prepararse. Maniana al amanecer os enviaremos al Laberinto.

* * *

Quintus me llevo aparte mientras la reunion empezaba a disolverse. —Tengo un mal presentimiento —me dijo.

La Seniorita O'Leary se me acerco, meneando la cola alegremente. Me puso su escudo a los pies y se lo lance. Quintus la observo mientras la perra corria a buscarlo. Recorde lo que me habia contado Enebro: que lo habia visto merodeando cerca de la entrada del laberinto. No me fiaba de el, pero cuando volvio a mirarme, crei ver autentica preocupacion en sus ojos.

—No me gusta la idea de que bajeis —dijo—. Ninguno de vosotros. Pero, si debeis hacerlo, ten presente una cosa: la razon de ser del laberinto es enganiarte, distraer tu atencion. Lo cual es un gran peligro para los mestizos. A nosotros es facil distraernos.

—¿Tu has estado alli?

—Hace mucho —respondio con voz cansada—. Sali con vida por los pelos. La mayoria de los que entran no tienen tanta suerte.

Me agarro del hombro.

—Percy, manten la mente centrada en lo que mas importa. Si eres capaz de hacerlo asi, tal vez halles el camino. Y ahora quiero darte una cosa.

Me tendio un tubito de plata. Estaba tan frio que poco falto para que se me cayera de las manos. —¿Un silbato? —pregunte.

—Un silbato para perros —explico Quintus—. Para la Seniorita O'Leary. —Ah, gracias, pero…

—¿De que va a servir dentro del laberinto? No estoy seguro de que funcione, pero la Seniorita O'Leary es un perro del infierno; es capaz de presentarse cuando la llaman sin importar lo lejos que este. Me sentire mejor sabiendo que lo llevas encima. Cuando realmente necesites ayuda, usalo. Pero ten cuidado, el silbato esta hecho con hielo estigio.

—¿Como?

—Del rio Estigio. Es muy dificil de trabajar. Muy delicado. No se derrite, pero se hara aniicos en cuanto soples por el, de manera que solo podras usarlo una vez.

Pense en Luke, mi viejo enemigo. Justo antes de emprender mi primera busqueda, tambien me habia hecho un regalo: unos zapatos magicos diseniados para arrastrarme a la muerte. Quintus parecia tan buena persona, tan preocupado… Y la Seniorita O'Leary estaba muy apegada a el, lo cual tambien habia de tenerse en cuenta. En ese momento regreso con el escudo lleno de babas, lo dejo a mis pies y ladro excitada.

Me senti avergonzado por recelar de Quintus. Pero en su momento tambien habia confiado en Luke. —Gracias —dije. Me deslice el silbato helado en el bolsillo, prometiendome a mi mismo que no lo usaria, y corri en busca de Annabeth.

* * *

En todos los anios que llevaba en el campamento, nunca habia entrado en la cabania de Atenea.

Era un edificio plateado, aunque sin nada especial, con unas simples cortinas blancas y una lechuza tallada en piedra sobre el dintel. Los ojos de onice de la lechuza parecian seguirme a medida que me acercaba.

—¡Hola! —grite.

Nadie respondio. Di un paso y contuve el aliento. Aquello era un verdadero taller para cerebritos. Las literas estaban todas pegadas a una pared, como si dormir no tuviese la menor importancia. La mayor parte de la estancia se hallaba ocupada con bancos, mesas de trabajo, herramientas y armas. Al fondo habia una enorme biblioteca llena de viejos rollos de pergamino, libros encuadernados en piel y ediciones en rustica. Habia una mesa de dibujo con infinidad de reglas y transportadores junto a algunas maquetas en tres dimensiones. El techo estaba cubierto de mapas enormes de guerras antiguas. Habia armaduras colgadas bajo las ventanas y sus planchas de bronce destellaban al sol.

Annabeth estaba al fondo, hurgando entre los viejos rollos. —Toc, toc —dije.

Se volvio, sobresaltada. — Ah… hola. No te habia oido. —¿Estas bien?

Ella examino con el cenio fruncido el rollo que tenia en las manos.

—Intento investigar un poco. El laberinto de Dedalo es tan descomunal que los relatos que hay sobre el no se ponen de acuerdo en casi nada. Los mapas no parecen conducir a ninguna parte.

Pense en lo que habia dicho Quintus: que el laberinto intenta distraerte. Me pregunte si Annabeth lo sabria.

—Nos las arreglaremos —le prometi.

Se le habia soltado el pelo y le caia alrededor de la cara en una enmaraniada cascada rubia. Sus ojos grises parecian casi negros.

—Desde que tenia siete anios deseo dirigir una busqueda —dijo. —Lo vas a hacer de maravilla.

Me miro agradecida, pero enseguida bajo la vista y se concentro en los libros y rollos que habia sacado de los estantes.

—Estoy preocupada, Percy. Quiza no tendria que haberte pedido que vinieras. Y tampoco a Tyson y Grover.

—¡Eh!, ¡somos tus amigos! No nos lo perderiamos por nada del mundo. —Pero… —Se interrumpio.

—¿Que ocurre? —pregunte—. ¿Es la profecia? —Seguro que todo ira bien —dijo con un hilo de voz. —¿Cual es el ultimo verso?

Entonces hizo algo que me sorprendio de verdad. Pestanieo para reprimir las lagrimas y extendio los brazos hacia mi.

Me acerque y la abrace. Senti un enloquecido revoloteo de mariposas en el estomago. —Eh… ¡que todo va de maravilla! —Le di unas palmaditas en la espalda.

Adquiri de pronto una aguda percepcion de la habitacion entera. Tenia la sensacion de que podia leer el rotulo mas diminuto de cualquier libro de las estanterias. El pelo de Annabeth olia a champu al limon. Estaba temblando.

—Tal vez Quiron tenga razon —musito—. Estoy quebrantando las leyes. Pero no se que hacer. Os necesito a los tres. Me da la sensacion de que eso es lo correcto.

—Entonces no te preocupes —acerte a decir—. Nos hemos enfrentado a muchos problemas otras veces y los hemos superado.

—Esto es diferente. No quiero que os pase nada… a ninguno de vosotros. Alguien carraspeo a mis espaldas.

Era Malcolm, uno de los hermanastros de Annabeth. Tenia la cara como un tomate. —Esto… perdon —balbuceo—. Las practicas de tiro al arco empiezan ahora, Annabeth. Quiron me ha pedido que viniese a buscarte.

Me separe de ella.

—Estabamos buscando unos mapas —dije como un estupido. Malcolm me miro.

—Vale.

—Dile a Quiron que voy enseguida —le indico Annabeth. Malcolm se alejo corriendo. Ella se restrego los ojos.

—Tu sigue con lo tuyo, Percy. Sera mejor que yo me prepare para la practica de tiro. Asenti, aunque nunca me habia sentido tan confuso. Queria salir corriendo de la cabania… pero no lo hice.

—Annabeth —dije—. En cuanto a la profecia, ese verso sobre el heroe y su ultimo aliento… —¿Te preguntas que heroe podria ser? No lo se.

—No. Otra cosa. Estaba pensando que «ultimo aliento» suena… ¿No terminara la profecia con la palabra «muerto»?

Ella bajo la vista y se concentro en sus pergaminos.

—Sera mejor que vayas a prepararte, Percy. Nos… nos vemos por la maniana.

La deje alli, estudiando mapas que no conducian a ninguna parte. No podia desprenderme de la sensacion de que uno de nosotros no regresaria vivo de aquella busqueda.

Capitulo 5

Nico sirve a los muertos el menu infantil

Al menos me merecia dormir bien una noche antes de emprender la busqueda, ¿verdad? Pues no.

Aquella noche me encontre en mi suenio en el camarote principal del Princesa Andromeda. Las ventanas estaba abiertas y se veia el mar iluminado por la luna. Un viento frio agitaba las cortinas de terciopelo.

Luke se hallaba sentado sobre una alfombra persa frente al sarcofago de oro de Cronos. El resplandor de la luna teniia de blanco su pelo rubio. Iba con una antigua tunica griega llamada chiton y con un himation, una especie de capa que le caia por la espalda. Esas vestiduras blancas le daban un aire intemporal, casi irreal, como si fuese uno de los dioses menores del monte Olimpo. La ultima vez que lo habia visto, tras su pavorosa caida desde el monte Tamalpais, estaba descoyuntado e inconsciente. Ahora parecia en perfectas condiciones. Incluso demasiado sano.

—Segun informan nuestros espias, hemos tenido exito, mi senior —decia—. El Campamento Mestizo esta a punto de enviar un grupo de busqueda, tal como habiais previsto. Y nosotros casi hemos cumplido nuestra parte del trato.

«Excelente. —La voz de Cronos, mas que sonar, me taladraba el cerebro como una daga. Me dejaba helado con su crueldad—. Una vez que tengamos los medios para orientarnos por el laberinto, yo mismo guiare a la vanguardia del ejercito.»

Luke cerraba los ojos como si estuviera ordenando sus ideas.

—Mi senior, quiza sea demasiado pronto. Tal vez Crios o Hiperion debieran encabezar la marcha… «No. —Aunque tranquila, la voz mostraba gran firmeza—. Yo guiare al ejercito. Un corazon mas se unira a nuestra causa y con eso bastara. Por fin me alzare completo del Tartaro.»

—Pero la forma, mi senior… —A Luke empezaba a temblarle la voz. «Muestrame tu espada, Luke Castellan.»

Con un repentino sobresalto, me percate de que hasta ese momento no sabia el apellido de Luke. Ni siquiera se me habia ocurrido preguntarlo.

Luke sacaba su espada. El doble filo de Backbiter —la mitad de acero, la mitad de bronce celestial— tenia un fulgor malvado. Habia estado muchas veces a punto de sucumbir ante aquella espada. Era un arma perversa, capaz de matar por igual a monstruos y humanos; su hoja era la unica que me daba miedo de verdad.

«Te entregaste a mi por entero —le recordaba Cronos—. Tomaste esa espada en prueba de tu juramento.»

—Si, mi senior. Es solo…

«Querias poder. Te lo di. Ahora estas mas alla de todo danio. Muy pronto gobernaras el mundo de los dioses y los mortales. ¿No deseas vengarte? ¿No quieres ver destruido el Olimpo?»

Un escalofrio recorria el cuerpo de Luke. —Si.

El ataud emitia un resplandor y su luz dorada inundaba la habitacion.

«Entonces prepara la fuerza de asalto. En cuanto se cierre el trato, nos pondremos en marcha. Primero reduciremos a cenizas el Campamento Mestizo. Y una vez eliminados esos heroes engorrosos, marcharemos hacia el Olimpo.»

Alguien llamaba a las puertas del camarote principal. El resplandor del ataud se desvanecia. Luke se incorporaba, envainaba su espada, se arreglaba sus blancos ropajes y respiraba hondo.

—Adelante.

Las puertas se abrian de golpe. Dos dracaenae —mujeres -reptil con doble cola de serpiente en lugar de piernas— se deslizaban en el interior del camarote. Entre ambas iba Kelli, la empusa y animadora de la escuela Goode.

—Hola, Luke. —Kelli sonreia. Iba con un vestido rojo y tenia un aspecto impresionante, pero yo habia visto su forma real y sabia lo que ocultaba: piernas desiguales, ojos rojos, aguzados colmillos y un pelo llameante.

—¿Que quieres, demonio? —preguntaba Luke friamente—. Te he dicho que no me molestaras. Kelli hacia un mohin.

—Que poco amable. Pareces muy tenso. ¿Que te pareceria un buen masaje en los hombros? Luke retrocedia.

—Si tienes que informar de algo, sueltalo ya. ¡Y si no, fuera!

—No entiendo por que estas tan enfurruniado ultimamente. Antes eras mas divertido. —Eso fue antes de ver lo que le hiciste a ese chico en Seattle.

—Pero el no significaba nada para mi —aducia Kelli—. Solo era un aperitivo. Tu ya sabes que mi corazon te pertenece, Luke.

—Gracias, pero no. Muchas gracias. Ahora, informa o largate. Kelli se encogia de hombros.

—Muy bien. La avanzadilla esta lista, tal como ordenaste. Ya podemos partir… — Fruncio el cenio. —¿Que pasa? —preguntaba Luke.

—Una presencia —decia ella—. Se te han embotado los sentidos, Luke. Nos estan observando.

La empusa recorria el camarote con la vista. Sus ojos me enfocaban; su cara se arrugaba hasta convertirse en la de una bruja. Mostraba sus colmillos y se abalanzaba sobre mi.

* * *

Desperte de golpe con el corazon palpitante. Habria jurado que tenia los colmillos de la empusa a unos centimetros de la garganta.

Tyson roncaba en la litera de al lado. Ese sonido me calmo un poco.

No entendia como podia haber percibido Kelli mi presencia en un suenio, pero ya habia oido mas de lo que deseaba saber. Habian preparado un ejercito que encabezaria el mismisimo Cronos. Lo unico que les faltaba para poder invadir y destruir el Campamento Mestizo era un sistema de orientacion en el laberinto y, al parecer, Luke creia que dispondrian de el muy pronto.

Me senti tentado de ir a despertar a Annabeth para contarselo, aunque fuese en plena noche. Entonces repare en que habia en la habitacion mas luz de la que tendria que haber a esa hora. De la fuente de agua salada se elevaba un fulgor verde azulado que parecia mas intenso y acuciante que la noche anterior. Casi como si el agua estuviera hirviendo.

Me levante de la cama y me acerque.

Esta vez no salio del agua ninguna voz pidiendome una moneda. Me dio la sensacion de que la fuente esperaba que yo diese el primer paso.

Tendria que haberme vuelto a la cama, pero me quede pensando en lo que habia visto la noche anterior: aquella extrania imagen de Nico en la orilla del rio Estigio.

—Estas tratando de decirme algo —dije. No salio ninguna respuesta de la fuente. —Muy bien. Muestrame a Nico di Angelo.

Ni siquiera arroje una moneda, pero esta vez no fue necesario. Era como si, aparte de Iris, la diosa mensajera, hubiera otra fuerza que dominase la fuente. El agua temblo y enseguida surgio la imagen de Nico. Ya no estaba en el inframundo, sino en un cementerio bajo el cielo estrellado. Unos sauces gigantescos se alzaban a su alrededor.

Nico miraba trabajar a unos sepultureros. Oi el ruido de las palas y vi la tierra que salia despedida de una fosa. El iba con una capa negra. La noche era brumosa, humeda y calida; las ranas croaban sin parar. A los pies de Nico reposaba una bolsa enorme de Wal-Mart.

—¿Ya es bastante hondo? —quiso saber. Parecia irritado.

—Casi, mi senior. —Era el mismo fantasma que habia visto con el la otra vez: la imagen tenue y temblorosa de un hombre—. Pero os digo que esto no es necesario, mi senior. Ya me teneis a mi para buscar consejo.

—¡Quiero una segunda opinion! —Nico chasqueo los dedos y el ruido de las palas se detuvo. Dos figuras emergieron de la fosa. No eran personas, sino esqueletos vestidos con harapos —. Retiraos — ordeno Nico—. Y gracias.

Los esqueletos se desmoronaron y quedaron convertidos en una pila de huesos.

—Seria lo mismo darles las gracias a las palas —comento el fantasma—. No tienen mas juicio unos que otras.

Nico hizo caso omiso. Hurgo en la bolsa de Wal-Mart y saco un paquete de doce latas de Coca- Cola. Entonces abrio una con un chasquido y, en lugar de bebersela, la vertio en la fosa.

—Que los muertos sientan otra vez el sabor de la vida —musito—. Que se alcen y acepten esta ofrenda. Que recuerden de nuevo.

Vertio el contenido de las demas latas en la tumba y saco una bolsa blanca de papel adornada con tiras comicas. No la habia visto desde hacia anios, pero la reconoci: un menu infantil de McDonald's.

Le dio la vuelta y la sacudio hasta que las patatas fritas y la hamburguesa cayeron en la fosa. —En mis tiempos usabamos sangre animal —murmuro el fantasma—. Pero con esto es mas que suficiente. Tampoco notan la diferencia.

—Voy a tratarlos con respeto —dijo Nico.

—Al menos dejad que me quede el munieco —rogo el fantasma.

—¡Silencio! —exigio Nico. Vacio otro paquete de doce latas de soda y tres menus infantiles mas, y luego empezo a cantar en griego antiguo. Solo capte alguna que otra palabra sobre los muertos, la memoria y volver de la tumba. En fin, un rollo de lo mas alegre.

La fosa empezo a borbotear. Un liquido pardusco y espumoso asomo por los bordes como si el agujero entero se hubiese llenado de soda. La espuma se espeso y las ranas dejaron de croar. Entre las tumbas empezaron a aparecer docenas de figuras: formas azuladas vagamente humanas. Nico habia invocado a los muertos con Coca-Cola y hamburguesas con queso.

—Hay demasiados —observo el fantasma con nerviosismo—. No eres consciente de tus propios poderes.

—Lo tengo controlado —declaro Nico, aunque con voz insegura. Saco su espada: una hoja corta de metal negro macizo. Nunca habia visto nada igual. No era acero ni bronce celestial. ¿Hierro, tal vez? La multitud de sombras retrocedio al verla.

—De uno en uno —ordeno Nico.

Una figura avanzo flotando, se arrodillo junto a la fosa y se puso a beber, sorbiendo ruidosamente. Sus manos fantasmales tomaban patatas fritas de aquel estanque de soda. Cuando se incorporo de nuevo, lo vi con mas claridad. Era un adolescente con armadura griega. Tenia los ojos verdes y el pelo rizado. Lucia en su capa un broche en forma de caparazon marino.

—¿Quien eres? —dijo Nico—. Habla.

El joven fruncio el cenio como haciendo un esfuerzo para recordar. Luego hablo con una voz tan aspera como papel de lija.

—Soy Teseo.

Ni hablar, pense. Aquel no podia ser el autentico Teseo. No era mas que un crio. Yo habia crecido oyendo historias sobre su lucha con el minotauro y demas, pero siempre me lo habia imaginado como un tipo enorme y vigoroso. El fantasma que tenia ante mi no era fuerte ni alto. Y tampoco mayor que yo.

—¿Como podria recuperar a mi hermana? —pregunto Nico. Los ojos de Teseo estaban tan desprovistos de vida como

un cristal. —Ni lo intentes. Es una locura.

—¡Dimelo!

—Mi padrastro murio —recordo Teseo—. Se arrojo al mar porque pensaba que yo habia muerto en el laberinto. Intente traerlo de vuelta, pero no lo logre.

El fantasma que acompaniaba a Nico solto un silbido. —¡El intercambio de almas, mi senior! ¡Preguntadle! Teseo fruncio el cenio.

—Esa voz. Conozco esa voz.

—¡No la conoces, idiota! —se apresuro a replicar el fantasma—. ¡Limitate a responder a las preguntas de mi senior y nada mas!

—Te conozco —insistio Teseo, como tratando de recordar.

—Quiero que me hables de mi hermana —pidio Nico—. ¿Esa busqueda por el laberinto me ayudara a recuperarla?

Teseo buscaba al fantasma, pero al parecer no lograba verlo. Lentamente, volvio la mirada hacia Nico. —El laberinto es traicionero. Solo una cosa me ayudo: el amor de una joven mortal. El hilo no fue mas que una parte de la solucion. Era la princesa quien me guiaba.

—No necesitamos nada de eso —dijo el fantasma—. Yo os guiare, mi senior. Preguntadle si es cierto lo del intercambio de almas. E os lo contara.

—Un alma por otra alma —dijo Nico—. ¿Es posible? —Yo… debo decir que si. Pero el espectro… — ¡Limitate a contestar, bribon! —intervino el fantasma.

De repente, los demas muertos empezaron a agitarse en torno al estanque. Se removian y murmuraban con nerviosismo.

—¡Quiero ver a mi hermana! —exigio Nico—. ¿Donde esta?

—El viene —dijo Teseo, atemorizado—. Ha percibido tus invocaciones. Viene hacia aqui. —¿Quien? —pregunto Nico.

—Viene para descubrir la fuente de este poder —prosiguio Teseo—. ¡Has de liberarnos!

El agua de mi fuente se puso a temblar y burbujear con fuerza. Note que la cabania entera vibraba. El ruido aumento de volumen. La imagen de Nico en el cementerio se fue iluminando con un intenso resplandor que me deslumbraba.

—¡Basta! —grite—. ¡Basta!

La fuente empezo a resquebrajarse. Tyson murmuro en suenios y se dio la vuelta. Una luz morada proyectaba sombras fantasmales sobre las paredes de la cabania, como si los espectros estuvieran escapando a traves de la fuente.

Desesperado, saque mi espada y le di a la fuente un gran cintarazo, partiendola en dos. El agua salada se derramo por todas partes y la fuente de piedra se desmorono. Tyson resoplo y murmuro otra vez, pero siguio durmiendo.

Me deje caer en el suelo, temblando aun por lo que habia visto. Tyson me encontro alli por la maniana, todavia contemplando los restos de la fuente de agua salada.

* * *

Al romper el alba, los integrantes del grupo de busqueda nos reunimos en el Punio de Zeus. Habia preparado una mochila con un termo de nectar, una bolsita de ambrosia, un petate, cuerda, ropa, linternas y un monton de pilas de repuesto. Llevaba en el bolsillo a Contracorriente y en la munieca el reloj-escudo magico que me habia hecho Tyson.

Hacia una maniana despejada. La niebla habia desaparecido y el cielo estaba azul. Los campistas seguirian asistiendo a clases, volando en pegaso, practicando el arco y escalando la pared de lava. Nosotros, entretanto, nos sumiriamos bajo tierra.

Enebro y Grover se habian apartado un poco del grupo. Ella habia estado llorando, pero ahora procuraba dominarse para no entristecer a Grover. No paraba de arreglarle la ropa, de colocarle bien el gorro rasta y sacudirle los pelos de cabra de la camisa. Como no sabiamos con que ibamos a

encontrarnos se habia vestido como un humano, o sea, con la gorra para ocultar sus cuernos, con unos vaqueros y unas zapatillas con relleno para esconder sus pezunias de cabra.

Quiron, Quintus y la Seniorita O'Leary permanecian junto a los campistas que habian acudido a desearnos buena suerte, pero reinaba demasiado ajetreo para que resultase una despedida feliz. Habian levantado un par de tiendas junto a las rocas para hacer turnos de vigilancia. Beckendorf y sus hermanos estaban construyendo una linea defensiva de estacas y trincheras. Quiron habia decidido que era necesario vigilar la entrada del laberinto las veinticuatro horas. Por si acaso.

Annabeth estaba revisando su mochila por ultima vez. Cuando Tyson y yo fuimos a su encuentro, fruncio el cenio.

—Tienes una pinta horrible, Percy.

—Ha matado la fuente esta noche —le susurro Tyson en tono confidencial. —¿Que? —dijo ella.

Antes de que pudiera explicarselo, Quiron se acerco al trote. —Bueno, parece que ya estais preparados.

Procuraba parecer optimista, aunque note que estaba muy preocupado. No queria asustarlo mas, pero recorde el suenio de esa noche y, antes de que pudiera echarme atras, le dije: —Quiron, ¿podrias hacerme un favor mientras estoy

fuera? —Claro, muchacho. —Enseguida vuelvo, chicos.

Le indique el bosque con un gesto. El arqueo una ceja, pero me siguio hasta un rincon discreto. —Ayer noche —le conte— sonie con Luke y Cronos.

Le referi mi suenio en detalle. Oir todo aquello parecio ponerle un peso encima.

—Me lo temia —murmuro—. Contra mi padre, Cronos, no tendriamos la menor posibilidad en una batalla.

Quiron raramente se referia a Cronos como su padre. Quiero decir, todo el mundo sabia que lo era. Al fin y al cabo, todos los que formaban parte del mundo griego —dioses, monstruos o titanes— estaban emparentados de un modo u otro. Pero aun asi aquel parentesco no era precisamente un detalle del que le gustara alardear. En plan: «Oh, si, mi padre es el todopoderoso senior de los titanes que quiere destruir la civilizacion occidental. ¡De mayor me gustaria ser como el!»

—¿Se te ocurre a que podia referirse cuando hablo de un «trato»? —le pregunte.

—No estoy seguro, aunque me temo que querran llegar a un acuerdo con Dedalo. Si el viejo inventor esta vivo de verdad, si no se ha vuelto loco de remate despues de tantos milenios en el laberinto… bueno, Cronos sabe como doblegar la voluntad de cualquiera.

—De cualquiera, no —le prometi. Quiron acerto a sonreir.

—No. Tal vez no de cualquiera. Pero ve con cuidado, Percy. Llevo un tiempo preocupado con la idea de que Cronos puede estar buscando a Dedalo por otro motivo, no solamente para orientarse en el laberinto.

—¿Que otra cosa podria querer?

—Es algo que Annabeth y yo hemos estado hablando. ¿Te acuerdas de lo que me contaste despues de subir por primera vez al Princesa Andromeda y ver el ataud dorado?

Asenti.

—Luke hablaba de rescatar a Cronos del fondo del Tartaro y dijo que, cada vez que alguien se unia a su causa, se aniadia en el interior del ataud un trocito de su cuerpo —conteste. —¿Y que dijo que harian cuando Cronos se hubiera alzado por

completo? Un escalofrio me recorrio la espalda.

—Que le harian un cuerpo nuevo digno de las fraguas de Hefesto —declare.

—En efecto —convino Quiron—. Dedalo era el inventor mas grande del mundo. Creo el Laberinto, pero tambien muchas otras cosas. Automatas, maquinas de pensar… ¿Y si Cronos quiere que Dedalo le construya una nueva forma?

Era una idea muy agradable, desde luego.

—Hemos de encontrar a Dedalo nosotros primero —dije— y convencerlo para que no se preste a los deseos de Cronos.

Quiron desvio la mirada hacia los arboles.

—Otra cosa que no entiendo… es cuando habla de una ultima alma que se unira a su causa. Eso no presagia nada bueno.

Mantuve la boca cerrada, pero me sentia culpable. Habia tomado la decision de no contarle a Quiron que Nico era hijo de Hades. Sin embargo, aquella alusion a las almas… ¿Y si Cronos conocia el secreto de Nico? ¿Y si lograba volverlo malvado? Era casi suficiente para sentir la tentacion de contarselo a Quiron, pero no lo hice. Para empezar, no estaba seguro de que el pudiera hacer algo al respecto. Tenia que encontrar a Nico por mi mismo. Debia explicarle cual era la situacion y lograr que me escuchara.

—No lo se —respondi por fin—. Pero, humm… hay una cosa que me ha contado Enebro que quiza debieras saber. —Le explique que la ninfa habia visto a Quintus merodeando entre las rocas.

Quiron tenso la mandibula. —No me sorprende.

—¿No te…? O sea, ¿ya lo sabias?

—Cuando Quintus se presento en el campamento ofreciendo sus servicios… bueno, habia que ser idiota para no sospechar.

—Entonces, ¿por que dejaste que se quedara?

—Porque a veces es mejor mantener cerca a una persona de la que no te fias. Asi puedes vigilarla. Quiza sea quien afirma ser: un mestizo en busca de un hogar. Desde luego, no ha hecho nada que me haga cuestionar su lealtad. Pero, creeme, permanecere alerta… Annabeth se acerco despacito. Quiza sentia curiosidad al ver que

tardabamos tanto. —¿Ya estas listo, Percy?

Asenti. Deslice la mano en el bolsillo, donde llevaba el silbato de hielo que Quintus me habia regalado. Eche un vistazo y vi que este me observaba desde lejos. Levanto una mano en senial de despedida. «Segun informan nuestros espias, hemos tenido exito», habia dicho Luke. El mismo dia que habiamos decidido emprender una busqueda, el se habia enterado. —Cuidaos —recomendo Quiron—. Y buena

caza. —Tu tambien —le respondi.

Subimos a las rocas, donde Tyson y Grover nos aguardaban ya. Estudie la grieta entre los dos bloques: aquella entrada que estaba a punto de tragarnos.

—Bueno —dijo Grover, nervioso—. Adios, luz del sol. —Hola, rocas —asintio Tyson.

Y los cuatro juntos nos sumimos en la oscuridad.

Capitulo 6

Conocemos al dios de las dos caras

Apenas habiamos caminado treinta metros y ya estabamos totalmente perdidos.

El tunel no se parecia en nada al pasadizo con que Annabeth y yo nos habiamos tropezado. Ahora era redondo como una alcantarilla, tenia paredes de ladrillo rojo y ojos de buey con barrotes de hierro cada tres metros. Por curiosidad, enfoque uno de aquellos ojos de buey con la linterna, pero no vi nada. Se abria a una oscuridad infinita. Crei oir voces al otro lado, pero tal vez fuese solo el viento.

Annabeth hizo todo lo que pudo para guiarnos. Pensaba que debiamos pegarnos a la pared de la izquierda.

—Si ponemos todo el rato la mano en el muro de la izquierda y lo seguimos —dijo—, deberiamos encontrar la salida haciendo el trayecto inverso.

Por desgracia, apenas lo hubo dicho la pared izquierda desaparecio y, sin saber como, nos encontramos en medio de una camara circular de la que salian ocho tuneles.

—Hummm… ¿por donde hemos venido? —pregunto Grover, nervioso. —Solo hay que dar la vuelta —respondio Annabeth.

Cada uno se volvio hacia un tunel distinto. Era absurdo. Ninguno de nosotros era capaz de decir por donde se regresaba al campamento.

—Las paredes de la izquierda son malas —dijo Tyson—. ¿Ahora por donde?

Con el haz de luz de su linterna, Annabeth barrio los arcos de los ocho tuneles. A mi modo de ver, eran identicos.

—Por alli —decidio.

—¿Como lo sabes? —pregunte. —Razonamiento deductivo. —O sea… te lo imaginas. —Tu sigueme —replico ella.

El tunel que habia elegido se estrechaba rapidamente. Los muros se volvieron de cemento gris y el techo se hizo tan bajo que enseguida tuvimos que avanzar encorvados. Tyson se vio obligado a arrastrarse.

Lo unico que se oia era la respiracion agitada de Grover. — No lo soporto mas —murmuro este—. ¿Ya hemos llegado? —Llevamos aqui cinco minutos —le dijo Annabeth.

—Ha sido mas tiempo —insistio Grover—. ¿Y por que habria de estar Pan aqui abajo? ¡Esto es justo lo contrario de la naturaleza silvestre!

Seguimos arrastrandonos. Cuando ya creia que el tunel iba a volverse tan estrecho que acabaria aplastandonos, se abrio bruscamente a una sala enorme. Enfoque las paredes con mi linterna y solte una exclamacion.

—¡Hala!

Toda la estancia estaba cubierta de mosaicos. Los dibujos se veian mugrientos y descoloridos, pero aun era posible identificar los colores: rojo, azul, verde, dorado. El friso mostraba a los dioses olimpicos en un festin. Mi padre, Poseidon, con su tridente, le daba unas uvas a Dioniso para que las convirtiera en vino. Zeus se divertia con los satiros y Hermes volaba por los aires con sus sandalias aladas. Eran imagenes bonitas, pero no demasiado fieles. Yo habia visto a los dioses. Dioniso no eran tan apuesto y Hermes no tenia la nariz tan grande.

En medio de la estancia se alzaba una fuente con tres gradas. Daba la impresion de que llevaba seca mucho tiempo.

—¿Que es esto? —musite—. Parece…

—Romano —concluyo Annabeth—. Estos mosaicos deben de tener unos dos mil anios de antigüedad. —Pero ¿como pueden ser romanos? —No es que supiera mucho de historia antigua, pero estaba casi seguro de que el Imperio romano nunca llego a Long Island.

—El laberinto es un conjunto de retazos —explico Annabeth—. Ya te lo dije. Continuamente se expande e incorpora nuevas piezas. Es la unica obra arquitectonica que crece por si misma.

—Lo dices como si estuviera viva.

Por el tunel que teniamos delante nos llego el eco de una especie de lamento. —No hablemos de si esta vivo —gimoteo Grover—. Por favor.

—Vale —accedio Annabeth—. Adelante.

—¿Por el pasadizo con ruidos feos? —dijo Tyson. Incluso el parecia nervioso.

—Si —respondio ella—. El estilo arquitectonico se va volviendo mas antiguo. Eso es buena senial. El taller de Dedalo deberia estar en la zona mas vieja.

Parecia logico. Pero muy pronto el laberinto empezo a jugar con nosotros. Avanzamos quince metros y el tunel volvio a ser de cemento, con las paredes llenas de tuberias y cubiertas de graffitis hechos con espray.

—Me parece que esto no es romano —dije con amabilidad. Annabeth respiro hondo y siguio avanzando.

Cada pocos metros, los tuneles se curvaban, giraban y se ramificaban. El suelo bajo nuestros pies pasaba del cemento al ladrillo y al barro desnudo, y vuelta a empezar. No habia ninguna logica. Nos tropezamos con una bodega provista de infinidad de botellas polvorientas alineadas en estantes de madera. Como si estuvieramos cruzando el sotano de una casa, con la unica diferencia de que no habia salida al exterior, solo mas tuneles que seguian adelante.

Luego el techo se convirtio en una serie de planchas de madera y oi voces por encima de nuestras cabezas y un crujido de pisadas, como si caminaramos por debajo de un bar o algo parecido. Era tranquilizador oir gente, pero —una vez mas— no podiamos llegar a ellos. Estabamos atrapados alla abajo sin ninguna salida. Entonces encontramos el primer esqueleto.

Estaba vestido con ropas blancas, como una especie de uniforme. Al lado, habia una caja de madera con botellas de vidrio.

—Un lechero —dijo Annabeth. —¿Que? —pregunte.

—Repartian la leche de casa en casa.

—Ya, pero… eso debia de ser cuando mi madre era pequenia, hara un millon de anios. ¿Que hace este aqui?

—Algunas personas entraron por error —dijo Annabeth—. Otras vinieron decididas a explorar y no lograron salir. Hace mucho, los cretenses incluso enviaban gente aqui abajo como si se tratara de un sacrificio humano.

Grover trago saliva.

—Este lleva aqui mucho tiempo. —Senialo las botellas, cubiertas de polvo. Los dedos del esqueleto habian quedado aferrados a la pared de ladrillo, se diria que araniandola: como si el hombre hubiese muerto mientras trataba de hallar una salida.

—Solo huesos —dijo Tyson—. No te preocupes, ninio cabra. El lechero esta muerto. —El lechero me tiene sin cuidado —replico Grover—. Es el olor. A monstruos. ¿No lo notas? Tyson asintio.

—Montones de monstruos. Pero los subterraneos huelen asi. A monstruo y a lechero muerto. —Ah, genial —gimio Grover—. Creia que tal vez me equivocaba.

—Hemos de internarnos mas en el laberinto —dijo Annabeth—. Tiene que haber un camino para llegar al centro.

Nos guio hacia la derecha y luego hacia la izquierda a traves de un pasadizo de acero inoxidable, como una especie de respiradero, y llegamos otra vez a la estancia romana con el mosaico y la fuente.

Pero esta vez no estabamos solos.

* * *

Lo primero que me llamo la atencion de el fueron sus caras. Las dos. Le sobresalian a uno y otro lado de la cabeza y cada una miraba por encima de un hombro, o sea que tenia una cabeza mucho mas ancha de lo normal, como una especie de tiburon martillo. De frente, lo unico que se veia eran dos orejas superpuestas y dos patillas que parecian un reflejo exacto la una de la otra.

Iba vestido como un conserje de Nueva York, es decir, con un largo abrigo negro, zapatos relucientes y un sombrero de copa negro que lograba sostenerse no se como encima de su ancha cabeza. —¿Annabeth? —dijo su cara izquierda—. ¡Deprisa!

—No le haga ni caso —intervino la cara derecha—. Es muy grosero. Venga por este lado, seniorita. Annabeth se quedo boquiabierta.

—Eh… yo…

Tyson fruncio el cenio. — Ese tipejo tiene dos caras.

—El tipejo tambien tiene oidos, ¿sabes? —lo reprendio la cara izquierda—. Venga, seniorita. —No, no —insistio la cara derecha—. Por aqui, seniorita. Hable conmigo, por favor.

El hombre de las dos caras observo a Annabeth lo mejor que pudo, o sea, con el rabillo de los ojos. Era imposible mirarlo de frente a menos que te centraras en uno u otro lado. Y de repente comprendi que eso era lo que estaba pidiendo: que Annabeth eligiera.

Detras de el, habia dos salidas con grandes puertas de madera y gruesos cerrojos de hierro. La primera vez que habiamos cruzado la estancia no habia ninguna puerta. El conserje de las dos caras sostenia una llave plateada que se iba pasando de la mano izquierda a la derecha, y viceversa. Me pregunte si seria una sala distinta, pero el friso de los dioses parecia identico.

A nuestras espaldas, habia desaparecido la entrada por la que acababamos de llegar. Ahora solo habia mosaico. No podiamos volver sobre nuestros pasos.

—Las salidas estan cerradas —observo Annabeth. —¡Todo un descubrimiento! —dijo, burlona, la cara izquierda. —¿Adonde conducen? —pregunto ella.

—Una lleva probablemente adonde usted quiere ir —dijo la cara derecha de forma alentadora—. La otra, a una muerte segura.

—Ya… ya se quien es usted —balbuceo Annabeth.

—¡Ah, que lista! —replico con desden la cara izquierda—. Pero ¿sabe que puerta debe escoger? No tengo todo el dia.

—¿Por que tratan de confundirme? —pregunto Annabeth. La cara derecha sonrio.

—Ahora usted esta al mando, querida. Todas las decisiones recaen sobre sus hombros. Es lo que queria, ¿no?

—Yo…

—La conocemos, Annabeth —dijo la cara izquierda—. Sabemos con que dilema se debate un dia tras otro. Conocemos su indecision. Tendra que elegir tarde o temprano. Y la eleccion quiza acabe matandola.

No entendia de que hablaban, pero sonaba como si se tratara de elegir entre algo mas que dos simples puertas.

Annabeth palidecio. —No… yo no…

—Dejenla tranquila —intervine—. ¿Quienes son ustedes, al fin y al cabo? —Soy su mejor amigo —respondio la cara derecha. —Soy su peor enemigo —aseguro la izquierda.

—Soy Jano —dijeron las dos caras a la vez—. Dios de las puertas. De los comienzos, de los finales. De las elecciones.

—Pronto nos veremos las caras, Perseus Jackson —sentencio la cara derecha—. Pero ahora es el turno de Annabeth. —Se echo a reir con aire frivolo—. ¡Que divertido!

—¡Cierra el pico! —exigio la cara izquierda—. Esto es muy serio. Una eleccion equivocada podria arruinar su vida entera. Puede matarla a usted y a todos sus amigos. Pero no se agobie, Annabeth. ¡Escoja!

Con un escalofrio repentino, recorde las palabras de la profecia: «El ultimo refugio de la criatura de Atenea.»

—¡No lo hagas! —rogue.

—Me temo que ha de hacerlo —dijo alegremente la cara derecha. Annabeth se humedecio los labios. —Escojo…

Antes de que pudiera senialar una puerta, una luz deslumbrante ilumino la estancia.

Jano alzo las manos a uno y otro lado para protegerse los ojos. Cuando la luz se extinguio, habia una mujer junto a la fuente.

Era alta y esbelta, con una cabellera de color chocolate recogida en trenzas y entrelazada con cintas doradas. Llevaba un sencillo vestido blanco, pero la tela temblaba y cambiaba de color al moverse, como la gasolina sobre el agua.

—Jano —dijo—, ¿ya estamos otra vez causando problemas? —¡N-no, mi seniora! —tartamudeo la cara derecha.

—¡Si! —admitio la izquierda.

—¡Cierra el pico! —mascullo la derecha. —¿Como? —pregunto la mujer.

—¡No me referia a vos, mi seniora! ¡Hablaba conmigo!

—Ya veo —dijo la dama—. Sabes que tu visita es prematura. La hora de la muchacha no ha llegado. Asi que soy yo la que te plantea una eleccion: dejame estos heroes a mi o te convertire en una puerta y luego te echare abajo.

—¿Que clase de puerta? —quiso saber la cara izquierda. —¡Cierra el pico! —dijo la derecha.

—Porque las puertas acristaladas son bonitas —adujo la izquierda, pensativa—. Un monton de luz natural.

—¡Cierra el pico! —aullo la derecha—. ¡Vos no, mi seniora! Claro que me ire. Solo estaba divirtiendome un poco. Es mi trabajo: plantear elecciones.

—Provocar indecision —corrigio ella—. ¡Ahora, desaparece!

La cara izquierda murmuro «Aguafiestas», alzo la llave plateada, la inserto en el aire y desaparecio.

La mujer se volvio hacia nosotros y senti que se me encogia el corazon. Sus ojos relucian de poder. «Dejame estos heroes a mi.» Aquello tenia muy mala pinta. Por un instante, pense que casi habria sido preferible correr el riesgo con Jano. Pero entonces la mujer sonrio.

—Debeis de tener hambre —dijo—. Sentaos conmigo y hablemos.

Basto un ademan suyo para que empezara a manar la fuente romana. Varios chorros de agua clara salieron disparados por el aire. Aparecio una mesa de marmol repleta de bandejas de sandwiches y jarras de limonada.

—¿Quien… quien sois? —pregunte.

—Soy Hera. —La mujer sonrio—. La reina de los cielos.

* * *

Habia visto una vez a Hera en la Asamblea de los Dioses, pero entonces no le habia prestado demasiada atencion porque me hallaba rodeado de muchos otros dioses que discutian si debian matarme o no.

No recordaba que tuviese un aspecto tan normal. Claro que los dioses suelen medir seis metros cuando estan en el Olimpo, lo cual hace que no parezcan tan normales. Pero la verdad es que Hera parecia ahora una mama normal y corriente.

Nos sirvio sandwiches y limonada.

—Grover, querido —dijo—, utiliza la servilleta. No te la comas. —Si, seniora —murmuro el.

—Tyson, te estas consumiendo. ¿No quieres otro sandwich de mantequilla de cacahuete? El interpelado reprimio un eructo.

—Si, guapa seniora.

—Reina Hera —dijo Annabeth—. No puedo creerlo. ¿Que haceis en el laberinto?

Hera sonrio. Dio un golpecito con un dedo y el pelo de Annabeth se peino por si solo. Toda la mugre y el polvo desaparecieron de su rostro.

—He venido a veros, desde luego —dijo la diosa.

Grover y yo intercambiamos una mirada de nerviosismo. Normalmente, cuando los dioses te buscan no es a causa de su bondad. Es porque quieren algo.

Lo cual no me impedia seguir zampando bocadillos de pavo con queso y bebiendo limonada. No me habia dado cuenta de lo hambriento que estaba. Tyson se tragaba un sandwich de mantequilla de cacahuete tras otro y Grover estaba entusiasmado con la limonada y masticaba los vasos de plastico como si fuesen el cono de un helado.

—No creia… —Annabeth titubeo—. Eh, no creia que os gustasen los heroes. Hera sonrio con indulgencia.

—¿Por aquella pequenia trifulca con Hercules? ¡Hay que ver la cantidad de mala prensa que he llegado a tener por un solo conflicto!

—¿No intentasteis matarlo, eh… un monton de veces? —pregunto Annabeth. Hera hizo un gesto desdenioso.

—Eso ya es agua pasada, querida. Ademas, el era uno de los hijos que mi amantisimo esposo tuvo con otra mujer. Se me acabo la paciencia, lo reconozco. Pero desde entonces Zeus y yo hemos asistido a unas excelentes sesiones de orientacion conyugal. Hemos aireado nuestros sentimientos y llegado a un acuerdo. Sobre todo, despues de ese ultimo incidente menor.

—¿Hablais de cuando tuvo a Thalia? —aventure, pero de inmediato me arrepenti. En cuanto oyo el nombre de nuestra amiga, la hija mestiza de Zeus, los ojos de Hera se volvieron hacia mi con una expresion glacial.

—Percy Jackson, ¿no es eso? Una de las… criaturas de Poseidon. —Tuve la sensacion de que tenia otra palabra en la punta de la lengua en lugar de «criaturas»—. Por lo que yo recuerdo, en el solsticio de invierno vote a favor de dejarte vivir. Espero no haberme equivocado.

Se volvio de nuevo hacia Annabeth con una sonrisa radiante.

—A ti, en todo caso, no te guardo ningun rencor, querida muchacha. Comprendo las dificultades de tu busqueda. Sobre todo cuando tienes que vertelas con alborotadores como Jano.

Annabeth bajo la vista.

—¿Por que habra venido aqui? Me estaba volviendo loca.

—Lo intentaba —asintio Hera—. Debes comprenderlo, los dioses menores como el siempre se han sentido frustrados por el papel secundario que desempenian. Algunos, me temo, no sienten un gran amor por el Olimpo y podrian dejarse influenciar facilmente y apoyar el ascenso al poder de mi padre.

—¿Vuestro padre? —dije—. Ah, vale.

Habia olvidado que Cronos tambien era el padre de Hera, ademas de ser el de Zeus, de Poseidon y de los olimpicos mas antiguos. Lo cual, supongo, convertia a Cronos en mi abuelo, pero la idea me resultaba tan sumamente extrania que preferi arrinconarla.

—Debemos vigilar a los dioses menores —prosiguio Hera—. Jano, Hecate, Morfeo. Todos ellos defienden el Olimpo de boquilla y no obstante…

—Por eso se ausento Dioniso —recorde—. Para supervisar a los dioses menores.

—Asi es. —Hera contemplo los descoloridos mosaicos de los olimpicos—. Veras: en tiempos revueltos hasta los dioses pierden la fe. Y entonces empiezan a depositar su confianza en cosas insignificantes; pierden de vista el cuadro general y se comportan de un modo egoista. Pero yo soy la diosa del matrimonio, ¿sabes? Conozco las virtudes de la perseverancia. Hay que alzarse por encima de las disputas y el caos, y seguir creyendo. Has de tener siempre presentes tus objetivos.

—¿Cuales son vuestros objetivos? —pregunto Annabeth. Ella sonrio.

—Conservar a mi familia unida, naturalmente. A los olimpicos, me refiero. Y por ahora, la mejor manera de hacerlo es ayudaros a vosotros. Zeus no me permite interferir demasiado, la verdad. Pero una vez cada siglo mas o menos, siempre que sea en favor de una busqueda que me importe especialmente, me permite conceder un deseo.

—¿Un deseo?

—Antes de que lo formules, dejame aconsejarte, eso puedo hacerlo gratis. Ya se que buscas a Dedalo. Su laberinto me resulta tan misterioso a mi como a ti. Pero si quieres conocer su destino, yo en tu lugar iria a ver a mi hijo Hefesto a su fragua. Dedalo fue un gran inventor, un mortal del gusto de Hefesto. No ha habido ningun otro al que haya admirado mas. Si alguien se ha mantenido en contacto con Dedalo y conoce su destino, ese tiene que ser Hefesto.

—Pero ¿como podemos llegar alli? —pregunto Annabeth—. Eso es lo que deseo. Quiero encontrar el modo de orientarme en el laberinto.

Hera parecio decepcionada.

—Sea. Sin embargo, deseas algo que ya te ha sido concedido. —No entiendo.

—Ese medio de orientacion lo tienes a tu alcance. —Me miro—. Percy conoce la respuesta. —¿Yo?

—Pero eso no es justo —dijo Annabeth—. ¡No me estais diciendo que es! Hera movio la cabeza.

—Conseguir algo y saber utilizarlo son cosas distintas. Estoy segura de que tu madre, Atenea, coincidiria conmigo.

Algo parecido a un trueno lejano retumbo en la sala. Hera se levanto.

—Debo irme. Zeus empieza a impacientarse. Piensa en lo que te he dicho, Annabeth. Busca a Hefesto. Tendras que cruzar el rancho, imagino. Pero tu sigue adelante. Y utiliza todos los medios disponibles, por comunes que parezcan.

Senialo las puertas y ambas se disolvieron, mostrando la boca de dos oscuros corredores. —Una ultima cosa, Annabeth. Solo he aplazado el dia en que hayas de elegir, no anulado. Pronto, como ha dicho Jano, tendras que tomar una decision. ¡Adios!

Agito la mano y se transformo en humo blanco. Lo mismo sucedio con la comida, justo cuando Tyson estaba a punto de engullir otro sandwich, que se le esfumo en la boca. La fuente goteo y se detuvo. Los mosaicos de las paredes se difuminaron y se volvieron mugrientos de nuevo. La estancia ya no era un lugar donde te apeteciera celebrar un picnic.

Annabeth pateo el suelo.

—¿Que clase de ayuda es esta? «Toma, comete un sandwich. Pide un deseo. ¡Ah, no puedo ayudarte! ¡Puf!»

—¡Puf! —asintio Tyson con tristeza, mirando su plato vacio.

—Bueno. —Grover respiro hondo—. Ha dicho que Percy conoce la respuesta. Ya es algo. Todos me miraron.

—Pero no la se —me lamente—. No tengo ni idea de que queria decir. Annabeth suspiro.

—Muy bien. Entonces vamos a seguir.

—¿Por donde? —quise saber. Tenia ganas de preguntarle a que se referia Hera cuando habia hablado de la eleccion que deberia hacer. Pero justo entonces Grover y Tyson se pusieron alerta y se levantaron a la vez, como si lo hubiesen ensayado.

—Por la izquierda —dijeron los dos. Annabeth fruncio el cenio. —¿Como estais tan seguros?

—Porque algo viene por la derecha —contesto Grover. —Algo grande —asintio Tyson—. Y muy deprisa. —La izquierda me parece muy bien —decidi.

Y nos zambullimos en el oscuro pasadizo.

Capitulo 7

Tyson dirige una evasion

La buena noticia: el tunel de la izquierda era todo recto, sin ramificaciones, giros ni recodos. La mala: era un callejon sin salida. Despues de correr unos cien metros, tropezamos con un bloque de piedra enorme que nos cerraba el paso. A nuestras espaldas, resonaba el eco de algo que avanzaba por el tunel arrastrandose y jadeando ruidosamente. Un ser que no era humano, desde luego, y que nos seguia la pista.

—Tyson —dije—, ¿no podrias…?

—¡Si! —Embistio la roca con el hombro tan brutalmente que el tunel entero temblo y empezo a caer polvo del techo.

—¡Date prisa! —urgio Grover—. ¡No tires el techo abajo, pero date prisa!

La roca cedio por fin con un horrible crujido. Tyson la hizo girar un poco y entramos corriendo en un espacio mas angosto.

—¡Cerremos la entrada! —grito Annabeth.

Nos pusimos todos detras de la roca y empujamos. La criatura que nos perseguia aullo de rabia cuando desplazamos el enorme bloque hasta colocarlo en su sitio, tapiando el tunel. —Lo hemos atrapado —dije.

—O nos hemos atrapado a nosotros mismos —advirtio Grover.

Me volvi. Nos encontrabamos en una camara de cemento de dos metros cuadrados y la pared opuesta estaba cubierta de barrotes de hierro. Nos habiamos metido en una celda.

* * *

—¿Que demonios es esto? —dijo Annabeth, tirando de los barrotes. No se movieron ni un milimetro. A traves de ellos, vimos una serie de celdas dispuestas en circulo alrededor de un patio oscuro: tres pisos de puertas con rejas y con pasarelas metalicas.

—Una carcel —respondi—. Quiza Tyson pueda romper… —¡Chiton! —susurro Grover—. Escuchad.

Por encima de nosotros, se oia un eco de sollozos que resonaba por todo el edificio. Y se captaba otro sonido: una voz aspera que refunfuniaba, aunque no entendi que decia. Las palabras eran chirriantes, como guijarros revueltos en un cubo.

—¿Que lengua es esa? — cuchichee. Tyson abrio unos ojos como platos. —¡No puede ser!

—¿Que? —pregunte.

Agarro dos barrotes y los doblo como si nada, dejando espacio suficiente incluso para un ciclope. —¡Esperad! —dijo Grover.

Tyson no le hizo caso y corrimos tras el. La prision era muy oscura; solo unos cuantos fluorescentes parpadeaban arriba.

—Conozco este sitio —me dijo Annabeth—. Es Alcatraz. —¿La isla que hay cerca de San Francisco?

Ella asintio.

—Vinimos de excursion con el colegio. Es como un museo.

No parecia posible que hubieramos emergido del laberinto y aparecido en el otro extremo del pais, pero Annabeth se habia pasado todo el anio en San Francisco, vigilando el monte Tamalpais, al otro lado de la bahia. Tenia que saber lo que decia.

—¡No os movais! —advirtio Grover.

Pero Tyson siguio adelante sin prestarle atencion. Grover lo agarro del brazo y tiro de el.

—¡Para, Tyson! —susurro—. ¿Es que no lo ves?

Mire hacia donde senialaba y me dio un vuelco el corazon. En la pasarela del segundo piso, al otro lado del patio, vislumbre al monstruo mas horrible que habia visto en mi vida.

Era una especie de centauro con cuerpo de mujer de cintura para arriba. Pero, por debajo, en lugar de ser como un caballo, era un dragon: una bestia de seis metros por lo menos, negra y cubierta de escamas, con unas garras imponentes y una cola erizada de puas. Parecia tener las piernas enmaraniadas en una enredadera, aunque enseguida adverti que eran serpientes, cientos de viboras que le brotaban de la piel en todas direcciones y que se agitaban buscando algo que morder. La cabeza de mujer tenia tambien una cabellera de serpientes, como la Medusa. Y lo mas extranio: alrededor de la cintura, alli donde el cuerpo femenino se unia con la parte de dragon, la piel le burbujeaba y se metamorfoseaba sin cesar, mostrando cabezas de animales —un lobo, un oso, un leon—, como si llevara un tinturen de criaturas eternamente cambiantes. Tuve la sensacion de que se trataba de un ser formado solo a medias, un monstruo tan antiguo que debia de proceder del principio de los tiempos, antes de que las formas animales se hubieran definido por completo.

—Es ella —gimio Tyson. — ¡Agachaos! —exclamo Grover.

Nos agazapamos en las sombras, pero el monstruo no nos prestaba atencion. Parecia estar hablando con el ocupante de una celda del segundo piso. De ahi procedian los sollozos. La mujer dragon dijo algo en su extrania y pedregosa lengua.

—¿Que dice? —musite entre dientes—. ¿Que lengua es esa?

—La lengua de los tiempos arcaicos —contesto Tyson con un escalofrio—. La que usaba la Madre Tierra con los titanes y… con sus demas hijos. Antes de los dioses.

—¿Tu la entiendes? —pregunte—. ¿Puedes traducirla?

Tyson cerro los ojos y empezo a hablar con una voz aspera y horripilante de mujer. —«Trabajaras para el amo o sufriras.»

Annabeth se estremecio.

—No lo soporto cuando hace esto.

Como todos los ciclopes, Tyson tenia un oido sobrehumano y una misteriosa capacidad para imitar voces. Cuando lo hacia era como si entrase en trance.

—«No me sometere» —dijo Tyson con una voz grave y afligida. Luego adopto el tono del monstruo: —«Entonces disfrutare de tu dolor, Briares.»

Tyson titubeo al pronunciar ese nombre. Nunca lo habia visto salirse del personaje cuando imitaba a alguien, pero ahora dejo escapar un sonido extranio, como si se hubiera atragantado. Luego continuo con la voz del monstruo.

—«Si creias que tu primer encarcelamiento fue insoportable, todavia te falta experimentar el verdadero tormento. Piensa en ello hasta que regrese.»

La mujer dragon avanzo pesadamente hacia el hueco de la escalera, con todas las viboras silbando alrededor de sus piernas, como una falda hawaiana. Extendio unas alas que no le habia visto hasta entonces —unas enormes alas de murcielago que tenia dobladas en su espalda de dragon— y, dando un salto desde la pasarela, se elevo volando por encima del patio. Nos agazapamos entre las sombras. Senti en la cara una oleada caliente y sulfurosa mientras el monstruo se alejaba por el aire y desaparecia.

—Ho… horrible —murmuro Grover—. Nunca me habia encontrado con un monstruo que apestara tanto.

—La peor pesadilla de los ciclopes —murmuro Tyson—. Campe. —¿Quien? —pregunte.

Tyson trago saliva.

—Todos los ciclopes la conocen y han pasado miedo desde muy pequenios oyendo las historias que cuentan de ella. Era nuestra carcelera en los malos tiempos.

Annabeth asintio.

—Ahora lo recuerdo. Cuando gobernaban los titanes, encarcelaron a los hijos anteriores de Gea y Urano: los ciclopes y los hecatonquiros.

—¿Los heca… que? —pregunte.

—Se llaman centimanos tambien —dijo Annabeth—. Los llamaron asi… bueno, porque tenian cien manos. Eran los hermanos mayores de los ciclopes.

—Muy poderosos —prosiguio Tyson—. ¡Impresionantes! Tan altos como el cielo. Capaces de partir montanias.

—Genial —dije—. A menos que seas montania.

—Campe era la carcelera —explico—. Trabajaba para Cronos. Tenia encerrados a nuestros hermanos en el Tartaro y no paro de torturarlos hasta que llego Zeus. El mato a Campe y libero a los ciclopes y los centimanos para que lo ayudasen a luchar contra los titanes en la gran guerra.

—Y ahora Campe ha vuelto —observe. —Mal asunto —resumio Tyson.

—¿Y quien esta en esa celda? —pregunte—. Antes has dicho un nombre… —¡Briares! —exclamo Tyson, animandose—. Un centimano. Son tan altos como el cielo y… —Si, ya —respondi—. Capaces de partir montanias.

Levante la vista hacia el segundo piso, preguntandome como podia caber en una celda diminuta una cosa tan alta como el cielo, y por que estaria llorando.

—Creo que deberiamos ir a comprobarlo —propuso Annabeth—. Antes de que vuelva Campe.

* * *

Al acercarnos, los sollozos aumentaron de volumen. En el primer momento, al atisbar a aquella criatura en el interior de la celda, no entendi lo que estaba viendo. Tenia tamanio humano y la piel muy palida, del color de la leche. Llevaba un taparrabos que parecia un panial enorme. Sus pies resultaban demasiado grandes para semejante cuerpo; cada uno tenia ocho dedos y las unias sucias y resquebrajadas. Pero la parte superior de su cuerpo era lo mas extranio de todo y hacia que Jano resultara casi normal en comparacion. De su tronco salian mas brazos de los que habria podido contar: hileras e hileras de brazos que brotaban alrededor de todo su cuerpo. Eran brazos normales, pero habia tantos y estaban tan enredados unos con otros que el torax parecia algo asi como un tenedor lleno de espaguetis enrollados. Muchas de sus manos le cubrian la cara mientras sollozaba.

—O el cielo no es tan alto como antes —musite—, o este es bajo. Tyson no me hizo caso y cayo de rodillas. —¡Briares! —exclamo.

Los sollozos se interrumpieron.

—¡Gran centimano! —suplico Tyson—. ¡Ayudanos!

Briares levanto la vista. Tenia una cara larga y triste, con la nariz torcida y los dientes en pesimo estado. Sus ojos eran del todo castanios; quiero decir, completamente, sin la parte blanca ni la pupila negra: como unos ojos hechos de barro.

—Corre mientras puedas, ciclope —dijo Briares tristemente—. Yo ni siquiera puedo ayudarme a mi mismo.

—¡Eres un centimano! —insistio Tyson—. ¡Tu puedes hacer lo que quieras!

Briares se limpio la nariz con cinco o seis manos. Muchas otras jugueteaban con los pedacitos de metal y madera de una cama rota, tal como Tyson jugaba en ocasiones con piezas sueltas. Era asombroso contemplarlo. Sus manos parecian poseer vida propia. Construyeron en un periquete un barquito de madera y, con la misma rapidez, lo desmontaron de nuevo. Otras manos se dedicaban a rascar el suelo de cemento sin ningun motivo aparente. Otras jugaban a «piedra, papel o tijeras». Habia unas cuantas que hacian sombras chinescas en la pared con formas de patitos y perros.

—No puedo hacer nada —gimio Briares—. ¡Campe ha vuelto! Los titanes se alzaran y volveran a encerrarnos en el Tartaro.

—¡Cambia esa cara y portate como un valiente! —exigio Tyson.

De inmediato, el rostro de Briares se transformo en otra cosa. Eran los mismos ojos castanios, si, pero los rasgos me parecieron muy distintos. Ahora tenia la nariz respingona, las cejas arqueadas y una extrania sonrisa, como si estuviera tratando de hacerse el valiente. Pero fue solo un momento, porque su cara enseguida volvio a ser la de antes.

—No funciona —se lamento—. Mi cara de susto regresa una y otra vez. —¿Como has hecho eso? —pregunte.

Annabeth me dio un codazo.

—No seas maleducado. Los centimanos tienen cincuenta caras distintas. —Debe de ser complicado hacer la foto de fin de curso. Tyson aun estaba en trance.

—¡Todo saldra bien, Briares! ¡Te ayudaremos! ¿Me das tu autografo? Briares se sorbio los mocos.

—¿Tienes cien boligrafos?

—Chicos —los interrumpio Grover—. Hemos de salir de aqui. Campe va a volver. Nos detectara tarde o temprano.

—Rompe los barrotes —apunto Annabeth.

—¡Si! —exclamo Tyson sonriendo con orgullo—. Briares puede hacerlo. Es muy fuerte. Incluso mas que los ciclopes. ¡Mirad!

Briares gimoteo. Una docena de sus manos empezaron a jugar dando palmadas cruzadas, pero ninguna hizo el menor intento de romper los barrotes.

—Si tan fuerte es —dije—, ¿por que se encuentra encerrado en la carcel? Annabeth me dio otra vez en las costillas.

—Esta aterrorizado —susurro—. Campe lo tuvo encerrado en el Tartaro durante miles de anios. ¿Como te sentirias tu?

El centimano se cubrio la cara otra vez.

—¿Briares? —dijo Tyson—. ¿Que te ocurre? ¡Muestranos tu fuerza descomunal! —Tyson —intervino Annabeth—. Creo que sera mejor que rompas tu los barrotes. La sonrisa de Tyson fue borrandose lentamente.

—Yo los rompo —accedio. Asio la puerta entera de la celda y la arranco de sus goznes como si fuera de arcilla.

—Venga, Briares —dijo Annabeth—. Vamos a sacarte de aqui.

Le tendio la mano. Durante un instante, la cara de Briares se transformo y adopto una expresion esperanzada. Muchos brazos se extendieron hacia fuera, pero muchos mas —al menos el doble— los apartaron a cachetes.

—No puedo —dijo—. Me castigara.

—Claro que puedes —le aseguro Annabeth—. Ya luchaste con los titanes una vez y venciste, ¿recuerdas?

—Recuerdo la guerra. —Su rostro se metamorfoseo de nuevo, ahora con la frente arrugada y un mohin en los labios. Su cara amenazadora, supongo—. Los rayos sacudian el mundo. Arrojamos muchas rocas. Los titanes y los monstruos no vencieron por poco. Ahora estan recuperando fuerzas otra vez. Campe me lo ha contado.

—¡No le hagas caso! —dije—. ¡Vamos!

El no se movio. Grover tenia razon: no nos quedaba mucho tiempo antes de que ese monstruo regresara. Pero tampoco podiamos dejar a Briares alli. Tyson se pasaria semanas enteras sollozando. —Una partida de «piedra, papel o tijeras» —le propuse—. Si gano, nos acompanias. Si pierdo, te dejamos en la carcel.

Annabeth me miro como si me hubiese vuelto loco. La cara de Briares adopto una expresion indecisa. —Yo siempre gano a «piedra, papel o tijeras».

—Entonces vamos alla. —Me golpee la palma con el punio tres veces.

Briares hizo lo mismo con sus cien manos, lo cual sono como un ejercito entero que avanzara tres pasos. Luego me salio con una avalancha entera de piedras, una coleccion de tijeras y suficiente papel para hacer una flota de avioncitos.

—Te lo he dicho —comento con tristeza—. Yo siempre… —Puso su cara de perplejidad—. ¿Tu que has hecho?

—Una pistola —le dije, enseniandole la que habia hecho con los dedos. Era un truco que Paul Blofis habia utilizado conmigo, pero eso no iba a contarselo—. La pistola gana a todo lo demas.

—No es justo.

—Yo no he dicho que fuera a ser justo. Campe tampoco lo sera con nosotros si nos quedamos aqui. Te culpara a ti por cargarte la puerta. ¡Venga, vamos!

Briares se sorbio la nariz.

—Los semidioses son unos tramposos —murmuro. Lentamente, sin embargo, se levanto y nos siguio fuera de la celda.

Empezaba a sentirme un poco mas animado. Lo unico que teniamos que hacer era bajar y encontrar la entrada del laberinto. Pero justo en ese momento Tyson se quedo petrificado. Abajo, a nuestros pies, Campe nos esperaba gruniendo.

* * *

—Por el otro lado —seniale.

Salimos disparados por la pasarela. Esta vez, Briares nos siguio sin dudarlo. Es mas, se coloco delante de todos, haciendo aspavientos de panico con sus cien brazos.

A nuestra espalda oi el batir de las enormes alas de Campe al elevarse por los aires. Silbaba y gruniia en su lengua arcaica, y no me hacia falta traductor para comprender que queria matarnos.

Bajamos corriendo las escaleras, cruzamos un pasadizo y dejamos atras un puesto de guardia para desembocar… en otro bloque de celdas.

—A la izquierda —dijo Annabeth—. Aun me acuerdo de la visita.

Salimos a toda velocidad y fuimos a dar al patio delantero de la prision, que estaba cercado con torres de vigilancia y una valla de alambre de espino. Despues de tanto tiempo encerrado, la luz del sol casi me cego. Habia un monton de turistas circulando de un lado para otro y sacando fotos. Soplaba un viento helado. Al sur destellaba la ciudad de San Francisco, blanca, soleada y hermosa, pero hacia el norte, sobre el monte Tamalpais, se arremolinaban grandes nubes cargadas de tormenta. El cielo entero parecia una peonza negra que girara sobre aquella montania en cuya cima seguia atrapado Atlas y donde se estaba levantando de nuevo el palacio titanico del monte Othrys. Resultaba dificil creer que los turistas no percibieran la tormenta sobrenatural que se avecinaba, pero lo cierto es que no daban muestras de sentir alarma.

—Esta mucho peor —dijo Annabeth, escrutando el cielo hacia el norte—. Las tormentas han sido tremendas durante todo el anio, pero esto…

—Seguid —aullo Briares—. ¡Aun nos persigue!

Corrimos hacia el otro extremo del patio: lo mas lejos posible del bloque de celdas. —Campe es demasiado grande para cruzar esas puertas —dije con optimismo. Entonces exploto el muro.

Los turistas se pusieron a dar gritos cuando el monstruo surgio entre el polvo y los escombros con sus alas desplegadas, que abarcaban casi todo el patio. En sus brazos sostenia dos espadas: dos largas cimitarras de bronce que destellaban con un raro fulgor verdoso y soltaban volutas de vapor hirviente cuyo agrio olor nos llegaba desde lejos.

—¡Veneno! —exclamo Grover con un ganiido—. No dejeis que os toquen esas cosas o…

—¿Moriremos? —aventure.

—Hummm… despues de desmenuzarte y hacerte polvo lentamente, si. —Mejor evitemos esas espadas —decidi. —¡Briares, lucha! —chillo Tyson—. ¡Recupera tu tamanio real!

Pero el centimano mas bien parecia querer encogerse y volverse mas pequenio. Ahora tenia puesta su cara de pavor total.

Campe se abalanzo hacia nosotros. Sus alas de dragon azotaban el aire con estruendo y centenares de serpientes se retorcian alrededor de su cuerpo.

Durante un segundo pense en sacar a Contracorriente para plantarle cara. Solo un segundo: luego se me formo un nudo en la garganta. Entonces Annabeth grito justamente lo que yo estaba pensando: —¡Corramos!

Ahi concluyo la discusion. No habia forma de combatir con aquella cosa. Cruzamos el patio de la prision a toda velocidad y salimos por las puertas con el monstruo pegado a nuestras espaldas. Los mortales gritaban y corrian enloquecidos. Las sirenas de emergencia empezaron a aullar.

Llegamos al muelle justo cuando un barco turistico dejaba a un grupo de pasajeros en tierra. La nueva remesa de visitantes se quedo de piedra al ver que corriamos hacia ellos, seguidos de una multitud de turistas aterrorizados, seguidos de… no se que verian a traves de la Niebla, pero no debia de ser agradable.

—¿El barco? —pregunto Grover.

—Demasiado lento —dijo Tyson—. Volvamos otra vez al laberinto. Es nuestra unica oportunidad. —Habra que distraerla —senialo Annabeth.

Tyson arranco de cuajo una farola metalica. —Yo la distraigo. Vosotros adelantaos. —Te ayudo —dije.

—No —respondio—. Tu sigue. El veneno hiere a los ciclopes. Hace mucho danio. Pero no los mata. —¿Estas seguro?

—Ve, hermano. Nos veremos dentro.

Me repugnaba la idea de dejarlo alli. Ya habia estado una vez a punto de perder a mi hermano y no queria correr ese riesgo de nuevo. Pero no habia tiempo para discutir y no se me ocurria nada mejor. Annabeth, Grover y yo tomamos a Briares cada uno de una mano y lo arrastramos otra vez hacia los puestos de helados y refrescos, mientras Tyson, soltando un bramido, ponia la farola en ristre y cargaba contra Campe como si fuera un caballero con su lanza.

Ella estaba siguiendo a Briares con la mirada, pero Tyson logro captar su atencion cuando le clavo la farola en el pecho y la empujo contra la pared. El monstruo chillo y empezo a asestar mandobles con sus espadas hasta dejar toda la farola cortada en rodajas. El veneno le goteaba y formaba charcos que chisporroteaban a su alrededor sobre el suelo de cemento.

Tyson retrocedio de un salto cuando la cabellera de Campe se lanzo silbando hacia el. Las viboras de sus patas de dragon disparaban las lenguas mortiferas en todas direcciones. Un leon surgio entre las cabezas a medio formar de su cintura y dio un rugido.

Lo ultimo que vi de la pelea, mientras nos alejabamos a todo correr hacia el interior de la prision, fue a Tyson levantando a pulso un puesto de helados y arrojandoselo a Campe. El veneno y el helado explotaron y se esparcieron por todas partes; las furiosas serpientes del pelo de Campe quedaron todas manchadas de tuti-fruti… Entramos de nuevo en el patio de la carcel.

—No voy a conseguirlo —dijo Briares, resoplando.

—¡Tyson esta arriesgando su vida para ayudarte —le chille—, asi que vas a conseguirlo!

Cuando llegamos a la puerta del bloque de celdas, oi un rugido rabioso. Mire hacia atras y vi que Tyson se acercaba a toda pastilla. Campe lo seguia de cerca, cubierta de helado y de camisetas. Una de las cabezas de oso de su cintura llevaba ahora unas gafas de sol de Alcatraz (algo torcidas).

—¡Deprisa! —urgio Annabeth, como si hiciera falta que lo dijera.

Al fin encontramos la celda por la que habiamos llegado, pero la pared del fondo se veia completamente lisa: ni rastro del bloque de piedra.

—¡Busca la marca! —dijo Annabeth.

—¡Ahi! —Grover puso el dedo en una hendidura, que se convirtio de inmediato en la A griega. La marca de Dedalo emitio un resplandor azul y la pared de piedra se entreabrio rechinando. Demasiado despacio. Tyson aun estaba cruzando el bloque de celdas; Campe iba pegada a su espalda, lanzando tajos a diestro y siniestro, cortando barrotes, muros y todo lo que se le ponia por delante. Empuje a Briares al interior del laberinto; luego pasaron Annabeth y Grover.

—¡Puedes lograrlo! —le grite a Tyson, pero enseguida comprendi que no era asi. Ya tenia encima a Campe, que alzo con furia ambas espadas. Habia que distraerla con algo grande. Le di un golpecito a mi reloj, que giro en espiral y se convirtio en un escudo de bronce. A la desesperada, se lo lance al monstruo a la cara.

¡PLAF!.

Le acerte de lleno en el morro y ella titubeo justo la fraccion de segundo que Tyson necesitaba para entrar de un salto en el laberinto. Lo segui en el acto.

Campe se abalanzo hacia nosotros, pero ya era demasiado tarde. La roca volvio a cerrarse y nos aislo hermeticamente con su fuerza magica. El tunel entero vibraba con las acometidas de la bestia, que rugia rabiosa. Por si acaso, no nos quedamos a jugar a «pom, pom, ¿quien es?» con aquella criatura infernal. Corrimos en la oscuridad y, por primera y ultima vez, me alegre de estar de nuevo en el laberinto.

Capitulo 8

Visitamos un diabolico rancho turistico

Nos detuvimos por fin en una sala llena de cascadas. El suelo era un gran pozo rodeado por un paso de piedra sumamente resbaladiza. El agua salia de unas enormes tuberias, chorreaba por las cuatro paredes de la estancia y caia con estrepito en el pozo. No divise el fondo cuando lo enfoque con la linterna.

Briares se desplomo junto al muro. Recogio agua con una docena de manos y se lavo la cara. — Este pozo va directamente al Tartaro —musito—. Deberia saltar y ahorraros mas problemas.

—No hables asi —dijo Annabeth—. Puedes volver al campamento con nosotros y ayudarnos a hacer los preparativos. Seguro que tu sabes mejor que nadie como combatir a los titanes. —No tengo nada que ofrecer —se lamento el—. Lo he perdido todo.

—¿Y tus hermanos? —dijo Tyson—. ¡Los otros dos deben de seguir siendo altos como montanias! ¡Podemos llevarte con ellos!

El rostro de Briares adopto una expresion aun mas triste: era su cara de luto. —Ya no existen. Se desvanecieron.

Las cascadas seguian rugiendo. Tyson contemplo el pozo y pestanieo. Un par de lagrimas asomaban en su ojo.

—¿Que significa que se desvanecieron? —pregunte—. Creia que los monstruos eran inmortales, como los dioses.

—Percy —dijo Grover debilmente—, hasta la inmortalidad tiene sus limites. A veces… a veces los monstruos caen en el olvido y pierden la voluntad de seguir siendo inmortales.

Observe a Grover y me pregunte si estaria pensando en Pan. Recorde lo que la Medusa nos habia dicho una vez: que sus hermanas, las otras dos gorgonas, habian muerto y la habian dejado sola. Y Apolo, el anio anterior, hablando del antiguo dios Helios, comento que habia desaparecido y lo habia dejado solo con todas las tareas del dios del sol. No me habia detenido a pensar demasiado en todo ello, pero en ese momento, mirando a Briares, comprendi lo terrible que debia de resultar ser tan viejo —tener miles y miles de anios— y encontrarse completamente solo en el mundo.

—Debo irme —dijo Briares.

—El ejercito de Cronos invadira el campamento —advirtio Tyson—. Necesitamos tu ayuda. El centimano bajo la cabeza.

—No puedo, ciclope. —Eres fuerte.

—Ya no. —Briares se levanto.

—Eh. —Lo agarre de uno de sus brazos y me lo lleve aparte, de modo que el rugido del agua ahogara nuestras palabras—. Briares, te necesitamos. Por si no te habias dado cuenta, Tyson cree en ti. Ha arriesgado la vida para salvarte.

Se lo conte todo: el plan de invasion de Luke, la entrada del laberinto en el corazon del campamento, el taller de Dedalo, el ataud de oro de Cronos.

Briares nego con la cabeza.

—No puedo, semidios. No tengo la pistola para ganar este juego —me dijo, formando cien pistolas con las manos.

—Quiza por eso se desvanecen los monstruos —respondi—. Tal vez no se trate de lo que crean los mortales. A lo mejor lo que pasa es que dejan de creer en si mismos.

Sus ojos castanios me observaron. Su rostro se transformo y asumio una expresion bien reconocible: la vergüenza. Se volvio y se alejo caminando pesadamente por el pasadizo hasta desaparecer entre las sombras.

Tyson sollozaba.

—Tranquilo, todo ira bien —le dijo Grover, dandole unas palmaditas con aire vacilante, como si hubiera tenido que armarse de valor para hacerlo.

—No ira bien, ninio cabra. El era mi heroe.

Yo tambien queria consolarlo, pero no sabia que decir. Finalmente, Annabeth se incorporo y se echo la mochila al hombro.

—Venga, chicos. Este pozo me pone nerviosa. Vamos a buscar un sitio mejor para pasar la noche.

* * *

Nos instalamos en un pasadizo hecho de enormes bloques de marmol. En las paredes habia soportes de bronce para las antorchas y daba la impresion de haber formado parte de una tumba griega. Aquello debia de ser un sector mas antiguo del laberinto, cosa que era buena senial, segun Annabeth.

—Ya debemos de estar cerca del taller de Dedalo —dijo—. Descansad un poco. Seguiremos por la maniana.

—¿Como sabremos cuando es de dia? —pregunto Grover. —Tu descansa —insistio ella.

A Grover no hizo falta que se lo repitieran. Saco un monton de paja de su mochila, comio un poco, se hizo una almohada con el resto y al cabo de un momento ya estaba roncando. A Tyson le costo mas dormirse. Estuvo un rato manipulando unos trozos de metal de su juego de construcciones, pero, fuese lo que fuese lo que estuviera montando, no parecia satisfacerle, porque no paraba de desarmar las piezas.

—Lamento haber perdido el escudo —me disculpe—. Con todo lo que habias trabajado para arreglarlo…

El levanto la vista. Tenia el ojo enrojecido de haber llorado.

—No te preocupes, hermano. Tu me has salvado. No habrias tenido que hacerlo si Briares nos hubiera echado una mano.

—Estaba asustado. Seguro que lo superara.

—No es fuerte —dijo Tyson—. Ya no es importante.

Exhalo un largo y triste suspiro y luego cerro el ojo. Las piezas metalicas se le cayeron de las manos, aun desmontadas, y empezo a roncar.

Yo tambien trate de dormir, pero no podia. El recuerdo de haber sido perseguido por una mujer dragon descomunal con espadas envenenadas no me ayudaba a relajarme precisamente. Agarre mi petate y lo arrastre hasta donde Annabeth se habia sentado para hacer guardia.

Me sente a su lado. — Deberias dormir —dijo. — No puedo. ¿Tu estas bien?

—Claro. Mi primer dia guiando una busqueda. Fantastico.

—Lo encontraremos —asegure—. Daremos con ese taller antes que Luke.

Ella se aparto el pelo de la cara. Tenia la barbilla manchada de polvo. Trate de imaginarme su aspecto de ninia, cuando vagaba por todo el pais con Thalia y Luke. Con solo siete anios, los habia salvado de una muerte segura en la mansion de un ciclope maligno. Incluso cuando parecia asustada, como en ese momento, yo sabia que le sobraban agallas.

—Ojala esta busqueda tuviese alguna logica —se quejo—. Quiero decir: estamos avanzando, pero no sabemos adonde iremos a parar. ¿Como es posible que puedas caminar de Nueva York a California en un dia?

—El espacio no es igual dentro del laberinto.

—Ya, ya lo se. Es solo… —Me miro, vacilante—. Me estaba enganiando a mi misma. Todos esos planes y esas lecturas… No tengo ni idea de adonde nos dirigimos.

—Lo estas haciendo muy bien. Ademas, nosotros nunca sabemos lo que hacemos. Pero al final siempre nos sale bien. ¿Te acuerdas de la isla de Circe?

Ella solto un bufido.

—Estabas muy mono de conejillo de Indias.

—¿Y el parque acuatico de Waterland? ¿Recuerdas como nos hiciste salir disparados? —¿Yo? Pero ¡si la culpa fue tuya!

—¿Te das cuenta? Todo saldra bien.

Annabeth sonrio, lo que era un alivio. Pero su sonrisa se desvanecio enseguida. —Percy, ¿a que se referia Hera cuando dijo que tu conocias la manera de cruzar el laberinto? —No lo se —reconoci—. De verdad.

—¿Me lo dirias si lo supieras? —Claro. Aunque quiza… —¿Que?

—Quiza si me revelaras el ultimo verso de la profecia… Eso seria de ayuda. Ella se estremecio.

—Aqui no. En medio de la oscuridad, no.

—¿Y esa eleccion de la que hablaba Jano? Hera ha dicho…

—Basta —me corto. Lanzo un tembloroso suspiro—. Perdona, Percy. Estoy nerviosa. Pero no… Tengo que pensarlo.

Permanecimos en silencio, escuchando los extranios crujidos del laberinto: el eco de las piedras rozando unas con otras mientras los tuneles se transformaban, crecian y se expandian. La oscuridad me evoco las visiones que habia tenido de Nico di Angelo. Y de pronto comprendi una cosa.

—Nico anda por aqui —le dije—. Fue asi como desaparecio del campamento. Encontro el laberinto y luego un camino que lo hizo descender aun mas a las profundidades, hasta el inframundo. Pero ahora ha vuelto al laberinto. Viene por mi.

Ella no respondio enseguida.

—Confio en que te equivoques, Percy. Pero si tuvieras razon… —Contemplo el haz de luz, que proyectaba un circulo borroso en la pared de marmol. Tenia la sensacion de que estaba pensando en la profecia. Nunca la habia visto tan cansada.

—¿Que te parece si yo hago la primera guardia? —propuse—. Si pasa algo, te despierto.

Annabeth no parecio muy de acuerdo, pero se limito a asentir, se desplomo sobre su petate y cerro los ojos.

* * *

Cuando me toco a mi dormir, sonie que estaba otra vez en la prision del anciano.

Ahora se parecia mas a un taller. Habia mesas cubiertas de instrumentos de medicion y una fragua al rojo vivo en una esquina. El chico que habia visto en el ultimo suenio avivaba la lumbre con un fuelle. En ese momento era mas alto, casi de mi edad. Un extranio embudo adosado a la chimenea de la fragua captaba el humo y el calor y lo canalizaba por un tubo que se hundia en el suelo, junto a la tapa de bronce de un respiradero.

Era de dia. El cielo estaba azul, pero los muros del laberinto arrojaban densas sombras por el taller. Despues de llevar tanto tiempo cruzando tuneles, me parecio raro que aquella parte del laberinto estuviera a la intemperie. En cierto sentido, eso le conferia un aspecto todavia mas cruel.

El anciano parecia enfermo. Estaba terriblemente delgado y las manos se le habian quedado casi en carne viva de tanto trabajar. El pelo blanco le caia sobre los ojos y la tunica que llevaba estaba manchada de grasa. Se hallaba inclinado sobre una mesa, trabajando en las piezas de un objeto metalico alargado: algo similar a una cota de malla. Tomo un delicado eslabon de bronce y lo encajo en su sitio. —Ya esta —anuncio—. Lo he terminado.

Alzo aquel artilugio. Era tan hermoso que el corazon me dio un brinco de emocion: unas alas de metal construidas con millares de plumas de bronce entrelazadas. Habia dos juegos. Uno de ellos permanecia aun sobre la mesa. Dedalo extendio el armazon y las alas se desplegaron, adquiriendo una envergadura de seis metros. Una parte de mi intuia que aquel invento nunca llegaria a volar. Era demasiado pesado,

le resultaria imposible despegar del suelo. Pero la destreza artesanal que demostraba era igualmente asombrosa. Las plumas de metal captaban la luz y destellaban con treinta matices distintos.

El chico dejo el fuelle y se acerco a mirar. Estaba sudoroso y mugriento, pero sonrio de felicidad. —¡Padre, eres un genio!

El anciano dejo escapar una sonrisa.

—Vaya novedad, Icaro. Venga, date prisa. Me costara al menos una hora colocarlas. Ven. —Tu primero —dijo Icaro.

El anciano protesto un poco, pero el chico insistio.

—Son obra tuya, padre. Tu has de tener el honor de ponertelas primero.

Icaro le coloco en el pecho un arnes de cuero, semejante al que usan los alpinistas, con unas correas que iban desde los hombros hasta las muniecas. Luego empezo a fijarle las alas, utilizando un bote metalico que parecia una enorme pistola de pegamento.

—Este compuesto de cera deberia resistir muchas horas —le dijo Dedalo a su hijo mientras este trabajaba—. Pero primero se ha de secar. Y sera mejor que no volemos demasiado alto ni demasiado bajo. El mar humedeceria los precintos de cera…

—Y el calor del sol los derretiria —aniadio el chico—. Si, padre, ya lo hemos repasado un millon de veces.

—Todas las precauciones son pocas.

—¡Tengo fe ciega en tus inventos, padre! No ha existido nadie mas inteligente que tu.

Los ojos del anciano relucian. Era evidente que amaba a su hijo mas que a nada en el mundo. —Ahora te voy a poner las alas y, mientras tanto, se iran pegando las mias. ¡Ven!

El anciano progresaba lentamente. Sus manos buscaban a tientas las correas y le costo mucho colocar las alas en la posicion correcta mientras las sellaba. Las que llevaba puestas parecian abrumarlo y le estorbaban para maniobrar.

—Demasiado lento —mascullo el anciano entre dientes—. Demasiado lento. — Tomate tu tiempo, padre —dijo el chico—. Los guardias no han de venir…

¡BRUUUM!.

Las puertas se estremecieron. Dedalo las habia atrancado desde dentro con un travesanio de madera, pero aun asi parecia que fueran a salirse de las bisagras.

—¡Deprisa! —urgio Icaro.

¡BRUUM! ¡BRUUM!.

Estaban golpeando con un objeto pesado. El travesanio resistio, pero se abrio una raja en la puerta izquierda.

Dedalo, que trabajaba freneticamente, derramo una gota de cera caliente en el hombro de Icaro. Este esbozo una mueca de dolor, pero no se quejo. Cuando su ala izquierda quedo fijada a las correas, el anciano empezo a trabajar en la otra.

—Necesitamos mas tiempo —murmuro—. ¡Han venido demasiado pronto! La mezcla aun tardara en secarse.

—Todo saldra bien —aseguro Icaro, mientras su padre terminaba el ala derecha—. Ayudame con la tapa del respiradero…

¡CATACRAC!.

Las puertas se astillaron bruscamente y por la brecha asomo un ariete de bronce. Dos guardias ensancharon el hueco con sendas hachas e irrumpieron en la estancia. Detras venia el rey, con su corona de oro y su barba lanceolada.

—Vaya, vaya —dijo con una cruel sonrisa—. ¿Ibais a salir?

Dedalo y su hijo se quedaron paralizados. Las alas metalicas brillaban con luz tremula a sus espaldas. —Nos vamos, Minos —dijo el anciano.

El rey solto una risita.

—Tenia curiosidad por ver hasta donde llegabas con tu pequenio invento antes de desbaratar tus esperanzas. Debo confesar que estoy impresionado.

Minos contemplo las alas con admiracion.

—Pareceis gallinas metalicas —concluyo—. A lo mejor deberiamos desplumaros y preparar un caldo. Los guardias rieron tontamente.

—Gallinas metalicas —repitio uno de ellos—. Caldo de gallina.

—¡Silencio! —exigio el rey. Luego se volvio hacia Dedalo—. Ayudaste a mi hija a escapar, anciano. Empujaste a mi esposa a la locura. Mataste a mi monstruo y me convertiste en el hazmerreir de todo el Mediterraneo. ¡Nunca saldras de aqui!

Icaro tomo la pistola de cera y rocio bruscamente al rey, que retrocedio aturdido. Los guardias se adelantaron en el acto, pero cada uno se gano un chorro de cera caliente en la cara.

—¡El respiradero! —grito Icaro a su padre. —¡Prendedlos! —rugio el rey Minos.

Entre el anciano y el chico abrieron la tapa del respiradero y un chorro de aire caliente emergio del suelo. El rey miro incredulo como se elevaban los dos hacia el cielo con sus alas de bronce, impulsados por la corriente ascendente.

—¡Disparadles! —chillo el rey, pero sus guardias no llevaban arcos. Uno de ellos les lanzo su espada, pero Dedalo e Icaro ya estaban fuera de su alcance. Padre e hijo revolotearon por encima del laberinto y del palacio del rey y luego sobrevolaron a toda velocidad la ciudad de Crosos y las rocosas costas de Creta.

Icaro reia de pura alegria.

—¡Libres, padre! Lo has conseguido.

El chico extendio las alas al maximo y remonto aprovechado el viento. —¡Espera! —grito Dedalo—. ¡Ten cuidado!

Pero Icaro ya se hallaba sobre mar abierto y se dirigia hacia el norte, regodeandose en su buena suerte. Se alzo a gran velocidad y espanto un aguila, que tuvo que desviarse de su camino; luego se lanzo en picado hacia el mar, como si no hubiera hecho otra cosa en su vida, para elevarse en el ultimo segundo, rozando las olas con las sandalias.

—¡Detente! —le grito Dedalo. Pero el viento se llevaba sus palabras y su hijo se habia emborrachado con su propia libertad.

El anciano hizo un esfuerzo por alcanzarlo, planeando torpemente tras el.

Estaban a muchos kilometros de Creta, sobrevolando aguas muy profundas, cuando Icaro se volvio y reparo en la expresion angustiada de su padre.

—¡No te apures, padre! —le dijo con una sonrisa—. ¡Eres un genio! Tu artilugio funciona a la perfeccion…

Entonces se desprendio de sus alas la primera pluma metalica y cayo revoloteando. Luego se solto otra. Icaro se tambaleo en el aire. Y de repente empezo a derramar plumas de bronce, infinidad de plumas que se alejaban como una bandada de aves asustadas.

—¡Icaro! —grito su padre—. ¡Planea! ¡Extiende las alas! ¡Procura moverte lo menos posible! Pero Icaro empezo a agitar los brazos, tratando desesperadamente de recuperar el control. Primero se le cayo el ala izquierda, desgajandose de las correas.

—¡Padre! —grito.

A continuacion, ya sin alas, se desplomo convertido en un simple muchacho con un arnes y una tunica blanca, que extendia los brazos en un vano intento de seguir planeando.

Desperte sobresaltado, con la sensacion de estar cayendo a plomo. Todo estaba oscuro. Entre los crujidos incesantes del laberinto, me parecio oir el grito angustiado de Dedalo pronunciando el nombre de su hijo Icaro, mientras este, la unica alegria de su vida, caia en picado al mar desde cien metros de altura.

* * *

En el laberinto no habia amanecer, pero una vez que despertaron todos y dieron buena cuenta de un estupendo desayuno a base de barritas de cereales y zumos envasados, emprendimos la marcha de nuevo. No le conte mi suenio a nadie. Habia algo en el que me habia asustado de verdad y me parecio mejor que los demas no se enteraran.

Los viejos tuneles de piedra dieron paso a un corredor de tierra con vigas de cedro, como en una mina de oro o algo por el estilo. Annabeth empezo a ponerse nerviosa.

—No puede ser —dijo—. Tendria que seguir siendo de piedra.

Llegamos a una cueva con el techo cubierto de estalactitas. En medio, habia una fosa rectangular excavada en el suelo de tierra, como si fuera una tumba.

Grover se estremecio.

—Huele igual que el inframundo.

Entonces me fije en una cosa que brillaba en el borde de la fosa: un trozo de papel de aluminio. Ilumine el agujero con la linterna y vi una hamburguesa de queso medio mordida, flotando en un moco pardusco y burbujeante.

—Nico —dije—. Ha vuelto a invocar a los muertos. Tyson se puso a gimotear.

—Aqui ha habido fantasmas. No me gustan los fantasmas.

—Hemos de encontrarlo. —No se por que, pero hallarme al borde de aquella fosa me transmitio una sensacion de urgencia. Nico andaba cerca. Lo presentia. No podia dejarlo vagando por alla abajo con la sola companiia de los muertos. Eche a correr.

—¡Percy! —grito Annabeth.

Me meti a gachas por un tunel y vislumbre una luz al fondo. Cuando Annabeth, Tyson y Grover se pusieron a mi altura, yo me hallaba contemplando la luz del dia a traves de unos barrotes situados sobre mi cabeza. Estabamos bajo una rejilla de tubos de acero. Se veian arboles y un cielo azul.

—¿Que es esto? —me pregunte.

Entonces una sombra cubrio la rejilla y una vaca se quedo mirandome desde arriba. Parecia una vaca normal, salvo por su extranio color: un rojo intenso, casi cereza. Nunca habia visto ninguna igual.

La vaca mugio, puso la pezunia en una de las barras y retrocedio enseguida. —Es una rejilla de retencion —dijo Grover. —¿Como?

—Las ponen a la salida de los ranchos para que las vacas no se escapen. No pueden andar sobre estas rejillas.

—¿Como lo sabes? Grover resoplo, indignado.

—Creeme, si tuvieras pezunias, sabrias lo que es una rejilla de retencion. ¡Son muy molestas! Me volvi hacia Annabeth.

—¿Hera no hablo de un rancho? Hemos de comprobarlo. Tal vez Nico este ahi arriba. Ella vacilo.

—De acuerdo. Pero ¿como salimos?

Tyson resolvio el problema golpeando con ambas manos la rejilla, que se desprendio del marco y salio disparada por los aires. Oimos enseguida un golpe metalico y un mugido sobresaltado. Tyson se sonrojo.

—¡Perdon, vaquita! —grito. Luego nos izo fuera del tunel.

Estabamos en un rancho, de eso no cabia duda. Una serie de colinas se extendian hacia el horizonte, salpicadas de robles, cactus y grandes rocas. Desde la entrada salia en ambas direcciones una cerca de alambre de espino. Las vacas de color cereza vagaban de aca para alla, pastando entre la hierba.

—Ganado rojo —observo Annabeth—. El ganado del sol. —¿Como? —pregunte.

—Para Apolo son sagradas. —¿Vacas sagradas? — Exacto. Pero ¿que hacen…?

—Un momento —dijo Grover—. Escucha.

Al principio todo me parecio en silencio… pero luego lo capte: una algarabia de aullidos, cada vez mas cercana. La maleza crujio y se removio y enseguida surgieron dos perros. Con un pequenio detalle: que no eran dos, sino un perro de dos cabezas. Parecia un galgo, con aquel cuerpo largo, esbelto y de un marron lustroso, pero su cuello se bifurcaba en dos cabezas que gruniian, ladraban y no parecian muy contentas de vernos.

—¡Perro malo como Jano! —grito Tyson.

—¡Arf! —le dijo Grover, alzando una mano a modo de saludo.

El perro de dos cabezas mostro los dientes. Me temo que no le impresiono demasiado que Grover conociera la lengua animal. Entonces su amo surgio de la maleza y comprendi que el perro no pasaba de ser un problema menor.

Era un tipo descomunal de pelo canoso, con un sombrero de cowboy de paja y una barba blanca trenzada: en fin, como la encarnacion del Tiempo, pero convertido en campesino de pinta peligrosa. Llevaba unos vaqueros, una camiseta de «NO ENSUCIE TEXAS» y una chaqueta tejana con las mangas arrancadas para que le vieras bien los musculos. En el biceps derecho tenia tatuadas dos espadas cruzadas. Y en la mano sostenia un garrote de madera del tamanio de una cabeza nuclear, con clavos de diez centimetros en la punta.

—¡Aqui, Ortos! —le dijo al perro.

El animal nos grunio otra vez para dejar claros sus sentimientos y, dandose la vuelta, fue a sentarse a los pies de su amo. El hombre nos miro de arriba abajo, con el garrote preparado. —¿Que tenemos aqui? —pregunto—. ¿Ladrones de ganado?

—Simples viajeros —le dijo Annabeth—. Estamos llevando a cabo una busqueda. El hombre contrajo los parpados con un tic.

—Mestizos, ¿eh? Yo empece a decir:

—¿Como lo sabia…?

Annabeth me puso una mano en el brazo.

—Yo soy Annabeth, hija de Atenea. Este es Percy, hijo de Poseidon. Grover, el satiro. Y Tyson…

—El ciclope —concluyo el hombre—. Si, ya veo. —Me miro con el cenio fruncido—. Y reconozco a los mestizos porque soy uno de ellos, hijo. Yo soy Eurition, pastor de ganado de este rancho e hijo de Ares. Deduzco que habeis llegado a traves del laberinto, como el otro.

—¿El otro? —pregunte—. ¿Se refiere a Nico di Angelo?

—En este rancho recibimos muchos visitantes procedentes del laberinto —dijo Eurition con aire enigmatico—. Pero no muchos salen de aqui.

—¡Hala! —exclame—. Me siento bienvenido.

El pastor echo un vistazo atras, como si alguien estuviera observandonos. Luego bajo la voz. — Solo os dire una cosa, semidioses: volved al laberinto ahora mismo. Antes de que sea tarde. — No nos iremos —insistio Annabeth—. Hasta que veamos a ese otro semidios. Por favor.

Eurition solto un gruniido.

—Entonces no tengo alternativa: he de llevaros ante el jefe.

* * *

No me dio la sensacion de que fueramos rehenes ni nada por el estilo. Eurition caminaba a nuestro lado con el garrote al hombro. Ortos, el perro de dos cabezas, no paraba de gruniir y husmear las piernas de Grover y, de vez en cuando, se metia corriendo entre los arbustos para perseguir algun animal, aunque Eurition lo tenia mas o menos controlado.

Recorrimos un camino que parecia no acabarse nunca. La temperatura debia de rondar los cuarenta grados, lo cual era muchisimo despues de pasar por San Francisco. La tierra despedia vaharadas de calor. Los insectos zumbaban entre la vegetacion. Al poco rato, estaba sudando a mares. Las moscas se arremolinaban a nuestro alrededor. De vez en cuando veiamos un cercado de vacas rojas o de animales incluso mas extranios. Pasamos junto a un corral con una valla cubierta de asbesto, en cuyo interior se apiniaba una manada de caballos que sacaban fuego por los ollares. El heno de sus comederos estaba en llamas. La tierra humeaba, pero los caballos parecian bastante mansos. Un gran semental me miro y dio un relincho al tiempo que soltaba por las narices una llamarada. Me pregunte si el fuego no le daniaria las fosas nasales.

—¿Para que son? —pregunte. Eurition me miro ceniudo.

—Aqui criamos animales para muchos clientes. Apolo, Diomedes y… otros. —¿Como quien?

—Basta de preguntas.

Finalmente salimos del bosque. Encaramado en la colina que se alzaba ante nosotros, habia un rancho enorme de madera y piedra blanca con grandes ventanales.

—¡Parece un Frank Lloyd Wright! —dijo Annabeth.

Supongo que hablaba de algo relacionado con la arquitectura. A mi me parecia simplemente la clase de sitio donde unos cuantos semidioses pueden meterse en un buen lio. Ascendimos trabajosamente por la ladera.

—No quebranteis las normas —nos advirtio Eurition cuando subiamos los escalones del porche—. Nada de peleas. Nada de sacar armas. Y nada de comentarios sobre el aspecto del jefe.

—¿Por que? —pregunte—. ¿Que pinta tiene? Antes de que Eurition acertara a responder, otra voz dijo: —Bienvenidos al Rancho Triple G.

La cabeza del hombre que habia salido al porche era normal, lo cual ya era un alivio. Tenia el rostro bronceado y curtido por la intemperie; el pelo negro y lacio, y un fino bigote oscuro, como los malvados de las pelis antiguas. Nos sonreia, pero su gesto no era amistoso, sino mas bien divertido, en plan «¡Hombre, mas candidatos al tormento!».

No me dio tiempo de pensarlo mucho, de todos modos, porque entonces me fije en su cuerpo… o mas bien en sus cuerpos. Tenia tres. Cabria suponer que, despues de Jano y de Briares, ya me habria acostumbrado a la anatomia estrafalaria, pero es que ese tipo venia a ser como tres personas completas. El cuello se le unia al pecho del modo normal, pero ademas tenia otros dos pechos, uno a cada lado, conectados por los hombros y con una separacion de unos pocos centimetros. El brazo izquierdo le nacia del pecho izquierdo, y lo mismo sucedia con el derecho, o sea que tenia dos brazos, pero cuatro axilas, si es que eso tiene sentido. Los pechos se unian a un torso enorme con dos piernas normales, pero muy fornidas (llevaba los Levi's mas descomunales que he visto en mi vida). En cada torso lucia una camisa de leniador de distinto color: verde, amarillo y rojo, como un semaforo. Me pregunte como se las arreglaria para ponerse la del medio, que no tenia brazos.

El pastor Eurition me arreo un codazo. —Saluda al senior Gerion.

—¡Hola! —dije—. Bonitos cuerpos… digo, ¡bonito rancho tiene usted!

Antes de que el hombre de triple cuerpo pudiera responder, Nico di Angelo salio inesperadamente al porche por las puertas acristaladas.

—Gerion, no voy a esperar…

Se quedo helado al vernos. Luego desenvaino la espada. La hoja era exactamente igual que la de mi suenio: corta, afilada y negra como la noche.

Gerion grunio al verlo.

—Guarde eso, senior Di Angelo. No voy a permitir que mis invitados se maten unos a otros.

—Pero ellos son…

—Percy Jackson —se adelanto Gerion—, Annabeth Chase y un par de monstruos amigos. Si, ya lo se. —¿Monstruos amigos? —exclamo Grover, indignado.

—Ese hombre lleva tres camisas —dijo Tyson, como si acabara de darse cuenta.

—¡Dejaron morir a mi hermana! —A Nico le temblaba la voz de rabia—. ¡Han venido a matarme! —No hemos venido a matarte, Nico —asegure, levantando las manos—. Lo que le paso a Bianca… —¡No te atrevas a pronunciar su nombre! ¡No eres digno de hablar de ella siquiera!

—Un momento —intervino Annabeth, senialando a Gerion—. ¿Como es que sabe nuestros nombres? El hombre de los tres cuerpos le guinio un ojo.

—Procuro mantenerme informado, querida. Todo el mundo se pasa por el rancho de vez en cuando. Todos necesitan algo del viejo Gerion. Ahora, senior Di Angelo, guarde esa horrible espada antes de que ordene a Eurition que se la quite.

Este ultimo suspiro mientras alzaba su garrote lleno de clavos. Ortos grunio a sus pies.

Nico vacilo. Estaba mas delgado y mas palido que cuando lo habia visto en los mensajes Iris. Me pregunte si habria comido algo en la ultima semana. Sus ropas negras estaban cubiertas de polvo despues de tanto tiempo viajando por el laberinto, y sus oscuros ojos brillaban de odio. Era demasiado joven para estar tan furioso. Yo aun lo recordaba como el ninio alegre que jugaba con los cromos de Mitomagia.

Envaino su espada a reganiadientes.

—Si te acercas, Percy, hare una invocacion para pedir ayuda. Y no te gustaria conocer a mis ayudantes, te lo aseguro.

—Te creo —le dije.

Gerion le dio unas palmadas en el hombro.

—Ahi esta, todo arreglado. Y ahora, estimados visitantes, siganme. Quiero ofrecerles la visita completa al rancho.

* * *

Gerion tenia una especie de pequenio tren, como esos que circulan por los zoologicos. Estaba pintado de blanco y negro, imitando la piel de una vaca. El vagon del conductor tenia unos largos cuernos adosados a la capota y la bocina sonaba como un cencerro. Pense que tal vez seria asi como torturaba a la gente. Hacia que se murieran de vergüenza paseandolos en aquel vehiculo y haciendo ¡TOLON! con la bocina.

Nico se sento en la parte de atras, seguramente para no perdernos de vista. Eurition se acomodo a su lado, con su garrote claveteado, y se coloco el sombrero de cowboy sobre los ojos como dispuesto a echar una siesta. Ortos salto al asiento de delante, junto a Gerion, y empezo a ladrar alegremente.

Annabeth, Tyson, Grover y yo ocupamos los dos vagones de en medio.

—¡Esto es un rancho enorme! —alardeo Gerion cuando el tren arranco con una sacudida—. Caballos y ganado sobre todo, pero tambien toda clase de variedades exoticas.

Llegamos a la cima de una colina y Annabeth sofoco un grito. —¡Hippalektryones! ¡Pensaba que se habian extinguido!

Al pie de la colina, habia un cercado con una docena de ejemplares del animal mas raro que he visto en mi vida: una criatura con la mitad delantera de caballo y la mitad trasera de un gallo. Las patas posteriores eran unas enormes garras amarillas. Tenian un penacho de plumas en la cola y las alas rojas. Mientras los contemplaba, dos de ellos se enzarzaron en una pelea por un monton de semillas. Se alzaron sobre las patas traseras y empezaron a relinchar y a golpearse con las alas hasta que el de menor tamanio se alejo con un extranio galope, dando saltitos a cada paso.

—¡Ponis gallo! —dijo Tyson, alucinado—. ¿Ponen huevos?

—¡Una vez al anio! —respondio Gerion, que nos sonreia por el retrovisor—. ¡Muy solicitados para hacer tortillas!

—¡Eso es horrible! —exclamo Annabeth—. ¡Debe de ser una especie en peligro de extincion!

Gerion hizo un ademan despectivo.

—El oro es el oro, querida. Y seguro que cambiaria de opinion si hubiese probado esas tortillas. —No es justo —murmuro Grover, pero Gerion prosiguio sus explicaciones como si nada.

—Alla abajo —senialo— tenemos los caballos que arrojan fuego por las narices; quiza los hayan visto por el camino. Han sido criados para la guerra, desde luego.

—¿Que guerra? —le pregunte. Gerion sonrio con astucia.

—Ah, la primera que se presente… Y alli, a lo lejos, nuestras preciadas vacas rojas, naturalmente.

En efecto, se divisaban centenares de cabezas de ganado de color cereza que pacian por la ladera de la colina.

—¡Cuantas! —se asombro Grover.

—Si, bueno. Apolo anda demasiado liado para cuidarlas —explico Gerion—, asi que nos ha contratado a nosotros, que las criamos en cantidad. Hay mucha demanda.

—¿Para que? —pregunte. Gerion arqueo una ceja.

—¡Por la carne, desde luego! Los ejercitos han de alimentarse.

—¿Sacrifican las sagradas vacas del sol para hacer hamburguesas? —se escandalizo Grover—. ¡Eso va contra las leyes antiguas!

—No se exalte, senior satiro. Son simples animales. —¡Simples animales!

—Claro. Y si a Apolo le importara, seguro que nos lo diria. —Si lo supiera —masculle entre dientes.

Nico se echo hacia delante.

—Todo esto me trae sin cuidado, Gerion. Teniamos cosas de que hablar. Y no era de esto precisamente. —Cada cosa a su tiempo, senior Di Angelo. Miren alli: algunos de mis ejemplares exoticos.

El prado siguiente estaba rodeado de alambre de espino e infestado de escorpiones gigantes.

—Rancho Triple G —dije, recordando de repente—. Su marca figuraba en esas cajas del campamento. Quintus consiguio aqui sus escorpiones.

—Quintus… —repitio Gerion, pensativo—. ¿Pelo corto y gris, musculoso, profesor de espada? —Eso.

—Nunca he oido hablar de el —declaro—. ¡Y ahi estan mis preciados establos! Tienen que verlos sin falta.

A mi no me apetecia mucho, la verdad, porque en cuanto estuvimos a trescientos metros empece a olerlos. Cerca de la orilla de un rio verde, divise un corral del tamanio de un estadio de futbol. Los establos se alineaban a un lado. Habria un centenar de animales moviendose entre la bosta y, cuando digo «bosta», quiero decir caca de caballo. Era la cosa mas repulsiva que habia visto en toda mi vida, como si hubiera pasado una ventisca de estiercol y, de la noche a la maniana, hubiera dejado una capa de un metro de porqueria. Los caballos estaban asquerosos de tanto vadear por alli y los establos se veian igual de repulsivos. Apestaba de un modo increible: peor que los barcos de basura del East River. Incluso a Nico le entraron arcadas.

—¿Que es eso?

—¡Mis establos! —respondio Gerion—. Bueno, en realidad, son de Augias, pero nosotros nos encargamos de ellos a cambio de una pequenia suma mensual. ¿A que son preciosos?

—¡Son asquerosos! —dijo Annabeth. — Montones de caca —comento Tyson.

—¿Como puede tener a los animales de esa manera? —clamo Grover.

—Me estan sacando de quicio entre todos —dijo Gerion—. Son caballos comedores de carne, ¿no lo ven? A ellos les gusta estar en esas condiciones.

—Y usted es demasiado tacanio para hacer que los laven —musito Eurition desde debajo de su sombrero.

—¡Silencio! —le espeto Gerion—. De acuerdo, quiza los establos dejen que desear. Quiza tambien a mi me den nauseas cuando el viento sopla hacia donde no debe soplar. Bueno, ¿y que? Mis clientes siguen pagandome bien.

—¿Que clientes? —pregunte.

—Ah, se sorprenderia, amigo mio, si supiera cuanta gente esta dispuesta a pagar por un caballo carnivoro. Son perfectos para triturar deshechos. Fantasticos para aterrorizar a tus enemigos. ¡Ideales para fiestas de cumpleanios! Los alquilamos continuamente.

—¡Es usted un monstruo! —decidio Annabeth. Gerion detuvo el tren y se volvio a mirarla. — ¿Como lo ha descubierto? ¿Por los tres cuerpos?

—Tiene que dejar libres a todos estos animales —dijo Grover—. ¡No hay derecho!

—Y esos clientes de los que no para de hablar… —aniadio Annabeth—. Usted trabaja para Cronos, ¿verdad? Esta suministrando a su ejercito caballos, comida y todo lo que necesitan. Gerion se encogio de hombros, cosa que resultaba rarisima porque tenia tres pares de hombros. Daba la sensacion de que estuviera haciendo la ola el solo.

—Trabajo para cualquiera que pueda pagarme, jovencita. Soy un hombre de negocios. Y vendo todo lo que tengo.

Bajo del tren y dio unos pasos hacia los establos como si estuviera disfrutando del aire mas puro. Habria resultado una bonita vista, con el rio, los arboles, las colinas etcetera, de no ser por aquel lodazal de caca de caballo.

Nico descendio de la parte trasera y se acerco a Gerion con ademan furioso. El pastor Eurition no estaba tan adormilado como parecia. Alzo su garrote y salio tras el.

—Estoy aqui por negocios, Gerion —dijo el chaval—. Y aun no me ha respondido. —Hummm… —Gerion examino un cactus. Alargo el brazo izquierdo y se rasco el pecho central—. Le ofrecere un buen trato, ya vera.

—Mi fantasma me dijo que podria resultarnos de ayuda, que quiza nos guiaria hasta el alma que andamos buscando.

—Un momento —intervine—. Creia que el alma que buscabas era la mia. Nico me miro como si me hubiese vuelto loco.

—¿La tuya? ¿Para que iba a necesitarte a ti? ¡El alma de Bianca vale mil veces mas que la tuya! Y bien, Gerion, ¿va a ayudarme, si o no?

—Eh, supongo que si —dijo el ranchero—. Por cierto, su amigo el fantasma ¿donde esta? Nico parecio incomodo.

—No puede cobrar forma visible a plena luz. Le cuesta mucho. Pero anda por aqui. Gerion sonrio.

—Estoy seguro. Minos suele desaparecer cuando las cosas se complican…

—¿Minos? —Recorde al hombre que habia visto en suenios, con su corona de oro, su barba puntiaguda y aquella mirada cruel—. ¿Te refieres a ese rey malvado? ¿Es ese el fantasma que ha estado aconsejandote?

—¡No es asunto tuyo, Percy! —Nico se volvio hacia Gerion—. ¿Y que insinua con eso de «cuando las cosas se complican»?

El hombre del triple cuerpo suspiro. —Bueno, veras, Nico… ¿puedo tutearte? —No.

—Veras, Nico. Luke Castellan ofrece una gran cantidad de dinero por los mestizos. Sobre todo, por los mestizos poderosos. Y estoy seguro de que cuando descubra tu pequenio secreto y sepa quien eres realmente, pagara muy, pero que muy bien.

Nico saco la espada, pero Eurition se la arranco con un golpe de su garrote. Antes de que yo acertara a levantarme, Ortos se me echo encima y empezo a gruniirme con sus dos cabezas a unos centimetros de la mia.

—Yo, en su lugar —dijo Gerion dirigiendose a mis companieros—, me quedaria quieto en el vehiculo. De lo contrario, Ortos le destrozara la garganta al senior Jackson. Bueno, Eurition, ten la amabilidad de encargarte de Nico.

El pastor escupio en la hierba. —¿He de hacerlo? —¡Si, idiota!

Eurition parecia aburrido, pero rodeo con uno de sus enormes brazos a Nico y lo alzo por los aires, al estilo de un campeon de lucha libre.

—Recoge tambien la espada —ordeno Gerion con cara de asco—. No hay nada que me repugne mas que el hierro estigio.

Eurition la recogio, cuidandose de no tocar la hoja.

—Bueno —dijo Gerion jovialmente—, ya hemos terminado la visita. Volvamos a la casa, almorcemos y luego enviaremos un mensaje Iris a nuestros amigos del ejercito del titan. —¡Malvado! —grito

Annabeth. Gerion le sonrio.

—No se preocupe, querida. En cuanto haya entregado al senior Di Angelo, usted y sus amigos podran partir. Yo no me entrometo en las busquedas. Ademas, me han pagado generosamente para garantizar su paso, aunque mucho me temo que eso no incluye al senior Di Angelo.

—¿Quien le ha pagado? —pregunto Annabeth—. ¿Que quiere decir? —No se preocupe por eso, querida. ¿Vamos?

—¡Espere! —dije, y Ortos solto un terrible gruniido. Permaneci completamente inmovil para que no me arrancara el gaznate de un bocado—. Usted ha dicho que es un hombre de negocios. Muy bien. Hagamos un trato.

Gerion entorno los parpados.

—¿Que clase de trato, senior Jackson? ¿Acaso dispone de oro? —Tengo algo mejor. Hagamos un trueque.

—Pero usted no tiene nada que ofrecer.

—Hagale limpiar los establos —sugirio Eurition con aire inocente.

—¡Eso es! —exclame—. Si no lo consigo, nos retendra a todos y podra vendernos a Luke por una buena cantidad de oro.

—Suponiendo que los caballos no lo hayan devorado primero, senior Jackson —adujo Gerion.

—Aun asi, tendria a mis amigos —respondi—. Ahora bien, si lo consigo, debera soltarnos a todos, incluido a Nico.

—¡No! —grito el—. A mi no me hagas favores, Percy. ¡No necesito tu ayuda! Gerion rio entre dientes.

—Esos establos, Jackson, no se han limpiado en mas de un millar de anios… Aunque tambien es verdad que dispondria de mas espacio para alquilar si me librara de toda esa bosta…

—¿Que tiene que perder? El ranchero vacilo.

—De acuerdo. Acepto su propuesta, senior Jackson, pero ha de concluir antes de que se ponga el sol. Si fracasa, vendere a sus amigos y me hare rico.

—Trato hecho. El asintio.

—Me llevo a sus amigos al rancho. Esperaremos alli.

Eurition me echo una mirada divertida. Tal vez era de simpatia. Dio un silbido y el perro me dejo por fin para subirse de un salto al regazo de Annabeth, que solto un grito. Yo sabia que ni Tyson ni Grover intentarian nada mientras tuvieran como rehen a Annabeth.

Baje del tren y la mire a los ojos.

—Espero que sepas lo que haces —me dijo en voz baja. —Y yo.

Gerion se puso al volante. Eurition arrastro a Nico al asiento trasero. —Al ponerse el sol —me recordo Gerion—. Ni un minuto mas.

Se rio otra vez de mi, toco el cencerro de su bocina y el vehiculo-vaca se alejo retumbando por el sendero.

Capitulo 9

Recojo caca a toneladas

Cuando vi los dientes de los caballos abandone toda esperanza.

Al aproximarme a la cerca me tape la nariz con la camisa para tratar de evitar aquella fetidez. Un semental avanzo entre el estiercol, solto un relincho agresivo y me mostro unos dientes afilados como los de un oso.

Intente hablarle mentalmente. Con la mayoria de los caballos puedo hacerlo. «Hola —salude—. Vengo a limpiar vuestros establos. ¿No te parece genial?» «¡Si! —dijo el caballo—. ¡Ven, que te como! ¡Sabroso mestizo!»

«Pero ¡si soy hijo de Poseidon! —proteste—. El creo a los caballos.»

Esta declaracion suele granjearme un trato de preferencia en el mundo equino, pero esta vez no funciono.

«¡Si! —respondio el caballo, entusiasmado—. ¡Que venga Poseidon tambien! ¡Os comeremos a los dos! ¡Marisco rico!»

«¡Marisco!», repitieron los demas caballos, mientras vadeaban por el estiercol.

Habia moscas zumbando por todas partes y el calor exacerbaba el hedor. Tenia una idea aproximada de como superar aquel reto porque me habia acordado de como lo habia hecho Hercules. El habia canalizado un rio hacia los establos y de ese modo habia conseguido limpiarlos. Yo me veia capaz de controlar el agua, pero si no podia acercarme a los caballos sin ser devorado, no iba a resultarme tan facil. El rio discurria, ademas, por un punto de la colina mas bajo y bastante mas alejado de lo que yo creia: casi a un kilometro. En fin, el problema de la caca parecia mucho mas serio visto de cerca. Agarre una pala oxidada y recogi un poco desde el borde de la cerca, solo para probar. Fantastico. Ya solo me faltaban cuatro mil millones de paletadas.

El sol empezaba a descender. Me quedaban apenas unas horas. Llegue a la conclusion de que el rio era mi unica esperanza. Al menos, me resultaria mas facil pensar a la orilla del rio que al borde de aquel estanque apestoso. Empece a bajar por la ladera.

* * *

Cuando llegue al rio, me encontre a una chica esperandome. Llevaba tejanos y una camiseta verde, y el largo pelo castanio trenzado con hierbas. Tenia los brazos cruzados y una expresion muy ceniuda. —¡Ah, no!, ¡ni hablar! —exclamo.

Me quede mirandola. —¿Eres una nayade?

Ella puso los ojos en blanco. —¡Pues claro!

—Pero hablas ingles. Y estas fuera del agua.

—¿Que creias? ¿Que no podemos comportarnos como los humanos si queremos?

Nunca se me habia ocurrido pensarlo. Me senti estupido, sin embargo, porque habia visto muchas nayades por el campamento y ellas nunca pasaban de soltar risitas y de saludarme desde el fondo del lago de las canoas.

—Mira —le dije—, venia a pedir…

—Se quien eres y lo que quieres. ¡Y la respuesta es no! No voy a permitir que se utilice otra vez mi rio para limpiar ese establo asqueroso.

—Pero…

—Ahorrate las explicaciones, ninio del mar. Las divinidades del oceano siempre os creeis mucho mas importantes que un rio insignificante, ¿no? Bueno, pues permiteme que te diga que esta nayade no se va a dejar mangonear solo porque tu papaito sea Poseidon. Esto es territorio de agua dulce, senior mio.

El ultimo tipo que me pidio este favor (era mucho mas atractivo que tu, por cierto) consiguio convencerme y… ¡fue el peor error de mi vida! ¿Tienes idea del danio que le causa a mi ecosistema todo ese estiercol de caballo? ¿Me has tomado por una depuradora? Mis peces moriran. Nunca lograre limpiar la caca de mis plantas. Me quedare enferma durante anios. ¡¡No, gracias!!

Su modo de hablar me recordo a mi amiga mortal, Rachel Elizabeth Dare. Era como si estuviera aporreandome con palabras. No podia culpar a aquella nayade. Bien mirado, yo tambien me pondria furioso si alguien descargase doscientas mil toneladas de estiercol en mi casa. Sin embargo…

—Mis amigos estan en peligro —alegue.

—Vaya, ¡que mala suerte! No es problema mio. Y tu no vas a emporcar mi rio.

Parecia dispuesta a pelear. Tenia los punios apretados, aunque me parecio detectar un ligero temblor en su voz. De repente comprendi que, a pesar de su actitud, me tenia miedo. Seguramente pensaba que iba a luchar con ella para hacerme con el control del rio y le preocupaba la posibilidad de perder.

Me entristeci solo de pensarlo. Me senti como un abuson: un hijo de Poseidon dandose importancia. Me sente en un tronco.

—Esta bien, tu ganas. La nayade me miro,

sorprendida. —¿De veras?

—No voy a luchar contigo. Es tu rio. Note que sus hombros se relajaban.

—Ah, que bien. Quiero decir… ¡de buena te has librado!

—Pero mis amigos y yo seremos vendidos a los titanes si no consigo limpiar esos establos antes de que se ponga el sol. Y no se como hacerlo.

El rio discurria gorgoteando alegremente. Una serpiente se deslizo por el agua y sumergio la cabeza. La nayade suspiro.

—Voy a revelarte un secreto, hijo del dios del mar. Recoge un poco de tierra. —¿Que?

—Ya me has oido.

Me agache y recogi un puniado de tierra tejana. Era tierra negra y seca, salpicada con grumos diminutos de roca blanca… No, de otra cosa que no era roca.

—Son caparazones de molusco —dijo la nayade—. Caparazones petrificados. Hace millones de anios, incluso antes de la era de los dioses, cuando solo reinaban Gea y Urano, esta tierra se encontraba bajo el agua. Formaba parte del mar.

De pronto comprendi a que se referia. Tenia en mi mano diminutos fragmentos de erizos de mar y de caparazones marinos de enorme antigüedad. Incluso en las rocas de piedra caliza se veian las marcas de las valvas de molusco que habian quedado incrustadas en su interior.

—Vale —dije—. ¿Y de que me sirve saberlo?

—Tu no eres tan diferente de mi, semidios. Incluso cuando estoy fuera del agua, el agua se halla en mi interior. Es mi fuente de vida. —Retrocedio, metio los pies en el agua y sonrio—. Espero que encuentres el modo de rescatar a tus amigos.

Y, sin mas, se convirtio en liquido y se disolvio en el rio.

* * *

El sol rozaba las colinas cuando regrese a los establos. Alguien debia de haber venido a dar de comer a los caballos, porque estaban desgarrando a dentelladas la carronia de unos animales de enorme tamanio. No habria sabido decir de que tipo de animal se trataba; de hecho, casi preferia no saberlo. Si aun era posible que los establos resultaran un poquito mas repugnantes, aquellos caballos devorando carne cruda lo habian conseguido.

«¡Marisco! —penso uno al verme—. ¡Entra! Aun tenemos hambre.»

¿Que se suponia que debia hacer? No podia usar el rio. Y el hecho de que aquel lugar hubiera estado bajo el mar un millon de anios antes no me servia de mucho en ese momento. Mire los trocitos de

caparazon calcificado que tenia aun en la palma de la mano y luego la montania de excrementos. Frustrado, los tire al suelo. Iba a dar la espalda a los caballos cuando oi un ruido.

¡Pffft!.

Como un globo pinchado.

Baje la vista hacia donde habia tirado los restos del caparazon. Un chorrito de agua brotaba entre la bosta.

—No puede ser —murmure. Indeciso, me aproxime a la cerca. — ¡Crece! —le dije al chorro de agua.

¡PLASH!.

El chorro ascendio casi un metro, como un surtidor, y continuo burbujeando. Era imposible, no podia ser. Sin embargo, alli estaba. Un par de caballos se acercaron a mirar. Uno de ellos puso la boca en el surtidor y retrocedio, asqueado.

«¡Argg! —dijo—. ¡Es salada!»

¡Agua de mar en mitad de un rancho de Texas! Recogi otro puniado de tierra y separe los fragmentos fosiles. No sabia muy bien lo que hacia, pero corri alrededor del establo, arrojando trocitos de caparazon a aquellas montanias de excrementos. Alli donde aterrizaba el fosil, brotaba un chorro de agua.

«¡Basta! —clamaban los caballos—. ¡Carne buena! ¡Banios malos!»

Entonces me di cuenta de que el agua no se desbordaba: no salia de los establos ni fluia colina abajo, como habria ocurrido en circunstancias normales. Se limitaba a borbotear alrededor de cada surtidor y se filtraba otra vez en la tierra, arrastrando de paso el estiercol. La caca de caballo parecia disolverse en el agua salada y en su lugar reaparecia la tierra humedecida.

—¡Mas! —grite.

Entonces senti una especie de tiron en las tripas y los chorros de agua empezaron a explotar por todas partes, como en el mayor tunel de lavado del mundo. El agua marina se elevaba propulsada a mas de seis metros. Los caballos, enloquecidos de pavor, corrian de un lado para otro, mientras aquellos geiseres los rociaban desde todas direcciones. A su vez, las montanias de bosta iban disolviendose como si fuesen de hielo.

Note el tiron en las tripas con mas intensidad, casi de un modo doloroso, pero al mismo tiempo me sentia euforico viendo toda aquella agua salada. Aquello era obra mia. Habia traido el oceano hasta la colina.

«¡Basta, senior! —grito un caballo—. ¡Basta, por favor!»

Ahora el agua lo encharcaba todo. Los caballos estaban empapados y algunos enloquecian de panico y resbalaban por el barro. El estiercol habia desaparecido: toneladas enteras habian quedado disueltas y se las habia tragado la tierra. El agua empezaba a empantanarse y a rebosar del establo, creando infinidad de torrentes que bajaban hacia el rio.

—Detente —ordene al agua.

No ocurrio nada. El dolor en mis entranias iba en aumento. Si no cortaba los geiseres enseguida, el agua salada llegaria al rio y envenenaria las plantas.

—¡Detente! —repeti, concentrando toda mi energia en interrumpir la fuerza del mar.

Los geiseres cesaron de golpe y yo cai de rodillas, exhausto. Ante mis ojos tenia unos establos impolutos, un cercado de lodo humedo y salado, y cincuenta caballos lavados tan a fondo que brillaban. Incluso los pedazos de carne que seguian comiendo habian quedado inmaculados.

«¡No te comeremos! —clamaban los caballos—. ¡Por favor, senior! ¡Basta de banios salados!»

—Con una condicion —dije—: que solo comais lo que os den vuestros cuidadores. Nada de personas. ¡De lo contrario, volvere con mas surtidores!

Los caballos relincharon y me hicieron un monton de promesas, asegurandome que en adelante se portarian como unos buenos caballitos carnivoros. Pero no me entretuve charlando. El sol se estaba poniendo. Di media vuelta y me dirigi a toda prisa al rancho.

* * *

Oli a barbacoa bastante antes de llegar, lo cual me hizo correr todavia mas, porque a mi me encanta la barbacoa.

El patio estaba listo para celebrar una fiesta. Globos y serpentinas adornaban la verja. Gerion preparaba las hamburguesas en una barbacoa gigante hecha con un bidon de gasolina. Eurition ganduleaba junto a una mesa de picnic y se limpiaba las unias con un cuchillo. El perro de dos cabezas husmeaba las costillas y las hamburguesas de la parrilla.

Entonces vi a mis amigos: Tyson, Grover, Annabeth y Nico estaban tirados en un rincon, atados como animales, con las muniecas y los tobillos juntos y una mordaza en la boca. —¡Sueltelos! —grite, jadeando aun—. ¡He limpiado los establos!

Gerion se volvio. Llevaba un delantal en cada pecho con una palabra en cada uno, de manera que el conjunto decia: «BESA - AL - CHEF.»

—¿Ah, si? ¿Como lo ha logrado, senior Jackson? Estaba perdiendo la paciencia, pero se lo explique. El asintio, admirado.

—Muy ingenioso. Habria sido mejor que hubiese envenenado a esa nayade latosa, pero no importa. —Suelte a mis amigos —exigi—. Hemos hecho un trato.

—He estado pensando en ello. El problema es que, si los suelto, no me pagaran. —¡Lo prometio!

Gerion chasqueo los labios.

—¿Acaso me lo hizo jurar por el rio Estigio? ¿Verdad que no? Entonces aqui no ha pasado nada. Cuando se hacen negocios, hijo, es imprescindible un juramento de obligado cumplimiento.

Saque la espada. Ortos grunio. Una de sus cabezas se inclino junto a la oreja de Grover y mostro los colmillos.

—Eurition —dijo Gerion—, este chico esta empezando a molestarme. Matalo. Eurition me observo. No tenia muy claras mis posibilidades contra el y su enorme garrote. —Matelo usted mismo —replico Eurition.

Gerion alzo las cejas. —¿Como dices?

—Ya me ha oido —refunfunio Eurition—. Usted me manda continuamente que le haga el trabajo sucio. No para de meterse en peleas sin motivo. Y ya me he cansado de morir por usted. Si quiere combatir con el chico, hagalo usted mismo.

Aquello era lo mas impropio de Ares que le habia oido decir a un hijo de Ares. Gerion arrojo la espatula al suelo.

—¿Te atreves a desafiarme? ¡Deberia despedirte ahora mismo! —¿Y quien se ocuparia de su ganado? Ortos, ven aqui.

El perro dejo de gruniir a Grover en el acto y fue a sentarse a los pies del pastor. —Muy bien —refunfunio Gerion—. ¡Me ocupare de ti cuando haya matado al chico!

Tomo dos cuchillos de trinchar y me los arrojo sin mas. Desvie uno con la espada. El otro habia ido a clavarse en la mesa de picnic, apenas a tres centimetros de la mano de Eurition. Pase enseguida al ataque. Gerion detuvo mi primer mandoble con unas tenazas al rojo vivo y me lanzo una estocada a la cara con un tenedor de barbacoa. Eludi su siguiente golpe y lo traspase de parte a parte por su pecho central.

—¡Arggg! —Cayo de rodillas. Aguarde a que se desintegrara, tal como hacen todos los monstruos. Pero el me dirigio una mueca y se incorporo otra vez. La herida abierta en su delantal habia empezado a cerrarse.

—Buen intento, hijo. La cuestion es que tengo tres corazones. La copia de seguridad perfecta.

Volco la barbacoa, desparramando las brasas por todas partes. Una aterrizo junto a la cara de Annabeth, que solto un gemido ahogado. Tyson tironeo de sus ataduras, pero ni siquiera toda su fuerza basto para romper los nudos. Tenia que dar fin a aquella pelea antes de que mis amigos sufrieran algun danio.

Aseste una estocada a Gerion en el pecho izquierdo, pero el se rio. Le clave la espada en el estomago derecho. Nada. Por su modo de reaccionar, parecia que no le estuviera dando tajos a el, sino a su osito de peluche.

Tres corazones. La copia de seguridad perfecta. Ensartarlos de uno en uno no servia de nada… Corri al interior de la casa.

—¡Cobarde! —grito—. ¡Vuelve aqui y muere como un hombre!

Las paredes del salon estaban decoradas con espantosos trofeos de caza, como ciervos disecados y cabezas de dragon; tambien habia un armario lleno de rifles, un juego de espadas cruzadas y un arco y un carcaj.

Gerion me habia seguido y me lanzo el tenedor de la barbacoa, que se clavo con un chasquido en la pared, a pocos centimetros de mi cabeza. Luego saco dos espadas de su soporte.

—¡Tu cabeza ira ahi, Jackson! ¡Al lado del oso pardo!

Se me ocurrio una idea disparatada. Solte a Contracorriente y tome el arco que adornaba el salon.

Yo era el peor arquero del mundo. Nunca daba en el blanco en el campamento, y mucho menos al centro de la diana. Pero no tenia alternativa. No lograria ganar aquel combate con una espada. Rece a Artemisa y a Apolo, los arqueros gemelos, con la esperanza de que por una vez se apiadasen de mi.

«Por favor, chicos. Solo un tiro. Por favor.»

Lo apunte con una flecha. Gerion se echo a reir. —¡Idiota! ¡Una flecha no te servira de nada!

Alzo sus dos espadas y se abalanzo sobre mi. Me eche a un lado y, antes de que pudiera volverse, le dispare al flanco de su pecho derecho. Oi tres impactos seguidos a medida que la flecha fue atravesando cada pecho limpiamente. La saeta salio por su costado izquierdo y fue a incrustarse en la frente del oso disecado.

Gerion solto sus espadas. Se volvio y me miro. — Tu no sabes usar el arco. Me dijeron que no…

Su rostro adquirio un tono verdusco; luego cayo de rodillas y empezo a desmoronarse, a deshacerse como si fuera de arena, hasta que solo quedaron en el suelo tres delantales y un par de botas enormes de cowboy.

* * *

Desate a mis amigos sin que Eurition intentara detenerme. Luego avive las brasas de la barbacoa y arroje la comida a las llamas, en ofrenda a Artemisa y Apolo.

—Gracias, chicos —dije—. Os debo una.

A lo lejos retumbo un trueno, asi que supuse que las hamburguesas debian de oler bien. —¡Bravo, Percy! —me felicito Tyson.

—¿Ahora podemos atar al pastor? —pregunto Nico. —¡Si! —dijo Grover—. ¡Ese perro por poco me mata!

Mire a Eurition, que seguia sentado tan tranquilo junto a la mesa de picnic. Ortos tenia sus dos cabezas apoyadas en las rodillas del pastor.

—¿Cuanto tiempo tardara Gerion en volver a formarse? —le pregunte. Eurition se encogio de hombros.

—¿Cientos de anios, tal vez? El no es de esos reformistas ultrarrapidos, gracias a los dioses. Me has hecho un favor.

—Antes has dicho que ya habias muerto por el otras veces —recorde—. ¿Como es eso?

—Llevo miles de anios trabajando para ese mal bicho. Empece como un mestizo normal, pero escogi la inmortalidad cuando mi padre me la ofrecio. El peor error de mi vida. Ahora estoy atrapado en este

rancho. No puedo irme ni dimitir. He de cuidar las vacas y enfrentarme a los enemigos de Gerion. Es como si estuvieramos ligados el uno al otro.

—Quiza puedas cambiar las cosas — sugeri. Eurition me miro entornando los ojos. —¿Como?

—Trata bien a los animales. Cuidalos. Deja de venderlos para ganarte la vida. Y no hagas mas tratos con los titanes.

Eurition reflexiono. —Estaria bien.

—Consigue que los animales se pongan de tu parte y ellos te ayudaran. Y cuando vuelva Gerion, quiza sea el quien tenga que ponerse a trabajar para ti.

Eurition sonrio de oreja a oreja. —Eso tampoco me molestaria.

—¿No trataras de impedir que nos vayamos? —No, que va.

Annabeth se froto sus muniecas magulladas. Aun miraba con suspicacia a Eurition.

—Tu jefe ha dicho que alguien habia pagado para garantizar nuestro paso sin problemas. Dime quien. El pastor se encogio de hombros.

—Quiza lo haya dicho para enganiaros.

—¿Y los titanes? —le pregunte—. ¿Ya les has enviado un mensaje Iris sobre Nico? —No. Gerion pensaba hacerlo despues de la barbacoa. Ellos no saben nada sobre el chico.

Nico me miraba con odio. No sabia que hacer con el. Dudaba mucho de que quisiera venir con nosotros. Pero, por otro lado, no podia dejar que siguiera vagando por su cuenta sin rumbo fijo.

—Tal vez podrias quedarte en el rancho hasta que terminemos nuestra busqueda —propuse —. Aqui estarias a salvo.

—¿A salvo? —grito Nico—. ¿A ti que puede importarte? ¡Dejaste que mataran a mi hermana!

—Nico —le dijo Annabeth—, no fue culpa de Percy. Y Gerion no mentia cuando dijo que Cronos desearia capturarte. Si supiera quien eres, haria cualquier cosa para que te pusieras de su lado. —Yo no estoy del lado de nadie. ¡Y no tengo miedo! —

Deberias —le dijo Annabeth—. Tu hermana no querria… —¡Si te importara mi hermana, me ayudarias a recuperarla! —¿Un alma por otra alma? —apunte.

—¡Si!

—Pero si has dicho que no querias mi alma…

—¡No estoy hablando contigo! —Pestanieo para contener las lagrimas—. ¡Y sere yo quien la haga volver!

—Bianca no querria que la trajesen de vuelta —dije—. No asi, por lo menos.

—¡Tu ni siquiera la conocias! —grito—. ¿Como puedes saber lo que habria querido? Contemple las llamas de la barbacoa. Pense en uno de los versos de la profecia: «Te elevaras o caeras de la mano del rey de los fantasmas.» Ese rey tenia que ser Minos. Debia convencer a Nico para que no volviera a hacerle caso.

—Preguntemosle a Bianca —aventure. El cielo parecio oscurecerse de golpe.

—Ya lo he intentado —dijo Nico con tristeza—. No responde.

—Pruebalo otra vez. Tengo el presentimiento de que contestara si estoy yo presente. —¿Por que habria de hacerlo?

—Porque no ha parado de enviarme mensajes Iris —declare, repentinamente convencido de ello—. Ha intentado advertirme sobre lo que te proponias para que pudiera protegerte.

Nico meneo la cabeza.

—Eso es imposible.

—Solo hay un modo de averiguarlo. Has dicho que no tenias miedo. —Me volvi hacia Eurition—. Necesitamos un hoyo, como una tumba. Y comida y bebida.

—Percy —me advirtio Annabeth—, no creo que sea buena… —De acuerdo —dijo Nico—. Lo intentare. Eurition se rasco la barba.

—Podriamos usar un agujero que hemos cavado ahi atras para el deposito de la fosa septica. Ninio ciclope, trae la nevera portatil de la cocina. Espero que a los muertos les guste la cerveza de raices.

Capitulo 10

Participamos en un concurso mortal de enigmas

Habia oscurecido ya cuando hicimos nuestra invocacion ante un agujero de seis metros de largo, junto al deposito de la fosa septica. Era un deposito de color amarillo chillon y en un lado tenia una cara sonriente y unas letras rojas que decian: «FELICES VERTIDOS S.A.» No encajaba demasiado con el ambiente de una invocacion a los muertos, la verdad.

Habia luna llena. Las nubes plateadas se deslizaban perezosamente por el cielo. —Minos ya deberia estar aqui —dijo Nico, frunciendo el cenio—. Es noche cerrada. —Quiza se ha perdido —dije, esperanzado.

El empezo a derramar cerveza de raices y arrojo carne asada en el interior de la fosa; luego entono un cantico en griego antiguo. Los grillos enmudecieron en el acto. En mi bolsillo, el silbato para perros de hielo estigio empezo a enfriarse y acabo congelado y pegado a mi muslo.

—Dile que pare —me susurro Tyson.

Una parte de mi sentia lo mismo. Aquello era antinatural. El aire de la noche se habia vuelto gelido y amenazador. Pero, antes de que pudiera decir nada, comparecieron los primeros espiritus. Surgio de la tierra una niebla sulfurosa y las sombras se espesaron y adoptaron formas humanas. Una silueta azul se deslizo hasta el borde de la fosa y se arrodillo para beber.

—¡Detenlo! —exclamo Nico, interrumpiendo por un instante su cantico—. ¡Solo Bianca puede beber! Saque a Contracorriente. A la vista del bronce celestial, los fantasmas se batieron en retirada con un silbido unanime. Pero ya era tarde para detener al primer espiritu, que habia cobrado la forma de un hombre barbado con tunica blanca. Llevaba una diadema de oro en la frente; sus ojos, aunque estuvieran muertos, adquirian vida de pura malicia. —¡Minos! —dijo Nico—. ¿Que estas haciendo?

—Disculpadme, amo —respondio el fantasma, aunque no parecia muy apenado—. El sacrificio olia tan bien que no he podido resistirlo. —Se miro las manos y sonrio—. Es agradable poder verme a mi mismo de nuevo. Casi con formas solidas…

—¡Estas perturbando el ritual! —protesto Nico.

Los espiritus de los muertos empezaron a cobrar un brillo de peligrosa intensidad y Nico se vio obligado a reanudar el cantico para mantenerlos a raya.

—Si, muy bien, amo —comento Minos, divertido—. Seguid cantando. Yo solo he venido a protegeros de estos mentirosos que os acabarian enganiando. —Me miro como si fuese una especie de cucaracha —. Percy Jackson… vaya, vaya. Los hijos de Poseidon no han mejorado mucho a lo largo de los siglos, ¿no es cierto?

Me daban ganas de arrearle un punietazo, pero me figure que mi punio le atravesaria el rostro sin tropezar con nada solido.

—Buscamos a Bianca di Angelo —le dije—. Largate. El fantasma rio entre dientes.

—Tengo entendido que una vez mataste a mi Minotauro con las manos desnudas. Pero te aguardan cosas peores en el laberinto. ¿De veras crees que Dedalo va a ayudarte?

Los demas espiritus se removian, inquietos. Annabeth saco su cuchillo y me ayudo a mantenerlos alejados de la fosa. Grover estaba tan nervioso que se agarro del hombro de Tyson.

—A Dedalo no le importais nada, mestizos —nos advirtio Minos—. No podeis confiar en el. Ha perdido la cuenta de sus anios y es muy astuto. Vive amargado por los remordimientos del asesinato y ha sido maldito por los dioses.

—¿Que asesinato? —pregunte—. ¿A quien ha matado?

—¡No cambies de tema! —grunio el fantasma—. Estas poniendo trabas a mi amo; tratando de persuadirlo para que abandone su proposito. ¡Yo le otorgaria un gran poder!

—¡Ya basta, Minos! —le ordeno Nico. El fantasma hizo una mueca despectiva.

—Amo, ellos son vuestros enemigos. ¡No los escucheis! Dejad que os proteja. Llevare su mente a la locura, como hice con los otros.

—¿Que otros? —dijo Annabeth, sofocando un grito—. ¿No te referiras a Chris Rodriguez? ¿Fuiste tu? —El laberinto es mio —declaro el fantasma—, y no de Dedalo. Los intrusos se merecen la maldicion de la locura.

—¡Desaparece, Minos! —exigio Nico—. ¡Quiero ver a mi hermana! El fantasma se trago su rabia.

—Como deseeis, amo. Pero os lo advierto: no podeis fiaros de estos heroes. Y dicho esto, se deshizo y volvio a la niebla.

Algunos espiritus intentaron adelantarse, pero Annabeth y yo los mantuvimos a raya. —¡Bianca, aparece! —clamo Nico. Entono su cantico mas deprisa y los espiritus se agitaron aun mas inquietos.

—Esta a punto —murmuro Grover.

Una luz plateada parpadeo entre los arboles: un espiritu que parecia mas fuerte y luminoso que los demas. Cuando se acerco, algo me dijo que lo dejara pasar. Se arrodillo a beber en la fosa. Al levantarse, vi que era el fantasma de Bianca di Angelo.

Nico vacilo e interrumpio su cantico. Baje la espada. Los demas espiritus empezaron a arremolinarse alrededor, pero Bianca alzo los brazos y todos retrocedieron hacia el bosque. —Hola, Percy —saludo.

Tenia el mismo aspecto que en vida: un gorro verde ladeado sobre su pelo negro y abundante, los ojos oscuros y la piel muy morena, como su hermano. Llevaba tejanos y una chaqueta plateada, el uniforme de las cazadoras de Artemisa, y portaba un arco colgado del hombro. Sonreia debilmente y su forma entera parecia temblar.

—Bianca… —dije. Me salio una voz ronca. Me habia sentido culpable de su fin durante mucho tiempo, pero tenerla alli delante era mil veces peor: como si la impresion de su muerte hubiera regresado con toda su virulencia. Recorde como habiamos buscado entre los restos del gigantesco guerrero de bronce sin encontrar el menor rastro de ella, hasta que comprendimos que habia sacrificado su vida para derrotarlo—. Lo siento mucho.

—No tienes por que disculparte, Percy. La decision la tome yo. Y no lo lamento. —¡Bianca! —Nico dio un traspie, aturdido.

Ella se volvio hacia su hermano. Tenia una expresion triste, como si temiera aquel momento. —Hola, Nico. ¡Que alto estas!

—¿Por que has tardado tanto en responderme? —grito—. ¡Lo he intentado durante meses! —Confiaba en que te dieras por vencido.

—¿Por que? —Parecia desolado—. ¿Como puedes decir eso? ¡Estoy tratando de salvarte! —¡No puedes, Nico! No lo hagas. Percy tiene razon.

—¡No! ¡El te dejo morir! ¡No es tu amigo!

Bianca alargo un brazo, como para tocarle la cara a su hermano. Pero estaba hecha de pura niebla: su mano se evaporaba en cuanto se acercaba a la piel de un ser vivo.

—Escuchame bien —dijo—. Guardar rencor es muy peligroso para un hijo de Hades. Es nuestro defecto fatidico. Tienes que perdonar. Prometemelo.

—No. Nunca.

—Percy se ha preocupado por ti, Nico. El puede ayudarte. Yo permiti que viese lo que te proponias con la esperanza de que te encontrara.

—Asi que fuiste tu —dije—. Tu me enviaste esos mensajes Iris.

Bianca asintio.

—¿Por que lo ayudas a el y no a mi? —chillo Nico—. ¡No es justo!

—Ahora te acercas mas a la verdad —senialo Bianca—. No es con Percy con quien estas furioso, Nico, sino conmigo.

—No.

—Estas furioso porque te deje para convertirme en una cazadora de Artemisa. Estas furioso porque mori y te deje solo. Lo siento, Nico. Lo siento de verdad. Pero has de sobreponerte a la ira. Y deja de culpar a Percy por las decisiones que tome yo; de lo contrario, provocaras tu propia perdicion.

—Es verdad —intervino Annabeth—. Cronos se esta alzando contra los dioses, Nico. Atraera a su causa a todo el que pueda.

—Cronos me importa un pimiento —solto Nico—. Yo solo quiero recuperar a mi hermana. —Eso no puedes lograrlo, Nico —le dijo Bianca con suavidad. —¡Soy el hijo de Hades! Si puedo.

—No lo intentes —insistio ella—. Si me quieres, no…

Su voz se apago. Los espiritus habian empezado a congregarse otra vez alrededor y parecian llenos de desazon. Sus sombras se agitaban. Sus voces cuchicheaban: «¡Peligro!» —Algo se remueve en el Tartaro —senialo Bianca—. Tu poder llama la atencion de Cronos. Los muertos deben regresar al inframundo. Para nosotros no es seguro permanecer aqui.

—Espera —rogo Nico—. Por favor…

—Adios, Nico —se despidio Bianca—. Te quiero. Recuerda lo que te he dicho.

Su forma temblo en el aire y todos los fantasmas desaparecieron, dejandonos solos con una fosa, un deposito amarillo de Felices Vertidos S. A. y una luna redonda y glacial.

* * *

Ninguno de nosotros queria partir esa noche, asi que decidimos esperar a la maniana siguiente. Grover y yo nos derrumbamos en los sofas de cuero de la sala de Gerion, lo cual resultaba mucho mas comodo que dormir sobre un petate en el laberinto. Sin embargo, ello no me evito las pesadillas.

Sonie que estaba con Luke, caminando por el lobrego palacio de la cima del monte Tamalpais. Ahora ya era un edificio real, no un espejismo inacabado como el que habia visto el invierno anterior. A lo largo de las paredes habia braseros que ardian con llamas verdosas. El suelo era de marmol negro pulido. Soplaba un viento frio por el pasillo y, sobre nuestras cabezas, a traves de las claraboyas, se veian nubes grises cargadas de tormenta que se arremolinaban en el cielo.

Luke parecia listo para el combate. Llevaba pantalones de camuflaje, una camiseta blanca y una coraza de bronce; no llevaba su espada Backbiter al cinto, sino solo una vaina vacia. Entramos en un gran patio donde se entrenaban docenas de guerreros y de dracaenae. En cuanto lo vieron, los semidioses se pusieron firmes y golpearon su escudo con la espada.

—¿Ha llegado el momento, mi senior? —pregunto una dracaena con su voz sibilante. —Pronto —prometio Luke—. Seguid trabajando.

—Mi senior —dijo otra voz a su espalda. Kelli, la empusa, le sonreia radiante. Esta vez llevaba un vestido azul y tenia un aspecto malvado y hermoso. Sus ojos relampagueaban, a veces con un matiz castanio y otras totalmente rojos. El pelo le caia por la espalda y parecia captar el brillo de las antorchas, como si estuviera deseando convertirse otra vez en una llamarada.

El corazon me palpitaba. Estaba esperando que Kelli me viera y me ahuyentase del suenio como habia hecho en otra ocasion, pero esta vez no parecio advertir mi presencia.

—Tienes una visita —comunico a Luke, haciendose a un lado. E incluso este parecio quedarse estupefacto.

El monstruo Campe se alzaba ante el con todas sus serpientes siseando y retorciendose alrededor de sus piernas. Las cabezas de animales seguian creciendo en su cintura. Tenia en las manos sus espadas chorreantes de veneno y, con sus alas de murcielago desplegadas, ocupaba todo el corredor por el que habia llegado.

—¡Tu! —exclamo Luke, con voz algo temblorosa—. Te ordene que te quedaras en Alcatraz. Campe parpadeo como los reptiles, o sea, cerrando los parpados de lado, y empezo a hablar en aquella lengua extrania y pedregosa. Pero esta vez, no se como, la entendi: «He venido a servirte. Dejame vengarme.»

—Tu eres carcelera —dijo Luke—. Tu trabajo… «Yo los matare. A mi nadie se me escapa.»

Luke vacilo. Un hilo de sudor se le deslizo por la sien.

—Muy bien —accedio—. Acompanianos. Puedes llevar el hilo de Ariadna. Es un encargo de gran honor.

Campe lanzo un siseo hacia las estrellas, envaino sus espadas, dio media vuelta y echo a caminar pesadamente, aporreando el suelo con su enormes patas de dragon.

—Deberiamos haberla dejado en el Tartaro —mascullo Luke—. Es demasiado caotica. Demasiado poderosa.

Kelli rio suavemente.

—No has de temer el poder, Luke. ¡Utilizalo!

—Cuanto antes nos pongamos en marcha, mejor —decidio el—. Quiero acabar de una vez. —Ah —respondio Kelli, apiadandose, mientras le recorria el brazo con un dedo—. ¿Te resulta desagradable destruir tu antiguo campamento?

—Yo no he dicho eso.

—¿No te estaras replanteando el… papel especial que te corresponde? Luke adopto una expresion petrea.

—Se cual es mi deber.

—Estupendo —dijo la mujer demonio—. ¿Te parece que nuestra fuerza de choque bastara? ¿O tendre que pedirle ayuda a la Madre Hecate?

—Tenemos mas que suficiente —replico Luke con aire sombrio—. El trato esta casi cerrado. Solo me queda negociar un paso seguro a traves de la pista de combate.

—Hummm… —dijo Kelli—. Esto suena interesante. No soportaria ver tu hermosa cabeza clavada de una lanza, si llegaras a fallar.

—No fallare. Y tu, demonio, ¿no tienes nada que hacer?

—Si, claro —aseguro Kelli, sonriendo—. Voy a llevar a la desesperacion a nuestros enemigos indiscretos. Ahora mismo voy a hacerlo.

Fijo sus ojos en mi, saco las garras y pulverizo mi suenio. De repente, me encontre en otro lugar.

Me hallaba en lo alto de una torre de piedra desde la que se dominaban unos acantilados y el oceano. El anciano Dedalo, inclinado sobre una mesa de trabajo, forcejeaba con un instrumento de navegacion semejante a una brujula enorme. Parecia mucho mas viejo que la ultima vez. Tenia la espalda encorvada y las manos sarmentosas. Soltaba maldiciones en griego antiguo y guiniaba los ojos como si no pudiera ver lo que hacia, a pesar de que era un dia soleado.

—¡Tio! —dijo una voz.

Un chico risuenio de la edad de Nico subia los escalones con una caja de madera en las manos. —Hola, Perdix —respondio el anciano con frialdad—. ¿Has terminados tus tareas?

—Si, tio. ¡Eran faciles! Dedalo lo miro ceniudo.

—¿Faciles? ¿Hacer subir el agua por la ladera sin una bomba te ha parecido facil? —Ya lo creo. ¡Mira!

El chico volco la caja y hurgo entre la chatarra. Saco un trozo de papiro y le ensenio al viejo inventor unos diagramas y unas notas. No tenian ningun sentido para mi, pero Dedalo asintio a reganiadientes. —Ya veo. No esta mal.

—¡Al rey le ha encantado! —aseguro Perdix—. ¡Ha dicho que quiza yo sea mas listo que tu!

—¿Eso ha dicho?

—Pero yo no le creo. ¡Estoy tan contento de que mi madre me enviase a estudiar contigo…! Quiero saber todo lo que tu sabes.

—Si —mascullo Dedalo—. Asi, cuando me muera, podras ocupar mi puesto, ¿no es eso? El chico abrio los ojos de par en par.

—¡Oh, no, tio! Pero he estado preguntandome… ¿por que tiene que morir un hombre? El inventor fruncio el cenio.

—Asi son las cosas, muchacho. Todo muere, salvo los dioses.

—Pero ¿por que? —insistio Perdix—. Si pudiese capturar el animus, atrapar el alma en otra forma distinta… Tu me has hablado de tus automatas, tio. Toros, aguilas, dragones, caballos de bronce. ¿Por que no la forma en bronce de un hombre?

—No, muchacho —dijo Dedalo, cortante—. Eres un ingenuo. Eso es imposible. —No lo creo —persistio el—. Con un poco de magia… —¿Magia? ¡Bah!

—¡Si, tio! La magia y la mecanica juntas. Con un poco de trabajo, se podria hacer un cuerpo totalmente parecido al humano, solo que mejor. He tomado algunas notas.

Le tendio al anciano un grueso rollo. Dedalo lo desplego y estuvo leyendo un buen rato. Luego entorno los parpados, miro al chico, cerro el rollo y carraspeo.

—No saldra bien, muchacho. Cuando seas mayor lo comprenderas. —¿Quieres que te calibre el astrolabio, tio? ¿Se te han vuelto a hinchar las articulaciones? El anciano apreto los dientes.

—No. Gracias. ¿Por que no te vas por ahi un rato?

Perdix no parecio advertir el enfado de su tio. Tomo un escarabajo de bronce del monton de chatarra y corrio al borde de la torre, donde solo habia un pretil bajo que apenas le llegaba a las rodillas. El viento soplaba con fuerza.

«Retrocede», queria gritarle, pero mi voz no sonaba.

Le dio cuerda al escarabajo y lo lanzo por los aires. El artilugio desplego las alas y se alejo con un zumbido. El chico se echo a reir, satisfecho.

—Mas listo que yo —mascullo Dedalo en un susurro que Perdix no llego a oir.

—¿Es cierto que tu hijo se mato volando, tio? He oido que le hiciste unas alas enormes, pero que fallaron.

Dedalo cerro los punios. — Ocupar mi lugar —murmuro.

El viento agitaba las ropas del chico y le alborotaba el pelo.

—Me gustaria volar —dijo—. Construiria unas alas que no fallaran. ¿Crees que seria capaz? Quiza fuera un suenio dentro de un suenio, pero de repente me imagine a Jano, el dios de las dos caras, flotando en el aire junto a Dedalo y sonriendo mientras se pasaba su llave plateada de una mano a otra. «Elige —le susurraba al anciano inventor—. Elige.»

Dedalo tomo otro de los bichos metalicos del chico. Sus ojos estaban rojos de rabia. —Perdix —le grito—. Tomalo.

Entonces le lanzo el escarabajo de bronce. Divertido, el chico intento atraparlo al vuelo, pero el lanzamiento era demasiado largo y el artilugio paso volando. Perdix hizo un esfuerzo, se acerco al pretil demasiado y el viento lo empujo.

Consiguio aferrarse al borde de la torre. —¡Tio! —grito—. ¡Ayudame!

El rostro del anciano era una mascara inescrutable. No se movio de su sitio.

—Venga, Perdix —dijo Dedalo en voz muy baja—, fabricate unas alas. Pero date prisa. —¡Tio! —grito el chico mientras le resbalaban los dedos. Y cayo a plomo al mar.

Hubo un instante de silencio. La figura del dios Jano temblo y se desvanecio. Luego un trueno sacudio los cielos y una severa voz femenina llego de lo alto: «Lo pagaras caro, Dedalo.»

Era una voz que ya habia oido antes. Era la madre de Annabeth, Atenea. Dedalo levanto la vista con el cenio fruncido.

—Siempre te he honrado, madre. Lo he sacrificado todo para seguir tu camino.

«Pero el chico tambien tenia mi bendicion. Y lo has matado. Habras de pagar un alto precio por ello.» —¡No he hecho mas que pagar! —mascullo Dedalo—. Lo he perdido todo. Sufrire en el inframundo, si, no me cabe duda. Pero entretanto…

Tomo el rollo de papiro del chico, lo estudio un momento y se lo guardo en la manga. «No lo comprendes —replico Atenea con frialdad—. Pagaras ahora y eternamente.»

Dedalo se desmorono de repente, presa de tremendos dolores. Senti lo que el sentia. Un dolor ardiente alrededor del cuello, como si llevase puesto un collar al rojo vivo, que me dejo sin aliento y me sumio en un pozo negro.

* * *

Al despertar en la oscuridad, aun me agarraba la garganta con las manos. —¿Percy? —dijo Grover desde el otro sofa—. ¿Estas bien?

Procure respirar con normalidad. No sabia que contestarle. Acababa de ver al tipo que buscabamos, a Dedalo, asesinando a su propio sobrino. ¿Como iba a encontrarme bien? La television estaba encendida y su luz azulada parpadeaba en la habitacion.

—¿Que… que hora es? —farfulle.

—Las dos de la maniana —respondio Grover—. No podia dormir; estaba mirando el Canal Naturaleza. —Se sorbio la nariz—. Echo de menos a Enebro.

Me restregue los ojos para despejarme. —Ya, bueno… pronto la veras otra vez. Grover meneo la cabeza tristemente.

—¿Sabes que dia es hoy? Acabo de verlo en la tele. Trece de junio. Han pasado siete dias desde que salimos del campamento.

—¿Como? No puede ser.

—El tiempo transcurre mas deprisa en el laberinto —me recordo—. La primera vez que tu y Annabeth bajasteis, creiais que habian pasado solo unos minutos, ¿verdad? Y en realidad habia sido una hora. —Ah. Cierto —asenti. Y entonces comprendi lo que estaba diciendo y note de nuevo una tenaza ardiente en la garganta—. ¡La fecha limite del Consejo de los Sabios Ungulados!

Grover tomo el mando de la tele y le arranco un trozo de un bocado.

—Estoy fuera de plazo —dijo con la boca llena de plastico—. En cuanto vuelva, me quitaran mi permiso de buscador. Y nunca mas me daran autorizacion para volver a salir. —Hablaremos con ellos —le prometi—. Haremos que te concedan mas

tiempo. Grover trago con esfuerzo.

—No aceptaran. El mundo se esta muriendo, Percy. Cada dia que pasa, empeora. La vida salvaje… Noto que se desvanece. He de encontrar a Pan.

—Lo conseguiras, tio. No tengo ninguna duda. Grover me miro con ojos tristes de cabra.

—Siempre has sido un buen amigo, Percy. Lo que has hecho hoy, salvar a los animales del rancho de las garras de Gerion, ha sido asombroso. Me… me gustaria parecerme mas a ti. —No digas eso —replique—. Tu tienes tanto de heroe…

—No, que va. Lo intento, pero… —Suspiro—. Percy, no puedo volver al campamento sin encontrar a Pan. Lo entiendes, ¿verdad? Si fracaso, no podre mirar a Enebro a la cara. ¡Ni siquiera podre mirarme a la cara a mi mismo!

Su voz sonaba tan infeliz que resultaba doloroso escucharla. Habiamos pasado muchas cosas juntos, pero nunca lo habia visto tan hundido.

—Ya se nos ocurrira algo —le asegure—. Tu no has fracasado. Eres el campeon de los ninios cabra, ¿de acuerdo? Enebro lo sabe. Y yo tambien.

Grover cerro los ojos.

—El campeon de los ninios cabra —murmuro, desanimado.

Mucho despues de que se durmiera, yo seguia despierto, contemplando las cabezas que Gerion habia colgado como trofeos iluminadas por el resplandor azul de la television.

* * *

A la maniana siguiente bajamos desde el rancho hasta la rejilla de retencion y nos despedimos.

—¿Por que no nos acompanias, Nico? —sugeri sin pensarmelo. Supongo que todavia tenia presente mi suenio y tambien lo mucho que me recordaba al joven Perdix.

El nego con la cabeza. No creo que ninguno de nosotros hubiera dormido bien en aquel rancho diabolico, pero su aspecto era peor que el de los demas. Tenia los ojos enrojecidos y la cara blanca como la cera. Iba envuelto en una tunica negra que debia de haber pertenecido a Gerion, porque incluso para un adulto habria sido tres o cuatro tallas demasiado grande.

—Necesito tiempo para pensar —respondio sin mirarme a los ojos, aunque note que su ira aun no se habia aplacado. El hecho de que su hermana hubiera salido del inframundo por mi, y no por el, no parecia haberle sentado muy bien.

—Escucha, Nico —le dijo Annabeth—, Bianca solo quiere que estes bien.

Le puso una mano en el hombro, pero el se aparto y empezo a subir la cuesta hacia el rancho. Tal vez fueran imaginaciones mias, pero la niebla matinal parecia seguirlo a medida que caminaba.

—Me preocupa —dijo Annabeth—. Si se pone a hablar otra vez con el fantasma de Minos…

—No le pasara nada —prometio Eurition. El pastor se habia lavado y arreglado. Llevaba unos vaqueros nuevos y una camisa ranchera, e incluso se habia recortado la barba. Tenia puestas las botas de Gerion —. Puede quedarse aqui y meditar todo el tiempo que quiera. Prometo mantenerlo a salvo.

—¿Y tu? —le pregunte.

Eurition le rasco a Ortos un cuello y luego el otro.

—Las cosas en este rancho van a cambiar a partir de ahora. Se acabo la carne de vaca sagrada. Estoy pensando en empanadas de semillas de soja. Y voy a hacerme amigo de esos caballos carnivoros. Quiza me inscriba en el proximo rodeo.

La sola idea me dio escalofrios. —Pues… buena suerte.

—Si. —Eurition escupio en la hierba—. Supongo que ahora vais a buscar el taller de Dedalo. La mirada de Annabeth se ilumino.

—¿Puedes ayudarnos?

Eurition se quedo mirando la rejilla de retencion. Tuve la impresion de que la cuestion lo ponia nervioso.

—No se donde esta. Pero seguramente Hefesto si lo sabra.

—Eso dijo Hera —asintio Annabeth—. Pero ¿como podemos encontrarlo?

Eurition se saco algo de debajo del cuello de la camisa. Era un collar: un disco plateado y liso con una cadena de plata. Tenia una depresion en el centro, como la huella de un pulgar. Se lo entrego a Annabeth.

—Hefesto viene por aqui de vez en cuando —dijo—. Estudia los animales para copiarlos en sus automatas. La ultima vez… le hice un pequenio favor. Para una bromita que queria gastarles a mi padre, Ares, y a Afrodita. Y el, en senial de gratitud, me dio esta cadena. Me dijo que si alguna vez necesitaba encontrarlo, el disco me guiaria hasta su fragua. Pero solo una vez.

—¿Y me lo das a mi? —exclamo Annabeth. Eurition se sonrojo.

—Yo no tengo ninguna necesidad de ver las fraguas, seniorita. Me sobra trabajo aqui. Solo hay que apretar el boton y el te encamina.

Cuando Annabeth lo pulso, el disco cobro vida y desplego en el acto ocho patas metalicas. Para perplejidad de Eurition, ella lo arrojo al suelo con un chillido.

—¡Una arania! —grito la muchacha.

—Es que… las aranias le dan un poco de miedo —explico Grover—. Una antigua rivalidad entre Atenea y Aracne.

—Ah. —Eurition parecia avergonzado—. Lo siento, seniorita.

La arania se arrastro hacia la rejilla de retencion y desaparecio entre los barrotes. —¡Rapido! —dije—. Esa cosa no va a esperarnos.

Annabeth no parecia tener mucha prisa, pero no nos quedaba alternativa. Nos despedimos de Eurition, Tyson saco la rejilla y saltamos otra vez al interior del laberinto.

* * *

Ojala le hubiera puesto una correa a aquella arania, porque se deslizaba por los tuneles tan deprisa que la mayor parte del tiempo ni siquiera la veia. De no ser por el excelente oido de Tyson y Grover, no habriamos sabido que camino elegir.

Recorrimos un tunel de marmol, giramos a la izquierda… y estuve a punto de caer en un abismo. Tyson me sujeto en el ultimo momento y me arrastro hacia atras. El tunel continuaba mas adelante, pero no habia suelo en un trecho de treinta metros; solo se veia un hueco oscuro y una serie de travesanios de hierro en el techo. La arania mecanica ya habia cruzado la mitad del abismo colgada de los travesanios, a los que iba lanzando sus hilos metalicos.

—¡Un pasamanos! —dijo Annabeth—. Se me dan muy bien.

Salto al primer travesanio, se agarro firmemente y empezo a pasar de uno a otro balanceandose. Le daba miedo la arania mas diminuta, pero no la posibilidad de caer al vacio desde un pasamanos larguisimo. A ver quien entiende eso.

Llego al otro lado y echo a correr detras de la arania. Me tocaba a mi. Cuando cruce el abismo, mire atras y vi que Tyson se habia subido a Grover a caballito (¿o seria a cabrallito?). El grandullon llego al final del pasamanos en tres brazadas. Menos mal porque, justo cuando saltaba a mi lado, se quebro el ultimo travesanio.

Seguimos adelante y pasamos junto a un esqueleto desmoronado en un lado del tunel. Llevaba aun los restos de una camisa, unos pantalones y una corbata. La arania no aminoro el paso. Resbale en un monton de pedazos de madera, pero cuando enfoque con la linterna descubri que eran lapices: cientos de lapices partidos por la mitad.

El tunel se abrio de repente a una gran estancia tan iluminada que la luz resultaba cegadora. Lo primero que me llamo la atencion, cuando los ojos se acostumbraron, fueron los esqueletos. Habia docenas tirados por el suelo. Algunos antiguos y ya blanqueados; otros recientes y muchisimo mas repulsivos. No olian tan mal como los establos de Gerion, pero casi.

En el otro extremo de la estancia vi a una criatura monstruosa subida a un estrado reluciente. Tenia el cuerpo de un enorme leon y cabeza de mujer. Habria resultado guapa tal vez, pero llevaba el pelo pegado al craneo, recogido en un monio inflexible, y se habia puesto demasiado maquillaje, de manera que me recordaba a la profesora de musica de tercer curso. Tenia prendida en el pecho una insignia con cinta azul que tarde unos segundos leer: «¡ESTE MONSTRUO HA SIDO DECLARADO EJEMPLAR!»

—Esfinge —gimoteo Tyson.

Yo sabia muy bien que le daba tanto miedo. De pequenio, en Nueva York, Tyson habia sido atacado por una esfinge. Aun tenia las cicatrices en la espalda.

A cada lado de la criatura, habia un foco deslumbrante. La unica salida era el tunel que quedaba justo detras del estrado. La arania mecanica se deslizo entre las garras de la esfinge y desaparecio. Annabeth se adelanto para seguirla, pero el monstruo dio un rugido y le mostro los aguzados

colmillos que albergaba en su boca, por lo demas de aspecto normal. De inmediato, descendieron unos barrotes y bloquearon ambas salidas: la de nuestra espalda y la que teniamos enfrente.

Entonces el gruniido del monstruo se convirtio en una sonrisa radiante.

—¡Bienvenidos, afortunados concursantes! —dijo—. Preparense para jugar a… ¡RESOLVER EL ENIGMA!

Resonaron unos aplausos enlatados desde el techo, como si hubiese unos altavoces invisibles. Los focos hicieron un barrido por toda la estancia, reflejandose en el estrado y confiriendo a los esqueletos un resplandor de discoteca.

—¡Premios fabulosos! —proclamo la esfinge—. ¡Supere la prueba y le tocara avanzar! ¡Fracase y me tocara devorarlo! ¿Quien va a ser nuestro proximo concursante?

Annabeth me tomo del brazo.

—De esto me encargo yo —susurro—. Ya se que va a preguntar.

No discuti demasiado. No queria que la devorase un monstruo, pero pense que si la esfinge iba a plantear un enigma, Annabeth era la mas indicada para intentar resolverlo.

Subio al podio del concursante, sobre el que se encorvaba aun un esqueleto con uniforme escolar. Ella lo quito de en medio de un empujon y el esqueleto se desplomo en el suelo con estrepito.

—Perdon —le dijo Annabeth.

—¡Bienvenida, Annabeth Chase! —aullo la bestia, aunque ella no habia dicho su nombre—. ¿Esta lista para la prueba?

—Si —declaro—. Digame su enigma.

—¡Son veinte enigmas, de hecho! —respondio alegremente la esfinge. —¿Como? Pero si en los viejos tiempos…

—¡Hemos elevado el liston! Para pasar, debe demostrar su habilidad en los veinte. ¿No es fantastico? Los aplausos resonaban y se apagaban bruscamente, como si alguien fuera abriendo y cerrando un grifo.

Annabeth me miro, nerviosa. Le dirigi un gesto con el punio para animarla. —De acuerdo —contesto a la esfinge—. Estoy lista.

Resono desde el techo un redoble de tambor. Los ojos del monstruo relucian de excitacion. —¿Cual es… la capital de Bulgaria?

Annabeth arrugo el cenio. Durante un instante espantoso, crei que se habia quedado en blanco. —Sofia —dijo—, pero…

—¡Correcto! —Mas aplausos enlatados. La esfinge sonrio tan abiertamente que volvimos a verle los colmillos—. Asegurese por favor de marcar su respuesta claramente en la hoja de examen con un lapiz del numero dos.

—¿Como? —Annabeth parecia perpleja. Enseguida aparecio ante ella un cuadernillo y un lapiz perfectamente afilado.

—Asegurese de que rodea cada respuesta sin salirse del circulo —dijo la esfinge—. Si ha de borrar, borre totalmente o la maquina no sera capaz de leer sus respuestas.

—¿Que maquina? —pregunto Annabeth.

La esfinge senialo con la zarpa. Junto a uno de los focos habia una caja de bronce con infinidad de palancas y con la letra griega eta en un lado: la marca de Hefesto.

—Bueno —prosiguio la esfinge—, siguiente pregunta…

—Un momento —protesto Annabeth—. Aquello del animal que camina a cuatro patas por la maniana… ¿no va a preguntarmelo?

—¿Disculpe? —dijo la esfinge, ahora claramente irritada.

—El enigma sobre el hombre. Camina a cuatro patas por la maniana, como un bebe; con dos a mediodia, como un adulto, y con tres por la tarde, como un viejo con su baston. Ese es el enigma que planteaba siempre, ¿no?

—¡Y por eso justamente cambiamos la prueba! Porque los concursantes ya se sabian la respuesta. Bueno, segunda pregunta, ¿cual es la raiz cuadrada de dieciseis?

—Cuatro —respondio Annabeth—, pero…

—¡Correcto! ¿Que presidente estadounidense firmo la Proclamacion de Emancipacion? —Abraham Lincoln, pero…

—¡Correcto! Enigma numero cuatro. ¿Que…? —¡Un momento! —grito Annabeth.

Habria querido decirle que dejara de quejarse. ¡Lo estaba haciendo muy bien! Tenia que limitarse a responder a las preguntas para que pudieramos largarnos.

—Esto no son enigmas —alego.

—¿Como que no? Claro que lo son. Estas preguntas han sido diseniadas especialmente… —Son solo un monton de datos estupidos, escogidos al azar. Se supone que los enigmas han de obligarte a pensar.

—¿A pensar? —La esfinge fruncio el cenio—. ¿Como se supone que voy a evaluar si es usted capaz de pensar?

¡Que absurdo! Bueno, ¿que cantidad de fuerza se precisa…? —¡Basta! —insistio Annabeth—. ¡Esta prueba es una idiotez!

—Hummm, Annabeth —intervino Grover, nervioso—. A lo mejor lo que deberias hacer es, ya sabes, terminar primero y protestar despues.

—Soy hija de Atenea —alego ella—. Y esto es un insulto a la inteligencia. No pienso responder a esas preguntas.

En parte me dejo impresionado por atreverse a plantar cara de tal manera. Pero, por otra parte, tenia la impresion de que con su orgullo solo iba a conseguir que nos mataran a todos. Los focos nos deslumbraron con su brusca intensidad. Los ojos negros del monstruo destellaban. —Entonces, querida, si no pasa, fracasa. Y como no podemos permitir que ningun ninio se quede atrasado, ¡sera DEVORADA!

La esfinge mostro sus colmillos, que relucian como si fueran de acero inoxidable, y dio un salto hacia el podio.

—¡No! —Tyson se lanzo en el acto a la carga. No soporta que nadie amenace a Annabeth, aunque me asombro que demostrara semejante valor despues de la mala experiencia que habia tenido con una esfinge.

Le hizo al monstruo un placaje cuando todavia estaba en el aire y los dos se desplomaron sobre un monton de huesos. Eso le dio tiempo a Annabeth para recobrar la serenidad y sacar su cuchillo. Tyson se levanto con la camisa hecha jirones. La esfinge rugia, estudiando el momento oportuno.

Saque a Contracorriente y me situe delante de Annabeth. —¡Vuelvete invisible! —le dije. —¡Puedo luchar!

—¡No! —grite—. ¡La esfinge va a por ti!

Como para confirmar mis palabras, el monstruo derribo a Tyson, lo quito de en medio y salto de nuevo, tratando de pasarme de largo. Grover le clavo en el ojo la tibia de un esqueleto, lo que le arranco un alarido de dolor. Annabeth se puso su gorra y desaparecio en el acto. Cuando la bestia se lanzo sobre donde se hallaba un segundo antes, se encontro con las zarpas vacias.

—¡No es justo! —rugio—. ¡Tramposa!

Ahora que mi amiga no estaba a la vista, el monstruo se volvio hacia mi. Alce mi espada, pero, antes de que pudiera darle una estocada, Tyson arranco del suelo la maquina de puntuaciones y se la tiro por la cabeza, deshaciendole el monio. El artilugio termino estrellandose en el suelo y las piezas quedaron esparcidas por todas partes.

—¡Mi maquina! —grito—. ¿Como voy a ser ejemplar si no puedo puntuar las pruebas?

Los barrotes de los dos tuneles se alzaron en ese momento y todos corrimos hacia el fondo de la estancia. Confiaba en que Annabeth hiciera lo mismo.

La esfinge se apresuro a perseguirnos, pero Grover saco sus flautas de junco y se puso a tocar. De repente, los lapices recordaron que habian formado parte de los arboles: se congregaron en torno a las

garras de la esfinge, desarrollaron raices y ramas, y empezaron a enredarsele en las patas. El monstruo acababa desgarrando los nudos, pero aquello nos dio el tiempo que necesitabamos.

Tyson arrastro a Grover hacia el tunel y los barrotes se cerraron con estrepito detras de nosotros. —¡Annabeth! —grite.

—¡Aqui! —murmuro a mi lado—. ¡No te detengas!

Corrimos por el tunel mientras seguiamos escuchando los rugidos de la esfinge, que se lamentaba desolada por todas las pruebas que tendria que corregir a mano.

Capitulo 11

Ardo como una antorcha

Ya creia que le habiamos perdido la pista a la arania cuando Tyson capto un lejano sonido metalico. Dimos unas cuantas vueltas, retrocedimos varias veces y por fin encontramos a la arania, que golpeaba una puerta de metal con su cabecita.

La puerta parecia una de aquellas anticuadas escotillas de los submarinos: con forma oval, remaches metalicos y una rueda, en lugar de un pomo, para abrirla. Encima de ella habia una gran placa de laton, que el tiempo habia cubierto de verdin, con una eta griega en el centro.

Nos miramos unos a otros.

—¿Listos para conocer a Hefesto? —dijo Grover, nervioso. —No —reconoci.

—¡Si! —dijo Tyson, euforico, mientras hacia girar la rueda.

En cuanto se abrio la puerta, la arania se deslizo al interior; Tyson la siguio de cerca y los demas avanzamos tambien, aunque con menos entusiasmo.

El lugar era inmenso. Como el garaje de un mecanico, estaba lleno de elevadores hidraulicos. En algunos de ellos habia coches, pero en otros se veian cosas bastante mas extranias: un hippalektryon de bronce desprovisto de su cabeza de caballo y con un monton de cables colgando de su cola de gallo, un leon de metal que parecia conectado a un cargador de bateria, y un carro de guerra griego hecho enteramente de fuego.

Habia ademas una docena de mesas de trabajo totalmente cubiertas de artilugios de menor tamanio. Se veian muchas herramientas colgadas y cada una tenia su silueta pintada en un tablero, aunque nada parecia estar en su sitio. El martillo ocupaba el lugar del destornillador; la grapadora, el de la sierra de metales, y asi sucesivamente.

Por debajo del elevador hidraulico mas cercano, que sostenia un Toyota Corolla del 98, asomaban dos piernas: la mitad inferior de un tipo enorme, con unos mugrientos pantalones grises y unos zapatos incluso mas grandes que los de Tyson. En una de las piernas tenia una abrazadera metalica.

La arania se deslizo por debajo del coche y los martillazos se interrumpieron al instante. —Vaya, vaya. —La voz retumbaba desde debajo del Corolla—. ¿Que tenemos aqui?

El mecanico salio sobre un carrito y se sento. Habia visto a Hefesto en el Olimpo en una ocasion, asi que creia estar preparado. En ese momento, sin embargo, trague saliva.

Supongo que se habria lavado cuando lo vi en el Olimpo, o que habria usado algun truco magico para que su forma resultara menos espantosa. Pero al parecer alli, en su propio taller, no le preocupaba en absoluto su aspecto. Llevaba un mono cubierto de grasa, con un rotulo bordado en el bolsillo de la pechera que decia «HEFESTO». La pierna de la abrazadera le chirriaba y daba chasquidos mientras se incorporaba y, una vez de pie, vi que el hombro izquierdo era mas bajo que el derecho, de manera que parecia ladeado incluso cuando se erguia. Tenia la cabeza deformada y llena de bultos, y una permanente expresion ceniuda. Su barba negra humeaba. De vez en cuando, se le encendia en los bigotes una pequenia llamarada que acababa extinguiendose sola. Sus manos debian de ser del tamanio de unos guantes de beisbol y, sin embargo, sostenian la arania con increible delicadeza. La desarmo en dos segundos y volvio a montarla.

—Ahi esta —dijo entre dientes—. Mucho mejor asi.

La arania dio un saltito alegre en su palma, lanzo un hilo de metal al techo y se alejo balanceandose. Hefesto nos dirigio una mirada torva.

—¿No os he construido yo, verdad? — ¿Eh? —dijo Annabeth—. No, senior.

—Menos mal —grunio el dios—. Un trabajo muy chapucero.

Nos estudio a Annabeth y a mi.

—Mestizos —refunfunio—. Podriais ser automatas, desde luego, pero seguramente no lo sois. —Nos conocemos, senior —le dije.

—¿Ah, si? —pregunto con aire ausente. Me dio la sensacion de que le traia sin cuidado. Mas bien parecia cavilar como me funcionaba la mandibula; si iba con bisagra, con una palanca o con que—. Bueno, pues si no te hice papilla la primera vez que nos vimos, supongo que no tengo por que hacerlo ahora.

Miro a Grover y fruncio el cenio aun mas.

—Satiro. —Luego miro a Tyson y sus ojos centellearon—. Bueno, un ciclope. Bien, bien. ¿Que haces viajando con estos?

—Eh… —balbuceo Tyson, contemplando maravillado al dios.

—Si, bien dicho —asintio Hefesto—. Sera mejor que tengais un buen motivo para molestarme. La suspension de este Corolla es un verdadero quebradero de cabeza, ¿sabeis?

—Senior —intervino Annabeth, vacilante—, estamos buscando a Dedalo. Pensamos… —¿A Dedalo? —rugio el dios—. ¿Quereis ver a ese viejo canalla? ¿Os atreveis a buscarlo? Su barba estallo en llamas y los ojos negros destellaron como carbones.

—Eh, si, senior. Por favor —musito Annabeth.

—Puf. Estais perdiendo el tiempo. —Miro algo que tenia en la mesa y se acerco cojeando a recogerlo: un amasijo de muelles y placas de metal, que empezo a manipular. En apenas unos segundos sostenia en sus manos un halcon de plata y bronce. El artilugio extendio sus alas metalicas, parpadeo con sus ojos de obsidiana y echo a volar por el taller.

Tyson se puso a reir y a dar palmas. El pajaro se le poso en el hombro y le mordisqueo cariniosamente la oreja.

Hefesto lo observo. Su cenio no se modifico, pero me parecio ver un brillo mas amable en sus ojos. —Presiento que tienes algo que decirme, ciclope.

La sonrisa de Tyson se desvanecio. —S… si, senior. Vimos al centimano. Hefesto asintio. No parecia sorprendido. —¿A Briares?

—Si. Es… estaba asustado. No quiso ayudarnos. —Y eso te preocupa.

—¡Si! —La voz le temblo—. ¡Briares tendria que ser fuerte! Es el mayor y el mas viejo de los ciclopes. Pero huyo.

Hefesto solto un gruniido.

—Hubo un tiempo en el que admiraba a los centimanos. En los dias de la primera guerra. Pero las personas, los monstruos e incluso los dioses cambian, joven ciclope. No puedes fiarte de ellos. Mira a mi querida madre, Hera. La habeis conocido, ¿verdad? Os habra sonreido y os habra hablado largo y tendido de lo importante que es la familia, ¿cierto? Lo cual no le impidio expulsarme del monte Olimpo cuando vio mi rostro.

—Creia que habia sido Zeus —aduje.

Hefesto carraspeo y lanzo un salivazo a una escupidera de bronce. Chasqueo los dedos y el robot halcon regreso otra vez a la mesa de trabajo.

—Ella prefiere contar esa version —rezongo—. La hace quedar mejor, ¿no? Le echa toda la culpa a mi padre. La verdad es que a mi madre le gusta la familia, si, pero solo cierto tipo de familia. Las familias perfectas. Asi que me echo un vistazo y… bueno, yo no encajo en esa imagen, ¿no?

Le quito una pluma al halcon y el automata entero se desmorono en pedazos.

—Creeme, joven ciclope —prosiguio Hefesto—, no puedes confiar en los demas. Fiate solamente del trabajo de tus propias manos.

Parecia una forma muy solitaria de vivir. Ademas, no es que me fiara precisamente del trabajo de Hefesto. Una vez, en Denver, sus aranias mecanicas estuvieron a punto de matarnos a Annabeth y a mi. Y el anio anterior habia sido un modelo defectuoso del gigante Talos (otro pequenio proyecto de Hefesto) lo que habia acabado con la vida de Bianca.

Ahora el dios entorno los ojos y se concentro en mi, como si estuviera leyendome el pensamiento.

—A este no le gusto —musito—. No te preocupes, ya estoy acostumbrado. ¿Que quieres pedirme tu, pequenio semidios?

—Ya se lo hemos dicho —respondi—. Debemos encontrar a Dedalo. Un tipo que trabaja para Cronos, Luke, esta tratando de encontrar la manera de orientarse por el laberinto para invadir el campamento. Si no nos adelantamos y encontramos primero a Dedalo…

—Y yo tambien os lo he dicho a vosotros, chico. Buscar a Dedalo es una perdida de tiempo. El no os ayudara.

—¿Por que?

Hefesto se encogio de hombros.

—Algunos hemos sido desterrados sin contemplaciones… Y nuestro aprendizaje de que no debemos fiarnos de nadie ha resultado incluso mas doloroso. Pideme oro. O una espada flamigera. O un corcel magico. Eso puedo concedertelo facilmente. Pero el modo de encontrar a Dedalo… Es un favor muy caro.

—Entonces si sabe donde esta —lo presiono Annabeth. —No es sabio ni juicioso andar buscando, muchacha.

—Mi madre dice que buscar es el principio de toda sabiduria. Hefesto entorno sus ojos.

—¿Quien es tu madre? —Atenea.

—Eso encaja. —Suspiro—. Buena diosa, Atenea. Una pena que prometiera no casarse nunca. Bien, mestiza. Puedo revelarte lo que deseas saber. Pero tiene un precio. Necesito un favor.

—El que usted diga —respondio Annabeth.

Hefesto se echo a reir de un modo muy ruidoso, que sonaba como el resoplido de un fuelle enorme avivando el fuego.

—Ah, los heroes —dijo—. Siempre haciendo promesas temerarias. ¡Que refrescante!

Pulso un boton de su mesa de trabajo y en la pared se abrieron unos postigos metalicos. O era una ventana enorme, o se trataba de una pantalla gigante de television, no estaba del todo seguro. Se veia una montania gris rodeada de bosques. Debia de ser un volcan, porque de la cima salia humo.

—Una de mis fraguas —explico Hefesto—. Tengo muchas, pero esta era mi preferida. —Es el monte Saint Helens —intervino Grover—. Los bosques de los alrededores son grandiosos. —¿Has estado ahi? —pregunte.

—Buscando… ya sabes, a Pan.

—Un momento —dijo Annabeth, mirando a Hefesto—. Ha dicho que era su fragua preferida. ¿Que sucedio?

Hefesto se rasco su barba humeante.

—Bueno, ahi es donde esta atrapado el monstruo Tifon, ¿lo sabias? Antes era debajo del Etna, pero, cuando nos trasladamos a Norteamerica, su fuerza quedo sujeta bajo el monte Saint Helens. Una fuente de fuego esplendida, aunque algo peligrosa. Siempre cabe la posibilidad de que escape. Hay muchas erupciones ultimamente; no para de arrojar humo. Esta muy inquieto con la rebelion de los titanes.

—¿Que quiere que hagamos? —pregunto—. ¿Luchar con el? Hefesto solto un bufido.

—Eso seria suicida. Hasta los dioses huian de Tifon cuando estaba libre. No, rezad mas bien para no tener que verlo nunca. Ultimamente he percibido la presencia de intrusos en mi montania. Alguien o algo esta usando mi fragua. Cuando yo llego no hay nadie, pero noto que la han utilizado. Deben de

presentir mi llegada y desaparecen. Envio automatas a investigar y no regresan. Hay algo antiguo alli… Algo maligno. Quiero saber quien se atreve a invadir mi territorio y si pretenden liberar a Tifon. —¿Quiere que averigüemos quien es? —pregunte.

—Si. Id alli. Quiza no presientan vuestra llegada. Vosotros no sois dioses. —Menos mal que se ha dado cuenta —murmure.

—Id y averiguad lo que podais —dijo Hefesto—. Volved a informarme y os contare lo que quereis saber de Dedalo.

—De acuerdo —convino Annabeth—. ¿Como podemos llegar alli?

Hefesto dio unas palmadas. La arania bajo balanceandose, colgada de un hilo de las vigas. Annabeth retrocedio un paso cuando el bicho aterrizo a sus pies.

—Mi creacion os mostrara el camino —aseguro el dios—. No queda lejos si vais por el laberinto. Y procurad manteneros con vida, ¿de acuerdo? Los humanos son mucho mas fragiles que los automatas.

* * *

Ibamos muy bien hasta que tropezamos con las raices de los arboles. La arania corria a toda velocidad y nosotros manteniamos su ritmo, pero al ver un tunel lateral excavado en la tierra desnuda, plagado de gruesas raices, Grover se detuvo en seco.

—¿Que pasa? —pregunte.

El ni siquiera se movio. Miraba boquiabierto el tunel, mientras el viento le alborotaba el rizado pelo. —¡Vamos! —dijo Annabeth—. ¡Sigamos adelante!

—Es este el camino —musito Grover, sobrecogido—. Es este. —¿Que camino? —pregunte—. ¿Quieres decir… para encontrar a Pan? Grover miro a Tyson.

—¿No lo hueles?

—Tierra —dijo Tyson—. Y plantas. —¡Si! Es el camino. ¡Estoy seguro!

La arania se alejaba ya por el pasadizo de piedra. Unos segundos mas y le perderiamos la pista. —Ya volveremos —prometio Annabeth—. En el camino de vuelta para hablar con Hefesto.

—El tunel habra desaparecido para entonces —protesto Grover—. Tengo que seguirlo. ¡Una puerta asi no permanecera abierta!

—Pero no podemos —objeto Annabeth—. ¡Las fraguas! Grover la miro con tristeza.

—Tengo que hacerlo, Annabeth. ¿No lo comprendes?

Ella parecia desesperada, como si no entendiera nada. La arania casi se habia perdido de vista. Recorde la conversacion con Grover de la noche anterior y comprendi de inmediato lo que debiamos hacer. —Nos dividiremos —decidi.

—¡No! —dijo Annabeth—. Seria muy peligroso. ¿Como volveremos a encontrarnos? Ademas, no puede ir solo.

Tyson le puso a Grover una mano en el hombro. —Voy con el.

No podia creer lo que estaba oyendo. —¿Estas seguro? El grandullon asintio.

—El ninio cabra necesita ayuda. Encontraremos al dios. Yo no soy como Hefesto. Me fio de los amigos. Grover respiro hondo.

—Volveremos a encontrarnos, Percy. Aun conservamos la conexion por empatia. Tengo… tengo que hacerlo.

No lo culpaba. Era el objetivo de su vida. Si no encontraba a Pan en aquel viaje, el consejo no le daria otra oportunidad.

—Espero que tu intuicion sea cierta.

—Estoy seguro. —Nunca me habia parecido tan convencido, salvo cuando afirmaba que las enchiladas de queso eran mejores que las de pollo.

—Ve con cuidado.

Mire a Tyson, que se trago un sollozo y me dio un abrazo de los suyos (por poco se me salen los ojos de las orbitas). Enseguida el y Grover se internaron en el tunel de las raices y desaparecieron en la oscuridad.

—Esto no me gusta —se quejo Annabeth—. Separarse es una idea muy, pero que muy mala. —Volveremos a encontrarnos —declare, fingiendo aplomo—. Y ahora vamos. ¡La arania se esta alejando!

* * *

No habia pasado mucho tiempo cuando el tunel empezo a calentarse en serio.

Los muros de piedra adquirieron un brillo candente y el aire se enrarecio. Daba la sensacion de que caminabamos por un horno. El pasadizo descendia en una pronunciada pendiente y al fondo se oia un gran rugido, como el fragor de un rio de metal. La arania se deslizaba a toda velocidad; Annabeth la seguia de cerca.

—¡Eh, esperame! —le grite.

Ella me echo una mirada por encima del hombro. —¿Que?

—Hay una cosa que ha comentado Hefesto antes… sobre Atenea.

—Ah, que juro no casarse nunca —respondio Annabeth—. Como Artemisa y Hestia. Es una de las diosas solteras.

Parpadee, perplejo. Era la primera vez que oia decir aquello de Atenea. —Pero entonces…

—¿Como es que tiene hijos semidioses?

Asenti. Seguramente me habia ruborizado, pero hacia tanto calor alli dentro que Annabeth no lo noto. —Percy, ¿tu sabes como nacio Atenea?

—Broto de la cabeza de Zeus con la armadura completa. O algo asi.

—Exacto. No nacio de la manera normal. Surgio literalmente del pensamiento. Y sus hijos nacen del mismo modo. Cuando Atenea se enamora de un mortal es algo puramente intelectual, tal como amo a Ulises en las antiguas historias. Es un encuentro de las mentes. Ella diria que es la forma mas pura de amor.

—Entonces tu padre y Atenea… tu no fuiste…

—Naci de parto cerebral —me confirmo Annabeth—. Literalmente. Los hijos de Atenea brotamos del pensamiento divino de nuestra madre y del ingenio mortal de nuestro padre. Se supone que somos un regalo, una bendicion de la diosa a los hombres que ella ha elegido.

—Pero…

—Percy, casi he perdido de vista a la arania. ¿Pretendes que te explique ahora los detalles exactos de mi nacimiento?

—Eh… no. Ya esta bien. Esbozo una sonrisa socarrona. —Me lo imaginaba.

Se adelanto corriendo y yo la segui, aunque no estaba seguro de si podria volver a mirarla de la misma manera. Algunas cosas, decidi, era mejor dejarlas envueltas en el misterio.

El rugido habia ido en aumento. Despues de un kilometro mas o menos, desembocamos en una caverna del tamanio del estadio de la Super Bowl. Nuestra arania se detuvo y se acurruco hasta formar una bola. Habiamos llegado a la fragua de Hefesto.

No habia suelo propiamente dicho, solo un lago de lava que bullia mucho mas abajo, a centenares de metros. Nosotros estabamos en una cresta rocosa que rodeaba todo el perimetro de la caverna. Una red de puentes metalicos se extendia sobre el abismo. Y en el centro, una inmensa plataforma con toda

clase de maquinas, calderas, fraguas y el yunque mas grande que he visto en mi vida: un bloque de hierro como una casa. Unas criaturas se movian por la plataforma: una serie de sombras extranias y oscuras que quedaban demasiado lejos para distinguirlas con claridad.

—No podremos acercarnos a hurtadillas —dije. Annabeth recogio la arania metalica y se la metio en el bolsillo. —Yo si. Espera aqui.

—¡Un momento! —adverti. Pero, antes de que pudiera discutir, se puso la gorra de los Yankees y se volvio invisible.

No me atrevi a llamarla a gritos, pero no me gustaba la idea de que se acercara sola a la fragua. Si aquellas cosas percibian la llegada de un dios, ¿estaria Annabeth a salvo?

Mire a mi espalda el tunel del laberinto. Ya echaba de menos a Grover y Tyson. Al final, decidi que no podia quedarme quieto y me deslice sigilosamente por la cresta que bordeaba el lago de lava, con la esperanza de encontrar un angulo mas favorable desde donde observar la plataforma.

El calor era espantoso. El rancho de Gerion habia sido un paraiso comparado con aquel lugar. En muy pocos minutos, estaba empapado de sudor. Los ojos me ardian a causa del humo. Avance poco a poco, procurando no acercarme demasiado al borde, hasta que me encontre el paso bloqueado por una vagoneta con ruedas metalicas, como las que usan en las minas. Levante la lona y descubri que estaba medio llena de residuos de metal. Iba a intentar rodearla, arrimandome a la pared, cuando oi voces que venian de mas adelante, seguramente de un tunel lateral.

—¿Lo llevamos? —pregunto uno.

—Si —respondio otro—. La pelicula casi ha terminado.

Me entro panico. No tenia tiempo de retroceder. No se me ocurria ningun sitio donde esconderme… salvo la vagoneta. Me encarame a toda prisa, me meti dentro y me cubri con la lona. Confiaba en que no me hubieran visto. Agarre a Contracorriente con fuerza, por si tenia que recurrir a ella.

La vagoneta se movio con una sacudida.

—¡Uf! —dijo una voz ronca—. Pesa una tonelada.

—Es bronce celestial —expuso el otro—. ¿Que te creias?

Me empujaron hacia delante. Doblamos una esquina y por el eco de las ruedas en las paredes deduje que habiamos cruzado un tunel hasta llegar a una pequenia habitacion. Confiaba en que no fueran a arrojarme a un recipiente de fundicion. Si empezaban a volcar la vagoneta, tendria que salir de alli y abrirme paso con la espada. Me llegaba una algarabia de voces que parloteaban, pero no sonaban humanas: algo a medio camino entre el grito de una foca y el gruniido de un perro. Habia otros sonidos tambien: algo similar a un viejo proyector de cine y una vocecita que narraba una historia.

—Acomodaos atras —ordeno una nueva voz procedente del otro extremo de la habitacion—. Ahora, jovenes, prestad atencion a la pelicula. Luego habra tiempo para preguntas.

Las voces se acallaron y pude oir la pelicula.

«A medida que el demonio marino madura —decia el narrador— se producen cambios en su cuerpo. Tal vez habeis notado que os han crecido colmillos y sentis un repentino deseo de devorar seres humanos. Estos cambios son perfectamente normales y les suceden a todos los monstruos jovenes.» Un clamor de excitados gruniidos inundo la habitacion. El profesor —supuse que debia de ser un profesor— ordeno a los jovenes que guardaran silencio y la proyeccion continuo. La mayor parte no la entendi y tampoco me atrevia a asomar la cabeza. La pelicula seguia hablando de crisis de crecimiento, de problemas de acne causados por el trabajo en las fraguas y de la higiene adecuada de las aletas. Y por fin, concluyo.

—Ahora, jovenes —dijo el instructor—, ¿cual es el nombre correcto de nuestra especie? —¡Demonios marinos! —ladro uno.

—No. ¿Alguien mas?

—¡Telekhines! —grunio otro monstruo.

—¡Muy bien! —dijo el instructor—. ¿Y por que estamos aqui?

—¡Venganza! —gritaron varios. —Si, si, pero ¿por que?

—¡Zeus es malvado! —intervino un monstruo—. Nos arrojo al Tartaro solo porque utilizabamos la magia.

—En efecto —confirmo el maestro—. Despues de que hubieramos fabricado muchas de las mejores armas de los dioses… El tridente de Poseidon, para empezar. Y por supuesto, ¡la mayor arma de los titanes! Zeus, sin embargo, se deshizo de nosotros y prefirio confiar en esos ciclopes tan torpes. Por eso nos estamos apoderando de las fraguas del usurpador Hefesto. Y pronto controlaremos los hornos submarinos, ¡nuestro hogar ancestral!

Agarre con mas fuerza mi boligrafo-espada. ¿Aquellas criaturas que hablaban con gruniidos habian creado el tridente de Poseidon? ¿Que era todo aquello? Nunca habia oido una palabra sobre los telekhines.

—Asi pues, jovenes, ¿a quien serviremos? —¡A Cronos! —gritaron todos.

—Y cuando crezcais y os convirtais en telekhines adultos, ¿fabricareis armas para su ejercito? —¡Si!

—Excelente. Bueno. Os hemos traido un poco de chatarra para que practiqueis. Veamos lo ingeniosos que sois.

Hubo un revuelo de cuerpos en movimiento y de voces excitadas que se aproximaban a la vagoneta. Me dispuse a destapar a Contracorriente. Cuando retiraron la lona de un tiron, me levante bruscamente al tiempo que mi espada cobraba vida y me encontre ante un monton… de perros.

O sea, tenian cara de perro, con el hocico negro, ojos castanios y orejas puntiagudas. Pero sus cuerpos eran negros y lustrosos, como los de los mamiferos marinos, con unas piernas rechonchas a medio camino entre las aletas y los pies, y con manos casi humanas, pero provistas de garras. Era algo parecido a la combinacion de un crio, un doberman y un leon marino.

—¡Un semidios! —grunio uno. —¡Cometelo! —grito otro.

No llegaron mas lejos porque lance un gran mandoble, trazando un arco con Contracorriente, y toda la primera fila de monstruos quedo volatilizada.

—¡Atras! —grite al resto, fingiendo ferocidad. Al fondo estaba el maestro: un telekhine de casi dos metros que me gruniia con sus colmillos de doberman. Hice todo lo posible para intimidarlo con la mirada.

—¡Nueva leccion! —anuncie—. La mayoria de los monstruos se volatilizan cuando los hiere una espada de bronce celestial. Este cambio es perfectamente normal… ¡y lo experimentareis ahora mismo si no os ECHAIS ATRAS!

Para mi sorpresa, funciono. Los monstruos retrocedieron, pero eran veinte por lo menos y mi capacidad para amedrentarlos no iba a durar mucho.

Salte de la vagoneta, grite: «¡LA CLASE HA TERMINADO!» y corri hacia la salida.

Los monstruos me persiguieron ladrando y soltando gruniidos. Esperaba que aquellas piernas achaparradas y con aletas no les permitieran correr muy deprisa, pero la verdad es que avanzaban con bastante ligereza. Gracias a los dioses, habia una puerta en el tunel que conducia a la caverna. La cerre de golpe y gire la rueda para atrancarla, aunque dudaba de que eso los mantuviera a raya mucho tiempo.

No sabia que hacer. Annabeth andaba por alli, pero era invisible. Nuestras posibilidades de hacer una sutil labor de reconocimiento habian saltado por los aires, asi que corri hacia la plataforma suspendida sobre el lago de lava.

* * *

—¡Annabeth! —chille.

—¡Chist! —Una mano invisible me tapo la boca y me obligo a agacharme tras un caldero enorme de bronce—. ¿Quieres que nos maten?

Encontre a tientas su cabeza y le quite la gorra de los Yankees. Annabeth recobro ante mi su apariencia visible, ahora muy ceniuda y con la cara tiznada de ceniza.

—¿Se puede saber que te pasa, Percy?

—¡Vamos a tener companiia! —Le hable a toda prisa de la clase de orientacion para monstruos. Ella abrio mucho los ojos.

—Asi que son telekhines —dijo—. Deberia habermelo imaginado. Y estan haciendo… Bueno, miralo. Atisbamos por encima del caldero. En el centro de la plataforma habia cuatro demonios marinos, pero estos eran completamente adultos y median al menos dos metros y medio. Su pelaje negro relucia a la lumbre mientras se afanaban de aqui para alla y hacian saltar chispas martilleando por turnos un trozo muy largo de metal al rojo vivo.

—La hoja casi esta terminada —comento uno—. Solo hace falta enfriarla otra vez con sangre para fundir los metales.

—Si, senior —dijo otro—. Estara incluso mas afilada que antes. —¿Que es eso? —susurre.

Annabeth meneo la cabeza.

—No paran de hablar de fundir metales. Me pregunto…

—Antes se han referido a la mayor arma de los titanes —recorde—. Y han dicho… que ellos fabricaron el tridente de mi padre.

—Los telekhines traicionaron a los dioses —me explico Annabeth—. Practicaban la magia negra. No se que hacian exactamente, pero Zeus los desterro al Tartaro.

—Con Cronos. Asintio.

—Hemos de salir…

Apenas lo habia dicho cuando la puerta de la clase exploto y los jovenes telekhines salieron atropelladamente por el hueco. Tropezaban unos con otros, tratando de averiguar por donde debian seguir para lanzarse al ataque.

—Ponte otra vez la gorra —dije—. ¡Y largate!

—¿Como? —chillo Annabeth—. ¡No! ¡No voy a dejarte aqui!

—Tengo un plan. Yo los distraere. Tu puedes usar la arania metalica. Quiza vuelva a conducirte hasta Hefesto. Has de contarle lo que ocurre.

—Pero ¡te mataran!

—Todo saldra bien. Ademas, no tenemos opcion.

Annabeth me miro furiosa, como si tuviera ganas de darme un punietazo. Y entonces hizo una cosa que me sorprendio todavia mas. Me beso.

—Ve con cuidado, sesos de alga. —Se puso la gorra y desaparecio.

En otras circunstancias, probablemente me habria quedado alli sentado el resto del dia, contemplando la lava y tratando de recordar como me llamaba. Pero los demonios marinos me devolvieron bruscamente a la realidad.

—¡Alli! —grito uno de ellos.

La clase de telekhines al completo empezo a cruzar el puente. Corri al centro de la plataforma, dandoles tal susto a los cuatro demonios adultos que se les cayo la hoja de metal candente. Debia de medir casi dos metros y era curvada como una luna creciente. Habia visto muchas cosas terrorificas, pero aquella hoja de metal —fuese lo que fuese— me asusto mas que cualquier otra.

Los demonios adultos se recobraron enseguida de la sorpresa. De la plataforma salian cuatro rampas, pero antes de que acertara a echar a correr en una u otra direccion, cada uno habia cubierto una salida. El mas alto solto un gruniido.

—Pero ¿que tenemos aqui? ¿Un hijo de Poseidon?

—Si —refunfunio otro—. Huelo el mar en su sangre.

Alce a Contracorriente. El corazon me latia a cien por hora.

—Derriba a uno de nosotros, semidios —dijo el tercer demonio—, y los demas te romperemos en pedazos. Tu padre nos traiciono. Tomo nuestro regalo y no abrio la boca cuando nos arrojaron al abismo. Haremos que lo corten en pedazos ante nuestros propios ojos. A el y a los demas olimpicos.

Ojala hubiera tenido un plan. Ojala no hubiese mentido a Annabeth. Yo solo queria que se marchara y se pusiera a salvo, y esperaba que hubiera sido lo bastante sensata para hacerme caso. Pero en ese momento empezaba a darme cuenta de que aquel iba a ser quiza el lugar donde habria de sucumbir. Nada de profecias sobre mi. Acabaria destrozado en el corazon de un volcan por una pandilla de leones marinos con cara de perro. Los jovenes telekhines habian llegado ahora a la plataforma y me lanzaban gruniidos mientras aguardaban a que sus mayores se ocuparan de mi.

Senti que me ardia una cosa en el muslo. El silbato de hielo estaba cada vez mas frio. Si alguna vez iba a necesitar ayuda en mi vida, seria en ese momento. Pero vacile. No me fiaba del regalo de Quintus. Antes de acertar a decidirme, el telekhine mas alto dijo:

—Veamos lo fuerte que es. ¡A ver cuanto tarda en arder!

Recogio un poco de lava del horno mas cercano, lo cual hizo que se le prendiera fuego en los dedos, cosa que a el no parecio molestarle. Los demas telekhines lo imitaron. El primero me arrojo un puniado de roca fundida y me incendio los pantalones. Otros dos puniados me salpicaron en el pecho. Muerto de terror, tire la espada y me sacudi la ropa. Las llamas empezaban a envolverme. Curiosamente, al principio solo note un calorcito, pero luego la temperatura empezo a subir de forma vertiginosa.

—La naturaleza de tu padre te protege —dijo uno de ellos—. Hacerte arder resulta dificil. Pero no imposible, jovencito. No imposible.

Me arrojaron mas lava y recuerdo que me puse a chillar. Estaba envuelto en llamas. Aquel dolor era lo peor que habia sentido en mi vida. Me consumia. Me desmorone en el suelo y oi los aullidos extasiados de los ninios demonio.

Entonces recorde la voz de la nayade del rio: «El agua esta en mi interior.»

Necesitaba el mar. Senti un tiron en las entranias, pero no tenia nada alrededor que me ayudara. Ni un grifo ni un rio. Ni siquiera un caparazon de molusco petrificado. Ademas, la ultima vez que habia desatado mi poder en los establos, habia habido un instante terrorifico en el que casi se me habia escapado de las manos.

Pero no tenia opcion. Invoque el mar. Rebusque en mi interior y me esforce en recordar las olas y las corrientes, la fuerza incesante del oceano. Y la desate con un espantoso grito.

Mas tarde no fui capaz de describir exactamente lo ocurrido. Un explosion, un maremoto, un poderoso torbellino me atrapo y me arrastro hacia abajo, hacia el lago de lava. El agua y el fuego entraron en contacto. Estallo una columna de vapor ardiente y sali propulsado desde el corazon del volcan en una descomunal explosion: apenas una astilla impulsada por una presion de un millon de toneladas. Lo ultimo que recuerdo antes de perder el conocimiento fue la sensacion de volar, de volar tan alto que Zeus jamas me lo perdonaria. Y luego la impresion de descenso, de que el humo, el fuego y el agua salian de mi. Era un cometa que corria disparado hacia la tierra.

Capitulo 12

Me tomo unas vacaciones eternas

Desperte con la sensacion de estar aun en llamas. Me escocia la piel y tenia la garganta como papel de lija.

Vi arboles y un cielo azul. Oi el gorgoteo de una fuente y percibi un olor a cedro y enebro, ademas de a muchas otras plantas de dulce fragancia. Me llego tambien un rumor de olas lamiendo una costa rocosa. Me pregunte si habria muerto, pero sabia que no era asi. Ya habia estado en la Tierra de los Muertos y en ese lugar no se veia ningun cielo azul.

Trate de sentarme, pero los musculos no me obedecian.

—No te muevas. —Era la voz de una chica—. Estas demasiado debil para levantarte.

Me aplico un panio humedo en la frente. Vi una cuchara de bronce y note en la boca el goteo de un liquido que me alivio la sequedad de la garganta y me dejo un regusto tibio parecido al chocolate. El nectar de los dioses. Entonces el rostro de la chica aparecio por encima de mi cabeza.

Tenia los ojos almendrados y el pelo de color caramelo trenzado sobre un hombro. Andaria por los quince o los dieciseis anios, aunque no era facil saberlo, porque la suya era una de esas caras que parecen intemporales. Se puso a cantar y mi dolor se fue desvaneciendo. Era alguna clase de magia. Sentia que su musica se me hundia en la piel, que reparaba y curaba mis quemaduras.

—¿Quien…? —farfulle.

—¡Chist, valiente! —dijo—. Descansa y reponte. Ningun danio te alcanzara aqui. Soy Calipso.

* * *

Cuando volvi a despertarme estaba en una cueva, aunque debo admitir que no era ni mucho menos de las peores que habia visto. El techo relucia con formaciones de cristales de distintos colores —blanco, morado, verde—, como si me hallara en el interior de una de esas geodas que venden en las tiendas de recuerdos. Me encontraba tendido en una cama muy comoda con almohadas de pluma y sabanas de algodon. La cueva estaba dividida con cortinas blancas de seda. En un rincon, habia un enorme telar y un arpa. En la pared opuesta se alineaban en unos estantes frascos de fruta en conserva. Del techo colgaban manojos de hierbas puestas a secar: romero, tomillo y muchas otras. Seguro que mi madre habria sabido el nombre de todas ellas.

Habia una chimenea excavada en la roca viva y una olla hirviendo al fuego. Olia muy bien, como a estofado de buey.

Me incorpore, procurando no hacer caso del palpitante dolor de cabeza que me abrumaba. Me mire los brazos, creyendo que los encontraria llenos de espantosas cicatrices, pero parecian estar bien. Algo mas rosados que de costumbre, pero nada mas. Llevaba una camiseta blanca de algodon y unos pantalones que no eran mios. Tenia los pies descalzos. Durante un instante de panico, me pregunte que habria ocurrido con Contracorriente, pero me palpe el bolsillo y alli estaba, en el mismo sitio donde reaparecia siempre.

No solo eso: tambien encontre en el bolsillo el silbato para perros de hielo estigio. De algun modo, me habia seguido hasta alli. Lo cual no me tranquilizaba precisamente.

Me puse de pie, no sin dificultades. El suelo de piedra parecia helado. Me volvi y me encontre frente a un espejo de bronce pulido.

—Sagrado Poseidon —musite. Tenia aspecto de haber perdido diez kilos, y no puede decirse que antes me sobraran. Llevaba el pelo enmaraniado y algo chamuscado en las puntas, como la barba de Hefesto. Si le hubiera visto esa cara a una persona que estuviera pidiendo dinero en el arcen de una autopista, habria puesto el seguro de las cuatro puertas.

Me aparte del espejo. La entrada de la cueva quedaba a mi izquierda. Me dirigi hacia la luz del sol.

La cueva se abria a un prado verde. A la izquierda habia una arboleda de cedros y a la derecha, un enorme jardin de flores. Cuatro fuentes gorgoteaban en el prado, cada una con surtidores que disparaban agua a traves de las flautas de satiros de piedra. Mas alla, el cesped descendia en una suave pendiente hacia una playa de roca. Las olas de un lago chapoteaban contra las piedras. Sabia que era un lago porque… bueno, porque lo sabia. Se trataba de agua dulce, no salada. El sol destellaba en la superficie y el cielo estaba del todo azul. Parecia un paraiso, lo cual me puso nervioso. Cuando te las has visto con fenomenos mitologicos durante unos anios, aprendes que los paraisos suelen ser sitios mortales.

La chica con el pelo de color caramelo, la que habia dicho llamarse Calipso, estaba en la playa hablando con un hombre. A el no lo veia muy bien —me deslumbraba el reflejo del sol en el agua —, pero parecia que discutian. Intente recordar lo que sabia de Calipso a partir de los viejos mitos. Habia oido ese nombre pero… no lograba acordarme. ¿Era un monstruo? ¿Apresaba heroes y los mataba? Pero si tan malvada era, ¿por que me habia dejado con vida?

Camine hacia ella lentamente, porque aun sentia las piernas entumecidas. Cuando la hierba dio paso a la grava, me concentre en el suelo para no perder el equilibrio y, al levantar otra vez la vista, descubri que la chica estaba sola. Llevaba un vestido griego blanco sin mangas con un escote circular ribeteado de oro. Se restrego los ojos como si hubiera estado llorando. —Bueno —dijo, procurando sonreir—, por fin despierta el durmiente.

—¿Con quien hablabas? —La voz apenas me salia y, mas que hablar, croaba como una rana chamuscada.

—Ah… solo era un mensajero —contesto—. ¿Como te sientes? —¿Cuanto tiempo he pasado inconsciente?

—Tiempo —dijo Calipso, pensativa—. El tiempo siempre resulta algo dificil aqui. La verdad es que no lo se, Percy.

—¿Sabes mi nombre? —Hablabas en suenios. Me sonroje.

—Ya. Me lo han… dicho otras veces. —Si. ¿Quien es Annabeth?

—Ah, una amiga. Estabamos juntos cuando… Espera. ¿Como he llegado hasta aqui?, ¿donde estoy? Calipso levanto la mano y paso los dedos por mi pelo enredado. Retrocedi, nervioso. —Perdoname —se disculpo—. Me he acostumbrado a cuidar de ti. Como llegaste aqui, me preguntas… Caiste del cielo. En el agua, ahi mismo. —Senialo el otro lado de la playa—. No entiendo como has sobrevivido. El agua parecio amortiguar tu caida. Y en cuanto al donde… estas en Ogigia.

—¿Y eso queda cerca del monte Saint Helens? —le pregunte, porque andaba fatal de geografia. Calipso se echo a reir. Una risita contenida, como si lo encontrase muy gracioso pero no quisiera avergonzarme. Era mona cuando se reia.

—No queda cerca de ninguna parte, valiente —explico—. Ogigia es mi isla fantasma. Existe por si misma, en todas partes y en ninguna. Aqui puedes curarte a salvo. Sin ningun temor.

—Pero mis amigos… — ¿Annabeth, Grover y Tyson?

—¡Si! —exclame—. He de volver con ellos. Estan en peligro. Ella me acaricio la cara y esta vez no retrocedi.

—Primero descansa. No les serviras de nada a tus amigos hasta que te repongas. En cuanto lo hubo dicho, me di cuenta de lo cansado que estaba.

—No seras… una malvada hechicera, ¿verdad? Ella sonrio timidamente. —¿Como se te ocurre una cosa asi?

—Bueno, en una ocasion conoci a Circe y tambien ella tenia una isla muy bonita. Lo malo es que le gustaba convertir a los hombres en conejillos de Indias.

Calipso se echo a reir otra vez.

—Prometo no convertirte en un conejillo de Indias. —¿Ni en ninguna otra cosa?

—No soy una malvada hechicera —aseguro Calipso—. Ni tampoco tu enemiga, valiente. Ahora, descansa, que se te cierran los ojos.

Tenia razon. Se me doblaban las rodillas y habria acabado cayendome sobre la grava si ella no me hubiese sostenido. Su pelo olia a canela. Tenia mucha fuerza, o quiza era que yo estaba demasiado flaco y debil. Me condujo hasta un banco con almohadones junto a la fuente y me ayudo a echarme.

—Descansa —me ordeno.

Y me quede dormido arrullado por el murmullo de las fuentes y el olor a canela y enebro.

* * *

Desperte en la oscuridad, pero no estaba seguro de si era esa misma noche o muchas noches despues. Me encontraba tendido en la cama, en el interior de la cueva, pero me levante, me envolvi en una bata y sali sin hacer ruido. Las estrellas brillaban a millares, como solo se ve cuando estas muy lejos de la ciudad. Identifique las constelaciones que Annabeth me habia enseniado: Capricornio, Pegaso, Sagitario. Y mas alla, hacia el sur, cerca ya del horizonte, habia una nueva: la Cazadora, un homenaje a una amiga nuestra que habia muerto el invierno anterior.

—Percy, ¿que ves?

Deje de mirar el cielo y regrese a la tierra. Aunque las estrellas fueran asombrosas, Calipso las superaba. O sea, yo habia visto a la diosa del amor en persona, a Afrodita, y nunca diria esto en voz alta, porque ella me fulminaria y reduciria a cenizas, pero a mi modo de ver Calipso era muchisimo mas guapa, sencillamente porque resultaba mas natural, como si no pretendiera ser hermosa ni le importara siquiera. Lo era, y punto. Con su pelo trenzado y su vestido blanco, parecia resplandecer a la luz de la luna. Tenia en las manos una pequenia planta de flores delicadas y plateadas.

—Estaba mirando… —De repente, me encontre contemplando su cara—. Eh… lo he olvidado. Ella rio suavemente.

—Bueno, ya que estas levantado, puedes ayudarme a plantarla.

Me tendio la mata, que tenia en la base un grumo de tierra y raices. Las flores resplandecieron cuando las sostuve. Calipso recogio su pala de jardineria y me guio hasta el borde del jardin, donde comenzo a cavar.

—Es un lazo de luna —me explico—. Solo puede sembrarse de noche. Observe como parpadeaba la luz plateada alrededor de sus petalos. —¿Para que sirve?

—¿Servir? —musito ella—. Para nada especial, supongo. Vive, da luz, derrama belleza. ¿Ha de servir para algo mas?

—Supongo que no.

Tomo la planta y nuestras manos se encontraron. La piel de sus dedos era calida. Allano bien la tierra y retrocedio un poco, observando su trabajo.

—Adoro mi jardin.

—Es impresionante —asenti. No es que yo fuera un gran aficionado a los jardines, la verdad, pero Calipso tenia glorietas con seis tipos distintos de rosas, espalderas cubiertas de madreselva, hileras de parras cargadas de uvas de un rojo purpura que habrian enloquecido a Dioniso—. Mi madre siempre ha deseado tener un jardin —comente.

—¿Y por que no ha plantado uno? —Bueno, vivimos en Manhattan. En un

apartamento. —¿Manhattan? ¿Apartamento? Me quede mirandola.

—No sabes de que te hablo, ¿verdad?

—Me temo que no. No he salido de Ogigia en… mucho tiempo. —Bueno, Manhattan es una gran ciudad y no hay mucho sitio para jardines. Calipso fruncio el cenio.

—Que pena. Hermes viene de visita de vez en cuando y me ha contado que el mundo ha cambiado mucho. Pero no creia que fuera hasta el punto que ni siquiera puedas tener un jardin.

—¿Por que no has salido de tu isla? Ella bajo la mirada.

—Es mi castigo.

—¿Por que? ¿Que hiciste?

—¿Yo? Nada. Pero me temo que mi padre si hizo lo suyo. Se llama Atlas.

Al oir su nombre senti un escalofrio. Habia conocido al titan Atlas el invierno anterior y nuestro encuentro no habia sido muy amistoso. El titan habia intentado matar a casi todas las personas que me importaban.

—Aun asi —dije, vacilante—, no es justo castigarte por lo que haya hecho tu padre. Conoci a otra hija de Atlas. Se llamaba Zoë. Una de las personas mas valerosas que he conocido. Calipso me estudio un buen rato con ojos

tristes. —¿Que pasa? —pregunte.

—¿Ya… ya te sientes curado, mi valiente? ¿Crees que pronto estaras en condiciones de partir? —¿Como? No lo se. —Removi las piernas. Las tenia entumecidas. Y me estaba mareando despues de estar tanto rato de pie—. ¿Tu quieres que me vaya?

—Yo… —Su voz se quebro—. Nos veremos por la maniana. Que duermas bien.

Y se alejo corriendo hacia la playa. Estaba demasiado perplejo para hacer otra cosa que mirarla mientras ella desaparecia en la oscuridad.

* * *

No se cuanto tiempo transcurrio exactamente. Como habia dicho Calipso, era dificil percibir el paso del tiempo en la isla. Sabia que debia marcharme. Mis amigos estarian preocupados. Eso como minimo. En el peor de los casos podian correr un grave peligro. Ni siquiera sabia si Annabeth habria conseguido salir del volcan. Intente utilizar varias veces mi conexion por empatia con Grover, pero no lograba establecer contacto. Me resultaba muy penoso no saber si se encontraban bien.

Por otro lado, sin embargo, me sentia muy debil. Solo podia sostenerme de pie unas cuantas horas. Lo que habia hecho en el monte Saint Helens, fuese lo que fuese, me habia agotado como ninguna otra experiencia que recordara.

No me sentia como un prisionero ni nada por el estilo. Me acorde del hotel Loto, en Las Vegas, donde habia quedado atrapado en un asombroso mundo de diversiones, hasta el punto de olvidar todo lo que de verdad me importaba. Pero la isla de Ogigia no era asi en absoluto. Pensaba en Annabeth, Grover y Tyson todo el tiempo. Recordaba perfectamente por que debia marcharme. Pero… no podia. Y ademas, estaba la propia Calipso.

Ella no hablaba mucho de si misma, pero justamente por eso me intrigaba mas. Me sentaba en el prado, sorbiendo nectar, y trataba de concentrarme en las flores o en las nubes o en los reflejos del lago, pero en realidad contemplaba a Calipso mientras trabajaba: su modo de apartarse el pelo por encima del hombro, el pequenio mechon que le caia por la cara cuando se arrodillaba a cavar en el jardin… A veces, extendia el brazo y los pajaros salian volando del bosque para posarse en su mano: loros, periquitos, palomas. Ella les daba los buenos dias, les preguntaba que tal iban las cosas en sus nidos y ellos gorjeaban un rato y luego se alejaban volando alegremente. Los ojos de Calipso relucian de felicidad. Me miraba un momento y nos sonreiamos, pero casi de inmediato ella volvia adoptar aquella expresion de tristeza y se daba la vuelta. No me explicaba que le pasaba.

Una noche cenamos juntos en la playa. Unos criados invisibles habian puesto la mesa y servido un estofado de buey y una jarra de sidra, lo cual quiza no suene tan espectacular, pero solo para quien no

lo haya probado… Al principio, ni siquiera habia reparado en la existencia de aquellos criados, pero al cabo de un tiempo adverti que las camas se hacian solas, las comidas quedaban preparadas como por arte de magia y la ropa aparecia lavada y doblada por unas manos invisibles.

El caso es que Calipso y yo nos encontrabamos alli cenando. Ella estaba preciosa a la luz de las velas. Yo le hablaba de Nueva York y del Campamento Mestizo, y me puse a contarle una anecdota de Grover, que una vez se habia comido la pelota mientras jugabamos al pimpon. Calipso empezo a reirse con aquella risa asombrosa y nos miramos a los ojos. Pero enseguida bajo la mirada.

—Otra vez — dije. —¿Que?

—Siempre te estas… apartando, como si procurases no pasartelo bien. Ella mantuvo los ojos fijos en su vaso de sidra.

—Como ya te he dicho, Percy, he sido castigada. Estoy maldita, podria decirse. —¿Como? Deseo ayudarte.

—No digas eso. Por favor, no digas eso. —Cuentame en que consiste el castigo.

Cubrio su estofado a medio terminar con una servilleta y de inmediato unas manos invisibles retiraron el cuenco.

—Percy, esta isla, Ogigia, es mi hogar, mi tierra natal. Pero tambien es mi prision. Estoy… bajo arresto domiciliario, supongo que lo llamarias tu. Nunca podre visitar ese Manhattan tuyo ni ningun otro sitio. Estoy aqui sola.

—Porque tu padre era Atlas. Ella asintio.

—Los dioses no se fian de sus enemigos. Y hacen bien. No deberia quejarme. Algunas prisiones no son en absoluto tan bonitas como la mia.

—Pero no es justo —proteste—. Que estes emparentada con el no significa que le des tu apoyo. La otra hija de Atlas que yo conoci, Zoë Belladona, combatio contra el. Y no estaba encarcelada.

—Pero yo, Percy —apunto Calipso en voz baja—, si lo apoye en la primera guerra. Es mi padre. —¿Que? ¡Pero si los titanes son unos malvados!

—Ah, ¿si? ¿Todos? ¿Siempre? —Fruncio los labios—. Dime, Percy… No deseo discutir contigo, pero dime, ¿tu apoyas a los dioses porque son buenos o porque son tu familia?

No respondi. Tenia razon. El invierno anterior, despues de que Annabeth y yo salvaramos el Olimpo, los dioses habian mantenido un debate sobre si debian matarme o no. No habian demostrado ser muy buenos precisamente. Sin embargo, yo los apoyaba porque Poseidon era mi padre.

—Quiza me equivoque en la guerra —admitio Calipso—. Y para ser justa, debo decir que los dioses me han tratado bien. Me visitan de vez en cuando. Me traen noticias del mundo exterior. Pero ellos pueden marcharse. Y yo no.

—¿No tienes amigos? —pregunte—. Quiero decir… ¿no hay nadie que quiera vivir aqui contigo? Es un lugar muy bonito.

Le resbalo una lagrima por la mejilla.

—Me… prometi a mi misma que no hablaria de esto. Pero…

La interrumpio un rumor sordo que procedia del lago. En el horizonte aparecio un resplandor que fue cobrando intensidad hasta que divise una columna de fuego que se deslizaba por la superficie del agua y se acercaba a nosotros.

Me levante y lleve la mano a mi espada. —¿Que es eso?

Calipso suspiro. —Un visitante.

Cuando la columna de fuego llego a la playa, ella se levanto y le hizo una reverencia formal. Las llamas se disiparon y entonces vimos ante nosotros a un hombre muy alto vestido con un mono gris, con una abrazadera metalica en la pierna y con la barba y el pelo humeantes y medio chamuscados.

—Senior Hefesto —saludo Calipso—, es un raro honor. El dios del fuego solto un gruniido.

—Calipso. Tan bella como siempre. ¿Nos disculpas, querida? He de hablar un momento con nuestro joven Percy Jackson.

* * *

El dios se sento torpemente en la mesa y pidio una Pepsi. El criado invisible la abrio demasiado bruscamente y la derramo sobre la ropa de trabajo del huesped. Hefesto rugio, solto unas cuantas maldiciones y aplasto la lata.

—Estupidos criados —mascullo—. Lo que necesita Calipso son unos buenos automatas. ¡Ellos nunca fallan!

—Senior —dije—, ¿que ha ocurrido? ¿Annabeth…?

—Esta perfectamente —respondio—. Una chica con recursos. Encontro el camino de vuelta y me lo conto todo. Esta preocupadisima, ¿sabes?

—¿Usted no le ha dicho que estoy bien?

—Eso no tengo que decirselo yo —adujo Hefesto—. Todos creen que has muerto. Tenia que asegurarme de que pensabas volver antes de contarles donde estabas.

—¿Que insinua? —exclame—. ¡Claro que quiero volver!

Hefesto me observo con aire esceptico. Se saco una cosa del bolsillo: un disco de metal del tamanio de un iPod. Pulso un boton y el artilugio se expandio para convertirse en una television de bronce en miniatura. En la pantalla se veian imagenes filmadas del monte Saint Helens, con una gran columna de fuego y cenizas elevandose hacia el cielo.

—«Todavia se ignora si podrian producirse nuevas erupciones —decia el locutor—. Las autoridades han ordenado la evacuacion de casi medio millon de personas como medida de precaucion. Entretanto, las cenizas han llegado a caer en puntos tan alejados como el lago Tahoe o Vancouver, y el area entera del monte Saint Helens ha sido cerrada al trafico en un radio de ciento cincuenta kilometros. Aunque no se ha informado de ninguna victima mortal, entre los danios se incluyen…» Hefesto apago el aparato. —

Desencadenaste una buena explosion.

Me quede mirando la pantalla de bronce. ¿Medio millon de personas evacuadas? Danios. Heridos. ¿Que habia hecho?

—Los telekhines fueron dispersados —me dijo el dios—. Algunos se volatilizaron. Otros huyeron, sin duda. No creo que vuelvan a utilizar mi fragua proximamente. Aunque tampoco yo, por otro lado. La explosion hizo que Tifon se agitara en su suenio. Tendremos que esperar y ver…

—¿Yo no podria haberlo liberado, verdad? Quiero decir, ¡no soy tan poderoso! El dios refunfunio.

—No tan poderoso, ¿eh? ¡Menudo cuento! Eres hijo del «Agitador de la Tierra», muchacho. No conoces tu propia fuerza.

Aquello era lo ultimo que deseaba oirle decir. Yo no habia sido duenio de mi mismo en aquella montania. Habia liberado tanta energia que a punto habia estado de vaciarme de toda la vida que habia en mi y de volatilizarme tambien. Y de pronto descubria que me habia faltado muy poco para destruir el noroeste de Estados Unidos y para despertar al monstruo mas horrible que habian apresado los dioses jamas. Tal vez yo fuera demasiado peligroso. Tal vez seria mejor para mis amigos creer que habia muerto.

—¿Y Grover y Tyson? —pregunte. Hefesto meneo la cabeza.

—Ninguna noticia, me temo. Imagino que siguen atrapados en el laberinto.

—¿Que se supone que debo hacer? Hefesto hizo una mueca.

—Nunca le pidas consejo a un viejo lisiado, muchacho. Pero te dire una cosa. ¿Has conocido a mi esposa?

—Afrodita.

—La misma. Una mujer astuta, muchacho. Ten cuidado con el amor. Te pondra el cerebro del reves y acabaras creyendo que arriba es abajo y que bueno es malo.

Recorde mi encuentro con Afrodita en el desierto, el invierno anterior, en el asiento trasero de un Cadillac blanco. Ella me habia dicho que se habia tomado un interes especial en mi y que me habia puesto las cosas dificiles en el terreno romantico simplemente porque le caia bien.

—¿Sera esto parte del plan? —pregunte—. ¿Ha sido Afrodita la que me ha hecho aterrizar aqui? —Posiblemente. Dificil saberlo tratandose de ella. Ahora, en caso de que decidieras marcharte de este lugar, y yo no voy a decirte lo que esta bien y lo que esta mal, te prometi una respuesta para vuestra busqueda. Te prometi revelarte como llegar a Dedalo. Bueno, la cosa es asi. No tiene nada que ver con el hilo de Ariadna. No exactamente. Desde luego, el hilo funciona. Es lo que buscara el ejercito del titan. Pero la mejor manera de moverse por el laberinto… Teseo contaba con la ayuda de la princesa. Y la princesa era una mortal. Sin una gota de sangre divina, pero muy lista. Y capaz de ver, muchacho. Ella veia con toda claridad. Lo que estoy diciendo… es que yo creo que tu sabes como orientarte en el laberinto.

Por fin lo comprendi. ¿Como no me habia dado cuenta antes? Hera tenia razon. La respuesta habia estado a mi alcance desde el principio.

—Si —admiti—. Si, lo se.

—Entonces has de decidir si vas a marcharte o no.

—Yo… —Queria decir que si. Claro que me marcharia. Pero las palabras se me atascaban en la garganta. Me sorprendi a mi mismo contemplando el lago y, de pronto, la idea de partir me parecio muy dura.

—No lo decidas aun —me aconsejo Hefesto—. Aguarda hasta el alba. Ese es un buen momento para tomar decisiones.

—¿Dedalo se dignara siquiera ayudarnos? —le pregunte—. Si le proporciona a Luke un medio para cruzar el laberinto, estamos perdidos. He vistos cosas en suenios… Dedalo mato a su sobrino. Se lleno de amargura y de ira y…

—No es facil ser un gran inventor —respondio Hefesto con voz ronca—. Siempre solo. Siempre incomprendido. Es facil amargarse y cometer terribles errores. Resulta mas complicado trabajar con personas que con maquinas. Y cuando rompes a una persona, ya no puedes arreglarla.

Hefesto acabo de limpiarse los restos de Pepsi de su ropa.

—Dedalo empezo bien. Ayudo a la princesa Ariadna y a Teseo porque le inspiraron compasion. Intento hacer una buena obra. Y toda su vida quedo malograda por ello. ¿Eso fue justo? —El dios se encogio de hombros—. No se si Dedalo te ayudara, muchacho, pero no te atrevas a juzgar a nadie hasta que hayas entrado en su fragua y trabajado con su martillo, ¿de acuerdo?

—Lo intentare. Hefesto se levanto.

—Adios, muchacho. Hiciste bien destruyendo a los telekhines. Siempre me acordare de ti por ese motivo.

Sonaba a despedida definitiva. El dios volvio a transformarse en una llamarada y se deslizo sobre el agua, alejandose hacia el mundo exterior.

* * *

Camine durante horas por la playa. Cuando volvi al prado finalmente, ya era muy tarde, quiza las cuatro o las cinco de la maniana, pero Calipso seguia en su jardin, cuidando las flores a la luz de las

estrellas. Su lazo de luna emitia un resplandor plateado y las demas plantas respondian a su magia con destellos rojos, amarillos y azules.

—Te ha ordenado que regreses —adivino Calipso. —Bueno, no ordenado. Me ha planteado una eleccion. Me miro a los ojos. —Prometi que no te lo

propondria… —¿El que? —Que te quedaras.

—Quedarme, ¿como? —me sorprendi—. ¿Para siempre?

—En esta isla serias inmortal —dijo ella en voz baja—. No envejecerias ni moririas. Podrias dejar la lucha en manos de los demas, Percy Jackson. Podrias escapar de tu profecia.

La mire, atonito. —¿Asi como asi? Ella asintio.

—Asi como asi. — Pero… mis amigos.

Calipso se levanto y me tomo la mano. Su piel me transmitio una calida corriente por todo el cuerpo. —Me preguntaste por mi maldicion, Percy. No queria contartelo. La verdad es que los dioses me mandan companiia de vez en cuando. Cada mil anios mas o menos, permiten que llegue a mis costas un heroe, alguien que necesita mi ayuda. Yo lo cuido y me convierto en su amiga. Pero nunca sucede al azar. Las Moiras se encargan de que el tipo de heroe que me envian…

Le temblo la voz y tuvo que detenerse. Estreche su mano con mas fuerza. — ¿Que? ¿Que he hecho para entristecerte?

—Envian una persona que nunca puede quedarse —susurro—. Que nunca puede aceptar la companiia que le ofrezco mas alla de un breve periodo de tiempo. Me envian un heroe del que no puedo evitar… precisamente el tipo de persona del que no puedo evitar enamorarme. La noche se habia quedado en silencio, salvo por el gorgoteo de las fuentes y el murmullo de las olas en la playa. Me costo un rato comprender lo que estaba diciendo.

—¿Yo? —dije.

—Si pudieras verte… —Reprimio una sonrisa, aunque todavia tenia lagrimas en los ojos—. Claro que si. Tu.

—¿Por eso procurabas apartarte de mi?

—Lo he intentado con todas mis fuerzas, pero no puedo evitarlo. Las Moiras son crueles. Te enviaron a mi, mi valiente, sabiendo que me romperias el corazon.

—Pero… Yo solo… O sea, solo soy yo.

—A mi me basta —aseguro Calipso—. Me dije a mi misma que no hablaria de ello, que te dejaria marchar sin proponertelo siquiera. Pero no puedo. Supongo que tambien eso lo sabian las Moiras. Podrias quedarte conmigo, Percy. Me temo que solo asi serias capaz de ayudarme.

Contemple el horizonte. Las primeras luces del alba teniian el cielo de rojo. Si me quedaba alli para siempre, desapareceria de la faz de la tierra y viviria con Calipso, atendido por criados invisibles. Plantariamos flores en el jardin, hablariamos con los pajaros, caminariamos por la playa bajo un cielo siempre azul. Sin guerras. Sin profecia. Sin tener que tomar partido.

—No puedo —le dije.

Ella bajo la mirada con tristeza.

—Nunca haria nada que te perjudicara, pero mis amigos me necesitan. Y ahora se como ayudarlos. Debo volver.

Ella tomo una flor de su jardin: una ramita del lazo de luna plateado. Su resplandor se desvanecio al salir el sol. «El alba es buen momento para tomar decisiones», habia dicho Hefesto. Calipso me metio la flor en el bolsillo de la camiseta.

Se puso de puntillas y me beso en la frente, como dandome una bendicion. —Entonces vamos a la playa, mi heroe valiente. Te indicare el camino.

* * *

La balsa era un rectangulo de tres metros cuadrados hecho con troncos amarrados, provisto de un palo a modo de mastil con una sencilla vela blanca. No daba la impresion de estar preparada para navegar, ni por el mar ni por un lago.

—Esta balsa te llevara a donde deseas —me prometio Calipso—. Es bastante segura. Le tome la mano, pero ella la aparto suavemente.

—Quiza pueda visitarte — dije. Ella nego con la cabeza.

—Ningun hombre encuentra Ogigia dos veces. Una vez que te vayas, no volvere a verte. —Pero…

—Marchate, por favor. —Se le quebro la voz—. Las Moiras son crueles, Percy. Acuerdate de mi. — Una tenue sonrisa se insinuo en su rostro—. Y planta por mi un jardin en Manhattan, ¿lo haras?

—Te lo prometo. —Subi a la balsa y de inmediato empezo a alejarse de la orilla.

Mientras me internaba en las aguas del lago, me di cuenta de que las Moiras eran realmente muy crueles. Le enviaban a alguien que ella no podia evitar amar. Pero eso funcionaba en ambos sentidos, porque yo me acordaria de mi salvadora durante toda la vida. Calipso permaneceria para siempre en mi interior como un enorme interrogante: «¿Y si…?»

En unos minutos, la isla de Ogigia se perdio entre la niebla y me encontre navegando hacia el sol naciente.

Entonces le dije a la balsa lo que debia hacer. Le indique el unico lugar en el que podia pensar. Necesitaba el calor de mis amigos.

—Al Campamento Mestizo —dije—. Llevame a casa.

Capitulo 13

Contratamos a un nuevo guia

Unas horas mas tarde, la balsa me deposito en la playa del Campamento Mestizo. No tengo la menor idea de como llegue alli. En algun punto, el agua del lago se convirtio en agua marina. Las costas tan familiares de Long Island se dibujaron en el horizonte y un par de tiburones blancos salieron a la superficie y amistosamente me empujaron hasta la playa.

Cuando toque tierra, el campamento parecia desierto. Era media tarde, pero en el campo de tiro al arco no habia nadie. El muro de escalada seguia rugiendo y arrojando lava para nadie. En el pabellon, nada. Las cabanias, vacias… Entonces repare en una columna de humo que se elevaba del anfiteatro. Demasiado temprano para una fogata. Y no creia que estuvieran asando malvaviscos. Corri hacia alla.

Aun no habia llegado, cuando oi que Quiron hacia un anuncio. Al comprender lo que decia, me detuve en seco.

—… aceptar que ha muerto —expuso—. Despues de un silencio tan largo, no es probable que nuestras plegarias sean atendidas. Le he pedido a su mejor amiga que haga los honores finales.

Llegue a la parte trasera del anfiteatro. Nadie reparo en mi. Todos me daban la espalda y miraban a Annabeth, que tomo un largo sudario de seda verde con un tridente bordado y le prendio fuego. Estaban quemando mi sudario.

Ella volvio su rostro hacia la audiencia. Tenia los ojos hinchados de llorar, pero acerto a decir: —Era seguramente el amigo mas valeroso que he tenido. El… —Entonces me vio—. ¡Esta alli! Todas las cabezas se volvieron. La gente sofoco un grito.

—¡Percy! —exclamo Beckendorf con una gran sonrisa. Un monton de chavales me rodearon y empezaron a darme palmadas en la espalda. Tambien oi varias maldiciones procedentes de los chicos de la cabania de Ares; Clarisse se limito a poner los ojos en blanco, como si no pudiese creer que yo hubiera tenido la cara dura de sobrevivir. Quiron se acerco a medio galope y todos le abrieron paso.

—Bueno —dijo con un suspiro de alivio—. Creo que nunca me habia alegrado tanto al ver regresar a un campista. Pero tienes que contarme…

—¿Donde has estado? —lo interrumpio Annabeth, apartando a los demas campistas. Crei que iba a darme un punietazo, pero lo que hizo fue abrazarme con tal fuerza que casi me rompio las costillas. Los demas enmudecieron. Ella parecio darse cuenta de que estaba haciendo una escena y se separo de mi—. Yo… ¡pensabamos que habias muerto, sesos de alga!

—Lo siento —dije—. Me perdi.

—¿Que te perdiste? —aullo—. ¿Dos semanas? ¿Donde demonios…?

—Annabeth —la interrumpio Quiron—. Quiza deberiamos discutir esto en privado, ¿no crees? Los demas, regresad a vuestras ocupaciones.

Sin darnos tiempo a protestar siquiera, nos agarro a Annabeth y a mi con la misma facilidad que si fueramos dos gatitos, nos coloco sobre su lomo y nos llevo al galope hacia la Casa Grande.

* * *

No les conte la historia entera: no tenia fuerzas para hablar de Calipso. Si les explique como habia provocado la explosion en el monte Saint Helens y como habia salido disparado del volcan. Les dije que me habia quedado confinado en una isla. Que mas tarde Hefesto me habia encontrado y me habia indicado como partir. Y que una balsa magica me habia llevado hasta el campamento.

Era todo cierto, pero mientras lo contaba note que me sudaban las palmas de las manos. —Has estado desaparecido dos semanas. —Ahora Annabeth hablaba con voz mas firme, pero aun se la veia conmocionada—. Cuando oi la explosion, pense…

—Ya —asenti—. Lo siento. Pero ya he averiguado como cruzar el laberinto. Hable con Hefesto. —¿Te dio el la clave?

—Bueno, vino a decirme que yo ya sabia como hacerlo. Y es cierto. Ahora lo entiendo. Le conte mi idea.

Annabeth se quedo boquiabierta. —¡Eso es una locura, Percy!

Quiron se arrellano en su silla de ruedas y se acaricio la barba. —Hay un precedente, no obstante. Teseo conto con la ayuda de Ariadna. —Pero esta busqueda es mia —protesto Annabeth—. He de dirigirla yo. Quiron parecia incomodo.

—Querida, la busqueda es tuya, pero necesitas ayuda.

—¿Y se supone que eso va a representar una ayuda? ¡Por favor! Es un error. Es cobarde. Es… —Cuesta tener que admitir que necesitamos la ayuda de un mortal — admiti—. Pero es cierto. Annabeth me lanzo una mirada fulminante.

—¡Eres la persona mas odiosa que he conocido! —dijo, y salio de la habitacion hecha una furia. Me quede mirando la puerta. Tenia ganas de romper algo de un punietazo.

—¡Ya ves de que me ha servido ser el amigo mas valeroso que ha tenido! —Ya se calmara —aseguro Quiron—. Esta celosa, chico.

—Eso es absurdo. Ella no… no es como si… Quiron rio entre dientes.

—Eso no importa. Annabeth tiene un sentido bastante territorial de la amistad, por si no lo habias notado. Estaba muy preocupada por ti. Y ahora que has vuelto, creo que sospecha donde te quedaste aislado.

Lo mire a los ojos y comprendi que habia adivinado lo de Calipso. Es dificil ocultarle algo a un tipo que lleva tres mil anios entrenando a heroes. Ya lo ha visto practicamente todo.

—No vamos a ocuparnos de tus preferencias —dijo—. Has vuelto y eso es lo que importa. —Diselo a Annabeth.

Quiron sonrio.

—Por la maniana hare que Argos os lleve a los dos a Manhattan. Podrias parar un momento para ver a tu madre, Percy. Esta muy… trastornada, logicamente.

El corazon me dio un brinco. Durante todo aquel tiempo en la isla de Calipso ni siquiera se me habia ocurrido pensar en lo que sentiria mi madre. Sin duda, creeria que habia muerto. Debia de estar destrozada. ¿Que me pasaba? ¿Como no se me habia ocurrido pensar en eso siquiera?

—Quiron —dije—, ¿que hay de Grover y Tyson? Tu crees…

—No lo se, muchacho. —Miro fijamente la chimenea vacia—. Enebro esta muy afectada. Todas sus ramas se han vuelto amarillas. El Consejo de los Sabios Ungulados ha revocado in absentia el permiso de buscador de Grover. Aun suponiendo que regrese vivo, lo condenaran a un exilio vergonzoso. — Suspiro—. Grover y Tyson tienen muchos recursos, sin embargo. Todavia podemos albergar esperanzas.

—No deberia haber permitido que se fueran.

—Grover tiene su propio destino y Tyson fue lo bastante valiente para seguirlo. Si Grover corriera un peligro mortal lo sabrias, ¿no crees?

—Supongo. La conexion por empatia. Pero…

—He de contarte otra cosa, Percy. En realidad, dos cosas desagradables. —Genial.

—Chris Rodriguez, nuestro invitado…

Recorde lo que habia visto en el sotano, cuando sorprendi a Clarisse habiendole mientras el no paraba de farfullar incoherencias sobre el laberinto.

—¿Ha muerto?

—Aun no —respondio Quiron con gravedad—. Pero esta mucho peor. Lo hemos trasladado a la enfermeria; no le quedan fuerzas para moverse. Tuve que ordenar a Clarisse que regresara a sus

actividades normales, porque se pasaba el dia junto a su cabecera. El enfermo no responde a ningun tratamiento. No acepta comida ni bebida. Ninguna de mis medicinas le ha servido. Ha perdido las ganas de vivir, sencillamente.

Me estremeci. A pesar de todas mis trifulcas con Clarisse, me sentia fatal por ella. Habia tratado de ayudarlo con todas sus fuerzas. Pero ahora que habiamos estado en el laberinto comprendia por que al fantasma de Minos le habia resultado tan facil volver loco a Chris. Si yo hubiera vagado solo por aquellos tuneles sin ningun amigo que me ayudara, nunca habria salido de alli.

—Lamento decir que la otra noticia es aun mas desagradable —continuo Quiron—. Quintus ha desaparecido.

—¿Que ha desaparecido? ¿Como?

—Hace tres noches entro en el laberinto. Enebro lo vio. Parece que tenias razon sobre el. —Es un espia de Luke. —Le hable del Rancho Triple G y le conte que Quintus habia comprado sus escorpiones alli y que Gerion se habia dedicado a proporcionar suministros al ejercito de Cronos—. No puede ser una coincidencia.

Quiron respiro hondo.

—¡Cuantas traiciones! Confiaba en que Quintus demostraria ser un amigo. Por lo visto, me equivocaba. —¿Y la Seniorita O'Leary? —pregunte.

—El perro del infierno sigue en el ruedo de arena. No deja que se acerque nadie. No tuve valor para encerrarla en una jaula… ni para sacrificarla.

—Quintus no la habria dejado asi como asi.

—Como te he dicho, Percy, por lo visto nos equivocamos con el. Y ahora deberias prepararte para maniana. Os queda aun mucho que hacer a ti y a Annabeth.

Lo deje en su silla de ruedas, contemplando con tristeza la chimenea. Me pregunte cuantas veces habria permanecido alli sentado, esperando la vuelta de unos heroes que jamas habrian de regresar.

* * *

Antes de la cena, me pase un momento por la arena. La Seniorita O'Leary, en efecto, estaba alli acurrucada, como una montania negra y peluda, masticando con desgana la cabeza de un maniqui de combate.

En cuanto me vio se puso a ladrarme y se me acerco dando saltos. Crei que era hombre muerto. Solo me dio tiempo a decir «¡Vaya!» antes de que me tirase al suelo y empezara a lamerme la cara. Normalmente, siendo como soy el hijo de Poseidon, yo solo me mojo si quiero, pero mis poderes al parecer no incluian la saliva de perro, porque me quede completamente baniado en babas.

—¡Vaya, chica! —grite—. No puedo respirar. ¡Deja que me levante!

Finalmente, logre quitarmela de encima. Le rasque las orejas y le di una gigantesca galleta para perros. —¿Donde esta tu amo? —le pregunte—. ¿Como es que te dejo aqui?, ¿eh?

Ella lloriqueo, como si tambien le hubiera gustado saberlo. Estaba dispuesto a creer que Quintus era un enemigo, pero aun no acababa de comprender por que habia dejado alli a la Seniorita O'Leary. Si de algo estaba convencido era de que su mega perra le importaba de verdad.

Estaba pensando en ello y secandome las babas de la cara cuando oi la voz de una chica: —Tienes suerte de que no te haya arrancado la cabeza.

Era Clarisse, que estaba al otro lado del ruedo con su espada y su escudo. —Vine a practicar ayer —grunio— y trato de morderme.

—Es una perra inteligente — comente. —Que gracioso.

Se acerco a nosotros. La Seniorita O'Leary solto un gruniido, pero le di unas palmaditas en la cabeza y la calme.

—Ese estupido perro del infierno —mascullo Clarisse— no va a impedirme que practique. —Me he enterado de lo de Chris —dije—. Lo siento.

Clarisse dio unos pasos por la arena. Al pasar junto al maniqui mas cercano, lo ataco con crueldad, le arranco la cabeza de un tajo y le atraveso las tripas con la espada. Luego saco el arma y continuo caminando.

—Ya, bueno, a veces las cosas salen mal. —Le temblaba la voz—. Los heroes quedan malheridos. Se… se mueren y los monstruos, en cambio, regresan una y otra vez.

Tomo una jabalina y la lanzo al otro extremo del ruedo. Fue a clavarse en otro maniqui, justo entre los dos orificios para los ojos del casco.

Habia llamado heroe a Chris, como si nunca se hubiera pasado al bando del titan. Me recordo el modo que a veces tenia Annabeth de hablar de Luke. Decidi no mencionar el tema.

—Chris era valiente —dije—. Espero que se mejore.

Me lanzo una mirada furiosa, como si yo fuera su proxima diana. La Seniorita O'Leary grunio. —Hazme un favor —murmuro Clarisse.

—Si, claro.

—Si encuentras a Dedalo, no te fies de el. No le pidas ayuda. Matalo, simplemente. —Clarisse…

—Porque una persona capaz de construir una cosa como el laberinto… es la maldad en persona. La maldad sin mas.

Por un instante me recordo a Eurition, el pastor, que no dejaba de ser un hermanastro suyo, aunque muchisimo mas viejo. Ella tambien tenia una expresion muy dura en los ojos, como si la hubiesen utilizado durante los ultimos dos mil anios y ya estuviera harta. Envaino la espada.

—Se acabaron las practicas. A partir de ahora va en serio.

* * *

Esa noche dormi en mi propia litera y, por primera vez desde hacia semanas, desde que habia despertado en la isla de Calipso, los suenios volvieron a encontrarme.

Me hallaba en la corte de un rey: una espaciosa sala blanca en la que destacaban unas columnas de marmol y un trono de madera en el que se sentaba un tipo rollizo con el pelo rizado y rojizo, tocado por una corona de laurel. Habia tres chicas a su lado que parecian sus hijas, todas pelirrojas como el y con tunicas azules.

Las puertas se abrieron con un crujido y un heraldo se adelanto y anuncio: —¡Minos, rey de Creta!

Me puse alerta, pero el hombre del trono se limito a sonreir a sus hijas. —Me muero de impaciencia por ver la expresion de su cara.

Minos, el siniestro monarca en persona, entro majestuosamente. Era tan alto y tenia un aire tan serio que el otro rey parecia ridiculo comparado con el. La barba puntiaguda de Minos se habia vuelto gris. Estaba mas delgado que la ultima vez que lo habia visto en suenios y tenia las sandalias manchadas de barro, pero en sus ojos habitaba la crueldad de siempre.

Se inclino rigidamente ante el hombre del trono.

—Rey Cocalo, tengo entendido que habeis resuelto mi pequenio enigma. Este sonrio.

—Yo no lo llamaria pequenio, rey Minos. Sobre todo cuando vos mismo habeis anunciado a los cuatro vientos que estais dispuesto a pagar mil talentos de oro a quien sea capaz de resolverlo. ¿Es autentica esa oferta?

Minos dio una palmada. Aparecieron dos guardias fornidos, que a duras penas lograban sostener una enorme caja de madera. La pusieron a los pies de Cocalo y la abrieron. Un sinfin de barras de oro perfectamente apiladas refulgia en su interior. Aquello debia de valer tropecientos millones de dolares.

Cocalo silbo, admirado.

—Habreis dejado vuestro reino en la bancarrota para reunir semejante recompensa, amigo mio. —Eso no es asunto vuestro.

Cocalo se encogio de hombros.

—El enigma era bastante sencillo, en realidad. Uno de mis criados lo resolvio.

—Padre —le dijo una de las chicas, en senial de advertencia. Era algo mas alta que sus hermanas y parecia la mayor.

Pero el hizo caso omiso. De los pliegues de sus ropas, saco un caparazon de molusco en espiral. Lo habian atravesado con un hilo plateado, de tal manera que colgaba como si fuese la abultada cuenta de un collar.

Minos se adelanto y tomo el caparazon.

—¿Uno de vuestros criados, decis? ¿Como paso el hilo sin romper el caparazon?

—Uso una hormiga, lo creais o no. Ato un hilo de seda a esa criatura diminuta y la espoleo para que cruzara todo el caparazon poniendo miel en el otro extremo.

—Un hombre ingenioso —comento Minos.

—Ya lo creo. Es el tutor de mis hijas. Ellas lo aprecian mucho. Minos lo miro con ojos glaciales.

—Yo en vuestro lugar me andaria con cuidado.

Habria deseado advertir a Cocalo: «¡No te fies de este tipo! ¡Encierralo en una mazmorra con varios leones devoradores de hombres!» Pero el rey pelirrojo se limito a reirse.

—No hay de que preocuparse, Minos. Mis hijas son mas sabias de lo que corresponde a su edad. En cuanto a mi oro…

—Si —dijo Minos—. Pero, vereis, el oro es para el hombre que ha solventado el enigma. Y solo existe un hombre capaz de hacerlo. Estais ocultando a Dedalo.

Cocalo se removio incomodo en su trono. —¿Como es que conoceis su nombre?

—Es un ladron —respondio Minos—. En otro tiempo trabajo en mi corte y volvio a mi hija contra mi. Ayudo a un usurpador a ponerme en ridiculo en mi propio palacio. Y luego huyo de la justicia. Llevo diez anios persiguiendolo.

—No sabia nada. Pero yo le he ofrecido a ese hombre mi proteccion. Ha sido extraordinariamente… —Os propongo una cosa —lo interrumpio Minos—. Entregadme al fugitivo y el oro sera vuestro. De lo contrario, debeis arriesgaros a convertiros en mi enemigo. No querreis tener en contra a Creta.

Cocalo palidecio. Pense que era absurdo que pareciese tan asustado en su propia sala del trono. Podria haber llamado a su ejercito o algo asi. Minos solo tenia dos guardias. Pero Cocalo permanecio sudando en su trono.

—Padre —dijo su hija mayor—, no podeis…

—Silencio, Aelia. —El rey se retorcia la barba. Volvio a echar un vistazo al oro reluciente—. Esto me causa un gran dolor, Minos. Los dioses no aman a un hombre que rompe sus promesas de hospitalidad. —Los dioses tampoco aman a quienes dan cobijo a los criminales.

Cocalo asintio.

—Muy bien. Os entregare encadenado a vuestro hombre.

—¡Padre! —intervino Aelia otra vez. Luego se domino y hablo con un tono mas dulce—. Al menos… dejad que obsequiemos primero a nuestro invitado. Despues de un viaje tan largo, deberiamos ofrecerle un banio caliente, ropa limpia y una comida digna. Sera para mi un gran honor prepararle el banio personalmente.

Sonrio con gracia a Minos y el viejo rey solto un gruniido.

—Supongo que no me vendria mal un banio. —Miro a su anfitrion—. Os vere en la cena. Con el prisionero.

—Por aqui, majestad —dijo la joven, y en companiia de sus hermanas, condujo a Minos fuera de la sala. Los segui hasta un gran banio decorado con mosaicos. El vapor inundaba el aire. Un grifo de agua caliente iba llenando la baniera. Aelia y sus hermanas arrojaron petalos de rosa y algun producto que debia de ser el equivalente al gel Burbujitas de la antigua Grecia, porque el agua quedo cubierta

enseguida de una espuma multicolor. Las chicas se dieron la vuelta cuando Minos se despojo de su tunica y se deslizo en la baniera.

—¡Aahh! —suspiro con una sonrisa—. Un banio excelente. Gracias, queridas. El viaje ha sido muy largo, en verdad.

—¿Y habeis seguido a vuestra presa durante diez anios, mi senior? —pregunto Aelia, con mucho juego de pestanias—. Debeis de ser un hombre muy decidido.

—Nunca olvido una deuda —respondio Minos, sonriendo—. Vuestro padre ha actuado sabiamente accediendo a mis deseos.

—Ya lo creo, mi senior —convino Aelia. Me parecio que se estaba pasando con la adulacion, pero el viejo se lo tragaba todo sin sospechar. Las otras dos hermanas rociaron la cabeza del rey con aceites perfumados—. ¿Sabeis, mi senior? —prosiguio ella—, Dedalo pensaba que vendriais. Sospechaba que el enigma podia ser una trampa, pero no pudo resistir la tentacion de resolverlo.

Minos fruncio el cenio. —¿Dedalo os hablo de mi? —Si, mi senior.

—Es una mala persona, princesa. Mi propia hija cayo bajo su hechizo. No le presteis oidos.

—Es un genio —replico Aelia—. Y considera que una mujer es tan inteligente como un hombre. El fue el primero en enseniarnos como si tuvieramos mente propia. Quiza vuestra hija sintio lo mismo. Minos trato de incorporarse, pero las hermanas de Aelia lo empujaron para que permaneciese en el agua. La mayor se situo detras de el. Tenia tres esferas diminutas en la palma de la mano. Al principio crei que serian perlas de banio, pero cuando las arrojo en el agua brotaron de ellas unos hilos de cobre que empezaron a envolver el cuerpo del rey, atando sus tobillos, amarrandole las muniecas a los costados y rodeandole el cuello. Aunque yo odiaba a Minos, contemplar aquello resultaba horrible. El grito y se debatio, pero las chicas eran mucho mas fuertes y muy pronto quedo totalmente indefenso, tendido en el fondo de la baniera y con la barbilla justo por encima del agua. Las hebras de bronce seguian envolviendo firmemente su cuerpo como un capullo metalico.

—¿Que pretendeis? —protesto Minos—. ¿Por que haceis esto? Aelia sonrio.

—Dedalo ha sido muy bueno con nosotras, majestad. Y no me gusta que nadie amenace a nuestro padre.

—Decidselo a Dedalo —rugio el rey—. ¡Decidle que lo acosare incluso despues de muerto! Si hay justicia en el inframundo, ¡mi alma lo atormentara durante toda la eternidad! —Valerosas palabras, majestad —dijo la joven—. Os deseo suerte en vuestra busqueda de justicia en el inframundo.

Y apenas hubo pronunciado estas palabras, los hilos de bronce envolvieron el rostro de Minos y lo convirtieron en una momia de bronce.

Se abrio la puerta del banio. Dedalo entro con una bolsa de viaje en las manos. Llevaba el pelo muy corto y tenia la barba completamente blanca. Parecia fragil y entristecido. Se agacho y toco la frente de la momia. Los hilos se desenredaron y se hundieron en el fondo de la baniera. Bajo ellos no habia nada. Era como si el rey Minos se hubiera disuelto.

—Una muerte indolora —musito Dedalo—. Mas de lo que merecia. Gracias, mis princesas. Aelia lo abrazo.

—No podeis quedaros aqui, maestro. Cuando nuestro padre descubra… —Si —convino Dedalo—. Me temo que os he traido problemas.

—Oh, no os preocupeis por nosotras. Nuestro padre se quedara con mucho gusto el oro de ese viejo. Y Creta esta muy lejos de aqui. Pero el os acusara de la muerte de Minos. Teneis que huir a un lugar seguro.

—Un lugar seguro —repitio el anciano—. Durante anios he huido de reino en reino, buscando un sitio seguro. Me temo que Minos decia la verdad. La muerte no impedira que siga acosandome. En cuanto corra la voz de este crimen, no habra ningun lugar bajo el sol donde cobijarme.

—¿Adonde ireis, entonces? —pregunto Aelia.

—A un lugar al que jure no volver jamas. Mi prision sera quiza mi unico santuario. —No os entiendo.

—Mejor asi.

—¿Y en el inframundo? —pregunto otra de las hermanas—. ¡Os aguarda un terrible juicio! Y todos los hombres deben morir.

—Tal vez —dijo Dedalo. Saco un rollo de su bolsa de viaje: el mismo rollo que habia visto en mi suenio anterior, con las notas de su sobrino—. O tal vez no.

Le dio a la mayor una palmadita en el hombro y luego bendijo a las tres hermanas. Echo una ultima mirada a los hilos de cobre que brillaban en el fondo de la baniera.

—Encuentrame si te atreves, rey de los fantasmas.

Se volvio hacia la pared de mosaico y presiono un azulejo. Surgio una marca resplandeciente — una A griega— y la pared se deslizo hacia un lado. Las princesas sofocaron un grito.

—¡Nunca nos hablasteis de pasadizos secretos! —exclamo Aelia—. ¡Cuanto habeis trabajado! —Cuanto ha trabajado el laberinto, mas bien —la corrigio Dedalo—. No trateis de seguirme, mis queridas princesas, si apreciais vuestra cordura.

* * *

Mi suenio cambio de escenario. Me hallaba en una camara subterranea de piedra. Luke y otro guerrero mestizo estudiaban un mapa con una linterna.

El primero solto una maldicion.

—Debia de ser por el ultimo desvio. —Arrugo el mapa y lo tiro. —¡Senior! —protesto su companiero.

—Los mapas aqui son inutiles. No te preocupes. Lo encontrare. —Senior, ¿es cierto que cuanto mas grande es el grupo…?

—¿Mayores son las probabilidades de perderse? Si, es cierto. ¿Por que crees que los primeros exploradores que enviamos iban solos? Aunque no debes preocuparte. En cuanto tengamos el hilo, podremos guiar a la vanguardia de nuestro ejercito sin problemas.

—Pero ¿como vamos a conseguirlo? Luke se levanto y flexiono los dedos.

—Ah, Quintus nos lo proporcionara. Lo unico que debemos hacer es llegar a la pista de combate. Esta en una encrucijada. No se puede ir a ninguna parte sin pasar por alli. Por eso hemos de hacer un trato con su duenio. Tenemos que mantenernos con vida hasta que… —¡Senior! —Ahora era una voz que procedia del pasadizo. Enseguida aparecio un tipo con armadura griega y una antorcha—. ¡Las dracaenae han encontrado a un mestizo!

Luke fruncio el cenio.

—¿Solo? ¿Vagando por el laberinto?

—¡Si, senior! Sera mejor que venga enseguida. Estan en la camara siguiente. Lo tienen acorralado. —¿Quien es?

—Nunca lo habia visto, senior. Luke asintio.

—Una bendicion de Cronos. Quiza podamos utilizar a ese mestizo. ¡Vamos!

Echaron a correr por el pasadizo y yo desperte de repente en mitad de la oscuridad. «Un mestizo vagando solo por el laberinto.» Me costo mucho volver a dormirme.

* * *

A la maniana siguiente me ocupe personalmente de que la Seniorita O'Leary tuviera suficientes galletas y le pedi a Beckendorf que no la perdiese de vista, cosa que no parecio hacerle mucha gracia. Luego cruce a pie la Colina Mestiza y me encontre en la carretera con Argos y Annabeth.

Subimos a la furgoneta. Ella y yo permanecimos en silencio. Argos nunca hablaba, tal vez porque tenia ojos por todo el cuerpo, incluida —segun decian— la punta de la lengua, y no queria hacer alarde de ello.

Annabeth parecia mareada, como si hubiese dormido incluso peor que yo. —¿Pesadillas? —le pregunte por fin.

Meneo la cabeza.

—Un mensaje Iris de Eurition. — ¡Eurition! ¿Le ha pasado algo a Nico?

—Abandono el rancho anoche y entro en el laberinto. —¿Que? ¿Eurition no intento detenerlo?

—Nico se habia ido antes de que despertara. Ortos siguio su rastro hasta la rejilla de retencion. Eurition me ha dicho que en las ultimas noches habia oido a Nico hablando solo. Aunque ahora cree que hablaba con el fantasma de Minos.

—Corre un gran peligro.

—Ya lo creo. Minos es uno de los jueces de los muertos, pero su crueldad es increible. No se lo que querra de Nico, pero…

—No me referia a eso. He tenido un suenio esta noche… —Le conte todo lo que le habia oido decir a Luke, incluida su alusion a Quintus, y tambien que sus hombres habian encontrado a un mestizo que andaba solo por el laberinto.

Annabeth apreto los dientes. —Es una noticia terrible. — ¿Que vamos a hacer?

Ella arqueo una ceja ironicamente.

—Menos mal que tu tienes un plan para guiarnos, ¿no?

* * *

Era sabado y habia mucho trafico para entrar en la ciudad. Llegamos al apartamento de mi madre hacia mediodia. Nada mas abrir la puerta, se abalanzo sobre mi y me dio un abrazo un poco menos abrumador —solo un poco— que las muestras de afecto de la Seniorita O'Leary.

—Ya les decia yo que estabas bien —dijo mi madre, aunque parecia como si se hubiera quitado de encima todo el peso del cielo (y, creeme, conozco la sensacion por experiencia).

Nos hizo sentar a la mesa de la cocina e insistio en servirnos sus galletas azules de chocolate mientras la poniamos al dia sobre nuestra busqueda. Como siempre, procure suavizar las partes mas terrorificas (o sea, casi todas). Pero, por algun motivo, asi solo conseguia que sonaran mas peligrosas.

Cuando llegue a la parte de Gerion y los establos, mi madre hizo ademan de estrangularme. —No hay forma de que limpie su habitacion y, en cambio… ¡esta dispuesto a limpiar las toneladas de estiercol de los establos de un monstruo!

Annabeth se echo a reir. Era la primera vez que oia su risa en mucho tiempo y la sensacion resultaba agradable.

—En resumen —dijo mi madre, cuando termine de contarle la historia—, has destrozado la isla de Alcatraz, has hecho saltar por los aires el monte Saint Helens y provocado el desplazamiento de medio millon de personas, pero por lo menos estas sano y salvo.

Asi es ella: siempre sabe ver el lado positivo de las cosas. —Si —admiti—. Eso lo resume todo mas o menos.

—Ojala estuviera Paul aqui —dijo, en parte hablando consigo misma—. Queria charlar un poco contigo.

—Ya, vale. El colegio.

Habian pasado tantas cosas desde entonces que ya casi se me habia olvidado la sesion de orientacion de la escuela Goode; o, mas exactamente, el hecho de que yo hubiera abandonado la sala de musica en llamas y de que el novio de mi madre me hubiese visto huir por una ventana.

—¿Que le contaste? —pregunte. Mi madre meneo la cabeza.

—¿Que podia decirle? El es consciente de que hay algo diferente en ti, Percy. Es un hombre inteligente. Y esta convencido de que no eres mala persona. Pero no entiende lo que ocurre y la escuela lo esta presionando. Al fin y al cabo, Paul logro que te admitieran. Tiene que convencerlos de que el incendio no fue culpa tuya. Pero, como huiste, va a resultarle dificil.

Annabeth me observaba. Parecia compadecerme: ella habia pasado por situaciones similares. Para un mestizo es dificil desenvolverse en el mundo de los mortales.

—Hablare con el —le prometi—. En cuanto hayamos terminado la busqueda. Incluso le contare la verdad, si quieres.

Mi madre me puso la mano en el hombro. —¿En serio?

—Bueno, si. Aunque pensara que estamos locos. —Ya lo piensa.

—Entonces no tenemos nada que perder.

—Gracias, Percy. Le dire que vendras a casa… —Arrugo la frente—. Pero ¿cuando? ¿Que ha de suceder ahora?

Annabeth partio una galleta en dos. —Percy tiene una especie de plan.

Se lo conte a mi madre de mala gana y ella asintio lentamente. —Suena peligroso. Pero quiza funcione.

—Tu tienes esa misma capacidad, ¿verdad? —le pregunte—. Puedes ver a traves de la Niebla. Mi madre suspiro.

—Ya no tanto. Cuando era mas joven me resultaba facil. Pero si, siempre he sido capaz de ver mas de lo que me hubiera convenido. Es una de las cosas que le llamo la atencion a tu padre cuando nos conocimos. Tu ve con cuidado. Prometeme que no os pasara nada.

—Lo intentaremos, seniora Jackson —dijo Annabeth—. Aunque mantener a salvo a su hijo es una tarea abrumadora. —Cruzo los brazos y miro airada por la ventana de la cocina, mientras yo desmenuzaba mi servilleta de papel, procurando mantenerme calladito.

Mi madre fruncio el cenio.

—¿Que os pasa? ¿Os habeis peleado? Ninguno de los dos respondio.

—Ya veo —dijo mi madre, y yo me pregunte si no solo seria capaz de ver a traves de la Niebla. Daba la impresion de que entendia lo que nos pasaba, aunque a mi me resultara incomprensible—. Bueno, recordad que Grover y Tyson cuentan con vosotros. Con los dos.

—Lo se —respondimos Annabeth y yo al unisono, cosa que aun me resulto mas embarazosa. Mi madre sonrio.

—Sera mejor que uses el telefono del vestibulo, Percy. Buena suerte.

Me senti aliviado al salir de la cocina, aunque por otra parte me inquietara lo que estaba a punto de hacer. Tome el telefono y llame. El numero se me habia borrado de la mano hacia mucho, pero no importaba. Sin proponermelo, me lo habia aprendido de memoria.

* * *

Habiamos quedado en Times Square. Rachel Elizabeth Dare nos aguardaba delante del hotel Marriot Marquis y estaba completamente pintada de color dorado.

Quiero decir, su cara, su pelo, su ropa: todo. Parecia que la hubiese tocado el rey Midas. Se hallaba de pie como una estatua con otros cinco chavales, todos pintados con colores metalicos —cobre, bronce,

plata— y todos congelados en distintas posturas, mientras los turistas pasaban por delante a toda prisa o se detenian a contemplarlos. Algunos lanzaban unas monedas a una lona extendida sobre la acera.

El cartel, a los pies de Rachel, ponia: «ARTE URBANO PARA NINIOS. SE AGRADECEN LOS DONATIVOS.»

Annabeth y yo permanecimos unos cinco minutos observando a Rachel sin que ella diera muestras de haber reparado en nosotros. No se movio ni pestanieo. Yo, con mi THDA, habria sido incapaz de quedarme tanto tiempo inmovil. Me habria vuelto loco. Era muy raro ver a Rachel dorada, ademas. Parecia la estatua de un personaje famoso: una actriz o algo asi. Solo sus ojos tenian su color verde normal.

—Quiza si le damos un empujon… —sugirio Annabeth.

Me parecio un poco malicioso por su parte, pero Rachel no respondio. Al cabo de unos minutos, un chico pintado de plata se acerco desde la parada de taxis del hotel, donde se habia tomado un pequenio descanso. Se situo junto a Rachel y adopto postura de orador, como si estuviera pronunciando un discurso. Ella se descongelo y salio de la lona.

—Hola, Percy —saludo con una sonrisa—. ¡Llegas en el momento justo! Vamos a tomar un cafe. Caminamos hasta un local llamado El Alce de Java, en la calle Cuarenta y tres Este. Rachel pidio un expreso extreme, el tipo de brebaje que le gustaria a Grover; Annabeth y yo, zumo de frutas. Fuimos a sentarnos a una mesa situada justo debajo del alce disecado. A pesar de su disfraz dorado, nadie miro a Rachel dos veces.

—Bueno —dijo—, ¿ella es Annabell, verdad?

—Annabeth —la corrigio la interesada—. ¿Siempre vas asi?

—Normalmente no. Estamos recaudando dinero para nuestro grupo. Trabajamos como voluntarios en proyectos de arte para ninios, porque estan suprimiendo el arte en los colegios, ¿lo sabias? Lo hacemos una vez al mes y llegamos a sacarnos quinientos dolares en un buen fin de semana. Aunque supongo que no has venido a hablar de esto. ¿Tu tambien eres una mestiza?

—¡Chist! —dijo Annabeth, mirando alrededor—. ¿Por que no lo proclamas a los cuatro vientos? —Vale. —Rachel se puso de pie y dijo en voz alta—. ¡Oigan todos! ¡Estos dos no son humanos! ¡Son semidioses griegos!

Nadie se molesto en volverse siquiera. Rachel se encogio de hombros y se sento otra vez. —No les interesa.

—No tiene gracia —protesto Annabeth—. Esto no es un juego, ninia mortal. —Parad las dos —intervine—. Un poco de calma.

—Yo estoy calmada —aseguro Rachel—. Cada vez que te tengo cerca nos ataca un monstruo. ¿Por que iba a ponerme nerviosa?

—Mira —dije—, siento lo de la sala de musica. Espero que no te expulsaran ni nada parecido. —Que va. Me formularon un monton de preguntas sobre ti. Yo me hice la tonta.

—¿Te costo mucho? —pregunto Annabeth.

—¡Vale ya! —corte—. Rachel, tenemos un problema. Y necesitamos tu ayuda. Ella miro a Annabeth con los ojos entornados.

—¿Tu necesitas mi ayuda?

Mi amiga revolvio el zumo con su pajita. — Pse —dijo a reganiadientes—. Es posible.

Le hable a Rachel del laberinto, le explique que necesitabamos encontrar a Dedalo y le conte lo que habia sucedido cuando nos habiamos internado por los pasadizos.

—O sea, que quereis que os guie —concluyo—. Por un lugar en el que nunca he estado. —Tu puedes ver a traves de la Niebla —explique—. Igual que Ariadna. Apostaria a que eres capaz de distinguir el camino correcto. A ti el laberinto no podra confundirte tan facilmente. —¿Y si te equivocas?

—Entonces nos perderemos. De un modo u otro, sera peligroso. Muy peligroso.

—¿Podria morir? —Si.

—Creia que habias dicho que a los monstruos no les interesan los mortales. Esa espada tuya… — Exacto —asenti—. El bronce celestial no hiere a los mortales. Y la mayoria de los monstruos no te haran ni caso. Pero eso a Luke le tiene sin cuidado. El es capaz de utilizar a los mortales, a los semidioses, a los monstruos. A quien sea. Y matara a cualquiera que se interponga en su camino.

—Un tipo simpatico —comento Rachel.

—Se halla bajo la influencia de un titan —dijo Annabeth, a la defensiva—. Ha sido enganiado. Rachel nos miro a los dos varias veces.

—Vale —accedio—. Me apunto.

Parpadee, perplejo. No me habia imaginado que fuese a resultar tan facil. —¿Estas segura?

—Bueno, el verano se presentaba bastante aburrido. Esta es la mejor oferta que he recibido. ¿Que tengo que buscar?

—Hemos de encontrar una entrada al laberinto —dijo Annabeth—. Hay una en el Campamento Mestizo, pero alli no puedes entrar. Esta prohibido el acceso a los mortales. Pronuncio la palabra «mortales» como si fuera una especie de enfermedad horrible, pero Rachel se limito a asentir.

—Vale. ¿Que pinta tiene una entrada al laberinto?

—Podria ser cualquier cosa —respondio Annabeth—. Una parte de un muro. Una puerta. Una alcantarilla. Pero debe tener la marca de Dedalo. Una delta griega con un resplandor azulado.

—¿Asi? —Rachel dibujo una delta en la mesa. —Exacto —asintio Annabeth—. ¿Sabes griego?

—No. —Rachel se saco del bolsillo un cepillo de plastico azul y empezo a quitarse el dorado del pelo —. Dejad que me cambie. Aunque sera mejor que vengais al Marriot conmigo. —¿Por que? —pregunto Annabeth.

—Porque hay una entrada como esa en el sotano del hotel, donde guardamos los disfraces. Tiene la marca de Dedalo.

Capitulo 14

Mi hermano me desafia a un duelo a muerte

La puerta estaba medio escondida detras de una cesta de la lavanderia del hotel llena de toallas sucias. No tenia nada de particular, pero Rachel me senialo donde debia mirar y distingui el simbolo azul, apenas visible en la superficie de metal.

—Lleva mucho tiempo en desuso —observo Annabeth.

—Trate de abrirla una vez —dijo Rachel—. Por simple curiosidad. Esta atrancada por el oxido. —No. —Annabeth se adelanto—. Solo le hace falta el toque de un mestizo.

En efecto, en cuanto puso la mano encima, la marca adquirio un fulgor azul y la puerta metalica se abrio con un chirrido a una oscura escalera que descendia hacia las profundidades.

—¡Uau! —Rachel parecia tranquila, aunque yo no sabia si fingia. Se habia puesto una raida camiseta del Museo de Arte Moderno y sus vaqueros de siempre, decorados con rotulador. Del bolsillo le sobresalia el cepillo de plastico azul. Llevaba el pelo rojo recogido en la nuca, todavia con algunas motas doradas. En la cara tambien le brillaban algunos restos de pintura —. Bueno… ¿pasais vosotros delante?

—Tu eres la guia —replico Annabeth con burlona educacion—. Adelante.

Las escaleras descendian a un gran tunel de ladrillo. Estaba tan oscuro que no se veia nada a medio metro, pero Annabeth y yo nos habiamos aprovisionado con varias linternas y, en cuanto las encendimos, Rachel solto un aullido.

Un esqueleto nos dedicaba una gran sonrisa. No era humano. Tenia una estatura descomunal, de al menos tres metros. Lo habian sujetado con cadenas por las muniecas y los tobillos de manera que trazaba una «X» gigantesca sobre el tunel. Pero lo que me provoco un escalofrio fue el oscuro agujero que se abria en el centro de la calavera: la cuenca de un solo ojo.

—Un ciclope —senialo Annabeth—. Es muy antiguo. Nadie… que conozcamos.

«No es Tyson», queria decir, aunque eso no me tranquilizo. Tenia la impresion de que lo habian puesto alli en senial de advertencia. No me apetecia tropezarme con lo que fuera capaz de matar a un ciclope adulto.

Rachel trago saliva. — ¿Teneis un amigo ciclope?

—Tyson —conteste—. Mi hermanastro. —¿Como?

—Espero que nos lo encontremos por aqui abajo —comente—. Y tambien a Grover. Un satiro. — Ah —dijo con una vocecita intimidada—. Bueno, entonces sera mejor que avancemos.

Paso por debajo del brazo izquierdo del esqueleto y continuo caminando. Annabeth y yo nos miramos un momento; ella se encogio de hombros y luego seguimos a Rachel rumbo a las profundidades del laberinto.

Despues de recorrer unos ciento cincuenta metros llegamos a una encrucijada. El tunel de ladrillo seguia recto. Hacia la derecha, se abria un pasadizo con paredes de marmol antiguo; hacia la izquierda, un tunel de tierra cuajada de raices.

Seniale a la izquierda.

—Se parece al camino que tomaron Tyson y Grover. Annabeth fruncio el cenio.

—Ya, pero a juzgar por la arquitectura de esas viejas losas de la derecha, es probable que por ahi se llegue a una parte mas antigua del laberinto. Tal vez al taller de Dedalo. —Debemos seguir recto —decidio

Rachel. Los dos la miramos.

—Es la opcion menos probable —objeto Annabeth.

—¿No os dais cuenta? —pregunto Rachel—. Mirad el suelo. Yo no veia nada, salvo ladrillos gastados y barro.

—Hay un brillo ahi —insistio ella—. Muy leve. Pero el camino correcto es ese. Las raices del tunel de la izquierda empiezan a moverse como antenas mas adelante, cosa que no me gusta nada. En el pasadizo de la derecha hay una trampa de seis metros de profundidad y agujeros en las paredes, quiza con pinchos. No creo que debamos arriesgarnos.

Yo no captaba nada de lo que describia, pero asenti. —Vale. Recto.

—¿Te crees lo que dice? —me pregunto Annabeth. —Si. ¿Tu no?

Parecia a punto de discutir, pero indico a Rachel que siguiera adelante. Avanzamos por el tunel de ladrillo. Tenia muchas vueltas y revueltas, pero ya no presentaba mas desvios. Daba la sensacion de que descendiamos y nos ibamos sumiendo cada vez a mayor profundidad.

—¿No hay trampas? —le pregunte, inquieto.

—Nada —respondio Rachel, arqueando las cejas—. ¿No deberia resultar tan facil? —No lo se —admiti—. Hasta ahora no lo ha sido.

—Dime, Rachel —pregunto Annabeth—, ¿de donde eres exactamente? Sonaba como: «¿De que planeta has salido?» Pero Rachel no parecio ofenderse. —De Brooklyn.

—¿No se preocuparan tus padres si llegas tarde a casa? Ella resoplo.

—No creo. Podria pasarme una semana fuera y no se darian ni cuenta.

—¿Por que no? —Esta vez mi amiga no fue tan sarcastica. Los problemas con los padres los entendia muy bien.

Antes de que Rachel pudiera responder, se oyo un gran chirrido, como si hubieran abierto unas puertas gigantescas.

—¿Que ha sido eso? —pregunto Annabeth.

—No lo se —dijo Rachel—. Unas bisagras metalicas.

—Ya, gracias por la informacion. Queria decir: «¿Que es eso?»

Entonces sonaron unos pasos que sacudian el pasadizo entero y se acercaban a nosotros. —¿Corremos? —pregunte.

—Corremos —asintio Rachel.

Dimos media vuelta y salimos disparados por donde habiamos venido. No habiamos recorrido mas de seis metros cuando nos tropezamos con unas viejas amigas. Dos dracaenae, mujeres serpiente con armadura griega, nos apuntaron al pecho con sus jabalinas. Entre ambas venia Kelli, la empusa del equipo de animadoras.

—Vaya, vaya —dijo.

Saque a Contracorriente y Annabeth agarro su cuchillo, pero, antes de que mi boligrafo adoptase forma de espada, Kelli se abalanzo sobre Rachel, la agarro por el cuello con unas manos que ya eran garras y la sujeto muy firmemente.

—¿Conque has sacado de paseo a tu pequenia mascota mortal? —me dijo—. ¡Son tan fragiles! ¡Tan faciles de romper!

A nuestra espalda, los pasos retumbaron cada vez mas cerca hasta que una silueta descomunal se perfilo entre las sombras: un gigante lestrigon de dos metros y medio con colmillos afilados y los ojos inyectados en sangre.

El gigante se relamio al vernos. —¿Puedo comermelos?

—No —replico Kelli—. Tu amo los querra vivos. Le proporcionaran diversion de la buena. — Me dirigio una sonrisa sarcastica—. En marcha, mestizos. O sucumbireis aqui mismo los tres, empezando por la mascota mortal.

* * *

Aquello venia a ser mi peor pesadilla. Y te aseguro que habia tenido ya unas cuantas. Nos hicieron desfilar por el tunel flanqueados por las dracaenae. Kelli y el gigante iban detras, por si tratabamos de escapar. A nadie parecia preocuparle que echaramos a correr hacia delante: era la direccion que querian que siguieramos.

Al fondo distingui unas puertas de bronce que tendrian tres metros de altura y se hallaban decoradas con un par de espadas cruzadas. Desde el otro lado nos llego un rugido amortiguado, como el de una gran multitud.

—Ah, sssssi —susurro la mujer serpiente de mi izquierda—. Le gustareisss mucho a nuestro anfitrion. Nunca habia visto a una dracaena tan de cerca y, la verdad, no me emocionaba demasiado esa oportunidad unica. Tenia una cara que tal vez habria resultado hermosa de no ser por su lengua bifida y por aquellos ojos amarillos con ranuras negras en lugar de pupilas. Llevaba una armadura de bronce que le llegaba a la cintura. Por debajo, en vez de piernas le salian dos gruesos troncos de serpiente moteados de bronce y verde. Avanzaba medio deslizandose y medio caminando, como si llevara puestos unos esquies animados. —¿Quien es vuestro anfitrion? —pregunte.

—Ah, ya lo verasss. Os llevareisss divinamente. Al fin y al cabo, es tu hermano. —¿Mi que? —Pense inmediatamente en Tyson, pero no era posible. ¿A quien podria referirse? El gigante se adelanto y abrio las puertas.

—Tu te quedas aqui —le dijo a Annabeth, sujetandola de la camisa.

—¡Eh! —protesto mi amiga, pero el tipo era el doble de grande que ella y ya nos habia confiscado su cuchillo y mi espada.

Kelli se echo a reir. Todavia sujetaba a Rachel del cuello con sus garras.

—Vamos, Percy. Diviertenos. Te esperamos aqui con tus amigas para asegurarnos de que te portas bien. Mire a Rachel.

—Lo siento. Te sacare de esta.

Ella asintio en la medida de lo posible, porque apenas podia moverse con aquellas garras en la garganta.

—Seria estupendo.

Las dracaenae me hostigaron con la punta de las jabalinas para que cruzara el umbral y, sin mas, me vi metido en una pista de combate.

* * *

Quiza no era la mas grande que habia visto en mi vida, pero parecia muy espaciosa si se consideraba que estaba bajo tierra. Tenia forma circular y tamanio suficiente como para poder recorrerla con un coche sin despegarse del borde. En el centro, se desarrollaba un combate entre un gigante y un centauro. Este ultimo parecia muerto de panico y galopaba alrededor de su enemigo con una espada y un escudo; el gigante blandia una jabalina del tamanio de un poste telefonico y la muchedumbre lo vitoreaba enloquecida.

La primera fila se hallaba a mas de tres metros de altura. Las gradas de piedra daban la vuelta completa a la pista y todos los asientos estaban ocupados. Habia gigantes, dracaenae, semidioses, telekhines y criaturas todavia mas extranias: demonios con alas de murcielago y seres que parecian medio humanos y medio… lo que se te ocurra: pajaros, reptiles, insectos, mamiferos…

Pero lo mas espeluznante eran las calaveras. La pista de tierra estaba llena de ellas. Tambien se alineaban, una tras otra, por todo el borde de la valla, y habia pilas de casi un metro decorando los escalones entre los asientos. Sonreian clavadas en picas desde lo alto de las gradas o colgadas del techo

con cadenas, como lamparas espantosas. Algunas parecian muy antiguas: solo quedaba el hueso blanqueado. Otras eran mucho mas recientes. No voy a describirtelas. Creeme, no te gustaria.

Y en mitad de este panorama, orgullosamente desplegada en la valla, habia una cosa que para mi no tenia ningun sentido: una pancarta verde con el tridente de Poseidon. ¿Que significaba aquel simbolo alli, en un lugar tan horrible?

Por encima de la pancarta, en un asiento de honor, distingui a un viejo enemigo. —¡Luke! —exclame.

No se si llego a oirme entre el rugido de la multitud, pero me sonrio friamente. Llevaba unos pantalones de camuflaje, una camiseta blanca y una coraza de bronce, tal como lo habia visto en mi suenio. Pero todavia iba sin su espada, cosa que me parecio extrania. Junto a el se sentaba el gigante mas enorme que he visto jamas: muchisimo mas grande, en todo caso, que el que luchaba en la pista con el centauro. Aquel debia de medir cerca de cinco metros y era tan corpulento que ocupaba el solo tres asientos. Llevaba unicamente un taparrabos, como un luchador de sumo.

Su piel de color rojo oscuro estaba tatuada con dibujos de olas azules. Supuse que seria el nuevo guardaespaldas de Luke.

Se oyo un alarido en el ruedo y retrocedi de un salto justo cuando el centauro aterrizaba a mi lado. Me miro con ojos suplicantes.

—¡Socorro!

Eche mano a la espada, pero me la habian quitado y aun no habia reaparecido en mi bolsillo. El centauro se debatia en el suelo y trataba de incorporarse, mientras el gigante se acercaba con la jabalina en ristre.

Una mano ferrea me agarro del hombro.

—Si aprecias las vidasss de tus amigasss —me advirtio la dracaena que me custodiaba—, sera mejor que no te entrometas. Este no es tu combate. Aguarda a que llegue tu turno.

El centauro no podia levantarse. Se habia roto una pata. El gigante le puso su enorme pie en el pecho y alzo la jabalina. Levanto la vista para mirar a Luke. La muchedumbre grito: —¡muerte! ¡muerte!

Luke no movio una ceja, pero su colega, el luchador de sumo tatuado, se puso en pie y dirigio una sonrisa al centauro, que gimoteaba desesperado:

—¡No! ¡Por favor!

El tipo extendio la mano y coloco el pulgar hacia abajo.

Cerre los ojos cuando el gladiador levanto el arma sobre su victima. Al volver a abrirlos, el centauro se habia desintegrado y convertido en ceniza. Lo unico que quedaba era una pezunia, que el gigante recogio del suelo y mostro a la multitud como si fuese un trofeo. Se alzo un rugido de aprobacion.

En el extremo opuesto de la pista se abrio una puerta y el gigante desfilo con aire triunfal. Arriba, en las gradas, el luchador de sumo alzo las manos para pedir silencio.

—¡Una buena diversion! —bramo—. Pero nada que no hubiera visto antes. ¿Que mas teneis, Luke, hijo de Hermes?

Este apreto los dientes. Era evidente que no le gustaba que lo llamaran «hijo de Hermes», pues odiaba a su padre.

Pese a ello se levanto tranquilamente, con los ojos brillantes. De hecho, parecia de muy buen humor. —Senior Anteo —dijo, levantando la voz para que todos los espectadores lo oyesen—. ¡Habeis sido un excelente anfitrion! ¡Nos encantaria divertiros para pagaros el favor de dejarnos cruzar vuestro territorio!

—¡Un favor que no he concedido todavia! —refunfunio Anteo—. ¡Quiero diversion! Luke hizo una reverencia.

—Creo que tengo algo mejor que un centauro para combatir en vuestro estadio. Se trata de un hermano vuestro. —Me senialo con el dedo—. Percy Jackson, hijo de Poseidon.

La multitud empezo a abuchearme y a lanzarme piedras. Esquive la mayoria, pero una me dio de lleno en la mejilla y me hizo un corte bastante grande.

Los ojos de Anteo se iluminaron.

—¿Un hijo de Poseidon? ¡Entonces sabra luchar bien! ¡O morir bien!

—Si su muerte os complace, ¿dejareis que nuestros ejercitos crucen vuestro territorio? —Tal vez —respondio Anteo.

A Luke no parecio convencerle aquella respuesta. Me lanzo una mirada asesina, como advirtiendome que procurase morir de un modo espectacular… o me veria metido en un buen lio.

—¡Luke! —chillo Annabeth—. ¡Termina con esto! ¡Sueltanos! Solo entonces Luke parecio reparar en ella. Por un momento se quedo atonito. —¿Annabeth?

—Ya habra tiempo para que luchen las mujeres —lo interrumpio Anteo—. Primero, Percy Jackson. ¿Que armas piensas elegir?

La dracaena me empujo hacia el centro de la pista, desde donde mire a Anteo. —¿Como es posible que seas hijo de Poseidon?

Anteo se rio y la muchedumbre estallo en carcajadas.

—¡Soy su hijo favorito! —declaro con voz tonante—. ¡Mira el templo que he erigido al Agitador de la Tierra con los craneos de todos los que he matado en su nombre! ¡El tuyo se unira a mi coleccion! Mire horrorizado los centenares de calaveras y la pancarta de Poseidon. ¿Como iba a ser aquello un templo dedicado a mi padre? El era un buen tipo. Nunca me habia exigido que le enviara una postal el Dia del Padre, mucho menos la calavera de alguien.

—¡Percy! —me grito Annabeth—. ¡Su madre es Gea! ¡Gea…!

El lestrigon que la custodiaba le tapo la boca con la mano. «Su madre es Gea.» La diosa de la Tierra. Annabeth trataba de indicarme que eso era importante, pero no entendia por que. Quiza porque el tipo tenia dos padres divinos. Con lo cual seria aun mas dificil matarlo.

—Estas loco, Anteo —le dije—. Si crees que esa es una buena manera de rendir honores a Poseidon, es que no lo conoces.

Los espectadores me insultaban a gritos, pero Anteo levanto la mano para imponer silencio. —Armas —insistio—. Asi veremos como mueres. ¿Quieres un par de hachas? ¿Escudos? ¿Redes? ¿Lanzallamas?

—Solo mi espada —replique.

Una gran carcajada se elevo de las gradas, pero de inmediato aparecio Contracorriente en mis manos y algunas voces de la multitud vacilaron, inquietas. La hoja de bronce relucia con un leve fulgor. —¡Primer asalto! —anuncio Anteo. Se abrieron las puertas y salio a la pista una dracaena con un tridente en una mano y una red en la otra: el equipo clasico del gladiador. Yo llevaba anios entrenandome en el campamento contra aquel tipo de armas.

Me lanzo un viaje con el tridente para probarme y me hice a un lado. Enseguida me arrojo la red para trabarme la mano con la que sujetaba la espada, pero yo me aparte con facilidad, le parti en dos el mango del tridente y le clave la espada aprovechando una grieta de su armadura. Con un alarido de dolor, la criatura se volatilizo. Los vitores del publico se apagaron instantaneamente.

—¡No! —bramo Anteo—. ¡Demasiado deprisa! Has de esperar para matarla. ¡Solo yo puedo dar esa orden!

Mire a Annabeth y Rachel por encima del hombro. Tenia que hallar el modo de liberarlas, quiza distrayendo a sus guardias.

—¡Buen trabajo, Percy! —dijo Luke sonriendo—. Has mejorado con la espada, lo reconozco. —¡Segundo asalto! —bramo Anteo—. ¡Y esta vez mas despacio! ¡Mas entretenido! ¡Aguarda mi senial antes de matar a alguien, o sabras lo que es bueno!

Se abrieron otra vez las puertas y esta vez aparecio un joven guerrero algo mayor que yo, de unos dieciseis anios. Tenia el pelo negro y reluciente, y llevaba un parche en el ojo izquierdo. Era flaco y

nervudo, de manera que la armadura griega le venia holgada. Clavo su espada en el suelo, se ajusto las correas del escudo y se puso un casco con un penacho de crin.

—¿Quien eres? —le pregunte. —Ethan Nakamura —dijo—. Debo matarte. —¿Por que haces esto?

—¡Eh! —nos abucheo un monstruo desde las gradas—. ¡Dejaos de charla y luchad! —Los demas se pusieron a corear lo mismo.

—Tengo que probarme a mi mismo —explico Ethan—. ¡Es la unica manera de alistarse! Dicho lo cual, arremetio contra mi. Nuestras espadas entrechocaron y la multitud rugio entusiasmada. No me parecia justo. No queria combatir para distraer a una pandilla de monstruos, pero Ethan Nakamura no me dejaba alternativa.

Me presionaba. Era bueno. Nunca habia estado en el Campamento Mestizo, que yo supiera, pero se le notaba bien entrenado. Paro mi estocada y casi me arrollo con un golpe de su escudo, pero yo retrocedi de un salto. Me lanzo un tajo y rode hacia un lado. Intercambiamos mandobles y paradas mientras estudiabamos nuestros respectivos estilos. Yo procuraba mantenerme en el lado ciego de Ethan, pero no me servia demasiado. Por lo visto, llevaba mucho tiempo luchando con un solo ojo, porque defendia su lado izquierdo con excelente destreza.

—¡Sangre! —gritaban los monstruos.

Mi contrincante levanto la vista hacia las gradas. Ese era su punto flaco, pense. Necesitaba impresionarlos. Yo no.

Lanzo un iracundo grito de guerra y arremetio otra vez con su espada. Pare el golpe y retrocedi, dejando que me siguiera.

—¡Buuuu! —grito Anteo—. ¡Aguanta y lucha!

Ethan me acosaba, pero, aun sin escudo, yo no tenia problemas para defenderme. El iba vestido de un modo defensivo —con escudo y una pesada armadura— y pasar a la ofensiva le resultaba muy fatigoso. Yo era un blanco mas vulnerable, pero tambien mas ligero y rapido. La multitud habia enloquecido, protestaba a gritos y nos lanzaba piedras. Llevabamos casi cinco minutos luchando y aun no habia sangre a la vista.

Finalmente, Ethan cometio un error. Intento clavarme la espada en el estomago, le bloquee la empuniadura con la mia y gire bruscamente la munieca. Su arma cayo al suelo. Antes de que el atinara a recuperarla, le golpee el casco con el mango de Contracorriente y le propine un buen empujon. Su pesada armadura me ayudo lo suyo. Aturdido y exhausto, se vino abajo. Le puse la punta de la espada en el pecho.

—Acaba ya —gimio Ethan.

Alce la vista hacia Anteo. Su cara rubicunda se habia quedado de piedra de pura contrariedad, pero extendio la mano y coloco el pulgar hacia abajo.

—Ni hablar. —Envaine la espada.

—No seas idiota —gimio Ethan—. Nos mataran a los dos.

Le tendi la mano. El la agarro de mala gana y lo ayude a levantarse.

—¡Nadie osa deshonrar los juegos! —bramo Anteo—. ¡Vuestras dos cabezas se convertiran en tributo al dios Poseidon!

Mire a Ethan.

—Cuando tengas la oportunidad, corre. Luego me volvi hacia Anteo.

—¿Por que no luchas conmigo tu mismo? ¡Si es cierto que gozas del favor de papa, baja aqui y demuestralo!

Los monstruos volvieron a rugir en las gradas. Anteo miro alrededor y comprendio que no tenia alternativa. No podia negarse sin parecer un cobarde.

—Soy el mejor luchador del mundo, chico —me advirtio—. ¡Llevo combatiendo desde el primer pankration!

—¿Pankration? —pregunte.

—Quiere decir «lucha a muerte» —explico Ethan—. Sin reglas, sin llaves prohibidas. En la Antigüedad era un deporte olimpico.

—Gracias por la informacion. —No hay de que.

Rachel me miraba con los ojos como platos. Annabeth movio la cabeza energicamente una y otra vez, pese a que el lestrigon seguia tapandole la boca con una mano.

Apunte a Anteo con mi espada.

—¡El vencedor se lo queda todo! Si gano yo, nos liberas a todos. Si ganas tu, moriremos todos. Juralo por el rio Estigio.

Anteo se echo a reir.

—Esto va a ser rapido. ¡Lo juro con tus condiciones! Salto la valla y aterrizo en la pista.

—Buena suerte —me deseo Ethan—. La necesitaras. —Y se retiro a toda prisa.

Anteo hizo crujir los nudillos y sonrio. Entonces me fije en que incluso sus dientes tenian grabado un disenio de olas. Debia de ser un suplicio cepillarselos despues de las comidas. —¿Armas? —pregunto.

—Me quedo con mi espada. ¿Y tu?

El alzo sus grandiosas manazas y flexiono los dedos.

—¡No necesito nada mas! Maestro Luke, vos sereis el arbitro del combate. — Con mucho gusto —respondio este dirigiendome una sonrisa desde lo alto.

Anteo se lanzo sobre mi. Yo rode por debajo de sus piernas y le di una estocada en la parte trasera del muslo.

—¡Aj! —aullo. Pero no salio sangre, sino un chorro de arena que se derramo en el suelo. La tierra de la pista se alzo en el acto y se acumulo en torno a su pierna, casi como un molde. Cuando volvio a caer, la herida habia desaparecido.

Cargo otra vez contra mi. Por suerte, yo tenia experiencia en el combate con gigantes. Hice un quiebro, le di una estocada por debajo del brazo y la hoja de Contracorriente se le hundio hasta la empuniadura entre las costillas. Esa era la buena noticia. La mala era que cuando el gigante se volvio, se me escapo la espada y sali disparado hasta el centro de la pista, donde aterrice totalmente desarmado.

Anteo bramaba de dolor. Aguarde a que se desintegrara. Ningun monstruo habia resistido una herida como aquella. La hoja de bronce celestial debia de estar destruyendolo por completo. Pero mi contrincante busco la empuniadura a tientas, se arranco la espada y la lanzo hacia atras con fuerza. Una vez mas cayo arena de la brecha y una vez mas la tierra se alzo para cubrirlo, rodeandole todo el cuerpo hasta los hombros. Cuando Anteo quedo de nuevo a la vista, se habia recobrado.

—¿Comprendes ahora por que nunca pierdo, semidios? —dijo, regodeandose—. Ven aqui para que te aplaste. ¡Sera rapido!

Ahora se interponia entre la espada y yo. Desesperado, me volvi a uno y otro lado y mi mirada se encontro con la de Annabeth.

La tierra, pense. ¿Que habia tratado de decirme mi amiga? La madre de Anteo era Gea, la madre tierra, la mas antigua de todas las diosas. Su padre podia ser Poseidon, pero era Gea quien lo mantenia con vida. Era imposible herirlo de verdad mientras tuviera los pies en el suelo.

Intente rodearlo, pero el se anticipo y me cerro el paso, riendose entre dientes. Ahora estaba jugando conmigo. Me tenia acorralado.

Levante la vista hacia las cadenas que colgaban del techo con los craneos de sus enemigos sujetos con ganchos y subitamente se me ocurrio una idea.

Hice una finta hacia el otro lado. Anteo me impidio el paso. La multitud me abucheaba y le pedia a gritos al gigante que acabara conmigo. Pero el se estaba divirtiendo de lo lindo. —Vaya un enclenque —dijo—. ¡No eres digno de ser hijo del dios de mar!

Note que el boligrafo regresaba a mi bolsillo, aunque eso Anteo no lo sabia. El creia que Contracorriente seguia en el suelo, a su espalda. Suponia que mi unico objetivo era recuperar el arma. Tal vez no era una gran ventaja, pero era lo unico que tenia.

Arremeti de frente, agazapandome para que pensara que iba a rodar otra vez entre sus piernas. Mientras se agachaba para atraparme, salte con todas mis fuerzas, le aparte el brazo de una patada, me encarame sobre su hombro como si se tratara de una escalera y le apoye un pie en la cabeza. El hizo lo que cabia esperar. Se enderezo indignado y grito: «¡Eh!» Me di impulso, utilizando su propia fuerza para catapultarme hacia el techo, y me agarre de lo alto de una cadena. Las calaveras y los ganchos tintinearon debajo. Rodee la cadena con las piernas, como hacia en los ejercicios con cuerdas de la clase de gimnasia. Saque a Contracorriente y corte la cadena mas cercana.

—¡Baja, cobarde! —bramaba Anteo. Intento agarrarme desde el suelo, pero yo quedaba fuera de su alcance.

Aferrandome como si me fuera en ello la vida, grite:

—¡Sube aqui y atrapame! ¿O acaso eres demasiado lento y gordinflon?

Solto un aullido e intento agarrarme de nuevo. No lo consiguio, pero si atrapo una cadena y trato de izarse. Mientras el forcejeaba, baje la cadena que habia cortado, como si fuese una cania de pescar, con el gancho colgando en la punta. Me costo dos intentos, pero al final logre prenderlo en el taparrabos de Anteo.

—¡¡¡Aju!

Rapidamente, deslice el amarre de la cadena suelta en la mia, procurando tensarla al maximo y asegurarla lo mejor posible. Anteo procuro bajar al suelo, pero su trasero permanecia suspendido por el taparrabos. Tuvo que sujetarse en otras cadenas con ambas manos para no volcarse y quedar boca abajo. Rece para que el taparrabos y la cadena resistieran unos segundos mas. Mientras el maldecia y se agitaba, trepe entre las cadenas, columpiandome y saltando como un mono enloquecido, y enlace ganchos y eslabones metalicos. No se como lo hice, la verdad. Mi madre siempre dice que tengo un don especial para enredar las cosas. Ademas, queria salvar a mis amigas a cualquier precio. El caso es que en un par de minutos tuve al gigante completamente envuelto en cadenas y suspendido por encima del suelo.

Me deje caer en la pista, jadeante y sudoroso. Tenia las manos en carne viva de tanto aferrarme a las cadenas.

—¡Bajame de aqui! —berreo Anteo. —¡Liberalo! —exigio Luke—. ¡Es nuestro anfitrion! Destape otra vez a Contracorriente. —Muy bien. Voy a liberarlo.

Y le atravese el estomago al gigante. El bramo y aullo mientras derramaba arena por la herida, pero esta vez estaba demasiado alto y no tenia contacto con la tierra, de manera que la arena no se alzo para ayudarlo. Anteo se fue vaciando poco a poco hasta que no quedo mas que un monton de cadenas balanceandose, un taparrabos gigantesco colgado de un gancho y un monton de calaveras sonrientes que bailaban por encima de mi cabeza como si tuvieran por fin algo que celebrar.

—¡Jackson! —aullo Luke—. ¡Tendria que haberte matado hace tiempo!

—Ya lo intentaste —le recorde—. Ahora dejanos marchar. He hecho un trato con Anteo bajo juramento. Soy el ganador.

El reacciono como me esperaba.

—Anteo esta muerto —replico—. Su juramento muere con el. Pero, como hoy me siento clemente, hare que te maten deprisa.

Senialo a Annabeth.

—Perdonadle la vida a la chica. —La voz le temblo un poco—. Quiero hablar con ella… antes de nuestro gran triunfo.

Todos los monstruos de la audiencia sacaron un arma o extendieron sus garras. Estabamos atrapados. Nos superaban de un modo abrumador.

Entonces note algo en el bolsillo: una sensacion gelida que se hacia mas y mas glacial. «El silbato para perros.» Lo rodee con mis dedos. Durante dias habia evitado recurrir al regalo de Quintus. Tenia que ser una trampa. Pero en esa situacion… no tenia alternativa. Me lo saque del bolsillo y sople. No produjo ningun ruido audible y se partio en pedazos de hielo que se me derritieron en la mano.

—¿Para que se supone que servia eso? —se burlo Luke.

Desde detras me llego un ganiido de sorpresa. El gigante lestrigon que custodiaba a Annabeth paso por mi lado corriendo y se estrello contra la pared.

—¡Aj!

Kelli, la empusa, solto un chillido. Un mastin negro de doscientos kilos la habia agarrado con los dientes como si fuera un pelele y la lanzo por los aires, directa al regazo de Luke. La Seniorita O'Leary grunio amenazadora y las dos dracaenae retrocedieron. Durante un instante, los monstruos de las gradas quedaron sobrecogidos por la sorpresa.

—¡Vamos! —grite a mis amigas—. ¡Aqui, Seniorita O'Leary! —¡Por el otro lado! —dijo Rachel—. ¡Ese es el camino!

Ethan Nakamura nos siguio sin pensarselo dos veces. Cruzamos el ruedo corriendo todos juntos y salimos por el extremo opuesto, seguidos por la Seniorita O'Leary. Mientras corriamos, oi el tremendo tumulto de un ejercito entero que saltaba desordenadamente de las gradas, dispuesto a perseguirnos.

Capitulo 15

Robamos unas alas usadas

—¡Por aqui! —grito Rachel.

—¿Por que habriamos de seguirte? —pregunto Annabeth—. ¡Nos has llevado a una trampa mortal! —Era el camino que teniais que seguir. Igual que este. ¡Vamos!

Annabeth no parecia muy contenta, pero siguio corriendo con todos los demas. Rachel parecia saber exactamente adonde se dirigia. Doblaba los recodos a toda prisa y ni siquiera vacilaba en los cruces. En una ocasion dijo «¡Agachaos!», y todos nos agazapamos justo cuando un hacha descomunal se deslizaba por encima de nuestras cabezas. Luego seguimos como si nada.

Perdi la cuenta de las vueltas que dimos. No nos detuvimos a descansar hasta que llegamos a una estancia del tamanio de un gimnasio con antiguas columnas de marmol. Me pare un instante en el umbral y aguce el oido para comprobar si nos seguian, pero no percibi nada. Al parecer, habiamos despistado a Luke y sus secuaces por el laberinto.

Entonces me di cuenta de otra cosa: la Seniorita O'Leary no venia detras. No sabia cuando habia desaparecido, ni tampoco si se habia perdido o la habian alcanzado los monstruos. Se me encogio el corazon. Nos habia salvado la vida y yo ni siquiera la habia esperado para asegurarme de que nos seguia.

Ethan se desmorono en el suelo. —¡Estais todos locos!

Se quito el casco. Tenia la cara cubierta de sudor. Annabeth sofoco un grito.

—¡Ahora me acuerdo de ti! ¡Estabas en la cabania de Hermes hace unos anios!, ¡eras uno de los chavales que aun no habian sido reconocidos!

El le dirigio una mirada hostil. —Si, y tu eres Annabeth. Ya me

acuerdo. —¿Que te paso en el ojo?

Ethan miro para otro lado y a mi me dio la impresion de que aquel era un asunto del que no pensaba hablar.

—Tu debes de ser el mestizo de mi suenio —dije—. El que acorralaron los esbirros de Luke. No era Nico, a fin de cuentas.

—¿Quien es Nico?

—No importa —replico Annabeth rapidamente—. ¿Por que querias unirte al bando de los malos? Ethan la miro con desden.

—Porque el bando de los buenos no existe. Los dioses nunca se han preocupado de nosotros. ¿Por que no iba…?

—Claro, ¿por que no ibas a alistarte en un ejercito que te hace combatir a muerte por pura diversion? —le espeto Annabeth—. Jo, me pregunto por que.

Ethan se incorporo con esfuerzo.

—No pienso discutir contigo. Gracias por la ayuda, pero me largo.

—Estamos buscando a Dedalo —dije—. Ven con nosotros. Una vez que lo consigamos, seras bienvenido en el campamento.

—¡Estais completamente locos si creeis que Dedalo va a ayudaros! —Tiene que hacerlo —apunto Annabeth—. Lo obligaremos a escucharnos. Ethan resoplo.

—Si, vale. Buena suerte. Lo agarre del brazo.

—¿Piensas largarte tu solo por el laberinto? Es un suicidio.

El me miro conteniendo apenas la ira. El parche negro que le tapaba el ojo tenia la tela descolorida y los bordes deshilachados, como si lo hubiera llevado durante mucho tiempo.

—No deberias haberme perdonado la vida, Jackson. No hay lugar para la clemencia en esta guerra. Luego echo a correr y desaparecio en la oscuridad por la que habiamos venido.

* * *

Annabeth, Rachel y yo estabamos tan exhaustos que decidimos acampar alli mismo. Encontre unos trozos de madera y encendimos fuego. Las sombras bailaban entre las columnas y se alzaban a nuestro alrededor como arboles gigantescos.

—Algo le pasaba a Luke —murmuro Annabeth, mientras atizaba el fuego con el cuchillo—. ¿Has visto como se comportaba?

—A mi me ha parecido muy satisfecho —seniale—. Como si hubiese pasado un dia estupendo torturando a un heroe tras otro.

—¡No es verdad! Algo le pasaba. Parecia… nervioso. Ha ordenado a sus monstruos que me perdonaran la vida. Queria decirme algo.

—Seguramente: «¡Hola, Annabeth! Sientate aqui conmigo y mira como destrozo a tus amigos. ¡Va a ser divertido!»

—Eres insufrible —rezongo ella. Envaino su cuchillo y miro a Rachel—. Bueno, ¿y ahora por donde? Rachel no respondio enseguida. Estaba muy silenciosa desde que habiamos pasado por la pista de combate. Ahora, cada vez que mi amiga hacia un comentario sarcastico, apenas se molestaba en responder. Habia quemado en la hoguera la punta de un palito y, con la ceniza, iba dibujando en el suelo imagenes de los monstruos que habiamos visto. Le bastaron unos trazos para captar a la perfeccion la forma de una dracaena.

—Seguiremos el camino —dijo—. El brillo del suelo.

—¿Te refieres al brillo que nos ha metido directamente en una trampa? —pregunto Annabeth. —Dejala en paz —le dije—. Hace lo que puede.

Annabeth se puso de pie.

—El fuego se esta apagando. Voy a buscar un poco mas de madera mientras vosotros hablais de estrategia. —Y desaparecio entre las sombras.

Rachel dibujo otra figura con su palito: un Anteo de ceniza colgado de sus cadenas. —Normalmente no se comporta asi —le dije—. No se que le pasa.

Rachel arqueo las cejas. — ¿Seguro que no lo sabes? —¿A que te refieres?

—Chicos… —murmuro entre dientes—. Totalmente ciegos.

—¡Oye, ahora no te metas tu tambien conmigo! Mira, siento mucho haberte involucrado en esto. —No, tu tenias razon. Veo el camino. No podria explicarlo, pero esta muy claro. — Senialo el otro extremo de la estancia, ahora sumido en la oscuridad—. El taller esta por alli. En el corazon del laberinto. Ya nos encontramos muy cerca. Lo que no se es por que tenia que pasar el camino por la pista de combate. Eso si lo lamento. Creia que ibas a morir.

Me parecio que estaba al borde de las lagrimas.

—Bueno, he estado a punto de morir muchas veces —le asegure—. No vayas a sentirte mal por eso. Ella me miro fijamente.

—¿Asi que esto es lo que haces cada verano?, ¿luchar con monstruos y salvar el mundo? ¿Nunca tienes la oportunidad de hacer… no se, ya me entiendes, cosas normales?

Nunca lo habia pensado de esa manera. La ultima vez que habia disfrutado de algo parecido a una vida normal habia sido… Bueno, nunca.

—Si eres mestizo al final acabas acostumbrandote. O quiza no exactamente… —Me removi incomodo —. ¿Que me dices de ti? ¿Que haces en circunstancias normales?

Rachel se encogio de hombros. —Pinto. Leo un monton.

Vale, pense. Por ahora, cero puntos en la tabla de aficiones comunes. —¿Y tu familia?

Note que se alzaban sus barreras mentales. Era un tema de conversacion delicado, por lo visto. —Ah… Son, bueno, ya sabes… una familia.

—Antes has dicho que si desaparecieras no se darian cuenta. Dejo a un lado su palito.

—¡Uf! Estoy muy cansada. Me parece que voy a dormir un poco, ¿vale? —Claro. Perdona si…

Pero ella ya estaba acurrucandose y colocando su mochila a modo de almohada. Cerro los ojos y se quedo inmovil, aunque me dio la impresion de que no estaba dormida.

Unos minutos mas tarde, regreso Annabeth. Echo unos trozos de madera al fuego. Miro a Rachel y luego a mi.

—Yo hago la primera guardia —dijo—. Tu tambien deberias dormir. —No hace falta que te comportes asi.

—¿Como?

—Pues… No importa, da igual. —Me tumbe con una sensacion de tristeza. Estaba tan cansado que me quede dormido nada mas cerrar los ojos.

* * *

Oia risas en suenios. Risas heladas y estridentes, parecidas al sonido de un cuchillo al ser afilado.

Me hallaba al borde de un abismo en las profundidades del Tartaro. La oscuridad burbujeaba a mis pies como una sopa de tinta.

—Tan cerca de tu propia destruccion, pequenio heroe —me reprendio la voz de Cronos—. Y todavia sigues ciego.

No era la misma voz que tenia antes. Casi parecia poseer consistencia fisica, como si hablara desde un cuerpo real y no… desde su extranio estado anterior, cuando se hallaba cortado en pedacitos.

—Tengo mucho que agradecerte —dijo Cronos—. Tu has hecho posible que me alce de nuevo.

Las sombras de la caverna se hicieron mas densas e impenetrables. Trate de retroceder y de alejarme del abismo, pero era como nadar en una balsa de aceite. El tiempo se ralentizo. Mi respiracion casi se detuvo.

—Un favor —prosiguio Cronos—. El senior de los titanes siempre paga sus deudas. Tal vez una vision momentanea de los amigos que abandonaste…

La oscuridad que me rodeaba se ondulo y, subitamente, me encontre en otra cueva. —¡Rapido! —dijo Tyson al tiempo que entraba a toda prisa.

Grover aparecio detras, trastabillando. Sono un ruido retumbante en el corredor por el que habian llegado y la cabeza de una serpiente enorme irrumpio en la cueva. En realidad, aquella cosa era tan grande que su cuerpo apenas cabia en el tunel. Tenia escamas cobrizas, una cabeza en forma de rombo, como una serpiente de cascabel, y unos ojos amarillos que relucian de odio. Cuando abrio la boca, vi que sus colmillos eran tan altos como el mismisimo Tyson.

Le lanzo un mordisco a Grover, pero el se escabullo dando saltos y la serpiente no se llevo mas que un bocado de tierra. Tyson agarro una roca y se la arrojo al monstruo. Le dio entre los ojos, pero el reptil se limito a retroceder con un escalofriante silbido.

—¡Te va a comer! —le grito Grover a Tyson. —¿Como lo sabes?

—¡Me lo acaba de decir! ¡Corre!

Tyson salio disparado, pero el monstruo uso la cabeza como una porra y lo derribo.

—¡No! —chillo Grover. Antes de que Tyson pudiera incorporarse, la serpiente lo envolvio con sus anillos y empezo a apretar.

Tyson tenso al maximo sus musculos y trato de zafarse con su inmensa potencia, pero el abrazo de la serpiente era todavia mas poderoso. Grover la aporreaba frenetico con sus flautas de junco y exactamente con los mismos resultados que si hubiera aporreado las paredes de piedra.

Toda la cueva temblo cuando la serpiente flexiono su musculatura con un estremecimiento para superar la resistencia de su victima.

Grover se puso a tocar sus flautas y empezaron a caer estalactitas del techo. La cueva entera parecia a punto de venirse abajo…

* * *

Annabeth me desperto, sacudiendome del hombro. —¡Percy, despierta!

—¡Tyson! ¡Tyson corre peligro! —dije—. ¡Hemos de ayudarle! —Lo primero es lo primero —replico ella—. ¡Hay un terremoto! En efecto: la estancia entera se sacudia.

—¡Rachel! —grite.

Ella abrio los ojos al instante, tomo su mochila y los tres echamos a correr. Casi habiamos llegado al tunel del fondo cuando la columna mas cercana crujio y se partio. Seguimos a toda marcha mientras un centenar de toneladas de marmol se desmoronaba a nuestras espaldas. Llegamos al pasadizo y nos volvimos un instante, cuando ya se desplomaban las demas columnas. Una nube de polvo se nos vino encima y continuamos corriendo.

—¿Sabes? —dijo Annabeth—. Empieza a gustarme este camino.

No habia pasado mucho tiempo cuando divisamos luz al fondo: una iluminacion electrica normal. —Alli —senialo Rachel.

La seguimos hasta un vestibulo hecho totalmente de acero inoxidable, como los que debian de tener en las estaciones espaciales. Habia tubos fluorescentes en el techo. El suelo era una rejilla metalica. Estaba tan acostumbrado a la oscuridad que me vi obligado a guiniar los ojos. Annabeth y Rachel parecian muy palidas bajo aquella luz tan cruda.

—Por aqui —indico Rachel, quien echo a correr de nuevo—. ¡Ya casi hemos llegado!

—¡No puede ser! —objeto Annabeth—. El taller deberia estar en la parte mas antigua del laberinto. Esto no…

Titubeo porque habiamos llegado a una doble puerta de metal. Grabada en la superficie de acero, destacaba una gran A griega de color azul.

—¡Es aqui! —anuncio Rachel—. El taller de Dedalo.

* * *

Annabeth pulso el simbolo y las puertas se abrieron con un chirrido. —De poco nos ha servido la arquitectura antigua —dije.

Mi amiga me miro ceniuda y entramos los tres.

Lo primero que me impresiono fue la luz del dia: un sol deslumbrante que entraba por unos gigantescos ventanales. No era precisamente lo que uno se espera en el corazon de una mazmorra. El taller venia a ser como el estudio de un artista, con techos de nueve metros de alto, lamparas industriales, suelos de piedra pulida y bancos de trabajo junto a los ventanales. Una escalera de caracol conducia a un altillo. Media docena de caballetes mostraban esquemas de edificios y maquinas que se parecian a los esbozos de Leonardo da Vinci. Habia varios ordenadores portatiles por las mesas. En un estante se alineaba una hilera de jarras de un aceite verde: fuego griego. Tambien se veian inventos: extranias maquinas de metal que no tenian el menor sentido para mi. Una de ellas era una silla de bronce con un monton de cables electricos, como un instrumento de tortura. En otro rincon se alzaba un huevo metalico gigante que tendria el tamanio de un hombre. Habia un reloj de pendulo que parecia completamente de cristal, de manera que se veian los engranajes girando en su interior. Y en una de las paredes habian colgado numerosas alas de bronce y de plata.

—¡Dioses del cielo! —musito Annabeth. Corrio hacia el primer caballete y examino el esquema—. Es un genio. ¡Mira las curvas de este edificio!

—Y un artista —dijo Rachel, maravillada—. ¡Esas alas son increibles!

Las alas parecian mas avanzadas que las que habia visto en suenios. Las plumas estaban entrelazadas mas estrechamente. En lugar de estar pegadas con cera, tenian tiras autoadhesivas que seguian los bordes.

Mantuve bien sujeta a Contracorriente. Al parecer, Dedalo no estaba alli, pero daba la impresion de que el taller habia sido utilizado hasta hacia un momento. Los portatiles seguian encendidos, con sus respectivos salvapantallas. En un banco habia una magdalena de arandanos mordida y una taza de cafe. Me acerque al ventanal. La vista era increible. Identifique a lo lejos las Montanias Rocosas. Estabamos en lo alto de una cordillera, al menos a mil quinientos metros, y a nuestros pies se extendia un valle con una variopinta coleccion de colinas, rocas y formaciones de piedra rojiza. Parecia como si un ninio hubiera construido una ciudad de juguete con bloques del tamanio de rascacielos y luego la hubiera destrozado a patadas.

—¿Donde estamos? —me pregunte.

—En Colorado Springs —respondio una voz a nuestra espalda—. El Jardin de los Dioses.

De pie en lo alto de la escalera de caracol, con el arma desenvainada, vimos a nuestro desaparecido instructor de combate a espada. Quintus.

* * *

—¡Tu! —exclamo Annabeth—. ¿Que has hecho con Dedalo? El sonrio levemente.

—Creeme, querida: no te conviene conocerlo.

—A ver si nos entendemos, senior Traidor —grunio ella—, no he luchado con una mujer dragon, con un hombre de tres cuerpos y una esfinge psicotica para verte a ti. Asi que… ¿donde esta Dedalo?

Quintus bajo las escaleras, sosteniendo la espada desenvainada en un costado. Llevaba vaqueros, botas y una camiseta de instructor del Campamento Mestizo, que parecia un insulto ahora que sabiamos que era un espia. Yo no estaba muy seguro de poder vencerlo en un duelo a espada, porque Quintus era muy bueno, pero pense que igualmente debia intentarlo.

—Creeis que soy un agente de Cronos —dijo—. Que trabajo para Luke. —Vaya novedad —solto Annabeth.

—Eres una chica inteligente, pero te equivocas. Yo solo trabajo para mi. —Luke hablo de ti —le dije—. Y Gerion tambien te conocia. Estuviste en su rancho. —Claro —admitio—. He estado en casi todas partes. Incluso aqui.

Paso por mi lado, como si yo no representara ninguna amenaza, y se situo junto a la ventana.

—La vista cambia todos los dias —musito—. Siempre un lugar alto. Ayer era un rascacielos desde el que se dominaba todo Manhattan. Anteayer, una preciosa vista del lago Michigan. Pero siempre reaparece el Jardin de los Dioses. Supongo que al laberinto le gusta este lugar. Un nombre apropiado, imagino.

—O sea, que ya habias estado aqui antes — apunte. —Desde luego.

—¿La vista es un espejismo ? —pregunte—. ¿Una proyeccion? —No —murmuro Rachel—. Es autentica. Estamos realmente en Colorado. Quintus la observo.

—Tienes una vision muy clara, ¿no es cierto? Me recuerdas a otra mortal que conoci. Otra princesa que sufrio un accidente.

—Basta de juegos —dije—. ¿Que has hecho con Dedalo? Quintus me miro fijamente.

—Muchacho, necesitas unas lecciones de tu amiga para ver con mas claridad. Yo soy Dedalo.

* * *

Podia haberle respondido de muchas maneras, desde «¡Lo sabia!» hasta «¡¡Mentiroso!!» o «Si, claro, y yo soy Zeus».

En cambio, lo unico que se me ocurrio fue:

—Pero ¡tu no eres inventor! ¡Eres un maestro de espada!

—Soy ambas cosas —explico Quintus—. Y arquitecto. Y erudito. Tambien juego al baloncesto bastante bien para un tipo que no empezo a practicar hasta los dos mil anios de edad. Un verdadero artista debe dominar muchas materias.

—Eso es cierto —observo Rachel—. Yo pinto tambien con el pie, no solo con las manos. —¿Lo ves? —dijo Quintus—. Una chica muy dotada.

—Pero si ni siquiera te pareces a Dedalo —proteste—. Lo he visto en suenios y… De repente se me ocurrio un pensamiento espantoso.

—Si —dijo Quintus—. Por fin has adivinado la verdad. —Eres un automata. Te construiste un cuerpo nuevo.

—Percy —intervino Annabeth—, no es posible. Eso… eso no puede ser un automata. Quintus rio entre dientes.

—¿Sabes que quiere decir quintus, querida? —«El quinto», en latin. Pero…

—Este es mi quinto cuerpo. —El maestro de espada extendio el brazo, se apreto el codo con la mano y una tapa rectangular se abrio como un resorte en su munieca. Debajo zumbaban unos engranajes de bronce y relucia una marania de cables.

—¡Es alucinante! —se asombro Rachel. —Es rarisimo —dije yo.

—¿Encontraste un medio de transferir tu animus a una maquina? —pregunto Annabeth—. Es… antinatural.

—Ah, querida, te aseguro que sigo siendo yo. Soy el mismisimo Dedalo de siempre. Nuestra madre, Atenea, se encarga de que no lo olvide. —Tiro de su camiseta hacia abajo. En la base del cuello tenia una marca que ya habia visto antes: la forma oscura de un pajaro injertada en su piel.

—La marca de un asesino —declaro Annabeth.

—Por tu sobrino, Perdix —deduje—. El chico que empujaste desde la torre. El rostro de Quintus se ensombrecio.

—No lo empuje. Simplemente…

—Hiciste que perdiera el equilibrio —conclui—. Lo dejaste morir. Quintus contemplo las montanias violaceas por la ventana.

—Me arrepiento de lo que hice, Percy. Estaba furioso y amargado. Pero ya no puedo remediarlo y Atenea no me permite olvidar. Cuando Perdix murio, lo convirtio en un pequenio pajaro: una perdiz. Me marco en el cuello la forma de ese pajaro a modo de recordatorio. Sea cual sea el cuerpo que adopte, la marca reaparece en mi piel.

Lo mire a los ojos y me di cuenta de que era el mismo hombre que habia visto en mis suenios. Su rostro podia ser totalmente distinto, pero alli dentro residia la misma alma, la misma inteligencia, la misma infinita tristeza.

—Realmente eres Dedalo —decidi—. Pero ¿por que viniste al campamento? ¿Para que querias espiarnos?

—Para ver si vuestro campamento merecia salvarse. Luke me habia ofrecido una version de la historia. Preferi extraer mis propias conclusiones.

—O sea, que has hablado con Luke.

—Ah, si, muchas veces. Un tipo bastante persuasivo.

—Pero ¡ahora has visto el campamento! —insistio Annabeth—. Y sabes que necesitamos tu ayuda. ¡No puedes permitir que Luke cruce el laberinto!

Dedalo dejo la espada en el banco de trabajo.

—El laberinto ya no esta bajo mi control, Annabeth. Yo lo cree, si. De hecho, esta ligado a mi fuerza vital. Pero he dejado que viva y se desarrolle por si mismo. Es el precio que he pagado para mantenerme a salvo.

—¿A salvo de que?

—De los dioses. Y de la muerte. Llevo dos milenios vivo, querida, ocultandome de ella. —Pero ¿como has podido ocultarte de Hades? —le pregunte—. Quiero decir… Hades tiene a las Furias.

—Ellas no lo saben todo —respondio—. Y tampoco lo ven todo. Tu te has tropezado con ellas, Percy, y sabes que es asi. Un hombre inteligente puede esconderse durante mucho tiempo, y yo me he enterrado a mi mismo en una profundidad inaccesible. Solo mi gran enemigo ha continuado persiguiendome, y tambien he logrado desbaratar sus planes.

—Te refieres a Minos — supuse. Dedalo asintio.

—Me acosa sin cesar. Ahora que es juez de los muertos, nada le gustaria mas que ver como me presento ante el para poder castigarme por mis crimenes. Desde que las hijas de Cocalo lo mataron, el fantasma de Minos empezo a torturarme en suenios. Prometio darme caza. Y no tuve mas remedio que retirarme por completo del mundo. Descendi a mi laberinto. Decidi que ese seria mi maximo logro: enganiar a la muerte.

—Y lo has logrado —apunto Annabeth—. Durante dos mil anios. Parecia impresionada, pese a las cosas horribles que Dedalo habia hecho.

Justo en ese momento sono un fuerte ladrido en el tunel. Oi el pa-PUM, pa-PUM, pa-PUM de unas pezunias enormes y la Seniorita O'Leary entro brincando en el taller. Me dio un lameton en la cara y luego casi derribo a Dedalo con las fiestas y saltos entusiastas que le dedico.

—Aqui esta mi vieja amiga. —Dedalo le rasco detras de las orejas—. Mi unica companiera durante todos estos anios solitarios.

—Permitiste que me salvara —dije—. Al final resulta que el silbato funcionaba.

—Por supuesto que si —asintio Dedalo—. Tienes buen corazon, Percy. Y sabia que le caias bien a la Seniorita O'Leary. Yo queria ayudarte. Quiza me sentia culpable, ademas. —¿Culpable de que?

—De que toda vuestra busqueda vaya a resultar inutil.

—¿Que? —exclamo Annabeth—. Aun puedes ayudarnos. ¡Tienes que hacerlo! Danos el hilo de Ariadna para que Luke no pueda apoderarse de el.

—Ah… el hilo. Ya le dije a Luke que los ojos de un mortal dotado de una clara vision son los mejores guias, pero el no se fio de mi. Estaba obsesionado con la idea de un objeto magico. Y el hilo funciona. Tal vez no tiene tanta precision como vuestra amiga mortal, pero cumple su cometido. Si, funciona bastante bien.

—¿Donde esta? —quiso saber Annabeth.

—Lo tiene Luke —respondio el con tristeza—. Lo lamento, querida. Llegas con varias horas de retraso. Con un escalofrio, comprendi entonces por que estaba Luke de tan buen humor en la pista de Anteo. Ya habia conseguido el hilo de Dedalo. El unico obstaculo que se interponia en su camino era el duenio de la pista de combate. Y yo me habia encargado de librarlo de el, matandolo.

—Cronos me ha prometido la libertad —dijo Quintus—. Una vez que Hades sea derrocado, pondra el inframundo bajo mi tutela. Entonces reclamare a mi hijo Icaro. Arreglare las cosas con el pobre Perdix. Y hare que el alma de Minos sea arrojada al fondo del Tartaro, donde no pueda atormentarme mas. Ya no tendre que seguir huyendo de la muerte.

—¿Esa es tu gran idea? —grito Annabeth—. ¿Vas a dejar que Luke destruya nuestro campamento, que mate a cientos de semidioses y ataque el Olimpo? ¿Vas a permitir que se venga abajo el mundo entero solo para lograr lo que deseas?

—La tuya es una causa perdida, querida. Me di cuenta apenas comence a trabajar en vuestro campamento. Es imposible que podais resistir al poderoso Cronos.

—¡No es cierto! —estallo ella.

—No podia hacer otra cosa, querida. La oferta era demasiado buena para rechazarla. Lo lamento. Annabeth dio un empujon a un caballete y los esquemas arquitectonicos se desparramaron por el suelo. —Yo te respetaba ¡Eras mi heroe! Construias… cosas increibles, resolvias problemas. Y ahora… no se lo que eres. Se supone que los hijos de Atenea han de poseer sabiduria, no solo inteligencia. Quiza no seas mas que una maquina, a fin de cuentas. Deberias haber muerto hace dos mil anios.

En lugar de ponerse furioso, Dedalo bajo la cabeza.

—Deberiais iros y alertar al campamento. Ahora que Luke tiene el hilo… La Seniorita O'Leary alzo de repente las orejas.

—¡Alguien viene! —dijo Rachel.

Las puertas del taller se abrieron violentamente y Nico entro a trompicones con las manos encadenadas. Detras venian Kelli y los dos lestrigones, seguidos por el fantasma de Minos. Este casi parecia solido: un rey palido y barbado de ojos glaciales, de cuya tunica se desprendian jirones de niebla.

Su mirada se concentro en Dedalo. —Aqui estas, mi viejo amigo.

Dedalo apreto los dientes y miro a Kelli. —¿Que significa esto?

—Luke te manda recuerdos —dijo ella—. Ha pensado que quiza te gustaria ver a tu antiguo jefe, Minos.

—Eso no formaba parte de nuestro acuerdo —espeto Dedalo.

—Cierto —admitio Kelli—. Pero ahora ya tenemos lo que queriamos de ti; y tambien hemos llegado a otros acuerdos. Minos nos ha pedido una sola cosa para entregarnos a este joven y bello semidios — dijo deslizandole un dedo por el cuello a Nico—. Nos sera muy util, por cierto. Y lo unico que Minos nos ha pedido a cambio ha sido tu cabeza, anciano.

Dedalo palidecio. —Traicion.

—Vete acostumbrando —solto ella. —Nico —dije—. ¿Estas bien?

El asintio con aire enfurruniado.

—Lo siento… Percy. Minos me aseguro que estabais en peligro. Me convencio para que volviera al laberinto.

—¿Pretendias salvarnos?

—Me enganio —dijo—. Nos ha enganiado a todos. Mire a Kelli.

—¿Y Luke? ¿Por que no esta aqui?

La mujer demonio sonrio como quien comparte un chiste privado.

—Luke esta… ocupado. Ha de preparar el ataque. Pero no os preocupeis, tenemos mas amigos en camino. Y mientras tanto, ¡voy a tomar un suculento aperitivo! —Sus manos se transformaron en garras, su pelo ardio en llamas y sus piernas adoptaron su forma real: una pata de burro y otra de bronce.

—Percy —me susurro Rachel—, las alas. ¿Tu crees…? —Descuelgalas —dije—. Tratare de ganar tiempo.

Entonces se armo un autentico pandemonio. Annabeth y yo arremetimos contra Kelli. Los gigantes lestrigones se lanzaron sobre Dedalo, pero la Seniorita O'Leary se interpuso de un salto para defenderlo. Nico habia sido derribado de un empujon y forcejeaba en el suelo con sus cadenas mientras el espiritu de Minos aullaba:

—¡Matad al inventor! ¡Matadlo!

Rachel tomo las alas de la pared. Nadie le prestaba atencion. Kelli ataco con sus garras a Annabeth. Yo intente clavarle mi espada, pero la mujer demonio era rapida y mortifera: volcaba mesas, aplastaba inventos y no permitia que nos acercaramos. Por el rabillo de ojo, vi que la Seniorita O'Leary mascaba el brazo de un gigante. El monstruo daba alaridos de dolor y arrojaba a la perra de un lado para otro, tratando de sacudirsela. Dedalo intento recuperar su espada, pero el segundo gigante le dio un punietazo al banco donde la habia apoyado y el arma salio volando por los aires. Una vasija de fuego griego cayo al suelo y empezo a arder. Sus llamas verdes se propagaron rapidamente.

—¡A mi! —grito Minos—. ¡Espiritus de los muertos! Alzo sus manos espectrales y el aire empezo a temblar.

—¡No! —grito Nico, que habia conseguido levantarse y quitarse los grilletes.

—¡No tienes ningun control sobre mi, estupido jovenzuelo! —le espeto Minos con desprecio—. ¡He sido yo quien te ha controlado desde el principio! Un alma por otra alma, si. Pero no sera tu hermana la que regrese de entre los muertos. Sere yo, en cuanto haya matado al inventor.

Los espiritus empezaron a congregarse alrededor de Minos: siluetas temblorosas que se multiplicaban y se solidificaban hasta convertirse en soldados cretenses.

—Soy el hijo de Hades —insistio Nico—. ¡Desaparece! El rey solto una carcajada.

—No tienes poder sobre mi. ¡Yo soy el senior de los espiritus! ¡El rey de los fantasmas! —No. —Nico saco su espada—. Lo soy yo.

Hinco la hoja negra en el suelo, que se rajo como si fuese de mantequilla. —¡Nunca! —La forma de Minos se ondulo—. Yo…

La tierra empezo a retumbar. Las ventanas se resquebrajaron y se hicieron aniicos, tras lo cual una violenta rafaga de aire fresco entro en la estancia. Entonces se abrio una grieta en el suelo de piedra y Minos y todos sus espiritus cayeron en el vacio con un espantoso alarido.

La mala noticia: la lucha continuaba a nuestro alrededor y yo me habia distraido. Kelli se echo sobre mi a tal velocidad que no tuve tiempo de defenderme. La espada se me escapo y, al caer al suelo, me di un porrazo en la cabeza con un banco. La vista se me nublo. No podia alzar los brazos.

—¡Seguro que tienes un sabor delicioso! —dijo Kelli riendose y enseniandome los colmillos. Subitamente, su cuerpo se puso rigido y sus ojos inyectados en sangre se abrieron de par en par. Sofoco un grito.

—No… escuela… espiritu…

Annabeth saco el cuchillo de su espalda. Con un chillido escalofriante, Kelli se esfumo en un vapor amarillo.

Mi amiga me ayudo a incorporarme. Todavia estaba mareado, pero no teniamos tiempo que perder. La Seniorita O'Leary y Dedalo seguian enzarzados en su lucha con los gigantes mientras se oia un griterio en el tunel: se acercaban mas monstruos que no tardarian en llegar al taller.

—¡Hemos de ayudar a Dedalo! —dije.

—No hay tiempo —grito Rachel—. ¡Vienen muchos mas!

Ya se habia colocado las alas y estaba ayudando a Nico, que se habia quedado palido como la cera y cubierto de sudor tras su lucha con Minos. Las alas se ajustaron al instante a su espalda y sus hombros. —¡Ahora tu! —me indico.

En unos segundos, Nico, Annabeth, Rachel y yo tuvimos colocadas las alas de cobre. Ya me sentia impulsado hacia arriba por el viento que entraba por la ventana. El fuego griego se habia apoderado de las mesas y los muebles, y se extendia tambien por la escalera de caracol.

—¡Dedalo! —grite—. ¡Vamos!

Tenia multitud de heridas por todo el cuerpo, pero no le salia sangre, sino un aceite dorado. Habia recuperado su espada y usaba la plancha de una mesa destrozada como escudo frente a los gigantes. —¡No abandonare a la Seniorita O'Leary] —replico—. ¡Marchaos!

No habia tiempo para discusiones. Aunque nos quedaramos, estaba seguro de que no serviria de nada.

—¡Ninguno de nosotros sabe como volar! —dijo Nico. —¡Estupenda ocasion para averiguarlo! —respondi. Y los cuatro juntos saltamos por la ventana.

Capitulo 16

Abro un ataud

Saltar por una ventana a mil quinientos metros del suelo no suele ser mi diversion favorita. Sobre todo si llevo encima unas alas de bronce y tengo que agitar los brazos como un pato. Caia en picado hacia el valle: directo hacia las rocas rojizas del fondo. Ya estaba convencido de que iba a convertirme en una mancha de grasa en el Jardin de los Dioses cuando oi que Annabeth me gritaba desde arriba:

—¡Extiende los brazos! ¡Mantenlos extendidos!

Por suerte, la pequenia parte de mi cerebro de la que aun no se habia apoderado el panico capto sus instrucciones y mis brazos obedecieron. En cuanto los extendi, las alas se pusieron rigidas, atraparon el viento y frenaron mi caida. Empece a descender planeando, pero ya con un angulo sensato, como un halcon cuando se lanza sobre su presa.

Aletee una vez con los brazos, para probar, y trace un arco en el aire con el viento soplandome en los oidos.

—¡Yuju! —grite. Era una sensacion increible. En cuanto le pille el tranquillo, senti como si las alas formaran parte de mi cuerpo. Podia remontarme en el cielo o bajar en picado cuando lo deseaba. Levante la vista y vi a mis amigos —Rachel, Annabeth y Nico— describiendo circulos y destellando al sol con sus alas metalicas. Mas alla, se divisaba la humareda que salia por los ventanales del taller de Dedalo.

—¡Aterricemos! —grito Annabeth—. Estas alas no duraran eternamente. —¿Cuanto tiempo calculas? —pregunto Rachel. —¡Prefiero no averiguarlo!

Nos lanzamos en picado hacia el Jardin de los Dioses. Trace un circulo completo alrededor de una de las agujas de piedra y les di un susto de muerte a un par de escaladores. Luego planeamos los cuatro sobre el valle, sobrevolamos una carretera y fuimos a parar a la terraza del centro de visitantes. Era media tarde y aquello estaba repleto de gente, pero nos quitamos las alas a toda prisa. Al examinarlas de cerca, vi que Annabeth tenia razon. Los sellos autoadhesivos que las sujetaban a la espalda estaban a punto de despegarse y algunas plumas de bronce ya empezaban a desprenderse. Era una lastima, pero no podiamos arreglarlas ni mucho menos dejarlas alli para que las encontraran los mortales, asi que las metimos a presion en un cubo de basura que habia frente a la cafeteria.

Use los prismaticos turisticos para observar la montania donde estaba el taller de Dedalo y descubri que se habia desvanecido. No se veia ni rastro del humo ni de los ventanales rotos. Solo una ladera arida y desnuda.

—El taller se ha desplazado —dedujo Annabeth—. Vete a saber adonde. —¿Que hacemos ahora? —pregunte—. ¿Como regresamos al laberinto? Annabeth escruto a los lejos la cumbre de Pikes Peak.

—Quiza no podamos. Si Dedalo muriera… El ha dicho que su fuerza vital estaba ligada al laberinto. O sea, que tal vez haya quedado totalmente destruido. Quiza eso detenga la invasion de Luke.

Pense en Grover y Tyson, todavia en alguna parte alla abajo. En cuanto a Dedalo… aunque hubiese cometido horribles faltas y puesto en peligro a todas las personas que me importaban, igualmente pense que le habia caido en suerte una muerte horrible.

—No —dijo Nico—. No ha muerto. —¿Como puedes estar tan seguro? —pregunte.

—Cuando la gente muere, yo lo se. Tengo una sensacion, como un zumbido en los oidos. —¿Y Tyson y Grover?

Nico meneo la cabeza.

—Eso es mas dificil. Ellos no son humanos ni mestizos. No tienen alma mortal.

—Hemos de llegar a la ciudad —decidio Annabeth—. Alli tendremos mas posibilidades de encontrar una entrada al laberinto. Debemos volver al campamento antes que aparezcan Luke y su ejercito. —Podriamos tomar un avion —sugirio Rachel.

Me estremeci. —Yo no vuelo.

—Pero si acabas de hacerlo.

—Eso era a poca altura, y de todas formas ya entraniaba su riesgo. Pero volar muy alto es otra cosa… Es territorio de Zeus, no puedo hacerlo. Ademas, no hay tiempo para un avion. El camino de regreso mas rapido es el laberinto.

No lo exprese en voz alta, pero tenia la esperanza de que tal vez, solo tal vez, encontraramos por el camino a Grover y Tyson.

—Necesitamos un coche para llegar a la ciudad —senialo Annabeth.

Rachel echo un vistazo al aparcamiento. Esbozo una mueca, como si estuviera a punto de hacer una cosa que lamentaba por anticipado.

—Yo me encargo. —¿Como? —pregunto Annabeth. —Confia en mi.

Mi amiga parecia molesta, pero asintio.

—Vale, voy a comprar un prisma en la tienda de regalos. Intentare crear un arco iris y enviar un mensaje al campamento.

—Voy contigo —intervino Nico—. Tengo hambre.

—Entonces yo me quedo con Rachel —dije—. Nos vemos en el aparcamiento.

Rachel fruncio el cenio, como si no quisiera que la acompaniara. Lo cual me hizo sentir un poco incomodo, pero la segui de todos modos.

Se dirigio hacia un gran coche negro estacionado en un extremo del aparcamiento. Era un Lexus, con chofer y todo: el tipo de cochazo que veia a menudo por las calles de Manhattan. El conductor estaba fuera, leyendo el periodico. Iba con traje oscuro y corbata.

—¿Que vas a hacer? —le pregunte a Rachel.

—Tu espera aqui —contesto, agobiada—. Por favor.

Se fue directa hacia el chofer y hablo con el. El hombre puso mala cara. Rachel aniadio algo mas. Entonces el tipo palidecio y doblo el periodico a toda prisa. Asintio y busco a tientas el telefono movil. Tras una breve llamada, le abrio a Rachel la puerta trasera para que subiera. Ella me senialo y el chofer inclino otra vez la cabeza, como diciendo: «Si, seniorita. Lo que usted quiera.»

No entendia por que se habia puesto tan nervioso.

Rachel vino a buscarme justo cuando Nico y Annabeth salian de la tienda de regalos.

—He hablado con Quiron —dijo Annabeth—. Se estan preparando lo mejor posible para la batalla, pero quiere que volvamos al campamento. Necesitan a todos los heroes que puedan reclutar. ¿Hemos conseguido un coche?

—El conductor esta listo —contesto Rachel.

El chofer estaba hablando con un tipo vestido con un polo y un pantalon caqui, que debia de ser el cliente que le habia alquilado el coche. El tipo protestaba airadamente, pero oi que el otro le decia: —Lo lamento mucho, senior. Se trata de una emergencia. Acabo de pedirle otro coche.

—Vamos —dijo Rachel.

Subio sin mirar siquiera al cliente, que se habia quedado patidifuso, y los demas la seguimos. Unos minutos mas tarde volabamos por la carretera. Los asientos eran de cuero y sobraba espacio para estirar las piernas. Habia pantallas planas de television en los reposacabezas de delante y un minibar lleno de agua mineral, refrescos y aperitivos. Empezamos a ponernos morados.

—¿Adonde, seniorita Dare? —pregunto el conductor.

—Aun no estoy segura, Robert. Debemos dar una vuelta por la ciudad y… echar un vistazo. —Como usted diga, seniorita.

Mire a Rachel. — ¿Conoces a este tipo? —No.

—Pero lo ha dejado todo para ayudarte. ¿Por que?

—Tu manten los ojos abiertos —replico ella—. Ayudame a buscar. Lo cual no era precisamente una respuesta.

Circulamos por Colorado Springs durante una media hora y no vimos nada que a Rachel le pareciera una posible entrada al laberinto. En ese momento era muy consciente del contacto de su hombro contra el mio. No podia dejar de preguntarme quien seria exactamente y como podia arreglarselas para acercarse a un chofer cualquiera y conseguir en el acto que la llevara.

Despues de una hora dando vueltas, decidimos dirigirnos al norte, hacia Denver, pensando que quiza en una ciudad mas grande nos resultaria mas facil encontrar una entrada al laberinto, aunque la verdad es que habiamos empezado a ponernos nerviosos. Estabamos perdiendo tiempo.

Entonces, cuando ya saliamos de Colorado Springs, Rachel se incorporo de golpe en su asiento. —¡Salga de la autopista!

El conductor se volvio. —¿Si, seniorita?

—He visto algo. Creo. Salga por ahi.

El hombre viro bruscamente entre los coches y tomo la salida.

—¿Que has visto? —le pregunte, porque ya estabamos practicamente fuera de la ciudad. No se veia nada alrededor, salvo colinas, prados y algunas granjas dispersas. Rachel indico al hombre que tomara un camino de tierra muy poco prometedor. Pasamos junto a un cartel demasiado deprisa para que me diese tiempo a leerlo, pero Rachel dijo:

—Museo de Mineria e Industria.

Para tratarse de un museo, no parecia gran cosa: un edificio pequenio, como una estacion de tren antigua, con perforadoras, maquinas de bombeo y viejas excavadoras expuestas afuera.

—Alli. —Rachel senialo un orificio en la ladera de una colina cercana: un tunel cerrado con tablones y cadenas—. Una antigua entrada a la mina.

—¿Es una puerta del laberinto? —pregunto Annabeth—. ¿Como puedes estar tan segura? —Bueno, ¡mirala! —respondio Rachel—. O sea… yo lo veo, ¿vale?

Le dio las gracias al chofer y nos bajamos los cuatro. El ni siquiera pidio que le pagasemos.

—¿Esta segura de que no corre ningun peligro, seniorita Dare? Con mucho gusto puedo llamar a su… —¡No! —exclamo Rachel—. No, de veras. Gracias, Robert. No necesitamos nada.

El museo parecia cerrado, asi que nadie nos molesto mientras subiamos la cuesta hacia la entrada de la mina. En cuanto llegamos vi la marca de Dedalo grabada en el candado. El misterio era como podia haber captado Rachel una cosa tan diminuta desde la autopista. Toque el candado y las cadenas cayeron al suelo en el acto. Quitamos los tablones a patadas y entramos. Para bien o para mal, estabamos de nuevo en el laberinto.

* * *

Los tuneles de tierra se volvieron enseguida de piedra. Giraban y se ramificaban una y otra vez, tratando de confundirnos, pero Rachel no tenia problemas para guiarnos. Le dijimos que teniamos que regresar a Nueva York y ella apenas se detenia cuando los tuneles planteaban un dilema.

Para mi sorpresa, Rachel y Annabeth se pusieron a charlar mientras caminabamos. Annabeth le hizo varias preguntas personales, pero, como Rachel se mostraba evasiva, empezaron a hablar de arquitectura. Resulto que Rachel tenia ciertos conocimientos de la materia porque habia estudiado

arte. Hablaban de las fachadas de distintos edificios de Nueva York («¿Has visto ese otro?», bla, bla, bla), asi que me quede un poco mas atras con Nico, sumido en un incomodo silencio.

—Gracias por venir a buscarnos —le dije por fin.

Nico entorno los parpados. Ya no parecia enfurecido como antes; solo receloso y cauto. —Te debia una por lo del rancho, Percy. Ademas… queria ver a Dedalo con mis propios ojos. Minos tenia razon, en cierto modo. Dedalo habria de morir. Nadie deberia ser capaz de eludir la muerte tanto tiempo. No es natural.

—Es lo que tu has buscado todo el tiempo —comente—. Intercambiar el alma de Dedalo por la de tu hermana.

Nico camino otros cincuenta metros antes de responder.

—No ha sido facil, ¿sabes? Tener solo a los muertos por companiia. Saber que jamas sere aceptado entre los vivos. Solo los muertos me respetan, y es porque me tienen miedo. —Podrias ser aceptado —asegure—. Podrias hacer amigos en el

campamento. El se quedo mirandome. —¿De veras lo crees, Percy?

No respondi. La verdad era que no lo sabia. Nico siempre habia sido algo diferente, pero desde la muerte de Bianca se habia vuelto casi… espeluznante. Tenia los ojos de su padre: ese fuego intenso y maniaco que te hacia sospechar que era un genio o un loco. Y la manera en que habia fulminado a Minos y se habia llamado a si mismo el rey de los fantasmas… resultaba impresionante, desde luego, pero tambien me intimidaba.

Antes de que atinara a decirle algo, me tropece con Rachel, que se habia detenido. Nos encontrabamos en una encrucijada. El tunel continuaba recto, pero habia un ramal que doblaba a la derecha: un pasadizo circular excavado en la oscura roca volcanica.

—¿Que pasa? —pregunte.

Rachel examino aquel tunel oscuro. A la debil luz de la linterna, su rostro se parecia al de uno de los espectros de Nico.

—¿Es este el camino? —pregunto Annabeth. —No —contesto Rachel, nerviosa—. En absoluto. —Entonces, ¿por que nos paramos? —pregunte. —Escucha —indico Nico.

Note una rafaga de viento procedente del tunel, como si la salida estuviera cerca. Y percibi un olor conocido que me traia malos recuerdos.

—Eucaliptos —dije—. Como en California.

El pasado invierno, cuando nos enfrentamos a Luke y el titan Atlas en la cima del monte Tamalpais, el aire olia exactamente igual.

—Hay algo maligno al fondo de ese tunel —dijo Rachel—. Algo muy poderoso. —Y el aroma de la muerte —aniadio Nico, lo cual no contribuyo a que me sintiera mejor. Annabeth y yo nos miramos.

—La entrada de Luke —dedujo—. La que lleva al monte Othrys, al palacio del titan. —He de comprobarlo —dije.

—No, Percy.

—Luke podria estar ahi mismo —insisti—. O Cronos… Tengo que averiguar que pasa. Annabeth vacilo.

—Entonces iremos todos.

—No —dije—. Es demasiado peligroso. Si cayera Nico en sus manos, o la propia Rachel, Cronos podria utilizarlos. Tu quedate aqui para protegerlos.

Me guarde una cosa: que me preocupaba Annabeth. No me fiaba de lo que pudiera hacer si veia otra vez a Luke. El ya la habia enganiado y manipulado demasiadas veces.

—No, Percy —rogo Rachel—, no vayas tu solo.

—Ire deprisa —le prometi—. No cometere ninguna estupidez. Annabeth se saco del bolsillo la gorra de los Yankees.

—Llevate esto, por lo menos. Y anda con cuidado.

—Gracias. —Recorde la ultima vez que nos habiamos separado, cuando me habia deseado suerte con un beso en el monte Saint Helens. Esta vez lo unico que me habia ganado habia sido la gorra.

Me la puse.

—Ahi va la nada andante…

Y me deslice, invisible, por el oscuro pasadizo de roca.

* * *

Incluso antes de llegar a la salida oi voces: los rugidos y ladridos de los herreros-demonios marinos, los telekhines.

—Al menos conseguimos salvar la hoja —dijo uno—. El amo nos recompensara de todos modos. —Si, si —chillo otro—. Una recompensa fuera de lo comun.

Otra voz, esta mas humana, balbuceo:

—Hummm, si, fantastico. Y ahora, si habeis terminado conmigo…

—¡No, mestizo! —dijo un telekhine—. Debes ayudarnos a hacer la presentacion. ¡Es un gran honor! —Ah, bueno… gracias —respondio el mestizo, y entonces me di cuenta de que era Ethan Nakamura, el tipo que habia huido despues de que le salvara la vida en la pista de combate.

Me deslice hacia la salida. Tuve que recordarme a mi mismo que era invisible. Se suponia que ellos no podian verme.

Al salir me azoto una rafaga de viento frio. Me hallaba muy cerca de la cima del monte Tamalpais. El oceano Pacifico se extendia a mis pies, todo gris bajo un cielo encapotado. Unos seis metros mas abajo, vi a dos telekhines colocando una cosa sobre una roca: un objeto largo y delgado, envuelto en un panio negro. Ethan les ayudaba a desenvolverlo.

—Cuidado, idiota —le reganio el telekhine—. Al menor contacto, la hoja arrancara el alma de tu cuerpo.

Ethan trago saliva.

—Entonces sera mejor que la desenvolvais vosotros.

Levante la vista hacia la cima, donde se alzaba con aire amenazador una fortaleza de marmol negro identica a la que habia visto en suenios. Me hacia pensar en un mausoleo gigantesco, con muros de quince metros de altura. No entendia como era posible que los mortales no lo vieran. Pero tambien era verdad que yo mismo veia borroso todo lo que quedaba por debajo de la cumbre, como si hubiese un espeso velo entre mis ojos y la parte baja de la montania. Habia alli un fenomeno magico funcionando: una Niebla muy poderosa. Por encima de mi, en el cielo se arremolinaba una enorme nube con forma de embudo. No veia a Atlas, pero lo oia gemir a lo lejos, mas alla de la fortaleza, todavia agobiado bajo el peso del cielo.

—¡Ahora! —dijo el telekhine y, con actitud reverente, alzo el arma. La sangre se me helo en las venas. Era una guadania: una hoja curvada, como una luna creciente, de casi dos metros, con un mango de madera recubierto de cuero. La hoja destellaba con dos colores distintos: el del acero y el del bronce. Era el arma de Cronos, la que utilizo para cortar en pedazos a su padre, Urano, antes de que los dioses lograran arrebatarsela y lo cortaran a el a su vez en trocitos que arrojaron al fondo del Tartaro. Habian vuelto a forjar aquella arma mortifera.

—Hemos de santificarla con sangre —dijo el telekhine—. Luego tu, mestizo, cuando nuestro senior despierte, nos ayudaras a ofrecersela.

Corri hacia la fortaleza. Me palpitaban los oidos. No es que me apeteciera mucho acercarme a aquel espantoso mausoleo negro, pero tenia que hacerlo. Debia impedir que Cronos se alzara, y aquella seria tal vez mi unica ocasion.

Cruce volando un vestibulo oscuro y llegue a la sala principal. El suelo relucia como un piano de caoba: completamente negro y, sin embargo, lleno de luz. Junto a las paredes, se alineaban estatuas de marmol negro. No reconocia las caras, pero comprendia que se trataba de las imagenes de los titanes

que habian gobernado antes de los dioses. Al fondo de la sala, entre dos braseros de bronce, se alzaba un estrado, y sobre este se hallaba el sarcofago dorado.

Aparte del chisporroteo del fuego, reinaba un completo silencio. No estaba Luke. No habia guardias. Nada.

Parecia demasiado facil, pero me acerque al estrado.

El sarcofago era tal como lo recordaba: de unos tres metros de largo, demasiado grande para un ser humano. Tenia esculpidas en relieve una serie de intrincadas escenas de muerte y destruccion: imagenes de los dioses pisoteados por carros de combate y de los templos y monumentos mas famosos del mundo, destrozados y envueltos en llamas. Todo el ataud desprendia un halo de frio glacial. Mi aliento se transformaba en nubes de vapor, como si estuviera en el interior de un frigorifico.

Saque a Contracorriente. Sentir su peso en mi mano me reconforto un poco.

Cada vez que me habia acercado a Cronos en el pasado, su voz maligna me habia hablado en el interior de mi mente. ¿Por que permanecia ahora en silencio? Habia sido descuartizado en millares de pedazos con su propia guadania. ¿Que iba a encontrarme si abria la tapa del ataud? ¿Como podian construirle un nuevo cuerpo?

No tenia respuesta para eso. Solamente sabia una cosa: si estaba a punto de alzarse, debia abatirlo antes de que se hiciera con su guadania. Tenia que hallar el modo de detenerlo.

Me detuve junto al sarcofago. La tapa estaba decorada todavia mas profusamente que los costados, con escenas de terribles carnicerias y de poderio desatado. En medio habia una inscripcion grabada con letras mas antiguas que el griego: una lengua magica. No pude leerla bien, pero sabia lo que decia: «CRONOS, SENIOR DEL TIEMPO.»

Toque la tapa con la mano. Las yemas de los dedos se me pusieron azules. Una capa de escarcha rodeo mi espada.

Entonces oi ruido a mi espalda. Voces que se aproximaban. Ahora o nunca. Empuje la tapa dorada y cayo al suelo con un enorme ¡BRAAAAMMM!

Alce la espada, lista para asestar un golpe mortal. Pero, al mirar al interior, no comprendi lo que veia. Unas piernas mortales, con pantalones grises. Una camiseta blanca y unas manos entrelazadas sobre el estomago. Le faltaba una parte del pecho: un orificio negro del tamanio de una herida de bala alli donde debia estar el corazon. Tenia los ojos cerrados y la piel muy palida. El pelo rubio… y una cicatriz que le recorria el lado izquierdo de la cara.

El cuerpo del ataud era el de Luke.

* * *

Deberia haberle asestado una estocada en aquel momento. Tendria que haberle clavado la punta de Contracorriente con todas mis fuerzas. Pero estaba demasiado aturdido. No comprendia nada. Por mucho que odiara a Luke, por mucho que me hubiese traicionado, no acababa de entender por que estaba en el ataud y por que parecia tan rematadamente muerto.

Las voces de los telekhines sonaron ahora muy cerca.

—¿Que ha pasado? —grito uno de los demonios al ver la tapa caida. Me aleje tambaleante del estrado, olvidando que era invisible, y me oculte tras una columna.

—¡Cuidado! —le advirtio el otro demonio—. Tal vez ha despertado. Hemos de ofrecerle ahora los presentes. ¡Inmediatamente!

Los dos telekhines avanzaron arrastrando los pies y se arrodillaron, sujetando la guadania con su envoltorio de tela.

—Mi senior —dijo uno—. El simbolo de vuestro poder ha sido forjado de nuevo. Silencio. En el ataud no sucedio nada.

—Seras idiota —mascullo el otro telekhine—. Primero le hace falta el mestizo. Ethan retrocedio.

—¿Que significa que le hago falta?

—¡No seas cobarde! —ladro el primer telekhine—. No precisa tu muerte, solo tu lealtad. Jurale que te pones a su servicio. Renuncia a los dioses. Con eso basta.

—¡No! —grite. Era una estupidez, sin duda, pero sali de mi escondite y destape el boligrafo —. ¡No, Ethan!

—¡Un intruso! —Los telekhines me mostraron sus dientes de foca—. Nuestro amo se ocupara de ti enseguida. ¡Deprisa, chico!

—Ethan —suplique—, no les hagas caso. ¡Ayudame a destruirlo!

El se volvio hacia mi. Entre las sombras de su rostro se perfilaba el parche de su ojo. Parecia apenado. —Te dije que no me perdonaras la vida, Percy. «Ojo por ojo.» ¿Nunca has oido este dicho? Yo aprendi su significado del peor modo… al descubrir de que divinidad procedo. Soy el hijo de Nemesis, diosa de la Venganza. Y fui creado precisamente para esto.

Se volvio hacia el estrado.

—¡Renuncio a los dioses! ¿Que han hecho ellos por mi? Asistire a su destruccion. Servire a Cronos.

El edificio entero retumbo. Una voluta de luz azul se alzo del suelo, a los pies de Ethan Nakamura, y lentamente se deslizo hacia el ataud y empezo a temblar en el aire, como una nube de pura energia. Luego descendio hacia el sarcofago.

Luke se incorporo de golpe. Abrio los ojos. Ya no eran azules, sino dorados, del mismo color que el feretro. El orificio de su pecho habia desaparecido. Estaba completo. Salto del sarcofago con agilidad. Alli donde sus pies tocaron el suelo, el marmol se congelo dibujando un crater de hielo.

Miro a Ethan y los telekhines con aquellos espantosos ojos dorados, como si fuese un ninio recien nacido y no comprendiera lo que veia. Luego volvio la vista hacia mi y una sonrisa de reconocimiento se dibujo en sus labios.

—Este cuerpo ha sido bien preparado. —Su voz era como la hoja de una cuchilla de afeitar que se deslizara por mi piel. Era la de Luke, si, pero ya no era de el mismo. Por debajo, resonaba un timbre mas horrible: un sonido frio y antiguo, como de un metal araniando una piedra—. ¿No te parece, Percy Jackson?

No podia moverme, ni siquiera responder.

Cronos echo la cabeza atras y solto una carcajada. La cicatriz de su rostro se arrugo de un modo siniestro.

—Luke te temia —dijo la voz del titan—. Sus celos y su odio han sido instrumentos muy poderosos. Lo han mantenido obediente. Te doy las gracias por ello.

Ethan se derrumbo de puro terror, tapandose la cara con las manos. Los telekhines sostenian la guadania, temblorosos.

Finalmente, recupere el valor. Me arroje sobre aquella cosa que habia sido Luke para clavarle la espada en el pecho, pero su piel desvio el golpe como si fuese de acero. Me miro con aire divertido. Luego sacudio la mano y sali volando por los aires.

Me estrelle contra una columna. Me puse de pie penosamente, todavia aturdido por el porrazo, pero Cronos ya habia tomado el mango de su guadania.

—Ah… mucho mejor —dijo—. Luke llamaba Backbiter a su espada. Un nombre apropiado, sin duda. Ahora que ha sido forjada de nuevo, esta tambien devolvera cada mordedura. —¿Que has hecho con Luke? —

gemi. Cronos alzo su guadania.

—Ahora me sirve con todo su ser, como yo necesitaba. La diferencia es que el te temia, Percy Jackson, y yo no.

Entonces eche a correr. No lo pense siquiera. No lo sopese en mi mente, en plan: «¿Que? ¿Le hago frente e intento luchar otra vez?» Nada de eso. Simplemente me limite a correr.

Pero los pies me pesaban como si fueran de plomo. El tiempo se ralentizo, como si el mundo se hubiera vuelto de gelatina. Ya habia tenido esa misma sensacion otra vez y sabia que procedia del poder de Cronos. Su presencia era tan intensa que era capaz de doblegar el tiempo por si solo.

—¡Corre, pequenio heroe! —se burlo—. ¡Corre!

Mire hacia atras y vi que se me acercaba tranquilamente, balanceando su guadania como si disfrutara de la sensacion de tenerla de nuevo en sus manos. Ningun arma bastaria para detenerlo. Ni siquiera una tonelada de bronce celestial.

Lo tenia a tres metros cuando oi un grito: —¡¡¡Percy!!!

Era Rachel.

Algo paso volando por mi lado y, al cabo de un instante, un cepillo para el pelo de plastico azul le dio a Cronos en el ojo.

—¡Aj! —grito este. Por un momento, parecio unicamente la voz de Luke: una voz llena de sorpresa y de dolor. Note mis miembros otra vez libres y corri hacia Rachel, Nico y Annabeth, que estaban en la entrada de la sala, consternados.

—¿Luke? —grito Annabeth—. ¿Que…?

Corriendo mas deprisa que en toda mi vida, la agarre de la camiseta y la arrastre hacia fuera. Salimos de la fortaleza y casi habiamos llegado a la entrada del laberinto cuando oi el bramido mas atroz del mundo: la voz de Cronos, que recuperaba el control.

—¡Salid tras ellos!

—¡No! —grito Nico. Dio una palmada y una columna de piedra del tamanio de un camion broto de la tierra justo delante de la fortaleza. El temblor que provoco fue tan intenso que se vinieron abajo sus columnas frontales. Me llegaron, amortiguados, los alaridos de los telekhines que habian quedado atrapados dentro. Una nube de polvo lo cubrio todo.

Nos zambullidos en el laberinto y seguimos corriendo mientras, a nuestra espalda, el senior de los titanes estremecia con su aullido el mundo entero.

Capitulo 17

Habla el dios desaparecido

Corrimos hasta quedar exhaustos. Rachel nos mantenia alejados de las trampas, pero nos moviamos sin otro objetivo que alejarnos de aquella siniestra montania y del rugido de Cronos.

Nos detuvimos en un tunel de roca blanca y humeda que parecia formar parte de una cueva natural. No oia que nos siguiera nadie, pero no por eso me sentia mas seguro. Aun tenia presentes en mi imaginacion aquellos ojos dorados y antinaturales en el rostro de Luke, y tambien la sensacion de que mis miembros se iban petrificando poco a poco.

—No puedo seguir —jadeo Rachel, llevandose las manos al pecho.

Annabeth no habia cesado de llorar durante todo el trayecto. Ahora se desplomo y escondio la cara entre las rodillas. El eco de sus sollozos rebotaba por todo el tunel. Nico y yo nos sentamos juntos. El dejo su espada junto a la mia e inspiro, tembloroso.

—¡Vaya mierda! —dijo, expresion que me parecio que resumia bastante bien la situacion. —¡Nos has salvado la vida! —le dije.

Nico se limpio el polvo de la cara.

—Han sido las chicas las que me han arrastrado hasta alli. Es en lo unico en lo que estaban de acuerdo: debiamos ir a ayudarte o acabarias fastidiandolo todo.

—Es agradable saber que confian tanto en mi. —Ilumine la cueva con la linterna. Caian gotas de las estalactitas, como una lluvia en camara lenta—. Pero tu, Nico… te has delatado. —¿Que quieres decir?

—Hombre, esa columna de piedra… Ha sido impresionante. Si Cronos no sabia quien eras, ahora ya lo sabe… un hijo del inframundo.

Nico fruncio el cenio. —¡Que mas da!

Lo deje correr. Me imagine que trataba de disimular lo asustado que estaba. No le faltaban motivos, la verdad.

Annabeth alzo la cara. Tenia los ojos irritados de tanto llorar. —¿Que… que le pasaba a Luke? ¿Que le han hecho?

Le conte lo que habia visto en el ataud: como habia entrado el ultimo fragmento del espiritu de Cronos en el cuerpo de Luke en cuanto Ethan Nakamura juro ponerse a su servicio. —No —dijo Annabeth—. No puede ser cierto. El no podria…

—Se ha sacrificado por Cronos —dije—. Lo siento, Annabeth. Luke ya no existe. —¡No! —insistio—. Ya has visto lo que ha pasado cuando Rachel le ha golpeado. Asenti y mire a nuestra guia con respeto.

—Le has dado al senior de los titanes en el ojo con un cepillo para el pelo. Rachel parecia avergonzada.

—Era lo unico que tenia a mano.

—Tu mismo lo has visto —insistio Annabeth—. Al recibir el golpe, se ha quedado aturdido durante un segundo. Ha recobrado el juicio.

—O sea, que Cronos quiza no estaba del todo asentado en su cuerpo, o algo asi —deduje —. Lo cual no significa que Luke controlara la situacion.

—Quieres que sea un malvado, ¿no es eso? —grito Annabeth—. Tu no lo conocias, Percy. ¡Yo si! —¿Y a ti que te importa? —le espete—. ¿Por que lo defiendes tanto? —Eh, vosotros dos —tercio Rachel—.

Dejadlo ya. Annabeth se volvio hacia ella. —¡Tu no te metas, mortal! Si no fuera por ti…

Algo iba a decir, pero se le quebro la voz. Bajo la cabeza de nuevo y estallo en sollozos. Me habria gustado consolarla, pero no sabia como hacerlo. Aun me sentia aturdido, como si el efecto que habia provocado Cronos al volver mas lento el paso del tiempo me hubiera afectado el cerebro. No conseguia asimilar todo lo que habia visto. Cronos estaba vivo. Armado. Y probablemente se avecinaba el fin del mundo.

—Debemos seguir moviendonos —dijo Nico—. Habra enviado en nuestra busqueda a un monton de monstruos.

Nadie estaba en condiciones de correr, pero Nico tenia razon. Me incorpore con esfuerzo y ayude a Rachel a levantarse.

—Te has portado muy bien alla arriba —le dije. Ella esbozo una leve sonrisa.

—Si, bueno. No queria que murieras. —Se ruborizo—. O sea… simplemente porque, ya me entiendes… me debes demasiados favores. ¿Como voy a cobrarmelos si te mueres?

Me arrodille junto a Annabeth.

—Eh. Lo siento. Debemos ponernos en marcha. —Lo se —asintio—. Estoy… bien.

Evidentemente, no era cierto. Pero se puso de pie y echamos a caminar penosamente por el laberinto. —De vuelta a Nueva York —indique—. Rachel, ¿podrias…?

Me quede petrificado. Apenas a un metro, el haz de luz de mi linterna ilumino en el suelo un amasijo pisoteado de tela roja. Era un gorro rasta: el de Grover.

* * *

Me temblaban las manos al recoger la prenda. Parecia que la hubiera pisado una enorme bota embarrada. Despues de todo lo que habia vivido ese dia, no podia soportar la mera idea de que a Grover tambien le hubiera pasado algo.

Entonces me fije en otra cosa: el suelo de la cueva estaba humedo y blando, a causa del agua que goteaba de las estalactitas, y se veian unas huellas grandes como las de Tyson y otras mas pequenias — pezunias de cabra— que se desviaban hacia la izquierda.

—Debemos seguirlas —dije—. Han ido por alli. Tiene que haber sido hace poco. —¿Y el campamento? —pregunto Nico—. No queda tiempo. —Hemos de encontrarlos —sentencio Annabeth—. Son nuestros amigos. Tomo la gorra aplastada de mis manos y echo a andar.

La segui, preparandome para lo peor. El tunel era traicionero: tenia bruscas pendientes cubiertas de barro. Mas que caminar, nos pasabamos casi todo el tiempo resbalando y deslizandonos.

Por fin, bajamos una pronunciada pendiente y nos encontramos en una cueva inmensa con enormes estalagmitas. Por el centro pasaba un rio subterraneo. Junto a la orilla, vislumbre la silueta de Tyson. Tenia en el regazo a Grover, que permanecia inmovil y con los ojos cerrados.

—¡Tyson! —grite. —¡Percy! ¡Deprisa!

Corrimos a su encuentro. Grover no estaba muerto, gracias a los dioses, pero temblaba de pies a cabeza como si estuviera muriendose de frio.

—¿Que ha pasado? —le pregunte.

—Muchas cosas —murmuro Tyson—. Una serpiente gigante. Perros grandiosos. Hombres con espadas… Cuando nos acercabamos aqui, Grover estaba muy nervioso. Ha echado a correr. Hemos llegado a esta cueva, se ha caido y se ha quedado asi.

—¿Ha dicho algo? —pregunte.

—Ha dicho: «Estamos cerca.» Luego se ha dado un porrazo en la cabeza.

Me arrodille junto a el. La unica vez que habia visto a Grover desmayarse habia sido el invierno anterior, cuando habia detectado la presencia de Pan.

Enfoque la caverna con mi linterna. Las rocas relucian. En el otro extremo se veia la entrada a otra cueva, flanqueada por unas gigantescas columnas de cristal que parecian diamantes. Y mas alla de aquella entrada…

—Grover —dije—. Despierta. —Arg.

Annabeth se arrodillo a su lado y le rocio la cara con un poco de agua del rio, que estaba helada. —¡Arf! —Movio los parpados—. ¿Percy? ¿Annabeth? ¿Donde…? —No pasa nada —le asegure—. Solo te has desmayado. La presencia ha sido demasiado para ti. —Ya… recuerdo. Pan.

—Si. Hay algo muy poderoso mas alla de esas columnas.

* * *

Hice unas rapidas presentaciones, porque Tyson y Grover no conocian a Rachel. Tyson le dijo que era muy mona y Annabeth, al oirlo, parecio a punto de echar fuego por la nariz. —Bueno —dije—. Vamos, Grover. Apoyate en mi.

Entre Annabeth y yo lo levantamos y lo ayudamos a vadear el rio subterraneo. La corriente era bastante fuerte. El agua nos llegaba a la cintura. Decidi mantenerme seco, una pequenia habilidad que me resulta muy util, pero que no podia aplicar a los demas. De todos modos, el frio lo sentia igual, como si estuviera atravesando un ventisquero.

—Creo que estamos en las Cavernas Carlsbad —comento Annabeth, tiritando y entre castanieteos de dientes—. Quiza una zona aun inexplorada.

—¿Como lo sabes?

—Carlsbad esta en Nuevo Mexico —dijo—. Lo cual explicaria lo de este invierno.

Asenti. El desmayo de Grover se habia producido justamente cuando pasabamos por Nuevo Mexico. Fue alli donde percibio la cercania del poder de Pan.

Salimos del agua y seguimos caminando. Al aproximarnos, pude apreciar mejor el increible tamanio de las columnas de cristal y empece a captar el intenso poder que emanaba de la otra cueva. Habia estado otras veces en presencia de los dioses, pero aquello era diferente. La piel me hormigueaba con una energia viva. Mi agotamiento se evaporo de golpe, como si acabase de dormir una noche entera. Sentia como aumentaba mi vigor, igual que en esos videos que muestran a camara rapida el desarrollo de una planta. La fragancia procedente de la cueva no tenia nada que ver con el tufo a humedad de los subterraneos. Olia a arboles, a flores, a un calido dia de verano.

Grover gimoteaba de nerviosismo. Yo estaba demasiado atonito para pronunciar palabra. Hasta Nico parecia sin habla. Entramos en la cueva.

—¡Vaya! —exclamo Rachel.

Los muros relucian cubiertos de cristales rojos, verdes y azules. Bajo aquella luz extrania, crecian plantas preciosas: orquideas gigantes, flores con forma de estrella, enredaderas cargadas de bayas anaranjadas y moradas que trepaban entre los cristales. El suelo estaba alfombrado con un musgo verde y mullido. El techo era mas alto que el de una catedral y destellaba como una galaxia repleta de estrellas. En el centro de la cueva habia un lecho romano de madera dorada con forma de U, cubierto de almohadones de terciopelo. Alrededor se veian animales ganduleando, pero eran seres que ya no existian, que no deberian haber estado vivos. Habia un pajaro dodo, una criatura que venia a ser un cruce entre un lobo y un tigre, un enorme roedor que parecia la madre de todas las cobayas y, algo mas atras, recogiendo bayas con su trompa, un mamut lanudo.

Sobre el lecho reposaba un viejo satiro. Mientras nos acercabamos, nos observo con unos ojos azules como el cielo. Su pelo ensortijado, y tambien su barba puntiaguda, eran completamente blancos; incluso el pelaje de sus patas estaba escarchado de gris. Tenia unos cuernos enormes y retorcidos de un marron reluciente que habria sido imposible disimular con un gorro como hacia Grover. Llevaba colgado del cuello un juego de flautas de junco.

Grover cayo ante el de rodillas.

—¡Senior Pan!

El dios sonrio gentilmente, pero habia una expresion de tristeza en sus ojos. —Grover, mi querido y valeroso satiro. Te he esperado mucho tiempo. —Me… perdi —se disculpo el.

Pan se echo a reir con un sonido maravilloso, como una brisa primaveral que lleno de esperanza la cueva entera. El tigre-lobo dio un suspiro y apoyo la cabeza en la rodilla del dios. El dodo le picoteo cariniosamente las pezunias y produjo una cadencia extrania. Habria jurado que tarareaba la cancion de Disney It's a Small World.

Pese a todo, Pan parecia cansado. Su forma entera temblaba como si estuviera hecha de niebla.

Me di cuenta de que todos mis amigos se habian arrodillado y tenian una expresion de pavor y veneracion en la cara, asi que yo tambien me puse de rodillas.

—Vuestro pajaro dodo tararea —comente a lo tonto. Los ojos del dios centellearon.

—Si, se llama Dede. Mi pequenia actriz.

Dede, la dodo, parecio ofendida. Le dio un picotazo a Pan en la rodilla y tarareo una melodia que sonaba como una marcha funebre.

—¡Este es el lugar mas hermoso del mundo! —dijo Annabeth—. ¡Mas que cualquier edificio construido a lo largo de la historia!

—Me alegra que te guste, querida —respondio Pan—. Es uno de los ultimos lugares salvajes. Arriba, me temo que mi reino ha desaparecido. Solo quedan algunos reductos, diminutas islas de vida. Esta permanecera intacta… durante algo mas de tiempo.

—Mi senior —intervino Grover—, ¡por favor, teneis que volver conmigo! ¡Los viejos Sabios no se lo van a creer! ¡Se pondran contentisimos! ¡Aun podeis salvar la vida salvaje!

Pan le puso la mano en la cabeza y le alboroto su pelo ensortijado. —Que joven eres, Grover. Que bueno y que fiel. Creo que escogi bien. —¿Escogisteis? —dijo el—. N… no comprendo.

La imagen de Pan parpadeo y por un instante se convirtio en humo. La cobaya gigante se deslizo corriendo bajo el lecho con un chillido de terror. El mamut lanudo solto un gruniido y Dede escondio la cabeza bajo el ala. Pan volvio a formarse enseguida.

—He dormido durante muchos eones —explico el dios, con aire desolado—. He tenido suenios sombrios. Me he despertado a ratos y mi vigilia cada vez ha sido mas breve. Ahora nos acercamos al fin.

—¿Como? —grito Grover—. Pero ¡no es asi! ¡Estais aqui!

—Mi querido satiro —suspiro Pan—. Ya trate de decirselo al mundo hace dos mil anios. Se lo anuncie a Lysas, un satiro muy parecido a ti que vivia en Efeso, y el intento propagar la noticia.

Annabeth abrio los ojos como platos.

—Es la antigua leyenda. Un marinero que pasaba junto a las costas de Efeso oyo una voz que gritaba desde la orilla: «¡Diles que el gran dios Pan ha muerto!»

—¡Pero no era cierto! —estallo Grover.

—Los de tu especie nunca lo creyeron —admitio Pan—. Vosotros, dulces y testarudos satiros, os negasteis a aceptar mi muerte. Y os quiero por ello, pero no habeis hecho mas que retrasar lo inevitable. Solo habeis prolongado mi larga y dolorosa agonia, mi oscuro suenio crepuscular. Pero ahora debe llegar a su fin.

—¡No! —protesto Grover con voz temblorosa.

—Querido Grover —repuso Pan—, debes aceptar la verdad. Tu companiero, Nico, lo entiende. Nico asintio lentamente.

—Se esta muriendo. Deberia haber muerto hace mucho. Esto… es como una especie de recuerdo. —Pero los dioses no pueden morir —alego Grover.

—Pueden desvanecerse —dijo Pan—. Cuando todo lo que representaban ya no existe. Cuando dejan de tener poder y sus lugares sagrados desaparecen. La vida salvaje, querido Grover, es tan reducida y tan precaria que ningun dios es capaz de salvarla. Mi reino se ha esfumado. Por eso te necesito, para que transmitas un mensaje. Debes regresar ante el Consejo. Debes comunicar a los satiros, y a las driadas, y a los demas espiritus de la naturaleza que el gran dios Pan ha muerto. Relatales mi muerte, porque han de dejar de esperar que vaya a salvarlos. Ya no esta en mi mano hacerlo. La unica salvacion debeis buscarla vosotros mismos. Cada uno de vosotros ha de…

Se detuvo y miro ceniudo al pajaro dodo, que se habia puesto a tararear otra vez. —¿Que haces, Dede? —pregunto Pan—. ¿Estas cantando Kumbaya otra vez? La dodo alzo sus ojos amarillos con aire inocente y parpadeo.

Pan suspiro.

—Todo el mundo se ha vuelto cinico. Pero, como iba diciendo, mi querido Grover, cada uno de vosotros debe asumir mi labor.

—Pero… ¡no! —gimoteo el.

—Se fuerte —dijo Pan—. Me has encontrado. Y ahora has de liberarme. Debes perpetuar mi espiritu. Ya no puede encarnarlo un dios. Habeis de asumirlo todos vosotros.

Pan me miro con sus claros ojos azules y comprendi que se referia no solo a los satiros, sino tambien a los mestizos y a los humanos. A todos.

—Percy Jackson —prosiguio el dios—, se lo que has visto hoy. Conozco tus dudas. Pero te doy una noticia: cuando llegue la hora, el miedo no se adueniara de ti.

Se volvio hacia Annabeth.

—Hija de Atenea, tu hora se acerca. Desempeniaras un gran papel, aunque tal vez no sea el que imaginas.

Luego miro a Tyson.

—Maestro ciclope, no desesperes. Los heroes casi nunca estan a la altura de nuestras esperanzas. Pero en tu caso, Tyson, tu nombre perdurara entre los de tu raza durante generaciones. Y seniorita Rachel Dare…

Ella se sobresalto al oir su nombre y retrocedio como si fuese culpable de algo malo. Pero Pan se limito a sonreir. Alzo la mano en senial de bendicion.

—Ya se que piensas que no puedes arreglar nada —continuo—. Pero eres tan importante como tu padre.

—Yo… —Rachel titubeo. Una lagrima se deslizo por su mejilla.

—Se que ahora no lo crees —senialo Pan—. Pero busca las ocasiones propicias. Se presentaran. Finalmente se volvio de nuevo hacia Grover.

—Mi querido satiro —dijo Pan bondadosamente—, ¿transmitiras mi mensaje? —N… no puedo.

—Si puedes —aseguro Pan—. Eres el mas fuerte y el mas valiente. Tienes un corazon puro. Has creido en mi mas que nadie. Por eso debes ser tu quien lleve el mensaje, por eso debes ser el primero en liberarme.

—No quiero hacerlo.

—Lo se. Escucha. «Pan» significaba originalmente «rustico», ¿lo sabias? Pero con el tiempo ha acabado significando «todo». El espiritu de lo salvaje debe pasar ahora a todos vosotros. Tienes que decirselo a todo aquel que encuentres en tu camino. Si buscais a Pan, debeis asumir su espiritu. Rehaced el mundo salvaje, aunque sea poco a poco, cada uno en vuestro rincon del mundo. No podeis aguardar a que sea otro, ni siquiera un dios, quien lo haga por vosotros.

Grover se seco los ojos y se puso de pie lentamente. —He pasado toda mi vida buscandoos. Y ahora… os libero. Pan sonrio.

—Gracias, querido satiro. Mi ultima bendicion.

Cerro los ojos y se disolvio. Una niebla blanca se deshilacho en volutas de energia, aunque no era espeluznante como el resplandor azul de Cronos. La niebla inundo la cueva. Una voluta me entro en la boca, y en la de Grover y los demas, aunque creo que al satiro le correspondio una parte mas grande. Lentamente, los cristales se fueron apagando. Los animales nos miraron con tristeza. Dede, la dodo, suspiro. Luego se volvieron todos grises y quedaron convertidos en un monton de polvo. Las enredaderas se marchitaron. Y por fin nos encontramos solos ante un lecho vacio, en mitad de una cueva oscura.

Encendi la linterna. Grover respiro hondo.

—¿Te… encuentras bien? —le pregunte.

Parecia mas viejo y mas triste. Tomo su gorra de las manos de Annabeth, sacudio el barro y se la encasqueto sobre su pelo rizado.

—Hemos de irnos y contarselo a todos —declaro—. El gran dios Pan ha muerto.

Capitulo 18

Grover provoca una estampida

Las distancias eran mas cortas en el laberinto. Aun asi, cuando llegamos otra vez a Times Square, guiados por Rachel, me sentia como si hubiese hecho todo el camino a pie desde Nuevo Mexico. Salimos al sotano del hotel Marriot y emergimos por fin a la luz deslumbrante de un dia veraniego. Aturdidos y guiniando los ojos, contemplamos el trafico y la muchedumbre. No sabia que resultaba mas irreal: Nueva York o la cueva de cristal en que habia visto morir a un dios.

Abri la marcha hasta llegar a un callejon, donde podia obtener un buen eco. Silbe con todas mis fuerzas cinco veces.

Un minuto mas tarde, Rachel sofoco un grito. —¡Son preciosos!

Un rebanio de pegasos bajo del cielo en picado entre los rascacielos. Blackjack iba delante; lo seguian otros cuatro colegas de color blanco.

«¡Eh, jefe! —me dijo mentalmente—. ¡Esta vivo!»

—Si —le respondi—. Soy un tipo con suerte. Escucha, necesito que nos lleves al campamento. Pero muy deprisa.

«¡Mi especialidad! Ah, vaya, ¿ha venido con ese ciclope? Eh, Guido, ¿que tal tienes ese lomo?»

El pegaso Guido gimio y protesto, pero al final accedio a llevar a Tyson. Todo el mundo empezo a montar, salvo Rachel.

—Bueno —me dijo—. Supongo que esto se ha acabado.

Asenti, incomodo. Ambos sabiamos que no podia acompaniarnos al campamento. Mire un momento a Annabeth, que se hacia la ocupada con su pegaso.

—Gracias, Rachel —dije—. No lo habriamos logrado sin ti.

—No me lo habria perdido por nada del mundo. Bueno, salvo lo de estar a punto de morir, y lo de Pan… —Le flaqueo la voz.

—Dijo algo de tu padre —recorde—. ¿A que se referia? Rachel retorcio la correa de su mochila.

—Mi padre… El trabajo de mi padre… Bueno, es una especie de hombre de negocios famoso. —¿Quieres decir que… eres rica?

—Pues… si.

—¿Asi fue como lograste que nos ayudara el chofer? Pronunciaste el nombre de tu padre y…

—Si —me corto Rachel—. Percy… mi padre es promotor. Viaja por todo el mundo en busca de zonas poco desarrolladas. —Inspiro, temblorosa—. Las zonas virgenes… El las compra. Es horrible, pero desbroza la vegetacion, divide la tierra en parcelas y construye centros comerciales. Y ahora que he visto a Pan… La muerte de Pan…

—Pero no debes culparte por eso.

—No sabes lo peor. No… no me gusta hablar de mi familia. No queria que lo supieras. Perdona. No deberia haberte contado nada.

—No —replique—, has hecho lo mejor. Mira, Rachel, te has portado de maravilla. Nos has guiado por el laberinto. Has demostrado un gran valor. Eso es lo unico que yo valoro, me tiene sin cuidado lo que haga tu padre.

Rachel me miro, agradecida.

—Bueno… Si alguna vez te apetece dar una vuelta con una mortal… puedes llamarme y eso. —Ah, si. Claro.

Arqueo las cejas. Supongo que no demostre mucho entusiasmo, aunque no era eso lo que pretendia. Simplemente, no sabia muy bien que decir delante de todos mis amigos. Ademas, supongo que me habia hecho un buen lio con mis sentimientos en los dos ultimos dias.

—Quiero decir… me gustaria —aniadi. —Mi numero no esta en la guia —dijo ella. —Lo tengo.

—¿Aun no se ha borrado? Imposible. — No. Eh… me lo aprendi de memoria.

Su sonrisa reaparecio lentamente, ahora mas luminosa.

—Nos vemos, Percy Jackson. Ve a salvar el mundo por mi, ¿vale? Echo a andar por la Septima Avenida y desaparecio entre la multitud.

* * *

Al regresar junto a los caballos, vi que Nico tenia problemas. Su pegaso retrocedia una y otra vez, y no se dejaba montar.

«¡Huele como los muertos!», protestaba el animal.

«Bueno, bueno —dijo Blackjack—. Venga, Porkpie. Hay cantidad de semidioses que huelen mal. No es culpa suya. Ah… eh, no me referia a usted, jefe.»

—¡Marchaos sin mi! —dijo Nico—. No quiero volver a ese campamento, de todos modos. —Nico —replique—, necesitamos tu ayuda.

El se cruzo de brazos y fruncio el cenio. Annabeth le puso una mano en el hombro. —Nico. Por favor.

Poco a poco, su expresion se fue suavizando.

—Esta bien —accedio, de mala gana—. Lo hago por ti. Pero no voy a quedarme.

Mire a Annabeth arqueando una ceja, como diciendo: «¿Desde cuando te hace caso a ti?» Ella me saco la lengua.

Por fin montamos todos y salimos disparados por el aire. Muy pronto sobrevolabamos el East River mientras toda la panoramica de Long Island se extendia a nuestros pies.

* * *

Aterrizamos en mitad de la zona de las cabanias y enseguida salieron a recibirnos Quiron y Sileno, el satiro barrigon, junto con un par de arqueros de Apolo. Quiron arqueo una ceja cuando vio a Nico, pero si yo esperaba sorprenderle con nuestras ultimas noticias, o sea, al contarle que Quintus era Dedalo y que Cronos se habia alzado, me lleve un buen chasco.

—Me lo temia —dijo—. Debemos apresurarnos. Esperemos que hayas logrado retrasar un poco al senior de los titanes, pero la vanguardia de su ejercito ya debe de estar en camino. Y llegara sedienta de sangre. La mayor parte de nuestros defensores se halla en sus puestos. ¡Venid!

—Un momento —intervino Sileno—. ¿Que hay de la busqueda de Pan? ¡Llegas con casi tres semanas de retraso, Grover Underwood! ¡Tu permiso de buscador ha sido revocado!

Mi amigo satiro respiro hondo. Se enderezo y miro a Sileno a los ojos.

—Los permisos de buscador ya no importan. El gran dios Pan ha muerto. Ha fallecido y nos ha dejado su espiritu.

—¿Que? —Sileno se habia puesto rojo como la grana—. ¡Sacrilegios y mentiras! ¡Grover Underwood, seras exiliado por hablar asi!

—Es la verdad —corrobore—. Nosotros estabamos presentes cuando murio. Todos nosotros. —¡Imposible! ¡Sois unos mentirosos! ¡Destructores de la naturaleza!

Quiron miro a Grover fijamente. —Hablaremos de eso mas tarde.

—¡Hablaremos ahora! —exigio Sileno—. ¡Hemos de ocuparnos…!

—Sileno —lo corto Quiron—. Mi campamento esta siendo atacado. El asunto de Pan ha podido esperar dos mil anios. Me temo que debera esperar un poquito mas. Siempre y cuando sigamos aqui esta noche.

Y con esta nota de optimismo, preparo su arco y echo a galopar hacia el bosque. Los demas nos apresuramos a seguirlo.

* * *

Aquella era la mayor operacion militar que habia visto en el campamento. Todo el mundo estaba en el claro del bosque, con la armadura de combate completa, pero esta vez no era para jugar a capturar la bandera. La cabania de Hefesto habia colocado trampas alrededor de la entrada del laberinto: alambre de espino, fosos llenos de frascos de fuego griego e hileras de estacas aguzadas capaces de repeler una carga. Beckendorf se ocupaba de dos catapultas grandes como un camion, que ya estaban cargadas y orientadas hacia el Punio de Zeus. La cabania de Ares se habia situado en primera linea y ensayaba una formacion de falange a las ordenes de Clarisse. Los miembros de las cabanias de Apolo y Hermes se habian dispersado por el bosque, con los arcos preparados. Muchos habian tomado posiciones en los arboles. Incluso las driadas estaban armadas con arcos y flechas, y los satiros trotaban de aca para alla con porras de madera y escudos hechos de corteza basta y sin pulir.

Annabeth corrio a unirse a sus companieras de la cabania de Atenea, que habian instalado una tienda de mando y dirigian las operaciones. Una gran pancarta con una lechuza parpadeaba en el exterior de la carpa. Nuestro jefe de seguridad, Argos, hacia guardia en la puerta. Las hijas de Afrodita se afanaban ayudando a todo el mundo a colocarse la armadura y ofreciendose a desenredar los nudos de nuestros penachos de crin. Incluso los chicos de Dioniso habian encontrado algo que hacer. Al dios en persona no se le veia aun por ninguna parte, pero sus dos rubios hijos gemelos andaban repartiendo botellas de agua y cajas de zumo entre los sudorosos guerreros.

Parecia estar todo muy bien organizado, pero Quiron murmuro a mi lado: —No bastara.

Pense en lo que habia visto en el laberinto: en los monstruos de la pista de combate de Anteo, en el poder de Cronos que yo habia sentido en persona en el monte Tamalpais, y se me cayo el alma a los pies. Seguramente Quiron estaba en lo cierto, pero aquel era el ejercito que habiamos logrado reunir. Por una vez, me habria gustado que Dioniso estuviera alli, aunque incluso en ese caso no estaba seguro de que hubiera podido hacer nada. Cuando se desataba la guerra, los dioses tenian prohibido intervenir directamente. Por lo visto, los titanes no creian en esa clase de restricciones.

Grover hablaba con Enebro en lo mas alejado del claro. Ella le habia tomado las manos mientras escuchaba de sus labios el relato de nuestra aventura. Se le saltaron unas lagrimas verdes al enterarse de lo que le habia ocurrido a Pan.

Tyson ayudaba a los chavales de Hefesto a preparar las defensas. Tomaba rocas enormes y las apilaba como municion junto a las catapultas.

—Quedate a mi lado por ahora, Percy —indico Quiron—. Cuando empiece la lucha, quiero que esperes hasta que sepamos con que nos enfrentamos. Debes acudir a donde sean mas necesarios los refuerzos. —Vi a Cronos —le dije, todavia estupefacto yo mismo—. Lo mire fijamente a los ojos. Era Luke… pero no lo era.

Quiron deslizo los dedos por la cuerda de su arco.

—Supongo que tenia los ojos dorados. Y que el tiempo, en su presencia, parecia volverse liquido. Asenti.

—¿Como ha podido apoderarse de un cuerpo mortal?

—No lo se, Percy. Los dioses han asumido la apariencia de seres mortales durante siglos. Pero convertirse realmente en uno de ellos… mezclar la forma divina con la mortal… No se como podria hacerse sin que la forma de Luke se hiciera ceniza.

—Cronos dijo que su cuerpo habia sido preparado.

—Cuando pienso en lo que significa eso me entran escalofrios. Pero quiza limite el poder de Cronos. Durante algun tiempo, al menos, se halla confinado en una forma humana. Esta lo mantiene de una pieza. Ojala tambien restrinja su potencia.

—Quiron, si es el quien dirige este ataque…

—No lo creo, muchacho. Si se estuviera acercando yo lo notaria. No dudo de que lo tuviera planeado asi, pero creo que al hacer que se desmoronase la sala del trono sobre el le complicaste las cosas. — Me miro con una expresion de reproche—. Tu y tu amigo Nico, hijo de Hades.

Senti un nudo en la garganta.

—Perdona, Quiron. Se que deberia habertelo contado. Es solo… El alzo la mano.

—Entiendo por que lo hiciste, Percy. Te sentias responsable. Tratabas de protegerlo. Pero, si queremos salir vivos de todo esto, hemos de confiar el uno en el otro. Debemos…

Le flaqueo la voz. El suelo habia empezado a temblar bajo nuestros pies. Todo el mundo se quedo inmovil. Clarisse grito una unica orden: —¡Juntad los escudos!

Entonces el ejercito del senior de los titanes surgio como una explosion de la boca del laberinto.

* * *

Habia asistido a muchos combates en mi vida, pero aquello era una batalla a gran escala. Lo primero que vi fue una docena de gigantes lestrigones que brotaban del subsuelo como un volcan, gritando con tal fuerza que crei que iban a estallarme los timpanos. Llevaban escudos hechos con coches aplastados y porras que eran troncos de arboles rematados con pinchos oxidados. Uno de los gigantes se dirigio con un rugido hacia la falange de Ares, le asesto un golpe con su porra y la cabania entera salio despedida: una docena de guerreros volando por los aires como muniecos de trapo.

«¡Fuego!», grito Beckendorf. Las catapultas entraron en accion. Dos grandes rocas volaron hacia los gigantes. Una reboto en un coche-escudo sin apenas hacerle mella, pero la otra le dio en el pecho a un lestrigon y el gigante se vino abajo. Los arqueros de Apolo lanzaron una descarga y, en un abrir y cerrar de ojos, brotaron docenas de flechas en las armaduras de los gigantes, como si fueran puas de erizo. Algunas se abrieron paso entre las junturas de las piezas de metal y varios gigantes se volatilizaron al ser heridos por el bronce celestial.

Pero, cuando ya parecia que los lestrigones estaban a punto de ser arrollados, surgio la siguiente oleada del laberinto: treinta, tal vez cuarenta dracaenae con armadura griega completa, que empuniaban lanzas y redes y se dispersaron en todas direcciones. Algunas cayeron en las trampas que habian tendido los de la cabania de Hefesto. Una de ellas se quedo atascada entre las estacas y se convirtio en un blanco facil para los arqueros. Otra acciono un alambre tendido a ras del suelo y, en el acto, estallaron los tarros de fuego griego y las llamas se tragaron a varias mujeres serpiente, aunque seguian llegando muchas mas. Argos y los guerreros de Atenea se apresuraron a hacerles frente. Vi que Annabeth desenvainaba su espada y empezaba a luchar con ellas. Tyson, por su parte, cabalgaba sobre un gigante. Se las habia ingeniado para trepar a su espalda y le arreaba en la cabeza con un escudo de bronce.

¡Dong! ¡Dong! ¡Dong!.

Quiron apuntaba con calma y disparaba una flecha tras otra, derribando a un monstruo cada vez, pero seguian surgiendo mas enemigos del laberinto. Y finalmente, salio un perro del infierno que no era la Seniorita O'Leary y arremetio contra los satiros.

—¡¡¡Alli!!! —me grito Quiron.

Saque a Contracorriente y me lance a la carga.

Mientras cruzaba a toda velocidad el campo de batalla, vi cosas terribles. Un mestizo enemigo luchaba con un hijo de Dioniso en un combate muy desigual. El enemigo le dio un tajo en el brazo y luego un golpe en la cabeza con el pomo de la espada. El hijo de Dioniso se desmorono. Otro guerrero enemigo lanzaba flechas incendiarias a los arboles, sembrando el panico entre nuestros arqueros y entre las driadas.

Una docena de dracaenae abandono el combate y se deslizo por el camino que conducia al campamento, como si supieran muy bien adonde se dirigian. Si llegaban alli, podrian incendiar el lugar entero. No encontrarian la menor resistencia.

El unico que se hallaba cerca era Nico di Angelo, que acababa de clavarle su espada a un telekhine. La hoja negra de hierro estigio absorbio la esencia del monstruo y chupo su energia hasta convertirlo en un monton de polvo.

—¡Nico! —grite.

Miro hacia donde yo senialaba, vio a las mujeres serpiente y comprendio en el acto. Inspiro hondo y extendio su negra espada.

—¡Obedeceme! —ordeno.

La tierra temblo. Frente a las dracaenae se abrio una grieta de la que surgio una docena de guerreros muertos. Eran cadaveres espeluznantes con uniformes militares de distintos periodos historicos: revolucionarios norteamericanos de la guerra de Independencia, centuriones romanos, oficiales de la caballeria de Napoleon con esqueletos de caballo… Todos a una, sacaron sus espadas y se abalanzaron sobre las dracaenae. Nico cayo de rodillas; no tuve tiempo de comprobar si se encontraba bien.

Corri al encuentro del perro del infierno, que estaba haciendo retroceder a los satiros hacia el bosque. La bestia le lanzo una dentellada a un satiro, que se aparto con agilidad, pero el golpe lo recibio otro mas lento y este se desplomo con el escudo de corteza destrozado.

—¡Eh! —grite.

El perro del infierno se volvio con un gruniido y salto sobre mi. Me habria hecho pedazos con sus garras, pero al caer al suelo me encontre un recipiente de barro: uno de los tarros de fuego griego de Beckendorf. Me apresure a arrojarselo a las fauces y la criatura estallo en llamas. Me aparte, jadeando. El satiro que habia sido pisoteado por el perro del infierno no se movia. Corri a ver como estaba, pero en ese momento oi la voz de Grover:

—¡Percy!

Se habia desatado un incendio en el bosque. El fuego rugia a tres metros del arbol de Enebro, y ella y Grover estaban enloquecidos tratando de salvarlo. El tocaba una cancion de lluvia con sus flautas mientras Enebro, ya a la desesperada, trataba de apagar las llamas con su chal verde, aunque lo unico que conseguia era empeorar las cosas.

Corri hacia ellos, saltando entre distintos contendientes y colandome entre las piernas de los gigantes. La fuente de agua mas cercana era el arroyo, que quedaba casi a un kilometro… Tenia que hacer algo. Me concentre. Senti un tiron en las entranias y un fragor en los oidos. Un muro de agua avanzo de repente entre los arboles, sofoco el incendio y dejo empapados a Enebro, Grover y casi todos los demas.

El satiro escupio un chorro de agua. —¡Gracias, Percy!

—¡De nada! —Regrese corriendo al combate, al tiempo que la parejita me seguia. El tenia una porra en la mano y ella, una fusta como las que usaban antiguamente en los colegios. Se la veia muy enfadada, como si estuviera dispuesta a zurrarle a alguien en el trasero.

Cuando ya parecia que la batalla estaba otra vez equilibrada y que quiza teniamos alguna posibilidad, nos llego desde el laberinto el eco de un chillido sobrenatural: un ruido que en mi vida habia oido.

Y subitamente Campe salio disparada hacia el cielo, con sus alas de murcielago desplegadas, y fue a aterrizar en lo alto del Punio de Zeus, desde donde examino la carniceria. Su rostro estaba inundado de una euforia maligna. Las cabezas mutantes de animales le crecian en la cintura y las serpientes silbaban y se le arremolinaban alrededor de las piernas. En la mano derecha sostenia un ovillo reluciente de hilo, el de Ariadna, pero enseguida lo guardo en la boca de un leon, como si fuera un bolsillo, y saco sus dos espadas curvas. Las hojas brillaban con su habitual fulgor verde venenoso. Campe solto un chillido triunfal y algunos campistas gritaron despavoridos; otros trataron de huir corriendo y fueron pisoteados por los perros del infierno o por los gigantes.

—¡Dioses inmortales! —grito Quiron. Apunto con su arco, pero Campe parecio detectar su presencia y echo a volar a una velocidad asombrosa. La flecha paso zumbando sobre su cabeza sin causarle ningun danio.

Tyson se solto del gigante al que habia aporreado hasta dejarlo fuera de combate. Corrio hacia nuestras lineas, gritando:

—¡En vuestros puestos! ¡No huyais! ¡Luchad!

Un perro del infierno salto entonces sobre el y ambos rodaron por el suelo.

Campe aterrizo sobre la tienda de mando de Atenea y la aplasto. Corri hacia ella y me encontre en companiia de Annabeth, que se puso a mi altura con la espada en la mano. —Esto puede ser el final —

dijo. —Tal vez.

—Ha sido un placer combatir contigo, sesos de alga. —Lo mismo digo.

Nos lanzamos juntos al encuentro del monstruo. Campe solto un silbido y nos lanzo sendas estocadas. Hice una finta para intentar distraerla, mientras Annabeth le daba un mandoble, pero la bestia parecia capaz de combatir con ambas manos a la vez. Paro el golpe de Annabeth y esta tuvo que retroceder de un salto para evitar la nube de veneno. Permanecer cerca de aquella criatura era como meterse en una niebla acida. Los ojos me escocian y no lograba llenar los pulmones. Sabia que no podriamos mantenernos firmes mas que unos segundos.

—¡Vamos! —grite—. ¡Necesitamos ayuda!

Pero no llegaba nadie. Unos se habian desmoronado y otros luchaban para salvar su propia vida o estaban demasiado aterrorizados para avanzar. Tres flechas de Quiron surgieron de repente en el pecho de Campe, pero ella se limito a rugir con mas fuerza.

—¡Ahora! —exclamo Annabeth.

Cargamos juntos, esquivamos los tajos del monstruo, rebasamos su guardia y casi… casi habiamos logrado clavarle nuestras espadas en el pecho cuando de su cintura broto la cabeza de un oso gigante y tuvimos que retroceder a trompicones para que no nos diese un mordisco mortal.

¡BRUUUM!.

Se me nublo de golpe la vista. Cuando quise darme cuenta, Annabeth y yo estabamos en el suelo. El monstruo tenia las patas delanteras sobre nosotros y nos sujetaba firmemente. Cientos de serpientes se deslizaban sobre mi, con unos silbidos que parecian carcajadas. Campe alzo sus dos espadas teniidas de verde y comprendi que ya no teniamos salida.

Entonces oi un aullido detras de mi. Una enorme sombra se abalanzo sobre Campe, quitandola bruscamente de en medio. Ahora era la mole de la Seniorita O'Leary lo que teniamos encima, soltando gruniidos y lanzandole dentelladas al monstruo.

—¡Buena chica! —dijo una voz conocida. Dedalo se abria paso con su espada desde la entrada del laberinto, abatiendo enemigos a diestra y siniestra y aproximandose a nosotros. Habia alguien mas a su lado: un gigante muchisimo mas alto que los lestrigones, con un centenar de brazos sinuosos y cada uno de ellos con una roca de buen tamanio.

—¡Briares! —grito Tyson, asombrado.

—¡Hola, hermanito! —bramo el gigante—. ¡Aguanta!

Y mientras la Seniorita O'Leary se hacia rapidamente a un lado, el centimano le lanzo a Campe una rafaga de rocas que parecian aumentar de tamanio al salir de sus manos. Y eran tantas que parecia que la mitad de la tierra hubiera aprendido a volar.

¡BRUUUUUM!.

Alli donde se hallaba Campe un segundo antes solo vi de repente una montania de rocas casi tan grande como el Punio de Zeus. El unico signo de que el monstruo habia existido eran dos puntas verdes de espada que sobresalian por las grietas.

Una oleada de vitores estallo entre los campistas. Pero nuestros enemigos no estaban vencidos aun. —¡Acabad con ellos! —chillo una dracaena—. ¡Matadlos a todos o Cronos os desollara vivos!

Por lo visto aquella amenaza era mas terrorifica que nosotros mismos. Los gigantes se lanzaron en tropel en un ultimo y desesperado intento. Uno de ellos sorprendio a Quiron con un golpe oblicuo en

las patas traseras, que lo hizo trastabillar y caer. Otros seis gigantes gritaron euforicos y avanzaron corriendo.

—¡No! —grite, pero estaba demasiado lejos para echar una mano.

Y entonces sucedio. Grover abrio la boca y de ella surgio el sonido mas horrible que he oido. Era como una trompeta amplificada mil veces: el sonido del miedo en estado puro.

Los secuaces de Cronos, todos a una, soltaron sus armas y echaron a correr como si en ello les fuera la vida. Los gigantes pisotearon a las dracaenae para huir primero por el laberinto. Los telekhines, los perros del infierno y los mestizos enemigos se apresuraban tras ellos a tropezones. El tunel se cerro, retumbando. La batalla habia llegado a su fin. El claro se quedo de repente en silencio, salvo por el crepitar del fuego en el bosque y los lamentos de los heridos.

Ayude a Annabeth a ponerse de pie y corrimos hacia Quiron. —¿Te encuentras bien? —le pregunte.

Estaba tendido de lado, tratando en vano de levantarse.

—¡Que embarazoso! —mascullo—. Creo que me recuperare. Por suerte, nosotros no les pegamos un tiro a los centauros cuando tienen… ¡aj!, una pata rota.

—Necesitas ayuda —dijo Annabeth—. Voy a buscar a un medico de la cabania de Apolo. —No —insistio Quiron—. Hay heridas mas importantes que atender. ¡Dejadme! Estoy bien. Grover… luego tenemos que hablar de como has hecho eso.

—Ha sido increible — asenti. Grover se ruborizo.

—No se de donde me ha salido. Enebro lo abrazo con fuerza. —¡Yo si lo se!

Antes de que pudiera aniadir mas, Tyson me llamo: —¡Percy, deprisa! ¡Es Nico!

* * *

Su ropa negra despedia humo. Tenia los dedos agarrotados y la hierba alrededor de su cuerpo se habia vuelto amarilla y se habia secado.

Le di la vuelta con todo cuidado y le puse la mano en el pecho. El corazon le latia debilmente. —¡Traed nectar! —grite.

Uno de los campistas de Ares se acerco cojeando y me tendio una cantimplora. Le eche a Nico en la boca un chorro de la bebida magica. Empezo a toser y farfullar, pero sus parpados temblaron y se acabaron abriendo.

—¿Que te ha pasado, Nico? —pregunte—. ¿Puedes hablar? Asintio debilmente.

—Nunca habia intentado convocar a tantos a la vez. Me pondre bien.

Lo ayudamos a sentarse y le di un poco mas de nectar. Nos miro parpadeando, como si tratara de recordar quienes eramos, y se fijo en alguien que estaba a mi espalda. —Dedalo —grazno.

—Si, muchacho —dijo el inventor—. Cometi un gran error. He venido a corregirlo.

Tenia varias heridas que sangraban aceite dorado, pero daba la impresion de estar mejor que la mayoria de nosotros. Al parecer, su cuerpo de automata se curaba por si solo rapidamente. La Seniorita O'Leary le lamia las heridas de la cabeza y le iba dejando el pelo levantado de un modo muy gracioso. Un poco mas alla, vi a Briares rodeado de un grupo de campistas y de satiros maravillados. Tenia un aire timido, pero estaba firmando autografos en armaduras, escudos y camisetas.

—Me encontre con el centimano mientras recorria el laberinto —explico Dedalo—. Habia tenido la misma idea, o sea, venir a echar una mano, pero se habia perdido. Nos entendimos enseguida. Los dos veniamos a enmendar nuestras faltas.

—¡Yuju! —Tyson se puso a dar saltos de alegria—. ¡Sabia que vendrias, Briares!

—Yo no lo sabia —dijo el centimano—. Pero tu me ayudaste a recordar quien soy, ciclope. Eres tu el heroe.

Tyson se ruborizo, pero yo le di una palmada en la espalda.

—Lo se desde hace mucho tiempo —dije—. Pero, Dedalo… el ejercito del titan sigue ahi abajo. Incluso sin el hilo, regresaran. Daran con el camino tarde o temprano, y esta vez con Cronos al frente. Dedalo envaino su espada.

—Tienes razon. Mientras el laberinto siga ahi, vuestros enemigos podran usarlo. Ese es el motivo por el que no puede seguir existiendo.

Annabeth se quedo mirandolo.

—Pero ¡tu dijiste que el laberinto esta ligado a tu fuerza vital! Mientras estes vivo…

—Si, mi joven arquitecta —asintio Dedalo—. Cuando yo muera, el laberinto morira tambien. Asi que tengo un regalo para ti.

Se quito la mochila de cuero, abrio la cremallera y saco un portatil plateado de aspecto impecable: era uno de los que habiamos visto en su taller. En la tapa figuraba una A azul. —Todo mi trabajo esta aqui —dijo—. Es lo unico que logre salvar del incendio. Son notas de proyectos que nunca he empezado, incluidos algunos de mis disenios preferidos. No he podido desarrollarlos en los ultimos milenios. No me atrevia a revelar mi trabajo al mundo de los mortales. Pero tu quiza lo encuentres interesante.

Le tendio el portatil a Annabeth, que lo miraba como si fuese de oro macizo.

—¿Y me lo das a mi? ¡Pero esto tiene un valor incalculable! Debe de costar… ¡Yo que se cuanto! —Una pequenia compensacion por tu comportamiento —senialo Dedalo—. Tenias razon, Annabeth, sobre los hijos de Atenea. Deberiamos actuar sabiamente, y yo no lo hice. Algun dia llegaras a ser una arquitecta mas grande que yo. Toma mis ideas y mejoralas. Es lo minimo que puedo hacer antes de morir.

—¿De morir? —exclame—. ¡No puedes quitarte la vida! ¡No esta bien! El nego con la cabeza.

—No tan mal como ocultarme durante dos mil anios a causa de mis crimenes. El genio no disculpa la maldad, Percy. Ha llegado mi hora. Debo afrontar mi castigo.

—No tendras un juicio justo —dijo Annabeth—. El espiritu de Minos esta en el tribunal… —Aceptare lo que sea —respondio el—. Y confio en la justicia del inframundo. Es lo unico que podemos hacer, ¿no? —Miro fijamente a Nico y el rostro de este se ensombrecio.

—Si —convino.

—¿Vas a tomar entonces mi alma para pedir un rescate? —le pregunto Dedalo—. Podrias usarla para reclamar a tu hermana.

—No —respondio Nico—. Te ayudare a la liberar tu espiritu. Pero Bianca ha muerto. Debe permanecer donde esta.

Dedalo asintio.

—Bien hecho, hijo de Hades. Te estas volviendo sabio. —Luego me miro a mi—. Un ultimo favor, Percy Jackson. No puedo dejar sola a la Seniorita O'Leary. Y ella no tiene el menor deseo de regresar al inframundo. ¿La cuidaras tu?

Mire el enorme mastin negro, que gimoteaba lastimosamente y seguia lamiendole el pelo a Dedalo. Pense que en el edificio de mi madre no se admitian perros, no digamos ya perros como apartamentos, pero aun asi conteste:

—Si, claro.

—Entonces ya estoy listo para ver a mi hijo… y a Perdix —declaro—. He de decirles lo arrepentido que estoy.

Annabeth tenia lagrimas en los ojos.

Dedalo se volvio hacia Nico, quien saco su espada. Temi que fuese a matar al viejo inventor, pero se limito a decir:

—Ha llegado tu hora finalmente. Queda liberado y reposa.

Una sonrisa de alivio se expandio por el rostro de Dedalo y, en el acto, se quedo paralizado como una estatua. Su piel se volvio transparente, mostrando los engranajes de bronce y la maquinaria que zumbaba en el interior de su cuerpo. Luego la estatua se transformo en ceniza y se desintegro.

La Seniorita O'Leary solto un aullido. Le acaricie la cabeza, tratando de consolarla. La tierra temblo mientras el antiguo laberinto se desmoronaba: una especie de terremoto que seguramente fue registrado en todas las grandes ciudades del pais. Los restos del ejercito del titan, esperaba, habian quedado sepultados en algun punto del subterraneo.

Contemple la carniceria que se habia producido en el claro del bosque, y luego los rostros agotados de mis amigos.

—Vamos —les dije—. Tenemos cosas que hacer.

Capitulo 19

El consejo se parte en dos

Hubo demasiadas despedidas.

Aquella noche vi usar por primera vez en cuerpos reales las mortajas del campamento; algo que no deseaba volver a presenciar.

Entre los muertos se hallaba Lee Fletcher, de la cabania de Apolo, que habia caido bajo la porra de un gigante. Lo envolvieron en un sudario dorado sin ningun adorno. El hijo de Dioniso que habia sucumbido luchando con un mestizo enemigo fue amortajado con un sudario morado oscuro, con un bordado de vinias. Se llamaba Castor. Me sentia avergonzado porque lo habia visto por el campamento durante tres anios y ni siquiera me habia molestado en aprenderme su nombre. Tenia diecisiete anios. Su hermano gemelo, Polux, trato de pronunciar unas palabras, pero la voz se le estrangulo y tomo la antorcha sin mas. Encendio la pira funeraria situada en el centro del anfiteatro y, en unos segundos, el fuego se trago la hilera de mortajas mientras las chispas y el humo se elevaban al cielo.

Nos pasamos el dia siguiente atendiendo a los heridos, que eran practicamente todos los campistas. Los satiros y las driadas se afanaron en reparar los danios causados al bosque.

A mediodia, el Consejo de Sabios Ungulados celebro una sesion de urgencia en su arboleda sagrada. Estaban presentes los tres viejos satiros y tambien Quiron, que habia adoptado su forma con silla de ruedas. Se le estaba soldando el hueso de la pata que se habia roto y tendria que permanecer unos meses asi, hasta que se le curase y pudiera soportar otra vez su peso. La arboleda estaba atestada de satiros, de driadas e incluso de nayades que habian salido del agua, todos ellos —eran centenares— ansiosos por oir lo que habia sucedido. Enebro, Annabeth y yo permanecimos junto a Grover.

Sileno queria desterrarlo inmediatamente, pero Quiron lo persuadio para que al menos oyera los testimonios primero. Asi pues, le contamos a todo el mundo lo ocurrido en la cueva de cristal y lo que nos habia dicho Pan. Luego, numerosos testigos presentes en la batalla describieron el extranio sonido que Grover habia emitido, provocando la retirada del ejercito del titan.

—Era panico lo que sentian —insistia Enebro—. Grover consiguio convocar el poder del dios salvaje. —¿Panico? —pregunte.

—Percy —me explico Quiron—, durante la primera guerra entre los dioses y los titanes, el senior Pan solto un grito horrible y el ejercito enemigo huyo despavorido. Ese es… o era su mayor poder: una oleada de miedo que ayudo a los dioses a alzarse con la victoria. La palabra panico proviene de Pan, ¿entiendes? Y Grover utilizo ese poder, sacandolo de si mismo.

—¡Absurdo! —bramo Sileno—. ¡Sacrilegio! Tal vez el dios salvaje nos favorecio con una bendicion. ¡O tal vez la musica de Grover era tan espantosa que asusto al enemigo!

—No fue asi, senior —intervino el acusado. Parecia mucho mas calmado de lo que habria estado yo si me hubieran insultado de aquella manera—. El dios nos transmitio su espiritu. Debemos actuar. Cada uno debe contribuir a renovar la vida salvaje y preservar la que aun queda. Hemos de propagar la noticia. Pan ha muerto. Solo quedamos nosotros.

—Despues de dos mil anios de busqueda, ¿pretende que nos creamos eso? —grito Sileno —. ¡Nunca! Hemos de continuar buscando. ¡Destierro al traidor!

Algunos de los satiros mas ancianos murmuraron su aprobacion. —¡Votemos! —exigio Sileno—. ¿Quien va a creer, ademas, a este joven y ridiculo satiro? —¡Yo! —exclamo una voz conocida.

Todos nos volvimos. Cruzando la arboleda a grandes zancadas, aparecio Dioniso. Llevaba un traje negro muy formal, de modo que casi no lo reconoci, y tambien una corbata morada, una camisa violeta y su pelo rizado cuidadosamente peinado. Tenia los ojos inyectados en sangre, como de costumbre, y su

rollizo rostro parecia algo sofocado, pero daba la impresion de hallarse bajo los efectos del dolor y no de la abstinencia forzada.

Todos los satiros se levantaron en senial de respeto e inclinaron la cabeza cuando se acerco. Dioniso hizo un gesto con la mano y surgio de la tierra otro asiento junto a Sileno: un trono hecho de ramas de vid.

Tomo asiento y cruzo las piernas. Chasqueo los dedos. Un satiro se acerco corriendo con una bandeja de queso y galletitas y con una Coca Light.

El dios del vino contemplo a la muchedumbre congregada a su alrededor. —¿Me habeis echado de menos?

Todos los satiros se apresuraron a asentir y a hacerle reverencias. —¡Oh, si! ¡Mucho, senior!

—¡Pues yo no he echado nada de menos este lugar! —les solto el dios—. Traigo malas noticias, amigos mios. Pesimas noticias. Los dioses menores estan cambiando de bando. Morfeo se ha pasado al enemigo. Hecate, Jano y Nemesis tambien. Zeus tonante sabra cuantos mas…

Un trueno resono a lo lejos.

—¡Peor todavia! —aniadio—. Ni siquiera el mismisimo Zeus lo sabe. Bueno, quiero oir la historia de Grover. Otra vez. Desde el principio.

—Pero ¡mi senior —protesto Sueno—, son solo sandeces! Los ojos de Dioniso relampaguearon con un brillo purpura.

—Acabo de enterarme de que mi hijo Castor ha muerto, Sileno. No estoy de humor. Harias bien en seguirme la corriente.

Sileno trago saliva y le hizo un gesto a Grover para que volviera a empezar. Cuando concluyo, el senior D asintio.

—Da la impresion de que Pan habria hecho una cosa asi. Grover tiene razon: esa busqueda es agotadora. Debeis empezar a pensar por vuestra propia cuenta. —Se volvio hacia un satiro—. ¡Traeme unas uvas peladas, rapido!

—¡Si, senior! —El satiro salio corriendo. — ¡Hemos de desterrar al traidor! —insistio Sileno.

—Y yo digo que no —le replico Dioniso—. Ese es mi voto. —Yo tambien voto que no —intervino Quiron. Sileno apreto los dientes con aire

testarudo. —¿A favor de desterrarlo?

El mismo y los otros dos viejos satiros alzaron la mano. —Tres a dos —sentencio Sileno.

—Si —dijo Dioniso—, pero, por desgracia para ti, el voto de un dios vale por dos. Y como he votado en contra, estamos empatados.

Sileno se puso de pie, indignado.

—¡Esto es un escandalo! ¡El consejo no puede permanecer en semejante callejon sin salida! —Entonces, ¡disuelve el consejo! —replico el senior D—. Me tiene sin cuidado.

Sileno le hizo una envarada reverencia y abandono la arboleda con sus dos colegas. Unos veinte satiros los siguieron. Los demas permanecieron en su sitio, murmurando con inquietud.

—No os preocupeis —intervino Grover—. No necesitamos a un consejo que nos diga lo que debemos hacer. Eso podemos deducirlo por nuestra cuenta.

Repitio otra vez las palabras de Pan: que debian contribuir a salvar la vida salvaje aunque fuese poco a poco. Luego empezo a dividir a los satiros en grupos: los que se ocuparian de los parques nacionales, los que debian salir en busca de los ultimos rincones salvajes y los que habian de defender los parques de las grandes ciudades.

—Bueno —me dijo Annabeth—. Me parece que Grover se nos esta haciendo mayor.

* * *

Aquella tarde me encontre a Tyson en la playa hablando con Briares. Este se habia puesto a construir un castillo de arena con unas cincuenta manos. En realidad, lo hacia sin prestar mucha atencion, pero sus manos habian levantado por si solas un recinto de tres pisos con muros fortificados, foso y puente levadizo.

Tyson estaba dibujando un mapa en la arena.

—Gira a la izquierda en el acantilado —le dijo a Briares—. Sigue directamente hacia abajo cuando veas el barco hundido. Luego, a un par de kilometros hacia el este, pasada la tumba de la sirena, empezaras a ver las hogueras.

—¿Le estas indicando el camino a las fraguas? — pregunte. Tyson asintio.

—Briares quiere echar una mano. Les enseniara a los ciclopes tecnicas que habian caido en el olvido para fabricar armas y armaduras mejores.

—Quiero estar con los ciclopes —asintio Briares—. No quiero seguir solo mas tiempo.

—No creo que te sientas solo alla abajo —le dije, aunque con cierta melancolia, porque yo nunca habia estado en el reino de Poseidon—. Te van a mantener ocupado.

El rostro de Briares adopto una expresion de felicidad. —¡Me gusta como suena! ¡Ojala pudiera venir Tyson tambien! Este se ruborizo.

—He de quedarme con mi hermano. Te ira bien, Briares. Gracias. El centimano me estrecho la mano unas cien veces.

—Nos veremos de nuevo, Percy. ¡Lo se!

Luego le dio a Tyson un abrazo de pulpo y empezo a internarse mar adentro. Nos quedamos observandolo hasta que su enorme cabeza desaparecio entre las olas.

Le di a Tyson una palmadita en la espalda. —Le has sido de gran ayuda.

—Solo hable con el.

—Creiste en el. Sin Briares, jamas habriamos derrotado a Campe. Tyson sonrio de oreja a oreja.

—¡Sabe tirar pedruscos! Me eche a reir.

—Si, menudos pedruscos. Venga, grandullon, vamos a cenar.

* * *

Resultaba agradable cenar normalmente en el campamento. Tyson se sento conmigo en la mesa de Poseidon. La perspectiva del crepusculo sobre Long Island Sound era preciosa. Las cosas no habian vuelto a la normalidad ni mucho menos, pero cuando me acerque al brasero y arroje una parte de mi comida a las llamas como ofrenda a Poseidon, senti que tenia muchos motivos para estar agradecido. Mis amigos y yo seguiamos vivos. El campamento estaba a salvo. Cronos habia sufrido un reves, y al menos podriamos respirar un tiempo.

Mi unico motivo de preocupacion era Nico, que se habia recluido entre las sombras del fondo del pabellon. Le habian ofrecido sitio en la mesa de Hermes, e incluso en la mesa principal, pero el lo habia rechazado.

Despues de la cena, todos los campistas se encaminaron hacia el anfiteatro, donde la cabania de Apolo nos habia prometido un espectacular recital a coro para levantarnos el animo, pero Nico dio media vuelta y se adentro en el bosque. Pense que seria mejor seguirlo.

Al deslizarme bajo las sombras de los arboles, me di cuenta de que se estaba haciendo muy oscuro. Nunca habia tenido miedo en el bosque, a pesar de que sabia que estaba plagado de monstruos. Aun asi, pense en la batalla del dia anterior y me pregunte si algun dia volveria a ser capaz de caminar por alli sin recordar los horrores de aquellos combates.

No veia a Nico, pero tras unos minutos caminando divise un resplandor un poco mas adelante. Primero crei que Nico habia encendido una antorcha. Al acercarme mas, me di cuenta de que era el resplandor de un fantasma. La forma temblorosa de Bianca di Angelo se alzaba en medio del claro, sonriendo a su hermano. Le dijo algo, le acaricio la cara —o lo intento— y luego su imagen se desvanecio por completo.

Nico se dio la vuelta y me vio, pero no parecio enfurecerse. —Estaba despidiendome —explico con voz ronca.

—Te hemos echado de menos durante la cena —le dije—. Podrias haberte sentado conmigo. —No.

—No puedes saltarte las comidas, Nico. Si no quieres quedarte en la cabania de Hermes, quiza puedan hacer una excepcion y alojarte en la Casa Grande. Alli hay muchas habitaciones.

—No voy a quedarme, Percy.

—Pero… no puedes marcharte asi como asi. Es demasiado peligroso que un mestizo ande solo por ahi. Necesitas entrenarte.

—Yo me entreno con los muertos —replico en tono tajante—. Este campamento no es para mi. Por algo no pusieron una cabania de Hades. El no es bienvenido aqui, como tampoco en el Olimpo. Yo no encajo en este lugar. Debo irme.

Habria deseado discutir, pero una parte de mi sabia que estaba en lo cierto. No me gustaba la idea, pero Nico tendria que encontrar su propio y oscuro camino. Me acorde de lo sucedido en la cueva de Pan; el dios salvaje nos habia dirigido unas palabras a cada uno… salvo a el.

—¿Cuando te vas? —le pregunte.

—Ahora. Tengo toneladas de cuestiones pendientes. Como, por ejemplo, quien era mi madre. O quien nos pagaba el colegio a Bianca y a mi. O quien era ese abogado que nos saco del hotel Loto. No se nada de mi pasado. He de averiguarlo.

—Es logico —reconoci—. Pero espero que no tengamos que ser enemigos. El bajo la mirada.

—Lamento haberme portado como un mocoso. Deberia haberte escuchado cuando paso lo de Bianca. — Por cierto… —Me saque una cosa del bolsillo—. Tyson encontro esto mientras limpiabamos la cabania. Pense que quiza lo querrias. —Le tendi una figurita de plomo de Hades: la estatuilla del juego de Mitomagia que Nico habia dejado tirada cuando huyo del campamento el invierno anterior.

El vacilo.

—Ya no juego a esto. Es para crios.

—Tiene una potencia de ataque de cuatro mil —seniale en tono persuasivo. —De cinco mil —me corrigio—, pero solo si tu oponente ataca primero. Sonrei.

—A lo mejor tampoco esta mal volver a ser un crio de vez en cuando. —Le lance la figurita. Nico la estudio unos segundos y se la guardo en el bolsillo.

—Gracias.

Le tendi la mano. El me la estrecho de mala gana. Tenia la piel fria como un tempano.

—He de investigar un monton de cosas —dijo—. Algunas… Bueno, si me entero de algo util, te lo hare saber.

No sabia muy bien a que se referia, pero asenti. —Mantente en contacto, Nico.

Dio media vuelta y se alejo lentamente por el bosque. Las sombras parecian doblarse hacia el a medida que avanzaba, como si quisieran llamar su atencion.

Una voz dijo a mi espalda: — Ahi va un joven muy turbado.

Me volvi y me encontre a Dioniso alli mismo, vestido aun con su traje negro. —Acompaniame —indico.

—¿Adonde? —pregunte, suspicaz.

—A la hoguera del campamento. Estaba empezando a sentirme bien, asi que se me ha ocurrido hablar un rato contigo. Tu siempre consigues ponerme de mal humor.

—Ah, gracias.

Caminamos en silencio por el bosque. Adverti que en realidad Dioniso andaba por el aire: sus lustrosos zapatos negros se deslizaban a un par de centimetros del suelo. Supuse que no queria mancharselos. — Hemos sufrido muchas traiciones —empezo—. Las cosas no pintan bien para el Olimpo. Pero tu y Annabeth habeis salvado el campamento. No estoy seguro de si debo darte las gracias.

—Ha sido un trabajo en equipo. El se encogio de hombros.

—A pesar de todo. Yo diria que ha sido un trabajo bastante competente el que habeis llevado a cabo. Y he pensado que debias saber… que no ha sido del todo en vano.

Llegamos al anfiteatro y Dioniso senialo la hoguera. Clarisse estaba pegada a un corpulento chico hispano que parecia contarle un chiste. Era Chris Rodriguez, el mestizo que habia perdido la razon en el laberinto.

Me volvi hacia Dioniso. — ¿Vos lo habeis curado?

—La locura es mi especialidad. Ha sido sencillo. —Pero… habeis hecho una buena accion. ¿Por que? Arqueo una ceja.

—¡Porque soy bueno! Irradio bondad, Perry Johansson. ¿No lo has notado? —Eh…

—Tal vez me sentia apesadumbrado por la muerte de mi hijo. Tal vez pense que ese tal Chris merecia una segunda oportunidad. En todo caso, parece haber servido para mejorarle el humor a Clarisse.

—¿Y por que me lo contais? El dios del vino suspiro.

—Que me aspen si lo se. Pero recuerda, muchacho, que una buena accion puede ser a veces igual de poderosa que una espada. Como mortal, nunca fui un guerrero, un atleta o un poeta muy destacado. Me dedicaba solo a hacer vino. Los de mi pueblo se reian de mi. Decian que nunca llegaria a nada. Mirame ahora. A veces las cosas mas insignificantes pueden volverse muy grandes.

Me dejo solo para que pensara en ello. Mientras contemplaba a Clarisse y a Chris cantando estupidas canciones de campamento y tomandose de las manos en la oscuridad, donde creian que nadie los veia, no pude reprimir una sonrisa.

Capitulo 20

Mi fiesta de cumpleanios toma un giro siniestro

El resto del verano fue tan normal que casi resulto extranio. Las actividades diarias prosiguieron: tiro al arco, escalada, equitacion con pegaso… Jugamos a capturar la bandera (aunque todos evitamos el Punio de Zeus), cantamos canciones junto a la hoguera, celebramos carreras de carros y les gastamos bromas a las demas cabanias. Pase mucho tiempo con Tyson, jugando con la Seniorita O'Leary, pero ella seguia aullando por las noches cuando echaba de menos a su antiguo duenio. Annabeth y yo mas bien nos rehuiamos el uno al otro. Me gustaba estar con ella, pero tambien me producia una especie de dolor, una sensacion que me abrumaba igualmente aunque no estuvieramos juntos.

Queria hablar con ella de Cronos, pero no podia hacerlo sin sacar a Luke a colacion. Y ese era un tema que no podia tocar, porque me cortaba en seco cada vez que lo intentaba.

Paso el mes de julio, con los fuegos artificiales del dia de la Independencia en la playa. Agosto resulto tan caluroso que las fresas se asaban en los campos. Finalmente, llego el ultimo dia de campamento. Despues del desayuno, aparecio en mi cama la carta de costumbre, advirtiendome que las arpias de la limpieza me devorarian si seguia alli despues de mediodia.

A las diez en punto me aposte en la cima de la Colina Mestiza para esperar a la furgoneta que habia de llevarme a la ciudad. Habia arreglado las cosas para dejar a la Seniorita O'Leary en el campamento. Quiron me habia prometido que cuidaria de ella. Tyson y yo nos turnariamos para visitarla durante el curso.

Confiaba en que Annabeth saliera para Manhattan al mismo tiempo que yo, pero solo vino a despedirme. Me dijo que habia decidido quedarse un poco mas en el campamento. Atenderia a Quiron hasta que se le curase del todo la pata y continuaria estudiando el portatil de Dedalo, que ya la habia mantenido totalmente absorta durante los ultimos dos meses. Luego regresaria a la casa de su padre en San Francisco.

—Voy a ir a una escuela privada de alli —me dijo—. Seguramente sera horrorosa, pero… — Se encogio de hombros.

—Ya, bueno. Llamame, ¿vale?

—Claro —respondio sin mucho entusiasmo—. Mantendre los ojos abiertos por si…

Ya estabamos otra vez. Luke. No podia pronunciar su nombre siquiera sin destapar una caja enorme de dolor, inquietud y rabia.

—Annabeth —le dije—. ¿Cual era el resto de la profecia? Ella fijo su mirada en los bosques lejanos, pero no contesto.

—«Rebuscaras en la oscuridad del laberinto sin fin» —recorde—. «El muerto, el traidor y el desaparecido se alzan.» Hicimos que se alzara un monton de muertos. Salvamos a Ethan Nakamura, que resulto ser un traidor. Rescatamos el espiritu de Pan, el desaparecido.

Annabeth meneo la cabeza, como para que me detuviera.

—«Te elevaras o caeras de la mano del rey de los fantasmas» —insisti—. Ese no era Minos, como yo habia creido, sino Nico. Al escoger nuestro bando, nos salvo. Y luego, «el ultimo refugio de la criatura de Atenea» se referia a Dedalo.

—Percy…

—«Destruye un heroe con su ultimo aliento.» Ahora si tiene sentido. Dedalo murio para destruir el laberinto. Pero ¿cual era el verso…?

—«Y perderas un amor frente a algo peor que la muerte» —recito Annabeth con lagrimas en los ojos —. Ese era el ultimo verso, Percy. ¿Ya estas contento?

El sol parecia haberse enfriado repentinamente. —Ah —dije—. Entonces Luke…

—Percy, yo no sabia de quien hablaba la profecia. N… no sabia si… —Se le quebro la voz sin poder evitarlo—. Luke y yo… El fue durante anios la unica persona que se preocupo por mi. Crei…

Antes de que pudiera seguir, surgio a nuestro lado un repentino destello de luz, como si alguien hubiera abierto una cortina dorada en el aire.

—No tienes nada de que disculparte, querida.

Sobre la colina habia aparecido una mujer muy alta con una tunica blanca y el pelo oscuro trenzado sobre los hombros.

—¡Hera! —exclamo Annabeth. La diosa sonrio.

—Has hallado las respuestas, como habia previsto. Tu busqueda ha sido un exito. —¿Un exito? —dijo Annabeth—. Luke ya no existe. Dedalo ha muerto. Pan ha muerto. ¿Como podeis…?

—Nuestra familia esta a salvo —insistio Hera—. En cuanto a esos otros, mejor que se hayan ido, querida. Estoy orgullosa de ti.

Cerre los punios con fuerza. No podia creer que estuviese diciendo aquello. —Fuisteis vos quien pago a Gerion para que nos permitiera cruzar por su rancho, ¿no es cierto? Hera se encogio de hombros. En la tela de su vestido temblaban los colores del arco iris. —Queria facilitaros el camino.

—Pero Nico no os importaba. Os parecia bien que se lo entregaran a los titanes.

—Oh, vamos. —La diosa hizo un ademan despectivo—. El propio hijo de Hades lo ha dicho. Nadie quiere tenerlo cerca. El no encaja, no resulta adecuado en ninguna parte.

—Hefesto tenia razon —masculle—. Lo unico que os importa es vuestra familia «perfecta», no la gente real.

Sus ojos relampaguearon peligrosamente.

—Cuida tus palabras, hijo de Poseidon. Te he orientado en el laberinto mas veces de las que crees. Estuve a tu lado cuando te enfrentaste a Gerion. Permiti que tu flecha volase recta. Te envie a la isla de Calipso. Te abri el paso a la montania del titan… Annabeth, querida, seguro que tu si eres consciente de lo mucho que os he ayudado. Agradeceria un sacrificio por todos mis esfuerzos.

Annabeth permanecia tan inmovil como una estatua. Podria haberle dado las gracias. Podria haber prometido que arrojaria al brasero una parte de la barbacoa en honor a la divinidad y olvidar sin mas el asunto. Pero lo que hizo fue apretar los dientes con aire testarudo. Tenia el mismo aspecto que cuando se habia enfrentado a la esfinge: como si no estuviera dispuesta a aceptar una respuesta facil, aunque ello le acarrease graves problemas. Me di cuenta de que ese era uno de los rasgos que mas me gustaban de Annabeth.

—Percy tiene razon —replico, dandole la espalda—. Sois vos la que no resultais adecuada, reina Hera. Asi que la proxima vez, gracias… Pero no, gracias.

La mueca de desden de la diosa era mucho peor que la de una empusa. Su forma empezo a resplandecer.

—Te arrepentiras de este insulto, Annabeth. Te arrepentiras de verdad.

Desvie la mirada mientras Hera adoptaba su autentica forma divina y desaparecia en una llamarada de luz.

La cima de la colina volvio a la tranquilidad. Peleo dormitaba junto al pino, bajo el Vellocino de Oro, como si no hubiera pasado nada.

—Lo siento —me dijo Annabeth—. Ten… tengo que volver. Estaremos en contacto. —Escucha, Annabeth…

Pense en el monte Saint Helens, en la isla de Calipso, en Luke y Rachel Elizabeth Dare, en como se habia vuelto de repente todo tan complicado. Queria decirle a Annabeth que yo no deseaba sentirme tan alejado de ella.

Entonces Argos toco la bocina desde la carretera y perdi mi oportunidad.

—Sera mejor que vayas —me dijo Annabeth—. Cuidate, sesos de alga.

Y echo a correr colina abajo. La contemple hasta que llego a las cabanias. No miro atras ni una vez.

* * *

Dos dias mas tarde era mi cumpleanios. Nunca hacia mucha propaganda porque caia justo despues del campamento, de modo que ninguno de mis companieros de alli podia venir a celebrarlo y, por otro lado, tampoco tenia muchos amigos mortales. Ademas, hacerme mayor no me parecia un acontecimiento digno de celebrarse desde que conocia la gran profecia segun la cual habia de destruir o salvar el mundo al cumplir los dieciseis. Ese anio cumplia quince. Se me agotaba el tiempo.

Mi madre organizo una pequenia fiesta en nuestro apartamento. Asistio Paul Blofis, aunque ya no habia problema, porque Quiron habia manipulado la Niebla para convencer a todos los de la Escuela Secundaria Goode de que yo no habia tenido nada que ver con la explosion de la sala de musica. Paul y los demas testigos creian que Kelli, la animadora, era una loca incendiaria y yo, un chico inocente que pasaba por alli y que habia huido presa del panico. O sea, que me permitirian empezar primero en Goode al mes siguiente. Si pretendia mantenerme a la altura de mi historial y conseguir que me expulsaran de un colegio cada anio, tendria que esforzarme mas.

Tyson tambien asistio a la fiesta y mi madre preparo otros dos pasteles azules para que hubiese de sobra. Mientras el la ayudaba a reventar globos, Paul Blofis me pidio que le echara una mano en la cocina para servir el ponche.

—Creo que tu madre ya te ha inscrito para que te saques el permiso de conducir este otonio. —Si. Es genial. Me muero de ganas.

Era verdad, siempre me habia hecho ilusion la idea de sacarme el permiso. Pero supongo que en ese momento ya no me emocionaba tanto y Paul se dio cuenta. De un modo bastante curioso, a veces me recordaba a Quiron por su facilidad para adivinarme el pensamiento de una simple ojeada. Me imagino que ambos poseian el aura de los maestros.

—Has pasado un verano dificil —comento—. Deduzco que has perdido a alguien importante. Y tambien… ¿un problema con una chica?

Lo mire fijamente.

—¿Como lo sabes? ¿Te ha dicho mi madre…? El levanto las manos.

—Tu madre no me ha contado ni una palabra. Y no voy a entrometerme. Me doy cuenta de que hay algo diferente en ti, Percy. Te pasan muchas cosas que ni siquiera puedo imaginar. Pero yo tambien tuve quince anios y adivino por tu expresion… Bueno, que has pasado una temporada dificil.

Asenti. Habia prometido a mi madre que le contaria a Paul la verdad sobre mi, pero aquel no me parecia el momento adecuado. Todavia no.

—Perdi a un par de amigos en ese campamento al que voy en verano —explique—. O sea, no eran amigos intimos, pero aun asi…

—Lo siento.

—Ya. Y, eh, supongo que el tema chicas…

—Toma —dijo tendiendome un vaso de ponche—. Por tus quince anios. Y para que este anio sea mejor. Brindamos con los vasos de plastico y bebimos un trago.

—Percy, lamento tener que plantearte una cosa mas —aniadio Paul—, pero queria hacerte una pregunta. —¿Si?

—Del tema chicas. Frunci el cenio. — ¿A que te refieres?

—Tu madre —prosiguio Paul—. Estoy pensando en hacerle una proposicion… Poco falto para que se me cayera el vaso.

—¿Quieres decir… para casarte con ella? ¿Tu y ella? — Bueno, esa es la idea, mas o menos. ¿A ti te molestaria?

—¿Me estas pidiendo permiso? Paul se rasco la barba.

—No se si tanto como pedirte permiso, pero, en fin, es tu madre. Y se que ya has tenido que soportar mucho. No me sentiria bien si no lo hablara contigo primero, de hombre a hombre. —De hombre a hombre —repeti. Sonaba raro. Pense en Paul y en mi madre: en la manera que ella tenia de sonreir, de reirse mucho mas cuando lo tenia cerca, y en las molestias que Paul se habia tomado para que me admitieran en secundaria. Y de repente, me sorprendi a mi mismo diciendo—: Creo que es una gran idea, Paul. Adelante.

El sonrio de oreja a oreja.

—Salud, Percy. Volvamos a la fiesta.

* * *

Estaba a punto de soplar las velas cuando sono el timbre. Mi madre fruncio el cenio.

—¿Quien sera?

Parecia raro, porque en nuestro edificio habia portero, pero no nos habia avisado. Mi madre abrio la puerta y ahogo un grito.

Era mi padre. Iba con bermudas, con una camisa hawaiana y unas sandalias, como siempre. Llevaba la barba perfectamente recortada y sus ojos verde mar centelleaban. Se habia puesto tambien una gorra muy maltrecha, decorada con anzuelos, que decia: «LA GORRA DE LA SUERTE DE NEPTUNO.» —Posei… —Mi madre se callo en seco. Se habia sonrojado hasta la raiz de los cabellos—. Humm, hola.

—Hola, Sally —la saludo Poseidon—. Estas tan guapa como siempre. ¿Puedo pasar?

Mi madre solto una especie de gritito que igualmente podia significar «si» o «no». Poseidon lo interpreto como un si y entro.

Paul iba mirandonos a todos, tratando de descifrar la expresion que teniamos en la cara. Al final, se presento el mismo.

—Hola, soy Paul Blofis.

Poseidon arqueo las cejas mientras se estrechaban la mano. —¿Besugoflis, ha dicho?

—Eh, no, Blofis.

—Ah, vaya —replico mi padre—. Lastima. A mi el besugo me gusta bastante. Yo soy Poseidon. —¿Poseidon? Un nombre interesante.

—Si, no esta mal. He tenido otros nombres, pero prefiero Poseidon. —Como el dios del mar.

—Justamente, si.

—¡Bueno! —intervino mi madre—. Humm, nos encanta que hayas podido pasarte. Paul, este es el padre de Percy.

—Ah. —Paul asintio, aunque no parecia muy complacido—. Ya veo. Poseidon me sonrio.

—Aqui esta mi chico. Y Tyson. ¡Hola, hijo!

—¡Papa! —Tyson cruzo el salon dando saltos y le dio a Poseidon un gran abrazo. A punto estuvo de tirarle la gorra.

Paul se quedo boquiabierto. Miro a mi madre. —Tyson es…

—No es mio —le aseguro ella—. Es una larga historia.

—No podia perderme el decimoquinto cumpleanios de Percy —dijo Poseidon—. ¡Si esto fuera Esparta, Percy se convertiria hoy en un hombre!

—Cierto —convino Paul—. Yo antes enseniaba historia antigua. Los ojos de Poseidon centellearon de nuevo.

—Eso es lo que yo soy. Historia antigua. Sally, Paul, Tyson… ¿os importaria si me llevo un momentito a Percy?

Me rodeo con un brazo y me arrastro a la cocina.

* * *

Una vez solos, su sonrisa de desvanecio. —¿Estas bien, muchacho?

—Si. Perfectamente, supongo.

—He oido muchas cosas —dijo Poseidon—. Pero queria oirlo de tus labios. Cuentamelo todo. Asi lo hice. Fue un poco desconcertante, porque el me escuchaba atentamente. No me quitaba los ojos de encima. Su expresion no cambio mientras estuve hablando. Cuando conclui, asintio lentamente. —O sea, que Cronos realmente ha vuelto. No pasara mucho antes de que tengamos una guerra total. —¿Y Luke? —le pregunte—. ¿Realmente ya no existe?

—No lo se, Percy. Es algo de verdad inquietante. —Pero su cuerpo es mortal. ¿No podrias destruirlo? Poseidon parecia agitado.

—Mortal, tal vez. Pero hay algo distinto en Luke, muchacho. No se como habra sido preparado para albergar el alma del titan, pero matarlo no va a ser facil. Y no obstante, me temo que debe morir si queremos mandar a Cronos otra vez al abismo. Debo pensar en todo ello. Por desgracia, yo tambien tengo mis propios problemas.

Recorde lo que me habia dicho Tyson al empezar el verano. —¿Los antiguos dioses del mar?

—En efecto. Los combates han empezado antes para mi. De hecho, no puedo quedarme mucho tiempo, Percy. El oceano esta en guerra consigo mismo. Es lo unico que puedo hacer para impedir que los tifones y los huracanes destruyan el mundo en la superficie. La lucha es muy intensa.

—Deja que baje contigo —le pedi—. Dejame echar una mano. Poseidon sonrio, entornando los ojos.

—Todavia no, muchacho. Intuyo que van a necesitarte aqui. Lo cual me recuerda… —Saco un dolar de arena (un caparazon plano y redondo de erizo) y me lo puso en la mano—. Tu regalo de cumpleanios. Gastalo con tino.

—Eh… ¿gastarme un dolar de arena?

—Claro. En mis tiempos, podias comprar un monton de cosas con uno de estos. Creo que descubriras que aun tiene un gran valor si lo utilizas en la situacion adecuada.

—¿Que situacion?

—Cuando llegue el momento lo sabras.

Aprete el dolar de arena entre mis dedos. Pero aun habia algo que me preocupaba.

—Papa, cuando estaba en el laberinto me encontre a Anteo. Y me dijo… bueno, que era tu hijo preferido. Habia decorado su pista de combate con calaveras y…

—Me las habia dedicado a mi —intervino Poseidon, completando mi pensamiento—. Y te preguntas ahora como es posible que alguien pueda hacer algo horrible en mi nombre. Asenti, incomodo.

Poseidon me puso su mano curtida en el hombro.

—Percy, los seres inferiores hacen muchas cosas horribles en nombre de los dioses. Lo cual no significa que los dioses esten de acuerdo. Lo que nuestros hijos e hijas hacen en nuestro nombre… suele decir mas de ellos que de nosotros. Y tu, Percy, eres mi hijo favorito.

Me sonrio y yo senti en ese momento que estar alli con el, en la cocina, era el mejor regalo de cumpleanios que habia recibido nunca. Entonces mi madre me llamo desde el salon. —¿Percy? ¡Las velas se estan derritiendo!

—Sera mejor que vayas —dijo Poseidon—. Pero hay una ultima cosa que debes saber, Percy. Ese incidente en el monte Saint Helens…

Por un instante crei que se referia al beso que Annabeth me habia dado y me ruborice, pero enseguida comprendi que hablaba de algo mucho mas importante.

—Las erupciones continuan —prosiguio—. Tifon esta despertando. Es muy probable que pronto, en unos meses tal vez, en un anio como maximo, logre liberarse de sus ataduras.

—Lo siento —dije—. No pretendia… Poseidon alzo la mano.

—No es culpa tuya, Percy. Habria ocurrido igual tarde o temprano, ahora que Cronos esta reanimando a los monstruos antiguos. Pero mantente alerta. Si Tifon despierta… sera algo muy distinto de lo que has afrontado hasta ahora. La primera vez que aparecio, todas las fuerzas unidas del Olimpo apenas bastaron para combatirlo. Y cuando despierte de nuevo, vendra aqui, a Nueva York. Ira directamente al Olimpo.

Ese era el tipo de noticia maravillosa que deseaba recibir el dia de mi cumpleanios… Pero Poseidon me dio unas palmaditas en la espalda, como si no hubiera que preocuparse.

—He de irme. Disfruta del pastel.

Y sin mas, se convirtio en niebla y una calida brisa oceanica se lo llevo por la ventana.

* * *

Resulto un poco dificil convencer a Paul de que Poseidon habia bajado por la escalera de incendios, pero como es imposible que la gente se desvanezca en el aire, no le quedo mas remedio que creerselo. Comimos pastel azul y helado hasta hartarnos. Luego jugamos a un monton de juegos tontorrones, tipo Monopoly, acertijos y tal. Tyson no captaba los juegos de mimica. No paraba de gritar la palabra que debia representar con gestos. En cambio, el Monopoly se le daba muy bien. A mi me tumbo en las primeras cinco vueltas y luego empezo a dejar en bancarrota a mama y a Paul. Los deje jugando y me fui a mi habitacion.

Puse sobre la comoda un pedazo de pastel azul intacto. Me saque mi collar del Campamento Mestizo y lo coloque en el alfeizar de la ventana. Tenia tres cuentas que representaban mis tres veranos en el campamento: un tridente, el Vellocino de Oro y el ultimo, un intrincado laberinto, simbolo de la Batalla del Laberinto, como los campistas habian empezado a llamarla. Me pregunte cual seria la cuenta del anio siguiente, si es que todavia estaba en condiciones de conseguirla. Y si el campamento sobrevivia tanto tiempo.

Mire el telefono que tenia junto a la cama. Pense en llamar a Rachel Elizabeth Dare. Mi madre me habia preguntado si queria invitar a alguien mas aquella tarde y yo habia pensado en ella, pero no la habia llamado. No se por que. La mera idea casi me ponia tan nervioso como pensar en una puerta del laberinto.

Me palpe los bolsillos y los vacie: Contracorriente, un paniuelo de papel, la llave del apartamento. Luego me palpe el bolsillo de la camisa y note un bulto. No me habia dado cuenta, pero llevaba la camisa blanca de algodon que me habia dado Calipso en Ogigia. Saque un paquete de tela, lo desenvolvi y halle el ramito de lazo de luna. Era diminuto y se habia marchitado despues de dos meses, pero todavia percibi el leve aroma del jardin encantado. Aquello me entristecio.

Recorde la ultima peticion que me habia hecho Calipso: «Planta por mi un jardin en Manhattan, ¿de acuerdo?» Abri la ventana y sali a la escalera de incendios.

Mi madre tenia alli una maceta. En primavera sembraba flores, pero ahora solo contenia tierra. La noche estaba despejada. La luna llena iluminaba la calle Ochenta y dos. Plante la ramita seca de lazo de luna en la tierra y la rocie con un poco de nectar de mi cantimplora.

Al principio, no paso nada.

Luego, mientras seguia mirando, broto una plantita plateada: un retonio de lazo de luna que fulguraba en la calida noche de verano.

—Bonita planta —comento una voz.

Di un respingo. Nico di Angelo estaba a mi lado, en la escalera de incendios, como salido de la nada. —Perdona —se disculpo—. No pretendia asustarte.

—No… esta bien. O sea… ¿que haces aqui?

Habia crecido un par de centimetros en los dos ultimos meses y llevaba el pelo oscuro completamente desgreniado. Iba con una camiseta negra, vaqueros negros y se habia puesto un anillo de plata nuevo en forma de calavera. La espada de hierro estigio le colgaba del cinto.

—He estado investigando un poco —dijo— y he pensado que te gustaria saberlo: Dedalo ha recibido su castigo.

—¿Lo has visto? Nico asintio.

—Minos queria hervirlo durante toda la eternidad en una olla de queso fundido, pero mi padre tenia una idea distinta. Dedalo se dedicara hasta el fin de los tiempos a construir pasos elevados y rampas de salida en los Campos de Asfodelos. Servira para descongestionar un poco el trafico. En realidad, me parece que el viejo se ha quedado bastante contento. Podra seguir construyendo y creando. Y puede ver a su hijo y a Perdix durante los fines de semana.

—Esta muy bien.

Nico dio unos golpecitos a su anillo de plata.

—Pero no he venido por eso, a decir verdad. He descubierto algunas cosas. Quiero hacerte una oferta. —¿Cual?

—El metodo para derrotar a Luke —me dijo—. Si no me equivoco, es la unica manera de que tengas alguna posibilidad.

Inspire hondo. — Vale. Te escucho.

Nico echo un vistazo al interior de mi habitacion y fruncio el cenio. —¿Eso no es… pastel azul de cumpleanios?

Parecia hambriento, tal vez algo triste. Me pregunte si el pobre chico habria celebrado alguna vez una fiesta de cumpleanios, o si lo habrian invitado a alguna.

—Entra. Hay pastel y helado —le invite—. Me parece que tenemos mucho de que hablar.

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